lunes, 28 de febrero de 2022

"Me encanta ir a trabajar en bici"


    Una pancarta, colocada en un paso elevado sobre una autovía madrileña, suscita la siguiente reflexión en medio de una caravana debida a un embotellamiento a la entrada de la gran ciudad en una llamada hora punta: “Me encanta ir a trabajar en bici”. 

    Seguro que más de un conductor de utilitario, es decir, un chófer de su propio auto, que es quien le exige utilizarlo y sacarlo de paseo y aparcarlo aquí y acullá, se ha cabreado al leerla. Sí, sobre todo porque hubiera bastado para suscitar la sonrisa reflexiva de la intención irónica que dijera: “Me encanta ir en bici”. Sin más. No hacía falta especificar a dónde. 

    Porque, vamos a ver, a mí, aunque no soy un vago redomado ni un perezoso indecente, no me gustaba ir a trabajar, ni que me recordaran que tenía que ir... ¡Uf, qué sudores fríos me entran de sólo recordarlo! ¡Afortunadamente ya estoy jubilado! Y me encanta ir en bici a cualquier sitio, aunque no practicar el ciclismo, que es un deporte, cosa harto distinta y, como tal deporte, un trabajo, por supuesto. Pero lo primero que dice la pancarta es "Me encanta ir a trabajar..." y eso no le gusta a casi nadie, salvo a los masoquistas. No pone "Me encanta ir en bici" sin más. Reza:  "Me encanta ir a trabajar en bici". Es como si hubiera puesto: "Me encanta ir al matadero en bici". Y eso no. Ahí precisamente no le encanta ir a nadie de ninguno de los modos.

domingo, 27 de febrero de 2022

¿Se demuestra el movimiento andando?

    Diógenes Laercio atribuye a Zenón de Elea el argumento que anula el movimiento, que dice: “El móvil no se mueve ni en el lugar en el que está ni en el que no está”. (Diógenes Laercio, Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, IX, 72) Ζήνων δὲ τὴν κίνησιν ἀναιρεῖ λέγων, “τὸ κινούμενον οὔτ᾿ ἐν ᾧ ἐστι τόπῳ κινεῖται οὔτ᾿ ἐν ᾧ μὴ ἔστι

    A Sexto Empírico hay que agradecerle que nos haya transmitido este mismo argumento que él atribuye a Diodoro Crono, uno de los grandes lógicos de la escuela de Mégara “que exponía argumentos sofísticos en contra del movimiento así como en contra de muchas cosas.” El movimiento no puede según él darse en ningún sitio y, por lo tanto, en rigor es imposible. Diodoro Crono habría, pues, retomado y reformulado el razonamiento de Zenón contra el movimiento. En los Esbozos pirrónicos II, 242 lo presenta así: Si algo se mueve, o se mueve en el sitio en el que está o en el que no está. Pero ni en el que está, pues permanece, ni en el que no está, pues ¿cómo actuaría algo en donde de entrada no está? Luego nada se mueve. (En el texto original: “εἰ κινεῖταί τι, ἤτοι ἐν ᾧ ἔστι τόπῳ κινεῖται ἢ ἐν ᾧ οὐκ ἔστιν. οὔτε δὲ ἐν ᾧ ἔστιν, μένει γὰρ, οὔτε ἐν ᾧ μὴ ἔστιν· πῶς γὰρ ἂν ἐνεργοίη τι ἐν ἐκείνῳ ἐν ᾧ μηδὲ τὴν ἀρχὴν ἔστιν; οὐκ ἄρα κινεῖταί τι.”) 

Aquiles y la tortuga

    Un poco más adelante (II, 245) nos cuenta la réplica del médico Herófilo, que era contemporáneo de este Diodoro. Diodoro, a la sazón, se había dislocado un hombro y acudido a Herófilo para que se lo curara. El médico se burló de él diciéndole: “El hombro se ha dislocado o estando en el sitio en el que estaba o en el que no estaba; luego no se ha dislocado”. Era la manera que tenía Herófilo de decirle al sofista que se dejara de tales argumentos, que lo único que hacían era impedir que le aplicara el tratamiento médico para curarle su dolencia.

    En la misma obra III 66 de Sexto Empírico, leemos la siguiente anécdota cuyo protagonismo atribuyen algunos a Diógenes de Sinope, el cínico, que se ha hecho bastante célebre dando lugar a la frase proverbial de “el movimiento se demuestra andando”, que no es ninguna demostración propiamente hablando porque no es lo mismo mostrar algo ante los ojos que demostrarlo mediante la razón. Nada más real, en efecto, que el movimiento y, sin embargo, nada más falso: (…) preguntado uno de los cínicos por el argumento del movimiento, no respondió nada, sino que se puso de pie y caminó estableciendo de hecho y mediante la evidencia que el movimiento era consistente realmente. (…) τῶν κυνικῶν τις ἐρωτηθεὶς κατὰ τῆς κινήσεως λόγον οὐδὲν άπεκρίνατο, ἀνέστη δὲ καὶ ἐβάδισεν, ἔργω καὶ διὰ τῆς ἐναργείας παριστὰς ὅτι ὑπαρκτή ἐστιν ἡ κίνησις.

    En Esbozos pirrónicos III, 71 vuelve Sexto a presentar un poco más desarrollado el razonamiento: “Si algo se mueve: o se mueve en el sitio en el que está o en el que no está. Pero no en el que está, pues en él está quieto si de verdad está en él. Y tampoco en el que no está, pues una cosa no puede actuar ni sufrir efectos allí donde no está. Por consiguiente, nada se mueve.” He aquí el texto en la versión original griega que concluye diciendo οὗτος δὲ ὁ λόγος ἔστι μὲν Διοδώρου τοῦ Κρόνου: “Este es el argumento de Diodoro Crono”: εἰ κινεῖταί τι, ἤτοι ἐν ᾧ ἔστι τόπῳ κινεῖται ἢ ἐν ᾧ οὐκ ἔστιν. οὔτε δὲ ἐν ᾧ ἔστιν· μένει γὰρ ἐν αὐτῷ, εἶπερ ἐν αὐτῷ ἔστιν· οὔτε ἐν ᾧ μὴ ἔστιν· ὅπου γάρ τι μὴ ἔστιν, ἐκεῖ οὐδὲ δρᾶσαί τι οὐδὲ παθεῖν δύναται. οὐκ ἄρα κινεῖταί τι. 

