domingo, 13 de septiembre de 2026
Pareceres CXXIV
jueves, 10 de septiembre de 2026
El Reloj
sábado, 5 de septiembre de 2026
Hora certa, mors incerta
miércoles, 27 de mayo de 2026
Mamíferos y El prisionero del tiempo
De Jesús Lizano (1931-2015), uno de nuestros mejores y paradójicamente más desconocidos poetas contemporáneos, de aspecto valleinclanesco y de la talla de un León Felipe, ya hablamos en Contra las líneas rectas, donde venía en auxilio de la argumentación del escéptico Sexto Empírico contra las líneas rectas geométricas al hacer el elogio y la apología de las personas curvas.

Mamíferos, Jesús Lizano
Yo veo mamíferos. Mamíferos con nombres extrañísimos. Han olvidado que son mamífero y se creen obispos, fontaneros, lecheros, diputados. ¿Diputados? Yo veo mamíferos. Policías, médicos, conserjes, profesores, sastres, cantautores ¿Cantautores? Yo veo mamíferos… Alcaldes, camareros, oficinistas, aparejadores ¡Aparejadores! ¡Cómo puede creerse aparejador un mamífero! Miembros, sí, miembros, se creen miembros del comité central, del colegio oficial de médicos… Académicos, reyes, coroneles. Yo veo mamíferos. Actrices, putas, asistentas, secretarias, directoras, lesbianas, puericultoras… La verdad, yo veo mamíferos. Nadie ve mamíferos, nadie, al parecer, recuerda que es mamífero. ¿Seré yo el último mamífero? Demócratas, comunistas, ajedrecistas, periodistas, soldados, campesinos. Yo veo mamíferos. Marqueses, ejecutivos, socios, italianos, ingleses, catalanes. ¿Catalanes? Yo veo mamíferos. Cristianos, musulmanes, coptos, inspectores, técnicos, benedictinos, empresarios, cajeros, cosmonautas… Yo veo mamíferos.
El prisionero del tiempo, Jesús Lizano
Comenzó porque me limitaban los años, doce años, quince años, veinte años... Eran límites, eran fronteras soportables: el año que viene, cuando cumpla treinta años, el año pasado, el nuevo año... Eran límites amplios, era posible la lejanía, el horizonte, ¡por muchos años! Los espacios dominaban el tiempo recibías la aurora, despedías la tarde ampliamente y amabas dulcemente los sueños. Los años eran los carceleros pero rondaban muy distanciados. ¡Había quien vivía cien años!
Más tarde, comenzaron los meses a limitarme, aparecían súbitamente, todo era muy distinto, el tiempo dominaba a los espacios, era un límite más agobiante, estaban más próximos los carceleros, ¡eran carceleros!: el mes que viene, dentro de unos meses, me oprimían mis propios límites, ¡originaba límites! Qué había sido de aquellas apacibles distancias, hay tiempo por delante, decía, cuando me limitaban los años. Ahora miraba con recelo todas las cosas, nueves meses, tres meses, un mes de plazo, meses, meses volando sobre los sueños.
¿Y las semanas? Dejaron los meses de ceñirme y un nuevo límite me controlaba, una nueva medida extendida por todo el mundo, cubriendo de espejismos todas sus galerías. Contaba la vida por semanas, semana tras semana. Los carceleros eran los oficiales de semana, me distraían, me envolvían en las verdades falsas, la próxima semana, dura muy poco una semana, la semana santa, mi mundo era la semana, la realidad era la semana, la semana, sólo existía la semana. Qué era un mes sino cuatro semanas y qué era un año sino cincuenta y dos semanas... Y contaba las semanas y veía la humanidad ansiosa forzada a la semana, viviendo para el fin de semana, vivos, libres sólo el fin de semana.
Después fueron los días, empecé a contar los días, me sobresaltaron los días, era cuestión de días, pesaban enormemente los días y deseaba a la vez que pasaran los días y que no pasaran... Me aferraba a los días, ¡buenos días!, el día estaba allí, era un carcelero inamovible, omnipresente, todo lo medían los días. ¡No era libre! ¡No podía ser libre! El día de mi boda, el día de mi licenciatura en filosofía, apenas encontraba un hueco para mi aventura, apenas quedaba espacio y yo necesito espacio, mucho espacio, no podía salirme de los días, un día y otro día, el día de las fuerzas armadas, mañana será otro día, ¡otro día! Crecía la muralla de los días, el circo de los días, un día se comía a otro día, los límites eran insostenibles, días de ayuno, días de alegría, pero todo medido, era preciso obedecer al día, despertarse al despertarse el día, dormirse al dormirse el día, ¡el orden del día!, un día es un día, en los próximos días...
