Mostrando entradas con la etiqueta reloj. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reloj. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de enero de 2026

El cantar de Lawino

    El Cantar o la Canción de Lawino es un largo poema en forma de monólogo dramático del poeta ugandés Okot p'Bitek (1931-1982), que da voz a Lawino, una mujer rural africana que se queja de cómo su esposo llamado Okol lleva una vida urbana y occidental que quiere imponerle a ella. La canción fue escrita originalmente en el dialecto acholi de Luo del Sur, una lengua nilótica occidental hablada por el pueblo acholi en el norte de Uganda y zonas del sur de Sudán, y traducida y publicada por el propio autor al inglés en el año del Señor de 1966. 
      Okot p'Bitek da voz en verso libre o prosa mal disimulada en su traducción inglesa, -no sé si estaba en su versión original en verso, aunque es muy probable que así fuera- a una mujer acholi que se queja de la imposición del tiempo sobre su pueblo. Aunque todo él es muy interesante, me centro en el capítulo séptimo titulado No hay horario fijo para dar el pecho, del que ofrezco algunos extractos relacionados con la imposición del reloj y el calendario en la vida cotidiana de un pueblo que, debido a la colonización británica, sufrió la tiranía del cómputo del tiempo. Uganda, en efecto, fue una colonia del Reino Unido desde 1894 hasta que obtuvo la independencia en 1962. 
 
    A menudo se necesita una mirada ajena y exterior a nuestra cultura occidental y europea impuesta al resto del mundo para hacernos sentir la extrañeza que provoca la intromisión y colonización de dos elementos esenciales para la dominación como fueron el reloj y el calendario con sus meses y semanas, muy bien reflejada por el poeta ugandés Okot p'Bitek en la queja dramática y satírica de Lawino, que protesta contra las ideas y costumbres que le impone Ocol, su marido occidentalizado. 
 
    He aquí algunos tramos de su monólogo traducidos de la Song of Lawino, la versión inglesa del poema. 
  
     Mi marido está enfadado porque, según él, no valgo para entender los horarios y no sé contar los años. Cuántos días, me pregunta, tiene el año, y cuántas lunas y semanas; yo no tengo idea, y él me hace burla.  
 
    Ocol ha traído a casa un reloj en una caja que suena y hace tictac y da a veces campanadas. Mi marido le da cuerda y este empieza a funcionar. Yo no lo quiero tocar. Me da miedo darle cuerda. Me pregunto qué provoca el ruido que hace por dentro y cuál será el gran misterio que lo pone a carrular. En la esfera del reloj hay signos raros escritos y un gran y único testículo cuelga y va de un lado a otro. Yo no sé decir la hora, porque no entiendo el reloj. Orgullosa, sin embargo, se lo enseño a las visitas. 
 
    Ocol dice la hora que es de maneras muy extrañas: cuando sale el sol al alba, dice “¡Son las Ocho en punto!”; cuando canta el primer gallo, él va y dice: ¡Son las Cinco!; tras la puesta del Sol dice: “Ahora ya son las Siete”. 
 
      Mi marido dice: soy una inútil, pierdo el tiempo, y no soy nunca puntual, discute siempre conmigo porque, según él, el tiempo, es un valioso tesoro que no hay que desperdiciar nunca y dejar que se pierda, porque el tiempo, dice, es oro. 
 
   No charla Ocol conmigo, nunca bromea con nadie, no tiene tiempo de noche de sentarse en torno al fuego. El reloj se ha convertido en señor de mi marido, el tiempo es ahora mismo marido de mi marido. 
 
    El tiempo del hombre blanco no he logrado yo entenderlo. Mi madre me enseñó el arte de mi pueblo, los acholi: Si rompe el bebé a llorar, le doy a mamar la teta, porque no hay una hora fija para amamantar al niño. Nuestros niños duermen cuando llega a su cabeza el sueño, cuando el sueño su cabeza abandona, se despiertan. 
 
    Escucha, marido mío, la sabiduría acholi: el tiempo no se divide en segundos ni minutos, no fluye como cerveza en la jarra que se apura hasta que se agota toda. No se parece a la hogaza de pan de mijo querida de los jóvenes hambrientos cuando vuelven de la caza; el tiempo no se consume como plato de verdura.
 
    Ocol se ríe de mí porque no sé cuántas lunas hay al año ni los meses. Según Ocol, mi marido, tengo hueca la cabeza, porque no recuerdo cuándo nos nacieron nuestros hijos. Sé que Okang, mi primogénito, fue en la temporada seca y mi pequeña nació, en mitad de las tormentas. 
 
    Para saber la edad de alguien, basta solo la mirada: Una niña se hace adulta cuando le crecen los pechos; al niño la voz le cambia, le sale vello en la cara y debajo del ombligo. 
 
    Ocol, mi esposo, me cuenta muchas cosas que no entiendo. Me habla de un tal Jesucristo, que nació hace mucho tiempo, en la tierra de los blancos. Entonces, dice, empezaron ellos a contar los años: de Uno, pasaron a Diez, luego a Cien, y luego a Mil, ya van por Mil Novecientos Sesenta y Seis. ¡No lo entiendo!

sábado, 27 de diciembre de 2025

Comunicado núm. 2: Contratiempo, contrarreloj (remitido por ¡ALTO!)