    

sábado, 26 de febrero de 2022

Sometidos a una identidad

    Ya casi nadie cree en la vieja Europa en la idea utópica de la emancipación social y el fin de la dominación del hombre por el hombre que predicaban el marxismo y anarquismo decimonónicos. Sin embargo muchos sustituyen el viejo credo por nuevas creencias y defienden a capa y espada lo que consideran la esencia de su propia identidad, o sea, lo que antes se llamaba idiosincrasia, ya sea nacional, sexual, lingüística, religiosa, étnica o de la clase que sea, sin percatarse de que no hay nada más opresor que la propia identidad, cualquiera que sea, por muy oprimida que haya estado o esté. 

    La antigua lucha por la justicia social se ha transformado en múltiples reivindicaciones por el reconocimiento de las identidades oprimidas, identidades que, una vez reconocidas, acaban convirtiéndose oficialmente en opresoras, víctimas que se trasforman en verdugos; pero que también, por el simple hecho de ser identidades, nos obligan a ser iguales a nosotros mismos, y, por lo tanto, nos esclavizan y privan de la libertad de no reconocernos en el espejo. 

    La identidad se ha convertido en un concepto abstracto que, buscando integrar a unas minorías, excluye a las mayorías, de forma que si alguna vez se enarboló como bandera para la liberación es hoy, como el DNI electrónico o digital, una camisa de fuerza, un arma de dominación, de sometimiento de esas mismas minorías a una categoría ideológica, a una casilla o compartimento estanco que se impone como un fetiche para que la defendamos como paladines, a fin de que se nos vaya la vida, ay, que se nos va, en ese empeño de defensa de etiquetas. 
    El carácter represor y no liberador de las identidades se percibe en la orden ejecutiva del policía que, identificado él por su uniforme y por su placa, que lo acredita como miembro de las fuerzas armadas y cuerpos represivos del Estado, nos detiene y nos exige que nos identifiquemos ante él: “Identifíquese”. 

    El principio de identidad suele expresarse A=A. Pero nada más formularlo caemos en la cuenta de que no puede ser verdad porque no podemos decirlo ni escribirlo sin que A, que era uno, se nos desdoble inmediatamente y se convierta en dos: A y A. 


    La lucha por la liberación consiste, por lo tanto, no en ser fieles a lo que somos defendiendo nuestras raíces y peculiaridades, no consiste en conocernos a nosotros mismos, empresa que se revela enseguida harto imposible, sino en desconocernos y liberarnos de nuestras señas identitarias, de nuestra propia identidad y del documento pertinente que la acredita. Deberíamos abandonar el viejo lema del oráculo de Delfos  de "Conócete a ti mismo" y sustituirlo por su contrario: ἀγνῶθι σεαυτóν: "Desconócete a ti mismo". Ni más ni menos.


viernes, 25 de febrero de 2022

Vargas Llosa y la muerte de Sócrates

    Publicaba nuestro ilustre premio Nobel don Mario Vargas Llosa el domingo 20 de febrero de 2022 en El País una tribuna titulada La muerte de Sócrates. Decía que había leído recientemente el libro de Antonio Tovar La vida de Sócrates, que había comprado en los años ochenta porque le dijeron que era un libro magnífico, que lo es, pero que no había leído hasta ahora porque también le advirtieron de que su autor era “un franquista”, que probablemente lo fue. 

    A raíz de la reciente lectura de este libro,   se aprovecha nuestro premio Nobel para publicar en el periódico oficial del Régimen un artículo donde reivindica la dignidad de la muerte de Sócrates. En el subtítulo que le pone sentencia de un plumazo que lo único que importa de Sócrates no es su vida, ni qué es lo que defendía o atacaba el filósofo griego, sino su suicidio, dejándonos perplejos a sus lectores.

    En primer lugar, hay que decir que Sócrates no se suicidó. Fue condenado a muerte por un tribunal democrático en el año 339 antes de Cristo. Sentencia Vargas Llosa que su muerte es más importante que su vida, y que de Sócrates lo que queda es su ejemplo. Lo repite varias veces en su penoso artículo: Lo realmente ejemplar en él tuvo que ver más con su muerte que con su vida. Ese es el mayor ejemplo que nos ha dejado. Al final lamenta, no sé si haciendo uso de la ironía socrática, que no hayan seguido ese ejemplo muchos dictadores que en el mundo han sido, aunque se me escapa por completo la comparación de Sócrates con los déspotas de este mundo.

    Sócrates había vivido setenta años cuando fue juzgado en Atenas de los cargos de corromper a los jóvenes y de no creer en los dioses de la ciudad. Se había dedicado toda su vida a preguntarse qué son las cosas, una pregunta que cuestiona la realidad y que cuando afecta a la política y al gobierno puede resultar muy molesta a los gobernantes, independientemente del régimen político. 

    La pregunta socrática de ¿qué es...? inicia un diálogo interminable con el que no se trata de responder al problema que plantea y dar por zanjado el asunto llegando a una conclusión y anulando la preguntacon el cierre en falso de la respuesta, sino haciendo que la interrogación viva y se renueve constantemente. Practicaba un diálogo filosófico, lo cual quiere decir que perseguía apasionadamente la verdad que no poseía y que, en consecuencia, tampoco creía poseer, lo que resultaba una provocación pública cuando chocaba como hacía habitualmente con los numerosos creyentes poseedores de ella.

    Es cierto que una vez pronunciada la sentencia  que lo condenaba a la pena capital podía haberse zafado de la muerte. Tuvo la oportunidad de recurrir y proponer una contrapropuesta consistente en pagar una elevada multa aceptando el dinero que le ofrecían sus jóvenes discípulos a los que, a diferencia de los sofistas, que eran los intelectuales de su época, nunca había cobrado un céntimo. Prueba de ello era su pobreza.

    Ya Jenofonte, que es una de las fuentes junto con Platón que tenemos sobre su vida, nos dice que Sócrates comparaba a los sofistas con prostitutos que vendían su sabiduría por dinero, lo que le parecía poco decente, tan poco honroso como vender la hermosura por dinero, como hacían algunos efebos, cuando lo decoroso era que un muchacho se entregara a su amante gratis et amore. No me entretengo ahora en el tema de la pederastia homosexual ateniense.

    Sócrates, pues, rechazó el dinero de sus acaudalados discípulos en aquel trance como lo había rechazado durante toda su vida. El jurado seguramente lo hubiera aceptado. Pero él, en su discurso de apelación, proclamó que la ciudad, en cambio, debería  pagarle una pensión como agradecimiento por sus servicios, lo que a la mayoría le pareció una provocación intolerable. Finalmente, se avino, para evitar la condena, a pagar una multa acorde con sus haberes, que eran pocos y que resultaba, por lo tanto, ridícula a oídos de sus jueces. La segunda y definitiva votación arrojó una mayoría mucho más aplastante que la primera a favor de la pena de muerte.