Ahora, mientras escribo este poema, ya no cuento los días sino las horas, faltan tres horas, dura cuatro horas, qué horas es, a qué hora... Los carceleros se han convertido en mi sombra, apenas hablo, las horas se confunden y me confunden, límites, límites, la tarde, la mañana, el mediodía, una hora cae sobre otra hora, aplasta a la otra, una hora es como otra hora, hora adelantada, horas extraordinarias, ¡hace horas extraordinarias!, la danza de las horas, horas perdidas, el récord de la hora, no somos seres, somos horas, cuerda de horas, una cada dos horas, cada seis horas, y suenan las horas y ya sólo puedes oír las horas, y todo ha de moverse en un horario, todo ha de estar a su hora, todo tiene su hora, cuántas de mis horas son mis horas, media hora, un cuarto de hora, ¡la hora! Me destruye pensar que he nacido para las horas, abro las manos y las tengo llenas de horas. ¡Ah, carceleros, horas terribles que nubláis mis ojos!: dentro, os llevo dentro, estoy lleno de carceleros, de sombras.
No quiero ni pensar cómo será mi vida cuando dependa de los minutos, cuando sean ellos mis carceleros y no existan los espacios, los sueños, las dudas, cuando mi cuerpo sea un garaje de minutos, minutos, minutos, no tengo ni un minuto, sólo cinco minutos, todo sucederá en minutos, qué hará de mí la furia de los minutos, cuando no pueda perder ni un minuto, qué humillación me aguarda cuando en mi vida sólo se muevan las agujas de los minutos, qué espacio puede haber entre minuto y minuto. ¡Qué oscura noche había en vosotros, meses, años, y qué traición vuestros espacios! ¡Erais minutos, minutos, sólo minutos! ¡Que se hunda el mundo será cuestión de minutos!
Finalmente, finalmente, ah, finalmente, cuando apenas aliente un soplo en mi sentidos y sólo existan los segundos, sean los segundos los que ciñan mi cuerpo, mi vida, todo mi ser un carcelero monstruoso, un áspid, una víbora destruyendo los últimos reflejos, todo el mundo un carcelero horrible, y cuando todo sean fantasmas y las ideas se conviertan en nubes y los sentidos en cavernas y en los últimos segundos pasen los años, los meses, los días y las horas convertidas en aire y se cierren mis ojos y los rostros sin vida rían como nunca por todos los abismos del mundo, cómo desearé seguir prisionero del tiempo, cómo amaré al tiempo —¡yo era tiempo, dolorosísimo tiempo!—, cómo amaré los límites —sólo ellos no estaban muertos—, los años y los meses, los días y las horas y los minutos, todos los límites del mundo. ¡Cómo me arrancará la eternidad del tiempo!
domingo, 19 de abril de 2026
'Canta el reloj'
miércoles, 21 de enero de 2026
El cantar de Lawino
domingo, 4 de enero de 2026
Tiempo vs. dinero, y viceversa

domingo, 16 de noviembre de 2025
Lo que cuentan los relojes
Dum quaeris hora fugit (Mientras preguntas por ella, la hora huye)
Sol me regit, vos umbra (El sol me gobierna a mí, a vosotros la sombra, variante del que empieza Me lumen...)
Solarius nobis comminuit articulatim diem (El reloj solar nos ha partido el día en pedazos, verso modificado y tomado de Aquilio, también atribuido a Plauto)
sábado, 25 de octubre de 2025
Avec te temps / Con el tiempo
En Tiempo contra amor, amor contra tiempo analizábamos algunos tratamientos pictóricos del combate a muerte entre el amor, que hace que nos olvidemos del tiempo, y el Tiempo, el Chronos (χρόνος) griego, representado a veces con un reloj de arena o una clepsidra, e identificado enseguida con el Saturno romano por una falsa homonimia con Cronos (Κρόνος), el titán padre de Zeus/Júpiter, una divinidad en principio agrícola cuyo símbolo era la guadaña, que acabará simbolizando a la mismísima muerte inmortal, que con su paso y su peso le corta las alas literalmente a Eros, o sea a Cupido, el amor.
Añado aquí un tratamiento pictórico muy distinto a los que veíamos allí, se trata del cuadro de Bernardino Mei, "Amor curado por el tiempo con el agua del río Leteo", pintado a mediados del siglo XVII, donde aparece Cupido, o sea Eros, en el centro, desnudo, con las alas abatidas, desarmado con la aljaba caída y sus flechas a la derecha, y a su izquierda Chronos, el Tiempo, caracterizado como un anciano, también alado como el amor, con una jarra de agua del río Leteo, que es el del olvido -todos los que beben sus aguas olvidan su biografía-, y con la mano derecha, curando con una pluma impregnada en el agua las heridas sangrantes del amor. En el extremo izquierdo del cuadro un reloj de arena simboliza el tiempo, que aparece en este lienzo como curador de todas las heridas, incluso de las del amor. Es un tópico que a veces repite la gente: todo se cura con el tiempo o el tiempo lo cura todo. Al no aparecer la guadaña entre los atributos del tiempo, este se presenta aquí como sanador, no como destructor.
