viernes, 5 de junio de 2026
Recuerdos inolvidables de lo que no ha pasado todavía y ya es historia
jueves, 4 de junio de 2026
Que no somos libres
miércoles, 3 de junio de 2026
Mensajería de ocasión
martes, 2 de junio de 2026
Leyendo la Bhagavad-Gita
Leyendo El cántico del Señor, que fuera escrito / en la sagrada lengua muerta de la India / en versos de oro viejo de epopeya, encuentro / al bravo héroe del cantar de gesta, de ojos / como pétalos de loto y poderosos brazos, / al arquero Arjuna que, firme, nunca yerra el tiro / ni siquiera cuando lanza a ciegas una flecha, / y a su divino auriga y escudero Krisna.
En boca están del consejero del rey, Samjaya, / que al monarca ciego le refiere lo que pasa / en el campo de batalla, en donde va a librarse / el combate que decidirá la gobernación / del reino. El héroe, de la casta de los guerreros, / inmerso en una guerra atroz que enfrenta a hermanos, / no puede sostener por vez primera el arco, / lo aparta de su lado, lo ha tirado al suelo.
No es un cobarde. Ha dado pruebas de valor / muchas al mundo. Siendo joven se internó, / en el bosque, solo, sin más armas que una espada, / siguiendo el rastro de un furtivo tigre de oro / que se perdía en la espesura lujuriosa / de la selva antigua, primordial, que ciñe al mundo / y lo amenaza; al fin halló a la rayada fiera / y en el espejo de sus ojos pudo verse,/ la desafió y retó de frente, cara a cara / conjurando así su propio miedo para siempre. / Rugía el tigre, su rugido lo ensordece / multiplicándose en la sombra de sus ecos; / le dio la muerte al fin, clavándole desnuda / la espada limpiamente, con bravura firme: / perdura el tigre, sin embargo, aquí en el verso, / agazapado en la penumbra del poema.
Apoya el héroe a su hermano Yudhisthira, / pretendiente al cetro que le niega Duryodhana, / su primo, el hijo del viejo rey Dhritarastra el ciego, / que usurpa el trono y oye ahora el relato / de su secretario, y muestra signos de visible / preocupación. Los dos ejércitos, en orden / de combate, aguardan la señal que dé comienzo / a la batalla en la llanura de Kuruchetra.
Arjuna, el héroe, desfallece, le tiembla el pulso: / prefiere el tigre y no el zarpazo de la guerra, / la propia muerte y no una guerra sin sentido, / quiere la paz, cansado de una lucha horrenda. / Al ver las huestes enemigas, ha llorado, / no puede contener las lágrimas del llanto, / reconociendo allí a su larga parentela / y a los amigos muchos de su lejana infancia / entre las filas del ejército rebelde.
Entonces Krisna, que es también un buen amigo, / le recuerda al héroe su deber, que es el combate, / y que si renuncia y abandona la pelea / será tachado con la infamia del cobarde; / Arjuna escucha cabizbajo y deprimido, / la voz de aquel le revela entonces que es lo mismo / ganancia y pérdida, paz y guerra, noche y día, / lo mismo blanco y negro, bueno y malo, luz / y sombra, el éxito que el fracaso, vida y muerte: / que son idénticas la victoria y la derrota / después de la batalla: son lo mismo todos / los contrarios juntos: da lo mismo, pues, / luchar que no luchar, pero es mejor luchar: / que sólo se libera de la acción no aquél / que deja de actuar y se retira y huye / del mundo y siglo a las desiertas soledades / como si fuera un ermitaño anacoreta, / sino el que actúa desinteresadamente, / sin esperar la cosecha y fruto de sus hechos, / sin heredar las consecuencias de la acción, / que nos encadenan a la rueda de la existencia / de nuestra propia identidad, real y falsa.
Comprende Arjuna, el toro entre los hombres, algo: / que no es su siervo Krisna quien ahora le habla, / sino la voz común de la razón, que no es / propia de nadie, que es de todos, como el aire; / y se ha encarnado en él ahora la palabra / divina y es portavoz del verbo y su avatar; / y Arjuna duda y le pregunta a su escudero: / -¿Quién eres? ¿Qué eres tú? -Yo soy, responde el Negro, / el ser que no ha nacido y nunca va a morir.
Arjuna tiembla, siente un largo escalofrío, / y se estremece; entonces ve o le parece ver / un largo río, el Ganges, sin principio y fin, / que arrastra en su vorágine y corriente ciega / al propio héroe, a su escudero, y todo el tiempo, / y a los seres todos, existentes e irreales, / en su imposible y su sin fin pluralidad: / vivos y muertos, dioses y hombres, semidioses, / sierpes aladas y dragones fabulosos, / y criaturas mil que nunca nadie imaginó / que cambian formas y tamaños y colores, / y un solo ser de muchos ojos y muchas bocas / y brazos, piernas, corazones, almas, sexos / femeninos, masculinos; y él lo entiende ahora / y le confiesa: -Ya comprendo, amigo mío, / ¡Cómo he podido estar tan ciego sin darme cuenta! / No temas, voy a pelear... y ya renuncio / a la victoria y la derrota al mismo tiempo, / que son la misma cosa, sólo así, tal vez, / encontraré la auténtica y la verdadera / victoria, más allá del triunfo y los fracasos, / la paz que yo, con toda mi alma y de verdad, / anhelo, no ensombrecida por la guerra nunca, / la vida verdadera y no su sombra eterna.
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A punto está de comenzar esta batalla / que sin embargo nunca va a tener lugar: / Los elefantes atropellan y pisotean / a los guerreros y caballos: con sus colmillos / siembran la muerte y pánico; se oye el estruendo / de las muchas armas; ya los carros de combate / arremeten unos contra otros, contundentes; / miles de flechas van volando por los aires / borrando el cielo: ya resuenan los clarines, / acrecentando el alboroto y la confusión; / por todas partes se proyecta allí la sombra / inequívoca de la vasta muerte. El viejo rey / Drhitarastra el ciego, ha decidido ahora mismo / emprender la huida sin demora a las montañas.
El propio Arjuna, ya no duda, va a matar / (ya no le tiembla el pulso cuando tensa el arco / y saca de su aljaba flechas tremebundas, / en este instante, que es la propia eternidad) / a quinientos hombres de una vez, inundado el campo / de sangre roja derramada inútilmente.
















