Ondea la bandera rojigualda, que es el pendón nacional de las Españas, coronando el circuito de Madring (sic), en el recinto de la Institución Ferial de Madrid, más conocida por su acrónimo IFEMA, un consorcio dedicado a la organización de ferias, eventos, salones, congresos y demás saraos de ocio en el recinto habilitado a tal finalidad.
La bandera fue izada por primera vez a mediados de junio y permanecerá como elemento fijo del recinto más allá del fin de semana de la carrera como dábamos cuenta en De Madring al Cielo. No es una bandera cualquiera, es más que eso: es la bandera de España más grande del mundo mundanal. Ninguna otra enseña nacional izada de forma permanente sobre mástil alcanza esas descomunales dimensiones. Hasta ahora, la mayor rojigualda era la de la plaza de Colón, izada por primera vez el 12 de octubre de 2001, día de la fiesta nacional, pero esta de Madring, el 'loco' -mad- 'ring' -anillo-, la supera en superficie y en altura.
Este fin de semana, del 11 al 13 de septiembre, la villa y corte acoge el Gran Premio de España de Fórmula 1® 2026 -la erre encerrada en un círculo es abreviatura de Registered Trademark-, que devuelve a la capital el Mundial de los coches de carreras cuarenta y cinco años después de la última carrera celebrada en el recinto de El Jarama, en el Año del Señor de 1981.
El trazado semiurbano tiene veintidós curvas peligrosas que deberán sortear los pilotos alcanzado a veces velocidades punta por encima de los trescientos quilómetros por hora, con la curva peraltada de La Monumental como seña de identidad, desde la que ha declarado el alcalde de la ciudad, antes de experimentar el vértigo al volante de un automóvil, sin pisar el acelerador más de la cuenta, la parábola feroz de dicho peralte: "La curva es un espectáculo, solo ves el cielo". Hacía de algún modo verdad el regidor municipal aquello que reza el propio himno de la comunidad autónoma madrileña, ese político ensueño: «Y ése es mi anhelo, / que por algo se dice: / de Madrid, al cielo».
Solo se ve el cielo desde esa curva, y ondeando en el cielo la espectacular e imponente bandera de las Españas coronando el horizonte del recinto. ¡Donde lo hay, que se vea!
El filósofo controvertido, es decir, vuelto contra sí mismo y contra lo que salía por su propia boca cuando era más joven, Fernando Savater, escribió esta preciosa reflexión sobre las banderas en su obra juvenil Las razones del antimilitarismo y otras razones (1984) : “Hoy todavía se nos presenta como el mayor mérito de las banderas el que mucha gente ha dado su vida por ellas y pocos se atreven a ver precisamente ahí la mejor razón para detestarlas”. Era una profunda crítica al nacionalismo, al militarismo y a la glorificación del sacrificio patriótico, que me parece oportuno recordar.
Históricamente, el valor de una bandera o de una nación se medía por el heroísmo de quienes habían muerto defendiéndola, otorgándole de paso un significado a su propia vida que, sin esa muerte heroica, se vería privada de sentido. La sangre derramada se presentaba como el máximo símbolo de honor y devoción. Savater daba la vuelta a ese argumento sosteniendo que si una bandera (o la idea de patria que encarna) exige que la gente muera por ella, ese es precisamente el motivo más poderoso para rechazarla y aborrecerla. En lugar de ver el sacrificio como un mérito, lo ve como una tragedia innecesaria provocada por la manipulación ideológica que idolatra símbolos que solo sirven para justificar guerras, divisiones y, en definitiva, la pérdida irreparable de vidas humanas.
En Contra las patrias, publicado ese mismo año, por Tusquets editores, Savater escribía: “La patria hay que sentirla”, “quien la discute no es un bien nacido”, “su unidad es sagrada”, etc., declaraciones rotundas destinadas a cerrar el paso a cualquier reflexión sobre una realidad cuya fuerza aunadora consiste en no soportarlas, en rechazarlas de antemano todas. Se mostraba en aquel libro, que dedicó a Rafael Sánchez Ferlosio “con el debido cariño y respeto”, calificándolo de “el menos nacional de los clásicos castellanos”, enemigo de todas las patrias, salvo de una, la que según él reveló el poeta Rainer María Rilke: “la única y auténtica patria del hombre es su infancia”. Razonaba allí Savater que si no hubiera enemigos no habría patrias y que quedaba por ver y saber si habría enemigos en el caso de no haber patrias... Y concluía con que la idea de patria era una noción vergonzosamente teológica, tanto más destructiva cuanto más imperiosamente monoteísta fuera la deidad que la animaba.



Carámbanos! [Corrige en esta linea dos erraatas —— “En Contra las patrias, publicado ese mismo año, por Tusquets ecitores, Savater escribía: “La parria hay que sentirla” “.. aunque lo de la parria le va bien al susodicho filósofo! Ja ja!
ResponderEliminar¡Corregido, gracias mil!
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