Algunos relojes antiguos como este de Leipzig nos dicen en latín algo que parece que es verdad pero que bien mirado no lo es, a saber: MORS CERTA, HORA INCERTA: 'La muerte es segura, la hora insegura'. El adagio se refiere a la hora de la muerte: es seguro que vamos a morir, lo que no sabemos es cuándo. La frase se ha convertido en un tópico que, a la vez, es una sentencia que no deja de condenarnos a la muerte.
Reloj de Leipzig
Parece que está tomada de Cicerón, que en su opúsculo De la vejez, le hacía decir al sabio Catón: “Moriendum enim certe est, et incertum an hoc ipso die” (Ciertamente hay que morir, y es incierto si en este mismo día).
Pero ya hemos dicho que eso no es verdad, porque la muerte no es segura hasta que se certifique y la hora de la muerte en particular y la hora en general es siempre insegura porque cuando decimos la hora precisa que marca el reloj en un determinado momento, la congelamos, la apresamos, la fijamos, y ella, entre tanto, ya ha dejado de ser la que era, ha huido de su definición: cuando decimos la hora que es, ya no es la hora que era. Como enseñaba Juan de Mairena a sus alumnos: Una hora bien contada no se acabaría nunca de contar. Mientras que para muchos una hora es simplemente «el tiempo que tarda el minutero en recorrer la totalidad de la esfera de nuestros relojes», para Mairena la verdadera hora es inagotable, nunca se acaba de contar porque nunca se detiene, es "algo muy parecido a la eternidad", y como dicen otros relojes antiguos, y dijo antes el poeta Virgilio: fugit irreparabile tempus.
Por eso es mejor invertir el tópico para que el lema del reloj, diga precisamente por su función algo más enjundioso y verdadero. Invirtamos los adjetivos: hora certa, mors incerta. La hora es segura, sabemos lo que es, podemos decirla, aunque nunca podamos acabar de contarla, mientras que la muerte es insegura y está como la espada amenazante de Damoclés en el aire. Si nos preguntamos qué hora es ahora, diremos la que marca el reloj. Pero una vez dicha resulta que ya no es esa hora porque la hora -el tiempo- ha huido irreversible. Vivimos, sin embargo, con la convicción de que sabemos con certeza el día y la hora en la que vivimos, pero ese saber, que constituye la realidad, es esencialmente mentiroso.
La muerte es algo inseguro porque ninguno tenemos una experiencia previa y propia de ella, podemos hacernos una idea, pero esta siempre, como todas las ideas, no tendrá nada o muy poco que ver con la realidad, por aquello de Heraclito de Éfeso de que a los hombres una vez muertos les (nos) aguardan cualesquiera cosas que no esperen ni se figuren, por lo que no hay ninguna hora de la muerte.


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