 

La muerte de Sócrates, Jacques-Louis David (1787)

    Todavía en la cárcel, pues trascurrió un mes entre la sentencia de muerte y la ejecución consistente en la bebida de una pócima de cicuta, Sócrates siguió recibiendo a sus discípulos y charlando con ellos como si no pasara nada, preguntándose interminablemente por las cosas. Y claro está, preguntándose, cómo no, qué era la muerte a la que sus conciudadanos lo habían condenado, y reconociendo que “aquello que no sé tampoco creo saberlo”, como bien dice en su discurso de defensa ante el jurado que nos ha trasmitido Platón.

    Conviene, por cierto, desmentir aquí aquello que todos hemos oído alguna vez que dijo Sócrates de “Sólo sé que no sé nada”. Comparándose con otros conciudadanos suyos, como, por ejemplo, con algún prestigioso sofista que cobraba y mucho por sus enseñanzas, Sócrates decía, que era probable que ninguno de los dos, ni él ni el otro, supiese nada de provecho “pero ése se cree que lo sabe, no sabiéndolo. Mientras que yo, así como no lo sé, tampoco me lo creo.” En ese pequeño punto podría decirse que Sócrates era el hombre más sabio, como había proclamado el oráculo de Delfos, no porque supiera mucho, ni siquiera porque sólo supiera,  como se ha hecho proverbial, que no sabía nada, sino porque, sencillamente, no creía saber lo que no sabía. Saber, incluso que uno no sabe nada, es mucha presunción sapiencial. Por eso, en su último discurso ante el jurado, cuando ya conoce la sentencia condenatoria de los jueces, sus últimas palabras fueron: “Pero, sí, ya es hora de que nos marchemos, yo a morir, vosotros a vivir; pero cuáles de nosotros vamos a mejor negocio, cosa es oscura para todo ser, salvo si acaso para el dios”.

    Sócrates, pues, no se suicidó. Su muerte, obligado a suicidarse, fue una ejecución. No puede ser, pues, ningún ejemplo para nadie. Afirma Vargas Llosa que sus ideas no convencerían a nuestros contemporáneos, pero ¿qué ideas tenía Sócrates, alguien que cuestionaba constantemente todas las ideas?, sin embargo todos, prosigue nuestro ilustre Nobel, reverencian cómo murió. Esa reverencia, señor Vargas Llosa, es una manera de renovar su condena a muerte, y solo sirve para certificar su defunción y desentenderse de su vida, que es lo único que importa.

    

     Parece que está disponible en Youtube la espléndida  película que Roberto Rossellini rodó en 1970 para la RAI sobre el proceso y la muerte de Sócrates, que le recomendaría ver al señor Vargas Llosa si no la ha visto. Hasta la fecha sólo disponíamos de la versión original italiana (nunca estrenada en España, a pesar de haber sido rodada en un pueblecito de Madrid, Patones de Arriba), pero ahora podemos verla en V.O. subtitulada en español. 

    También le ofrezco, por mi parte, aunque usted no va a leer esto probablemente porque tendrá cosas mucho más importantes que leer, el dossier que preparé en su día para los alumnos de segundo curso de bachillerato sobre la figura de Sócrates, donde aparece entre otros materiales el oportunísimo texto "¡Viva Sócrates!" que Agustín García Calvo publicó en El País en 1999, en el que, al contrario que usted, pretendía reivindicar la vida y no la muerte del último de los presocráticos.  

jueves, 24 de febrero de 2022

Mensajería breve de textos

Quanta repente rerum mutatio! 

El zar ruso lanza una ofensiva militar, operación especial, dice él, a fin de “desmilitarizar y desnazifizar Ucrania”, tachando al régimen de Kiev de genocida.

Derribaron el Ideal Cinema donde vi las películas que me hicieron soñar cuando era pequeño y levantaron un bloque de pisos y una sucursal bancaria en su lugar.


Han convertido el espacio natural donde correteábamos cuando éramos chiquillos en Parque de Conservación de la Naturaleza, destruyéndolo a fin de conservarlo. 
 
Han construido viviendas unifamiliares levantando bloques de pisos de gran envergadura que se asemejan a nichos funerarios de un cementerio y celdas colmeneras.

Pretende el consistorio que los peatones circulen sólo por las aceras y que ni perros ni gatos ni chiquillos deambulen libremente sin atender a los semáforos.

Un presente, en el sentido de un don, no es un recuerdo inmaterial ni la tierra prometida del futuro, sino una cosa que está ahora y aquí, delante de nosotros. 
 
 
Muchos comerciantes no quieren manejar monedas ni billetes, no aceptan dinero en metálico, que rechazan por su suciedad, en favor del dinero puro, espiritual. 

Dijo Teócrito en griego γεράων δὲ θεοῖς κάλλιστον ἀοιδάι, lo que viene a ser en nuestra lengua: De las ofrendas para los dioses son la más bella los cantares. 

Agamenón le rebana el pescuezo a Ifidamante, y él, derribado allí, se hundió en un sueño de bronce. Un sueño muy profundo y homérico cayó sobre sus párpados. 

Contra el oráculo de Delfos: Desconócete a ti mismo. Reconoce el misterio que habita en ti; rechaza, falso como es, el autoconocimiento que te han inculcado. 

Del amor posesivo. Cuando la persona amada se resiste a la posesión, aparece la denominada violencia de género: la maté porque era mía: a fin de que lo fuera. 
 
oOo
 
Ministerio de Felicidad y Bienestar Social: ¿Estás deprimido y has perdido las ganas de vivir y lo último que se pierde, la esperanza? Consulta a tu psiquiatra.

La psiquiatría en colusión con la industria farmacéutica fabrica constantemente pacientes para el mercado so pretexto de curar el mal psíquico que provoca. 
 
 
 

La infelicidad es psicológicamente un fracaso indivudal, y moral- y religiosamente, un pecado, por lo que no es un problema social sino un problema personal. 
 
La psiquiatría es la especialidad médica que diagnostica trastornos mentales que ella misma genera, tal héroe que crea su propio monstruo a fin de combatirlo.

Anatomía de una epidemia: la tristeza. El consumo de psicofármacos ansiolíticos y antidepresivos sirve para hacer crónica la depresión en lugar de erradicarla.
oOo

No hay nación que carezca de mitos fundacionales que se remontan a los tiempos históricos de Maricastaña y le otorgan carta de naturaleza y supuesta dignidad.



La construccicón de una nación se hace no sin sangre por contraposición a las demás en el campo de batalla de la identidad en el que seguimos debatiéndonos.


La interpretación de la historia en función de los intereses políticos y económicos es la materia prima con que se construyen las naciones y los nacionalismos.


miércoles, 23 de febrero de 2022

Oh Canadá

    A comienzos del año 2020, Canadá modificó dos palabras de la letra de su himno nacional para hacerlo más políticamente correcto y más inclusivo sexualmente hablando, es decir, para no discriminar a las mujeres, benditas ellas que, como veremos, estaban excluidas del amor patriótico. 
 
