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domingo, 28 de junio de 2026

Los -ismos (y los -istas)

No habrá seguramente sufijos más abundantes y universales que -ismo e -ista no sólo por su rancio abolengo, sino también por lo productivos que siguen resultando todavía. Proceden del latín -ismus e -ista, y en última instancia del griego -ισμός e -ιστής. Pero en su origen no eran tales simples sufijos, sino la fusión de una raíz verbal acabada en -íζ-, como resultado del protogriego *-ιδy-  donde la yod se aplicaba a activar raíces nominales (por ejemplo ἐλπίδy-ω > ἐλπίζ-ω, esperar, sobre la raíz  ἐλπίδ- esperanza), con los sufijos propiamente dichos -μός de acción y -τής de agente, como por ejemplo βαπτίζω (sumerjo, bautizo), que origina βαπτισμός, bautismo, y βαπτιστής, bautista.

La formación del sufijo -ισμός a partir de verbos acabados en -ίζω es paralela a la creación de sustantivos acabados en -ασμός y -αστής a raíz de verbos acabados en -άζω. Este último sufijo, sin embargo, no ha tenido tanta difusión como el primero, del que hay centenares de ejemplos en la lengua griega, aunque hay algunos casos como el verbo ἐνθουσιάζω del que conservamos los sustantivos ἐνθουσιασμός, entusiasmo, y ἐνθουσιαστής, entusiasta. 



En origen, pues, el sufijo -ismo servía para re-crear sustantivos a partir de raíces verbales formadas sobre nombres, y denotaba proceso que expresa la acción o a veces resultado. Este procedimiento acabó extendiéndose a cualesquiera otras raíces verbales y nominales. Muy abundante en griego clásico, pasó al latín en helenismos a partir del siglo II de nuestra era, y a partir del siglo IV se hace cada vez más abundante y productivo, usándose ya para crear neologismos que no son préstamos griegos, hasta llegar a las lenguas modernas donde sigue estando vivo y productivo.

El sufijo -ίζω tenía en griego clásico un doble valor: por un lado factitivo y por otro ecoico u onomatopéyico. Cuando se unía a un gentilicio o a un nombre de persona, se indicaba adopción de costumbres, partido o lengua: ἐλληνίζω hablo griego, φιλιππίζειν ser del partido de Filipo. En el diccionario de Anatole Bailly aparece χριστιανίζω con el significado de hacer profesión de fe cristiana, y a raíz de ahí χριστιανισμός, cristianismo como la profesión de dicha creencia religiosa. La adaptación latina sería christianizo y christianismus, documentada ya en Tertuliano. Sobre este modelo se formarán nombres de religiones, herejías, sectas o sistemas filosóficos. A partir del Renacimiento y hasta nuestros días las formaciones en -ismo comienzan a ser numerosas en todas las lenguas europeas.

Los usos modernos más importantes de este sufijo son la formación de un nombre de acción sobre verbos acabados en el sufijo -izar, denominando el proceso o el cumplimiento de la acción o su resultado, como por ejemplo bautismo, organismo, sincronismo, pero también una característica personal como heroísmo, patriotismo, despotismo, sin olvidar la formación de un sistema, teoría o práctica de tipo religioso o filosófico, político o social, basándose a veces en el nombre propio del fundador como budismo, calvinismo, epicureísmo... Pueden formarse con términos descriptivos nombres de doctrinas o ideologías como agnosticismo, estoicismo, feminismo, capitalismo, machismo, hedonismo... Un uso documentado desde la antigüedad es la formación de términos que denotan una peculiaridad lingüística como anglicismo, latinismo, a los que puede añadirse arcaísmo, clasicismo, modernismo, vulgarismo, y tantas denominaciones de tendencias artísticas vanguardistas como surgieron en el siglo XX.