Me viene a la memoria, volviendo al primer tratamiento del tema, a propósito de la guerra entre el tiempo con el amor y el amor contra el tiempo, la bellísima canción de Léo Ferré: "Avec le temps", grabada por primera vez en octubre de 1970, que viene a decirnos que el amor, que mientras dura es eterno, deja de serlo cuando tomamos conciencia de él, y entonces la muerte del amor, de puro sabido, nos separa, y ya dejamos de querernos. La canción fue escrita, después de la ruptura con su segunda mujer al parecer.
Dice el oráculo digital, la IA de Gúguel que la canción de Léo refleja, además de la pérdida del amor, el paso del tiempo y el borrado de los recuerdos, 'une vision anarchiste et pessimiste de la société', en la que la pareja está destinada al fracaso.
martes, 14 de octubre de 2025
¿Qué es el tiempo?
Philomena Cunk es el personaje cómico de ficción interpretado por Diane Morgan que encarna a una atolondrada periodista de investigación científica en la serie televisiva británica Moments of wonder, 'Momentos de asombro'. En ella, Philomena divulga información errónea a la vez que hace preguntas básicas a sus entrevistados no exentas a veces de enjundia y de malicia, que dejan pensando al espectador y al propio entrevistado. Estos no son personajes ficticios, suelen ser catedráticos, doctores y especialistas en filosofía, teología, física cuántica, arte y muchas otras disciplinas, la flor y nata académica del Reino Unido. A un físico, por ejemplo, le preguntó qué es más veloz la luz o la sombra.
En esta ocasión, desde el Museo del Reloj de Greenwich, que es para ella la capital del tiempo, Philomena se pregunta qué es el tiempo, después de afirmar que es algo valioso, relacionándolo remotamente con el dinero, diciendo que ha existido antes de que empezara a contar, lo que le lleva a preguntarse qué son los relojes y qué es lo que miden.
A la vista de la mayoría de los relojes, podría decirse que el tiempo es algo circular -el eterno retorno- pero en realidad es lineal, es la línea vertical imaginaria del meridiano de Greenwich, también llamado meridiano cero y primer meridiano, que divide el planeta en dos mitades idénticas de 180º cada una, segmentadas en husos horarios de 15º, que es el resultado de la división de los 360º de la circunferencia completa entre las veinticuatro horas que tiene el día.
Philomena dice que se halla en el único lugar del mundo donde puede estar a la vez entre el pasado y el futuro, con el presente pasándole por su entrepierna, running right up trough my middle bits.
Dice que nadie sabe lo que es el tiempo excepto los científicos, que lo saben todo. Y entonces pregunta al científico Stuart Clark, doctor, astrónomo y miembro de la Royal Astronomical Society, qué es el tiempo, y este le responde categóricamente: En realidad no lo sabemos. Pero, acto seguido, formula dos posibles hipótesis manteniendo la dicotomía físico/psíquico, que viene a ser la misma, grosso modo, que objetivo/subjetivo: el tiempo puede ser algo físico y objetivo y entonces sería como un río que fluye, o algo psicológico y subjetivo.
Philomena le interrumpe preguntándole qué quiere decir con la hipótesis del río, a lo que Stuart Clark le responde que el tiempo fluye como el agua del río, y que los sucesos que nos pasan en la vida son como cosas que hay en el río que el agua encuentra a su paso, de lo que concluye la presentadora que los eventos que nos pasan en la vida son como los peces y demás que hay en los ríos.
En la línea de la respuesta seria del científico de no se sabe qué es el tiempo, nos viene como anillo al dedo lo que escribió Agustín de Hipona, San Agustín, en sus Confesiones XI, 14, 17, donde contrapone el hecho de saber lo que es el tiempo, con el de ponerse a explicarlo, porque saber sabemos lo que es, tenemos una idea de él que todos manejamos, (gracias sobre todo, entre paréntesis, a los llamados tiempos verbales de nuestras gramáticas escolares), esa idea nos sirve para hablar de las cosas, pero no podemos hablar de ella sin poner en peligro su consistencia y existencia, por eso dice el santo que no puede explicarlo con palabras, que lo sabemos pero no lo sabemos:
¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo deciros que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser?

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