    El himno nacional O Canada, oficial desde 1980, cuando sustituyó a God Save the Queen, contenía el siguiente pentámetro yámbico en la lengua del Imperio: “True patriot love in all thy sons command”, que tiene un valor yusivo dirigido a la patria canadiense y puede traducirse, como Infunde un verdadero amor patriótico en todos tus hijos (varones)
 
    La nueva versión, políticamente correcta, será: “True patriot love in all of us command”: Infunde un verdadero amor patriótico en todos nosotros (y todas nosotras). Se ha eliminado el posesivo arcaico “thy” y el término “sons”, opuesto en inglés a “daughters”. 
 
     El promotor del cambio razonaba su propuesta argumentando que el himno nacional no debería ignorar a las mujeres, quienes representaban un 52% de la población canadiense. El primer ministro de dicho país, el señor Justin Trudeau, y la célebre escritora Margaret Atwood celebraron dicho cambio políticamente correcto que equipara a las mujeres a los hombres y acaba con la discriminación sexual que las excluía del espíritu patriótico. 
 
    La letra de Oh Canadá fue escrita en 1908 por el juez y poeta Robert Stanley Weir. En realidad, su versión original no contaba con la frase “True patriot love in all thy sons command”, pero Weir la agregó al final de la Primera Guerra Mundial como homenaje a los soldados muertos en combate. 
 
Ocultan nombre y número de placa en el uniforme para evitar su identificación
 
     Lo que ha hecho Canadá eliminando el lenguaje sexista de su himno nacional no consigue engañarnos, porque todos los himnos, como acertó a decir Rafael Sánchez Ferlosio son declaraciones de guerra: “La verdad de la patria la cantan los himnos: todos son canciones de guerra”. 
 
    Hasta ahora las hijas de Canadá estaban excluidas de la infusión del amor patriótico, bienaventuradas ellas, como digo, que, a lo sumo, se limitaban, algunas como madres, a parir hijos varones a los que la madre patria infundiera el amor patriótico para luchar y morir por ella. Ahora también las mujeres pueden morir (y matar) por la patria. A partir de 1989 las féminas pudieron incorporarse a las CAF o Canadian Armed Forces, es decir, las Fuerzas Armadas Canadienses, exceptuando el servicio submarino, que se abrió también para ellas en 2001.  
    
La policía desaloja uno de los vehículos que se oponen al Régimen en Ottawa.

    Todos los himnos, sean o no sean sexistas, son deleznables. Igual que todas las patrias. Canadá, que ha reprimido brutalmente las protestas contra el Régimen sanitario imperante, no es ninguna excepción, pese a su maquillaje democrático, progresista y políticamente correcto. El primer ministro canadiense, el señor Trudeau, no ha tenido empacho en hacer uso de la Ley de Emergencias que le otorga poderes extraordinarios para sofocar violentamente la protesta ciudadana comenzada por los camioneros contra el Régimen que él preside, desalojando a los camiones que protestaban contra los confinamientos, cuarentenas y el pasaporte 'sanitario' que obliga a la vacunación contra el virus coronado, paralizando el tráfico de Ottawa. La policía detuvo el fin de semana pasado a dos centenares de manifestantes, una minoría de canadienses, según el señor Trudeau, "alimentada por grupos de extrema derecha" -también ha dicho que esos camioneros son racistas y misóginos, lo que esgrime para justificar la violenta represión.
 
 
    Sea como sea, el Estado, en este caso el canadiense, por muy liberal que se pretenda, ha mostrado una vez más su verdadera cara dura, violenta y autoritaria. Las imágenes de la contundente represión han dado la vuelta al mundo y no engañan a nadie. Hemos visto incluso a la legendaria policía montada a caballo de Canadá  en traje de faena patrullando por las nevadas calles de Ottawa, atibrorrada sin duda de ardor patriótico, atropellando y pisoteando a la ciudadanía "por el bien común de todos".

lunes, 21 de febrero de 2022

Aprender a desaprender (y II)

Dos propuestas: Frente a la inmensa tarea del aprendizaje que nos propone el sistema de enseñanza o educativo que quier alargarse a toda la vida, hay que reivindicar la tarea del largo desaprendizaje para liberarnos del lastre de lo que hemos aprehendido. Por otra parte, frente a la propuesta de emprendimiento que nos inculca el sistema capitalista de producción que padecemos, reclamamos el desprendimiento. Hay que ser emprendedor, nos dicen para ocultar la vergüenza que les da decir que hay que ser empresario.
 
Creación de sentimiento de culpa: La religión católica nos hacía creer que teníamos lo que nos merecíamos, que éramos pecadores, estigmatizados como estábamos por el pecado original más los que luego nosotros cometíamos, y culpables -mea culpa, mea maxima culpa-, según la terminología cristiana, o responsables, según la religión laica imperante hoy en día, de nuestra propia desgracia por causa de nuestra poca inteligencia, capacidades o esfuerzo. Logran así que nosotros, en vez de rebelarnos como deberíamos hacer contra el sistema y romper las cadenas que nos subyugan, nos volvamos contra nosotros mismos, anulando nuestro amor propio, cayendo en la depresión y en la inhibición de nuestro sentido crítico y acción, y acabemos yendo al piscólogo o al pisquiatra para que resuelva "nuestro" problema con sesiones de psicoterapia, psicoanálisis y toda suerte de fármacos antidepresivos. Nos han hecho además sentirnos responsables de nuestra propia salud en el colmo del delirio sanitario. 
   
Cartel del Gobierno Nacional (de Paraguay)
 
Del sentido de la historia: La historia de la humanidad no tiene ningún sentido, es un sinsentido, como nuestra propia vida. Ni la sociedad ni la ciencia avanzan hacia ninguna meta por ningún camino. Nosotros  tampoco. 
 
Una paradoja: Antoine de Saint Exupéry en El principito escribió que lo esencial era invisible a los ojos. Es verdad. Yo me digo: Si quieres ver, cierra los ojos.

Muriendo lentamente. Nos estamos muriendo nosotros y las cosas continuamente, deshaciéndonos sin cesar. Ahora mismo. Convirtiéndonos en otro, en otra cosa. La ilusión en que nos hacen vivir es un matrimonio entre la fe en el futuro y en el pasado, la historia, y el continuo pasar que está fuera de la realidad. Entenderlo es sentirlo. Para entenderlo y sentirlo habría que romper la ilusión de nosotros mismos, tan falsa pero tan poderosa.
 