Interesa especialmente por su reciente actualidad la formación moderna de nombres que tienen el falso sentido de superioridad o supremacismo como racismo, sexismo, nacionalismo, especismo, patriotismo, etc. sin perder de vista el que engloba a todos los demás humanismo, por aquello de Protágoras de que el hombre es la medida o metro patrón de todas las cosas "de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son", lo que implica que vemos la realidad bajo nuestra óptica humana, reduciéndola a nuestra medida.

viernes, 19 de junio de 2026

Hombre a medida

    Releyendo el otro día ¿Qué es lo que pasa? de ¿Agustín García Calvo?, edit. Lucina, 2006, me sorprendió la traducción que daba del axioma de Protágoras (Platón, Teeteto, 152 a) : De todas las cosas es medida el hombre, de las que son lo que sean en cuanto que él es lo que es, y de las que no son lo que no sean en cuanto que él no es lo que no es
 
    En la primera parte de la frase, que es la más conocida y citada, no hay ningún problema de traducción ni de interpretación. Todas las versiones consultadas coinciden en lo mismo: Πάντων χρημάτων μέτρον ἐστὶν ἄνθρωπος: El hombre es la medida de todas las cosas. Se ha entendido siempre como que no hay valores o verdades universales válidos para todos: lo que es bueno para algunos puede no serlo para otros, ya que la experiencia de cada cual constituye el criterio de verdad por la propia percepción de la realidad. 
  
  
    La traducción de García Calvo de la segunda parte de la frase sorprende por su carácter de glosa que alarga quizá innecesariamente la frase: de las que son [lo que sean] (τῶν μὲν ὄντων) ... y de las que no son [lo que no sean] (τῶν δὲ οὐκ ὄντων). Las traducciones consultadas en varias lenguas se limitan a decir: de las que son y de las que no son. Los añadidos del traductor “lo que sean” y “lo que no sean” están implícitos en los participios, por lo que podemos considerarlos innecesarios por superfluos, una paráfrasis más que una traducción literal. 
 
    Pero lo que me llamó la atención de la versión propuesta es la interpretación del ὡς ἔστιν,  que se traduce, en el primer caso, “en cuanto que él (sc. el hombre)  es lo que es”, y del ὡς οὐκ ἔστιν, en el segundo, que es su negación: “en cuanto que él no es lo que no es”. Es ahí donde radica la mayor diferencia con las traducciones consagradas, que interpretan que el sujeto de este verbo no es el hombre de la primera frase, sino “las cosas que son”, por lo que vierten así su contenido: 
    -«El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son».
    -«L'homme est la mesure de toutes choses, de celles qui sont pour ce qu'elles sont et de celles qui ne sont pas pour ce qu'elles ne sont pas». 
    -«Man is the measure of all things, of the things that are, that they are, and of things that are not, that they are not». 
    -«Der Mensch‚ das Maß aller Dinge‘ sei‚ derjenigen, die sind, so wie sie sind. Derjenigen, die nicht sind, so wie sie nicht sind». 
    -«L'uomo è misura di tutte le cose: di quelle che sono, in quanto sono, e di quelle che non sono, in quanto non sono».
 
 
    La interpretación de García Calvo considera, a modo de lectio facilior, que si el verbo está en singular su sujeto puede ser perfectamente el hombre. Tradicionalmente se ha preferido la lectio difficilior que considera que el sujeto es el plural neutro “los seres, las cosas que son” τὰ ὄντα (ta onta). Sin embargo, más adelante, en el mismo libro, García Calvo ofrece otra versión introduciendo anacrónicamente, como reconoce él, el verbo “existir”, e intentando recoger ambas lecturas posibles en una sola: “El Hombre es metro o medida de las cosas todas, de las que existen en cuanto existen y él existe, y de las que no existen en cuanto no existen y él no existe”. 
 
    Quizá no debamos, sin apartarnos de la traducción tradicional, despreciar el añadido de García Calvo. Podemos entender que, en efecto, el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son (y él es una de ellas de las que es medida)  en cuanto son y de las que no son (y él es una de ellas de las que es medida) en cuanto que no son”. Como comenta el autor en la obra citada, no hay que interpretar en todo caso la frase de una forma positiva, como suele hacerse ordinariamente, en el sentido de que el hombre es el rey de la creación o algo así, sino negativamente, como una declaración de que nosotros, el Hombre, no podemos entender lo que pasa con la Realidad porque la tenemos que tomar reducida al nivel de nuestra medida, tomando nuestro tipo de lenguaje, el humano, como si fuera la lengua o razón misma. La gran dificultad de toda filosofía o ciencia consiste en que está siempre demasiado bien ajustada a la medida humana; hasta las teorías más sutiles que esploran (sic, como se pronuncia) los enredos de la 'medida' son también demasiado humanas; y así no se puede ir muy lejos en cuanto a descubrir la falsía de la Realidad; pero ello es que 'el Hombre' no es más que un caso de las cosas, y “todas las cosas hablan”, cada cual a su manera.
  
