Hace ya años, en 1977, cuando el Partido Comunista Griego quedó fuera del
Parlamento de su país al no obtener los votos necesarios para ello, su secretario general Babis Dracópulos hizo unas
declaraciones muy significativas: “el pueblo también tiene
derecho a equivocarse”. El pueblo griego, convertido en electorado,
se había equivocado no votando a su partido, y excluyéndolo del
Parlamento. Tenía razón el secretario general, pero no porque no hubiera sido elegido su
partido, sino porque el pueblo que vota siempre se equivoca, sea lo que sea lo que vote; gane quien gane el pueblo
siempre pierde.
Más modernamente, en
2020, vino a decir algo parecido, si no era lo mismo, José, alias
“Pepe”, Mújica, que fue presidente de Uruguay, a propósito de
la elección de Bolsonaro con un apoyo popular importante en el Brasil:
“No debe sorprendernos, entonces, que nuestros pueblos a veces
acierten y a veces se equivoquen. Tienen todo el derecho a
equivocarse”. La equivocación del pueblo brasileño consistía,
según el exdirigente uruguayo, en haber votado al tal Bolsonaro.
Pero hubiera dado igual que hubiera votado a su rival. No por ello
habría dejado de equivocarse, porque el error es votar.

Mucho antes que ambos ya
lo había formulado otro político, como ellos, del derechas, Jose Batlle y
Ordóñez (1856-1929), que fuera presidente del Uruguay antes que
Mújica precisamente: “No es que el pueblo nunca se equivoque, sino
que es el único que tiene el derecho de equivocarse.” Parece que
más que un derecho es un deber el de equivocarse, como el voto, que
se considera ambas cosas contradictorias. ¿Cómo no va a equivocarse el
pueblo si elige delegar su soberanía?
Lo que vienen a decirnos
estas declaraciones de diversos políticos es que equivocarse es
característico del pueblo. Podríamos decirlo en latín en tres
palabras: errare populi est. En
seguida se nos revela que este latinajo inventado sería una variante de aquel
otro, tantas veces reiterado, que dice en su primera parte: errare
humanum est..., y que en
su segunda parte se muestra enseguida como cristiano por la mención
del demonio:
...perseuerare autem diabolicum:
Equivocarse es humano, pero perseverar es diabólico. Este
dicho está inspirado en Cicerón, quien en una de sus
filípicas sentenció: cuiusuis
hominis est errare, nullius nisi insipientis perseuerare in errore:
es propio de
cualquier ser humano equivocarse, perseverar en el error sólo es
propio del necio.
Otro
adagio latino que nos viene a las mientes reza:
uolgus uolt decipi:
el vulgo quiere
ser engañado.
Es la voluntad (uolt)
del pueblo (uolgus)
que lo engañen (decipi).
Hay una variante que sustituye el pueblo por el mundo que viene a decir lo mismo: mundus
uolt decipi, ergo decipiatur:
El mundo quiere
que lo engañen, pues que sea engañado.
Tanto
el pueblo o el mundo como el hombre, en efecto, tienen derecho a equivocarse,
cada cierto tiempo, una y otra vez y todas las veces que haga falta.
En el caso del pueblo convertido en electorado suele ser
ordinariamente cada cuatro o cinco años, como está establecido, cuando se le concede la
gracia de perseverar en el error.
Pero
como también reza otro refrán, el hombre es el único animal que
tropieza dos veces en la misma piedra, lo que podría aplicársele
sin mucho empacho al pueblo, cuando vuelve a elegir, como si supiera
lo que quiere, expresando su voluntad mediante un voto de confianza. Y
ahí es donde el pueblo
soberano se equivoca porque cree saber, y no
reconoce que no sabe lo que hace.
Siempre
que vote perseverará en el error -eso es lo único diabólico- delegando su
soberanía en un individuo personal, sea quien sea, porque los
cabezas de listas o jefes ilustres, cuyos nombres propios e imágenes
y declaraciones cacarean a todas horas los medios de (in)formación
de masas -y las masas democráticas son los electores censados- son
los santones que en las ocasiones solemnes de los mítines -y no hay
nada más litúrgico, fascista y religioso en el peor sentido de la
palabra que un mitin político, que tanto se parece a la celebración de la eucaristía donde los fieles repiten de memoria las consignas y oraciones del misal
como papagayos y no pueden objetar nada a lo que dice el sacerdote
porque es palabra de Dios y enseguida serían expulsados por el
servicio de orden- ofician en traje de ceremonial etiqueta para
conseguir los votos del pueblo, es decir, que el pueblo se someta al sacrificio declarando su voluntad de ser el rebaño del buen pastor.

El
error es consustancial al pueblo que vota y al ser humano siempre que haga una elección. Cualquier decisión de delegación política de su soberanía será errónea.
El sistema se encargará, sin embargo, de defender su derecho a
equivocarse, eligiendo soberano, pero podría no hacerlo si se niega a elegir, como propone el Partido Inexistente, o eligiendo al
único candidato que no le defraudará: Nadie.
Como escribía Martínez Ruiz en La
voluntad a propósito de los políticos profesionales que se presentan a la feria y farsa electoral: "No
hay cosa más abyecta que un político; un político es un hombre que
se mueve mecánicamente, que pronuncia inconscientemente discursos,
que hace promesas sin saber que las hace, que estrecha manos de
personas a quienes no conoce, que sonríe siempre con una estúpida
sonrisa automática… Esta sonrisa, Azorín la juzga emblema de la
idiotez política."