Una cosa es la realidad, el nombre propio y nuestro personaje real, y otra la verdad. Lo único que se puede decir de la realidad, a parte de la tautología perogrullesca de que es real, como su nombre indica, es que es falsa, porque si fuera verdadera no necesitaría pedirnos, como hace a cada paso, que creamos en ella: no necesitaría de nuestra fe para poder existir y proclamar su verdad. Eso es lo que nos hace por lo menos desconfiar de ella y por lo más sospechar que no es verdadera. 
 
 
 
 
Por otra parte, creo que todos guardamos más o menos el vivo recuerdo en algún lugar de nuestra memoria de cuando siendo niños vimos por primera vez nuestra propia imagen reflejada en un espejo, y alguien o algo nos dijo: "¡Ése eres tú!". Lo que yo recuerdo de ese momento es mi estupefacción y mi rechazo: "No, ese no soy yo". O mejor: "Yo no soy ese" (es decir, yo tampoco soy el que creo que soy). No sé quién soy, pero desde luego no soy ese que veo al otro lado del espejo, mi propia imagen.

Uno no se libera nunca definitivamente de la ilusión del engaño, y nunca llega, por lo tanto, a la verdad sobre sí mismo ni, huelga decirlo, sobre lo demás tampoco, primero porque no hay verdad (en la realidad) y segundo porque yo, como persona real que soy, soy conservador por esencia y también necesito creer que soy el que soy y que me llamo como me llamo, aunque en mi fuero interno sepa, como mi niño antiguo, que no soy ése, que no es verdad que yo sea el que soy



Odi et amo. El llamado delito de odio, del que tanto se oye hablar últimamente, es una amenaza contra la libertad de expresión. Se han tipificado determinados ejercicios de la libertad de expresión como “delitos de odio”, como si el odio fuera de por sí un delito, como si no fuera la otra cara del amor, como nos recordaba Catulo en su célebre odi et amo. Bajo la acusación de “discurso del odio” se esconde, camuflada de buenos sentimientos, la vieja censura inquisitorial, ese intento totalitario que quiere privarnos de la libertad de pensar y de sentir y de decir lo que sentimos y pensamos. Ambos, odio y amor, amor y odio, son sentimientos muy humanos, dos caras de la misma moneda. Y así como antaño se reivindicaba el amor libre, deberíamos proclamar ahora la urgencia del odio igualmente libre y despenalizado.
 
La penalización del odio responde al nuevo paternalismo de Estado basado en el consumo y la ilusión de libertad de elección: frente al capitalismo salvaje en que nos hemos instalado confortablemente existe un proteccionismo moral y cultural reforzado por las redes (anti)sociales, en las que puedes mentir, engañar publicitar y vender a tu propia madre pero no enseñar un pezón o decir que las vacunas no son tales vacunas, sino experimentos genéticos de nula eficacia o seguridad.



Declaran ilegales los discursos que incitan al odio y los penalizan para fomentar el amor al sistema, y para que el mensaje contestatario llegue al menor número de gente posible y puedan contener la infección.

Políticamente incorrecto. Hay un discurso políticamente correcto que se basa en un sistema de verdades oficiales que se repiten obsesiva- y machaconamente a modo de mantras perniciosos en los medios de conformación de masas, en la escuela y demás instituciones académicas, que están coartando la libertad de expresión.  De hecho la palabra “libertad” se está convirtiendo en un término maldito: nadie menciona a la bicha, porque todos dan por sentado que no hace falta mencionarla, que hay libertad, que existe, como dicen ellos, igual que Dios. Y es precisamente, dime de qué presumes y te diré de qué careces, aquello que nos falta.

domingo, 20 de febrero de 2022

Aprender a desaprender (I)

Frente al empeño de algunos pedodemagogos o demopedagogos modernos, da lo mismo como se quiera llamarlos,  de enseñarnos a aprender, he aquí una pequeña contribución en sentido contrario para aprender a desaprender lo enseñado y aprendido.

Lo que más le conviene a cualquiera. Liberarse uno del peso de las conveniencias.

Ideas del tiempo: Hay dos imaginaciones igualmente falsas del tiempo: la cíclica y la lineal: la cíclica responde al ritmo natural, circular, repetitivo del eterno retorno de lo mismo que sin embargo nuna es exactamente lo mismo, propio de las sociedades agrícolas y de la tradición oriental en la que el ser humano nace y renace constantemente como ave Fénix de sus propias cenizas; la imaginación del tiempo lineal, por su parte, procede de la cultura judeocristiana, y se fundamenta en la imagen de una línea recta que fluye desde el pasado atravesando  el presente inasible hacia el futuro. Pero el tiempo de verdad no es ni lo uno ni lo otro: ni un círculo ni una línea recta, vanas figuras geométricas. Reconozcámoslo: no tenemos ni idea de lo que es el tiempo. Cuando nos hacemos una idea de él, ya no es lo que era: el pájaro ha volado y escapado de la jaula.


Cultura. La cultura, igual que el ministerio que lleva o llevaba su nombre,  es un invento del gobierno, como escribió Rafael Sánchez Ferlosio, para crear un ministerio y un ministro, esencialmente incultos, que lleven su nombre, a fin de entretenernos, anestesiarnos y amodorrarnos.

Capitalismo: El modo de producción capitalista no se define por su capacidad de producir riqueza sino, más bien, por su afán de destruirla. Si se considera que la mayoría de las mercancías que se producen hoy en el mundo dentro de seis meses estarán en el contenedor de la basura se comprende enseguida que el capitalismo no fabrica mesas, coches, ordenadores, lavadoras etcétera sino “obsolescencias” que pronto será "residuos". El consumidor que se empeña durante seis meses en usarlos como si fueran mesas, coches, ordenadores y lavadoras acaba él mismo siendo consumido por el deseo de sustituirlos lo antes posible por sus llamadas actualizaciones. En consumidor consumido, convertido él mismo en un residuo marginal de un sistema económico de producción que no produce, valga la redundancia, mesas, coches, ordenadores, lavadoras etcétera sino ideas, que son su verdadera producción, es decir, basura escatológicamente pura. 

Éxito y fracaso. Son cosa de los negocios y de las empresas y empresarios, no cosa nuestra. Nuestra vida no puede considerarse ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.
 
  
No todos somos demócratas. Un presidente del gobierno, de cuyo nombre no quiero acordarme, ha dicho que no sé qué desafío afectaba a la democracia misma. Y añadió: por tanto, nos concierne a todos. Ahí está la mentira. La mayoría -eso es la democracia- no somos todos. Lo que concierne a la democracia puede referirse a la mayoría, pero no a todos. ¡Qué afán totalitario tienen hasta los más demócratas! Pero no todos somos demócratas. Algunos, hay que decirlo,  somos ácratas y no demócratas. Nunca podemos ser todos porque continuamente estamos entrando y saliendo más. Nunca podremos ser buenos súbditos porque esos son los que se dejan contar, los que se están quietos, estabulados, firmes, sumisos, reducidos al número de su documento nacional de identidad, constreñidos a ser lo que son y nada más que lo que son, prietas las filas de votantes y contribuyentes. 