    No puedo, sin embargo, pasar por alto la valiosa sugerencia del poeta francés Paul Valéry sobre el problema del homo-mensura u “hombre-medida”, a quien le parecía oscuro el final de la frase y por eso mismo digno de interés, y en sus Cuadernos (C. XV, 415) escribía: No es el verdadero texto según me parece. Yo cambiaría los “evaluadores” y lo diría al revés: τῶν μὲν ὄντων ὡς οὐκ ἔστιν, τῶν δὲ οὐκ ὄντων ὡς ἔστιν. Es decir aplica la negación a las cosas que son y la afirmación a las que no son, afirmando el no ser y negando el ser. Y añade “pues tal es la fuerza extraña del hombre que da a lo que no es poder y efectos de existencia (en un sistema o dominio que es por lo tanto recíproco) y elimina o rechaza a lo que es sus caracteres. A primera vista esta permutación de los evaluadores que propone Valéry invierte totalmente el sentido de la fórmula, de la que cree así haber encontrado su sentido original. Las cosas que no son serían las cosas que no son reales, y serían todas las construcciones imaginarias del hombre en general y, en particular, las del artista. Para Valéry las cosas que son no pueden conjugarse en presente, porque nada es lo que es, es decir, lo que parece.

martes, 20 de julio de 2021

Una lección de ateología clásica

    Cualquier tratado de ateología clásica podría empezar muy bien con la siguiente cita del más ilustre de los abogados romanos, Marco Tulio Cicerón: Velut in hac quaestione plerique […] deos esse dixerunt, dubitare se Protagoras, nullos esse omnino Diagoras Melius et Theodorus Cyrenaicus putauerunt.  La mayoría cree que  hay dioses. Protágoras dijo que él lo dudaba. Diágoras de Melo y Teodoro de Cirene pensaron que no había dioses en modo alguno. Protágoras quedaría, pues, como un agnóstico, mientras que Diágoras y Teodoro serían nuestros primeros ateos. 


 Reconstrucción del Partenón.
 
    Comencemos por Protágoras,  que escribió un tratado sobre los dioses e hizo una lectura pública en Atenas de larga resonancia. Se organizó el escándalo porque el sabio reconoció su ignorancia. Oigamos su voz solemne al cabo de los siglos profiriendo imperecederas palabras: Sobre los dioses no puedo decir si los hay o no ni cómo son, pues son muchos los obstáculos que me lo impiden... Sin duda alguna, Protágoras ofendió las creencias y principios morales de muchos de sus contemporáneos dando fe de su incredulidad. Fue enseguida tachado de blasfemo y ateo. Todos sus escritos fueron quemados, en una de las primeras cremaciones de libros de la historia públicamente en el ágora de Atenas. Se requisaron, además, los ejemplares que obraban en manos de particulares por medio de la fuerza pública: comenzaba la persecución de la palabra.

 Teatro antiguo de Melo (hoy Milo, Grecia)

    ¿Quién fue Diágoras de Melo? Un poeta del siglo V antes de Cristo. Diágoras el ateo de Melo fue discípulo de Demócrito. Llegó a la conclusión de que no podía haber dioses ni tampoco un solo Dios habiendo tantas injusticias impunes en el mundo. Fue condenado a muerte por divulgar los misterios secretos de Eleusis (ritos de iniciación al culto de las diosas Deméter y Perséfone) con la intención de promover la incredulidad y la reflexión entre sus contemporáneos. Una fuente árabe del siglo XI, Mubashshir, basándose al parecer en Apolodoro, dice que al persistir en su ateísmo y descreimiento, hubo un intento de asesinarlo. Un arconte llamado Carias habría puesto precio a su cabeza, diciendo que se recompensaría con una gran suma a quien matara al melio.