Infantilización: La publicidad nos trata como si fuésemos menores de edad en todos los sentidos de la palabra, incluido el de débiles mentales que necesitan la tutela del Gran Hermano. Si nos tratan como si fuéramos niños o preadolescentes, nosotros, por hipnosis sugestiva, tendemos a responder como tales. Eso es lo malo. Nos infantilizan y nosotros, encima, nos lo creemos.


 
Chantaje emocional: Apelan, más que a nuestra reflexión racional, a la emotividad, practicando la vieja técnica del chantaje emocional que pretende provocar un cortocircuito en el análisis lógico y una disonancia cognitiva, logrando, de paso, inculcarnos ideas, prejuicios, temores o compulsiones que inducirán a los comportamientos que esperan de nosotros.

Promoción de la ignorancia y la mediocridad: La calidad de la enseñanza obligatoria que se imparte al alumnado y la ciudadanía es mediocre y paupérrima, cada vez más, vertiginosamente más, al tiempo que aumenta el tiempo de escolarización obligatoria. Desde los medios de conformación de masas, se impone, además, la moda de ser estúpido, vulgar, chabacano, grosero e inculto. Es lo que está mandado, lo que Dios, o sea el Estado manda.

sábado, 19 de febrero de 2022

Contra los profesores (y II)

     Amós Comenio, en efecto, fue un obispo, teólogo y pedagogo del siglo XVII, uno de los fundadores y responsables de la moderna educación y su cacareado sistema educativo. Versado en el arte de la alquimia, aplicó el concepto de esta al proceso de la ilustración, hasta el punto de que la naturaleza religiosa de la educación y la fe que políticos y economistas depositan en ella, dedicándole enormes sumas de dinero público, es tan evidente que su carácter de piedra filosofal de nuestro sistema político, económico y social corre el peligro de pasar inadvertido. Su dogma fundamental, su idolatría, es que el proceso educativo aumenta el valor del ser humano, capitalizándolo y conduciéndolo hacia una vida mejor y un horizonte constante de progreso. No estamos hablando de la educación religiosa, sino de la naturaleza religiosa inherente a toda educación por muy laica que como ahora se pretenda. 


 
Magister: Veni, puer, disce sapere. (Ven, niño, aprende a saber)
Puer: Quid hoc est sapere? (¿Qué es eso de saber?)
Magister: Omnia, quae necessaria, recte intellegere, recte agere, recte eloqui. (Entender correctamente, obrar correctamente y decir correctamente todo lo que es necesario)
Puer: Quis me hoc docebit? (¿Quién me lo enseñará?)
Magister: Ego, cum Deo. (Yo, con Dios)
Puer: Quomodo? (¿Cómo?)
Magister: Te per omnia ducam, tibi omnia ostendam, tibi omnia nominabo. (Voy a conducirte por todo, a enseñarte todo, a nombrarte todo).
Puer: En! Adsum! Duc me, in nomine Dei. (¡Venga! ¡Aquí estoy! Condúceme, en el nombre de Dios).


    ...Y entonces el maestro comienza a enseñarle al niño el abecedario y empieza así su alfabetización, dentro de una liturgia escolar que agrupa a niños y niñas por edades, a veces también por sexos, en un recinto consagrado a ese fin, el aula, dentro de un centro penitenciario, donde son adoctrinados por personal cualificado... Y lo primero que el niño aprende es el curriculum oculto del sistema educativo, una mentira: extra scholam nulla salus: fuera del recinto escolar no hay salvación; que lo que no se enseña en la escuela carece de valor y lo que se aprende fuera de ella no vale la pena aprenderlo. Y también que hay dos mundos: el real al que está abocado y al que un día entrará, mal que le pese, y el sagrado, en el que se le encierra “para que aprenda”, en el que todo es “por su bien”, es decir, para que se prepare para el siempre incierto día de mañana y para pasar por el aro como domada fierecilla.

    Comenio diseñó el mapa educativo por el cual, hasta hoy, nuestras sociedades continúan orientándose y rigiéndose. La vida se configura como una escuela permanente en un constante proceso de enseñanza y aprendizaje, como dicen ahora los pedagogos; y el ser humano, como un homo educandus, un animal que ha de ser educado “para que aprenda... a aprender”.
 
      Cuando entré por primera vez en la sala donde se congregan los profesores antes de empezar las clases (denominadas hoy con 'corrección' lingüística 'Salas de Profesores y Profesoras'), comprobé que allí, en lo que yo creía en mi ingenuidad que era un templo de sabiduría, se decían las mismas tonterías que en la calle,  el nivel intelectual era paupérrimo, y su conversación giraba en torno a reivindicaciones salariales, siempre insuficientes para un trabajo tan ímprobo, y a los alumnos, que eran unos auténticos zoquetes. 
 
    Había básicamente dos modelos de profesores: el autoritario y conservador, de índole tradicional, enemigo de los medios audiovisuales y de las nuevas tecnologías, que dictaba sus lecciones magistrales ex cathedra y que estaba ya cuando yo empecé ya en franca decadencia, y el mayoritario o democrático y progresista, que pactaba con los alumnos todas las medidas y que se consideraba uno más, en el que yo milité, y que me parece tan execrable como el otro o más, que de entrada se presenta como 'profe guay'.
 
Profesores con faldas contra los estereotipos sexistas... ¡y con mascarilla!
 
     Los profesores más jóvenes que he conocido en estos últimos tiempos, procedentes todos ellos de las canteras de la ESO, eran en su mayoría, además de prepotentes y arrogantes como los viejos, extremadamente sumisos a las ideas dominantes y creídos. Los más creídos son, después de todos, los que más creen, en el sentido de que tienen fe en su misión profesional de apostolado laico. No son los profesores autoritarios de antaño ni tampoco los progres, sino los colegas de hoy, que resultan al fin y a la postre tan repelentes como aquellos porque disfrazan su condición de lobo bajo la piel del cordero. Consideran que ellos no tienen que enseñar los rudimentos de sus respectivas materias, sino que su principal tarea es formar a los alumnos integralmente para lo que es preciso adoctrinarlos. Están convencidos de ser educadores en lugar de enseñantes o docentes.
 
    El peor recuerdo, sin embargo, que conservo de mi dedicación a la enseñanza no es el trato con los alumnos curso tras curso ni tampoco con los colegas, sino la creciente burocracia que exige la administración a través de la inspección a los profesores, que ha ido aumentando según pasaban los años hasta extremos increíbles,  y los requisitos cada vez más imperiosos de las sucesivas reformas educativas,  una burocracia que se ha digitalizado con la entrada de las nuevas tecnologías en las aulas en los últimos años, lo que en lugar de resolver el problema lo ha complicado más todavía y agravado.

viernes, 18 de febrero de 2022

Contra los profesores (I)

    Le tomo prestado el título para esta entrada a Sexto Empírico: Contra los profesores. En latín Aduersus mathematicos. En el griego original: Πρὸς μαθηματικούς (pròs mathēmatikoús). Despotricaba Sexto Empírico, en efecto, contra los profesores o mathēmatikoí, que eran los depositarios del saber y encargados de enseñar las disciplinas que constituían en la antigüedad helenístico-romana la base de la formación cultural de las personas educadas, que la Edad Media heredó en sus célebres trivium (gramática, retórica y dialéctica) y quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música), llegando hasta nuestra educación -ya no enseñanza- primaria y secundaria. 
 
    Sexto, en efecto, anula enseguida la condición del maestro y el discípulo: el maestro es aquel que no tiene nada que enseñar, y sin embargo enseña (lo que no sabe), y el discípulo, aquel que no tiene nada que aprender y, por lo tanto, no aprende nada una vez que ha entrado en uso de razón y lengua. Solo se salva quizá de la quema la enseñanza del arte de leer y escribir. Pero para aprender a leer y a escribir, como para hablar, no hacen falta profesores. El maestro, pues, es aquel que posee un título que acredita su ignorancia.
 
 
    Soy consciente de que metiéndome con los profesores tiro piedras contra mi propio tejado, contra el tejado al menos que a mí también me cobijó, como profesor que he sido. Pero creo que esa condición me autoriza precisamente a hablar en contra de lo que tan bien conozco. Me hago eco del refrán: “Pájaro mal nacido es el que ensucia su nido”. El nido al que me refiero es la educación, nombre actual de la enseñanza, que era denominación más honesta. Acepto ser un “pájaro mal nacido” como el del refrán, y me dispongo a defecar sobre mi propio nido. Considero que eso me da derecho a opinar sobre la educación y los problemas de esta que son responsabilidad del profesorado: el desinterés del gremio en primer lugar por la enseñanza de la materia que imparte, falta de formación adecuada y el peor de todos... el desprecio por los alumnos que son considerados seres inferiores, o, como dice un colega, infraseres. 
 
    Estos seres inferiores vienen de casa cada vez peor educados para que los eduquen los profesores creándolos a su deplorable imagen y lamentable semejanza porque sus padres no pueden hacerlo. Hay que conseguir que sean buenos, y buenos quiere decir, ante todo, obedientes. Son educandos, que no es un gerundio según la vieja gramática, sino un gerundivo latino, es decir un participio de futuro pasivo con la idea de que se va a sufrir como sujeto paciente una acción que se proyectará en el tiempo, y significa que han de ser educados, que serán adiestrados como fierecillas domadas para que pasen por el aro, según la metáfora circense en la que el domador fuerza al tigre o al león a pasar por el aro envuelto en llamas. 
 
Pasando por el aro  
 
    Ivan Illich en La sociedad desescolarizada relacionaba el desarrollo de la educación con la figura del obispo Jon Amos Komensky, más conocido con el nombre de Comenius o Amós Comenio, que pretendía “enseñar todo a todo el mundo”. No sólo es un precursor de la pedagogía moderna, sino también un experto alquimista. La alquimia, en palabras de Illich (op. cit.) “pretendía transmutar el plomo vil, los elementos vulgares, en oro, haciendo pasar sus espíritus destilados por las 12 etapas del enriquecimiento”. Los alumnos, según la impostura alquimista, serían el plomo vil, los seres inferiores que decíamos antes, que deben ser transmutados, gracias al proceso educativo, en oro puro, lo que no deja de ser una grosera superchería: la gran estafa de la educación.  El plomo vil es plomo vil y nunca podrá convertirse en oro. 
 
      Ya lo advertía Sexto Empírico cuando distinguía entre “inexpertos o legos” y “expertos”: el inexperto no puede convertirse en experto cuando es inexperto, ni tampoco cuando es experto, pues entonces no se convierte en experto sino que lo es. Lo que traducido a nuestro propósito significa que el plomo vil es plomo y no puede convertirse en oro. Y si es oro en lugar de plomo vil tampoco puede convertirse en lo que ya es de por sí, puesto que ya lo es. Y prosigue nuestro escéptico Sexto Empírico con su razonamiento:  Pues si es inexperto, es como un hombre ciego o sordo de nacimiento, y así como éste no podrá nunca formarse un concepto de los colores o de los sonidos, del mismo modo el inexperto, en tanto que inexperto, ciego y sordo como es en lo que concierne a los principios técnicos, tampoco será capaz de ver u oír nada de ellos; y si se ha convertido en experto ya no se le enseña, sino que está instruido.

jueves, 17 de febrero de 2022

Del triunfo y victoria de la Ciencia

    La ciencia progresa que es una barbaridad, como decía el otro, pero el progreso de la ciencia consiste en mejorar sus explicaciones con la pretensión de llegar a una explicación que sea definitiva y verdadera para lo que debe contradecirse constantemente, tarea inacabable. Las cosas necesitan explicaciones y de buscarlas se encarga la ciencia, pero esas explicaciones no se encuentran en las cosas mismas, sino en el lenguaje que habla de ellas. La causa -origen de nuestra palabra cosa- "es algo siempre escurridizo, que nunca deja de resbalar entre pertenecer a la esplicación (sic) de las realidades o pertenecer a las realidades que ella esplica (sic)", como dice Agustín García Calvo en los prolegómenos a su traducción de De rerum natura de Lucrecio. De ahí que se recurra a la multicausalidad, es decir, en lugar de buscar una única causa supuestamente verdadera se presentan varias causas que se saben esencialmente falsas para no dejar las cosas sin explicación. Pero el problema no reside en encontrar la causa, sino la cosa, que se da por supuesta, o sea, que suponemos que está ahí, independientemente de la palabra que la nombra y que la crea. Y eso es mucho suponer.   

  

El triunfo de la Ciencia, Jordan Henderson

      Jordan Henderson se hace eco en dos de sus obras del triunfo y de la victoria de la Ciencia, con mayúscula como corresponde a su apoteosis, ya que es la nueva Religión, sobre la libertad y la verdad respectivamente. En primer lugar, el Triunfo de la Ciencia, en el que una alegoría de la Ciencia, personificada como una mujer con bata blanca, mascarilla, guantes y gafas sanitarias y una espada ensangrentada ha cortado la cabeza a otra y la enarbola con su mano derecha recordándonos la escultura de Perseo con la cabeza de Medusa de Benvenuto Cellini. 