 Templo de Zeus en Cirene (Libia)

    ¿Quién fue Teodoro de Cirene? Un filósofo cirenaico que vivió a caballo entre los siglos IV y III a. C. y que fue el maestro del cínico Bión de Borístenes,  otra víctima de la intolerancia.  Su nombre significa regalo de dios, y era, oh paradoja, un sindiós, un contradiós, un ateo. Nació en Cirene, la colonia griega del norte de África en la costa de Libia, y se vio influido por la filosofía hedonista de la escuela cirenaica que hacía consistir el supremo bien en los placeres sensuales y el goce de la carne: aprecio de los bienes materiales y desprecio de los valores del espíritu. Teodoro, pues, tuvo que salir por pies de Atenas por haber publicado un libro sobre los dioses tachado de impiedad. Negaba tajantemente su existencia. Consideraba que religión y moral eran convencionalismos sociales. Decía este sumo sacerdote del ateísmo y pontífice máximo de la anarquía, antes de que haga fortuna en el mundo la palabra, que el robo o el sacrilegio no eran actos inmorales de suyo, sino en virtud de lo que establecía la sociedad y nos mandaba. Así, robar es delito y pecado en una sociedad como la nuestra que defiende la propiedad privada. Nadie ha dicho todavía que el auténtico robo es la propiedad privada como sentenciará Proudhon siglos después. Teodoro también sostenía que los hombres no tenían patria, como Diógenes, como Miguel Bakunín, quien exclamará algún día por venir que el verdadero patriotismo consiste en aborrecer de corazón todas las patrias. También dirá este revolucionario ruso algún día en una reunión memorable de polacos en París que no tenía importancia ser polaco o ruso, que ser un hombre libre era lo solo que importaba.

 Jesús echando a los mercaderes del templo, Cecco del Caravaggio (1610)

     Todavía el verbo encarnado en la figura de Jesús el Nazareno no ha clamado, irrumpiendo en el templo y expulsando a mercaderes y cambistas del recinto sagrado, que no se puede servir a la vez a Dios y al dinero (Mateo 6, 24): eso era cuando Dios y el Becerro de Oro, esto es el ídolo veterotestamentario que representa el poder omnímodo del vil metal, eran dos cosas distintas y no la misma como son hoy. 
 
    Hoy las catedrales, sinagogas, mezquitas y pagodas, es decir los templos o recintos sagrados, son las sucursales de los grandes bancos con sus cajeros automáticos a modo de confesionarios.  El mundo es una enorme superficie comercial. Dios, el viejo Jehová, el egoísta, el celoso, el déspota cruel de los judíos, el único y monoteísta que proclamó su existencia a voces en el monte Sinaí e hizo que los dioses y diosas antiguos se murieran de risa a carcajadas, es el dinero. Y viceversa. Esto conlleva que servir al Becerro de Oro equivalga a servir a Dios y que la moderna epifanía de la fe sean las tarjetas de crédito que expide la iglesia triunfante de la Banca.


    Marco Minucio Félix escribió un diálogo, llamado Octavio,  en el que participan tres personas: el autor, y dos amigos suyos: Octavio, que es un cristiano, y Cecilio, un pagano. Van de camino a Ostia y al pasar ante una estatua de Serapis, Cecilio lanza un beso al aire, lo que da pie a una discusión en forma de debate en la que Cecilio actúa como fiscal que ataca el cristianismo. Octavio es el defensor de la nueva fe. Y Minucio es el juez. Cecilio defiende el paganismo y ataca el cristianismo, y resulta interesante bajo nuestra perspectiva actual la crítica que hace del cristianismo desde su óptica pagana. Octavio lo refuta, y finalmente Cecilio acepta la fe cristiana, convirtiéndose a ella, por lo que Minucio se siente feliz. 


    Minucio Félix menciona (Octavio I, 8, 2)  allí a nuestros dos ateos condenándolos al olvido del que aquí pretendemos rescatarlos: Aunque esté aquel célebre Teodoro de Cirene, o bien el que, antes que él, Diágoras de Melo, a quien la antigüedad colgó el sambenito de ateo, sit licet ille Theodorus Cyrenaeus, uel qui prior Diagoras Melius, cui atheon cognomen adposuit antiquitas, quienes, afirmando entrambos que no había dioses algunos,  qui uterque nullos deos adseuerando eliminaron por completo todo el temor, por el que se rige la humanidad, y la devoción,  timorem omnem, quo humanitas regitur, uenerationemque penitus sustulerunt, nunca, sin embargo, prevalecerán ellos con su nombre y la  autoridad de su falsa filosofía en esa enseñanza de la falta de religión numquam tamen in hac impietatis disciplina simulatae philosophiae nomine atque auctoritate pollebunt. 

    Quizá entendeamos ahora un poco mejor por qué no se han conservado los libros de estos primeros ateos, y por qué la palabra "ateología", al contrario de "teología", no ha hecho fortuna en este mundo hasta que la rescatara Michel Onfray en su Tratado de ateología (2005).