Perseo con la cabeza de Medusa,  Benvenuto Cellini (1545)
 

    La mujer, que yace decapitada en el suelo y que es pisoteada por la Ciencia, es, según el artista, Libertas, una vieja diosa romana que personifica la Libertad.  El aura de luz que desprende su cabeza, ese sol luminoso, subraya la idea de triunfo. Un pie de la Ciencia triunfante pisa a la Libertad, que llevaba en la mano un bastón con un gorro frigio -de color rojo, como el de los libertos en la antigüedad, y los revolucionarios franceses en la edad moderna. Con el otro pie la Ciencia pisotea una serpiente que, enroscada sobre el báculo de Asclepio o Esculapio representa la vieja medicina curativa que también ha sido derrotada, al igual que la libertad. Un gato con el lomo erizado contempla, como nosotros, el horror de la escena.


 La Victoria de la Ciencia, Jordan Henderson


    En segundo lugar, la Victoria de la Ciencia. El mismo motivo: una mujer con las mismas características que la otra, sólo que ahora levanta su espada ensangrentada, pisotea a otra, a la que ha decapitado, y que representa a VERITAS, la Verdad en latín. Si alguien se pregunta por qué estas alegorías de la ciencia, la libertad y la verdad son mujeres, se debe sin duda a que en latín los tres términos eran de género gramatical femenino SCIENTIA, LIBERTAS Y VERITAS, género gramatical arbitrario que conservan en castellano. Un papel en sus manos lleva escrita la palabra TRUTH para que no quepa duda de que lo que ha vencido la Ciencia es la verdad, por lo que podemos reinterpretar esta alegoría como el triunfo de la mentira.
La Victoria resulta más macabra y terrorífica, si cabe, que el Triunfo porque no tiene como trasfondo un paisaje natural. La sangre también abunda más tanto en el suelo como en la bata blanca. La mujer con la bata blanca no sólo representa en ambos cuadros el triunfo y la victoria de la Ciencia, como dice el título de los lienzos, sino que sugiere además que el crimen se ha cometido en nombre de la medicina y la sanidad. 

    Viene a decirnos con estos dos óleos el artista que la Ciencia no es ni liberadora ni verdadera, sino todo lo contrario: se alza sobre los cadáveres de la Libertad y de la Verdad, que han sido asesinadas y son por ella pisoteadas. No tiene ningún sentido contraponer Ciencia y Religión, porque la Religión del siglo XXI es la Ciencia, y de la nueva fe religiosa se puede decir, como de la vieja, que es el opio del pueblo, y que en nombre de ella, como dijo Lucrecio, se han cometido "scelerosa atque impia facta", acciones criminales y despiadadas.   

miércoles, 16 de febrero de 2022

El 'green pass' o la alegoría del semáforo verde.

    Que lo verde sea lo autorizado y lo rojo lo que no lo está no deja de ser una convención como otra cualquiera, y es por lo tanto arbitraria como cualquier convención. Se cuenta que en China se trató durante la Revolución Cultural de invertir el significado y de hacer que la luz roja del semáforo diera paso libre y la verde prohibiera el paso a vehículos y peatones, basándose en que el rojo era el color del partido y de la bandera comunista y, por lo tanto, el color nacional, pero parece que el intento fue caótico porque la gente no sabía muy bien a qué atenerse, y unos, apegados a la tradición, funcionaban según la antigua convención, y otros, más jóvenes, seguían las directrices de las nuevas ordenanzas del Partido.


     Que el rojo sea el color de la prohibición se justifica argumentando que es el color de la sangre, y el derramamiento de sangre es señal de peligro. Es además el rojo uno de los primeros colores que se ve en el espectro, el más llamativo, mientras que el verde, que se asocia en política al ecologismo, y en lenguaje sanitario a los quirófanos, resulta más relajante. Quizá por eso al salvoconducto -es un decir- que se han sacado de la manga -es otro decir- gobiernos como el italiano, imitando los colores de los semáforos, le dicen, ávidos de anglicismos, “green pass”, o sea, “pase verde”, como si fuese un semáforo que se pone verde y que nos da paso y vía libre. 
 
Unos ciudadanos muestran el pasaporte covid para acceder a un recinto.

   La fotografía de arriba muestra un hecho, hasta ahora insólito, como si fuera lo más normal del mundo. El comentario del periódico de donde está tomada, completamente falso, dice: “El certificado covid europeo muestra su utilidad para la salud y la economía.” El certificado covid europeo es el green pass de los italianos.  Utilidad para la salud no le veo yo ninguna, porque los poseedores de dicho documento pueden contraer la enfermedad y contagiarla como todo quisque (o más). Que se le llame "pasaporte sanitario" entre nosotros tampoco tiene mucho sentido. Si sanidad es sinónimo de salud, cosa que dudo, no debería llamarse así, a no ser que entendamos lo de sanitario como “expedido por el Ministerio de Sanidad”: un certificado burocrático que dice que el poseedor ha recibido una o dos o tres inyecciones hasta la fecha, lo que no quiere decir que no sea contagioso y que esté sano o que esté más sano que alguien que no lo haya hecho, pero tiene acceso libre. Tampoco le veo yo la utilidad para la economía, por mucho que lo diga el periódico.

     Tanto el nombre -pase, paso- como el color -verde- que evoca el green pass son una regulación del tráfico. Y ya sabemos lo que ocurre en las ciudades donde hay semáforos que regulan el tráfico: se organiza el caos sobre ruedas. Se preguntaba, a propósito de esto, Chicho Sánchez Ferlosio si se ha puesto el guardia a dirigir el tráfico a despecho de los semáforos porque se ha formado un embotellamiento fuera de lo común o se ha formado un embotellamiento fuera de lo común porque el guardia se ha puesto a dirigir el tráfico a despecho de los semáforos. Adivina la respuesta. 

    Lo que quieren los gobiernos es controlar nuestro paso como si fueran un semáforo. Controlan así nuestra obediencia, nuestra sumisión, y por eso utilizan esos colores: rojo prohibición, verde vía libre.


    Quizá lo más sensato es que no hubiera semáforos reguladores del tráfico por respeto a los daltónicos, que no distinguen el color rojo del verde (por lo que no sé si la Dirección General de Tráfico que se encarga de organizar el caos en nuestras carreteras les concederá el permiso de conducir) o que, de haberlos en los lugares peligrosos, por ejemplo en los cruces de caminos,  sólo tuvieran un color que no fuera ni el rojo ni el verde, sino el ámbar de la precaución, o, mejor dicho, del cuidado. Cuando uno llega a ese punto tiene que tener cuidado. Simplemente.