El ataque contra el tiempo que propugnamos desde ¡ALTO! se materializa en primera instancia contra el reloj. Una de las primeras lecciones que le enseña la escuela al niño es la de aprender a decir la hora que es y a someterse al mismo tiempo al horario escolar previo al laboral. 

Como reconoció Albert Einstein en su libro Relativity: The Special and the General Theory (1916), el tiempo es lo que mide un reloj (“Time is what a clock measures”, en la lengua del Imperio). La realidad es que cada reloj registra su propia hora, por lo que la hora no es la misma que la que da otro, al no estar en el mismo entorno ni haber una exacta sincronización. 
 
Estamos en contra de todo tipo de relojes o artilugios que computen el tiempo, pero nos oponemos principalmente a los llamados despertadores. Los hay antiguos con un sistema tosco y brutal de alarma. Y los hay mucho más sofisticados con música o noticias de actualidad, pero tanto unos como otros tienen la misma finalidad fatal: despertarnos bruscamente, al toque militar de diana, de nuestro sueño para obligarnos a comenzar “nuestras labores”, la jornada. Creemos que es un derecho humano fundamental el que nada ni nadie perturbe nuestro descanso: No queremos que nos despierten, queremos despertar.
 
Nuestra postura ante los cambios de hora que decreta porque no puede dejar de hacerlo el Consejo de Ministros y Ministras del Reyno, es de oposición frontal. El presidente del gobierno del Ruedo Ibérico ha propuesto al parecer oficialmente a la Unión Europea eliminar los cambios de hora estacionales a partir de 2026, argumentando que ya no tienen sentido, porque no ahorran energía y perjudican la salud basándose en encuestas ciudadanas y estudios científicos. Nosotros, por nuestra parte, no solo nos oponemos al cambio de hora, sino que también nos oponemos a qué se mantenga la actual, porque no es que no tenga sentido cambiar la hora dos veces al año, que no lo tiene, es que tampoco tiene ningún sentido mantenerla, siendo real como es y falsa por lo tanto.
  
Recordemos una fecha de finales del siglo decimonónico: el 15 de febrero del año del Señor de 1894. Era un día como otro cualquiera, uno de tantos en Londres. Entonces no había una Red Informática Universal como ahora, pero se acababa de inventar algo importante para el futuro de las naciones y el progreso tecnológico: un gran reloj que dividía la Tierra en distintos husos horarios y estandarizaba el control del ser humano sobre algo tan intangible y abstracto como es el tiempo (entiéndase esto del control humano en su doble sentido: el hombre controla el tiempo y el tiempo controla al hombre): El GMT "Greenwich Mean Time" se refería al tiempo solar medio en el Real Observatorio de Greenwich. Fijaba un horario universal para toda la esfera terrestre con sus correspondientes meridianos.
 
Por primera vez en la historia, el control del tiempo se volvía preciso, lógico y matemático, y, sobre todo, mortal de necesidad porque iba a reducir la vida a tiempo, es decir, a dinero, que es lo que cuenta y es lo que menos vale, por eso el joven francés de 26 años Martial Bourdin hizo detonar una bomba ese mismo día en el punto cero del meridiano, pensando tal vez que con su desesperada acción acabaría con la tiranía cronológica que iba a asentar un orden temporal en la Tierra, quedando los seres humanos atados para siempre a las manecillas de los relojes desde aquel día hasta el presente. 
 
Royal Observatory Greenwich, postal c. 1902
 
El propio Martial, que reconoció pertenecer al grupo anarquista Autonomie, falleció poco después de que el explosivo perforara su estómago y reventara sus piernas. No consiguió lo que pretendía. El atentado sirvió, por cierto, de inspiración para Joseph Conrad y su novela El agente secreto, en la que el protagonista Adolf Verloc encarna a Bourdin, quien es instigado por los rusos para destruir el Real Observatorio. Al igual que Bourdin, Verloc no logra su objetivo. 
 
Nosotros nos proponemos llevar a cabo la acción de Bourdin no haciendo explotar una bomba sino prescindiendo del cronómetro en nuestra vida cotidiana en la confianza de que dicha acción no va a hacer que perdamos la vida, sino todo lo contrario, que la recuperemos.
 
Mucho antes que él, que no fue el único ni el primero en darse cuenta de que el verdadero fundamento y sustento de la sociedad capitalista dedicada a explotar recursos naturales y humanos era algo tan simple y obvio como las manecillas de un reloj, como narra Walter Benjamin en sus Tesis de filosofía de la historia, en julio del año del Señor de 1830 se produjo la Revolución de las Barricadas en Francia: Cuando llegó el anochecer del primer día de lucha, ocurrió que en varios sitios de París, independiente- y simultáneamente, se disparó sobre los relojes de las torres.
 
 Pero el acto de los revolucionarios franceses y de Bourdin no es más que parte de un conjunto de acciones simbólicas por las que se intentó desbaratar el orden temporal –y económico: Time is Money y Money is Time- que impuso el capital a los seres humanos y que con la industrialización empezó a alcanzar su máximo apogeo, cuando como escribe John Zerzan en El malestar en el Tiempo (2008): El reloj descendió de la catedral, a los juzgados y tribunales, junto al banco y la estación de tren, y finalmente a la muñeca y el bolsillo de cada ciudadano decente. El tiempo debía volverse más "democrático" para colonizar verdaderamente la subjetividad.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Contra reloj y calendario

 

Os traigo aquí un texto en verso de hace más de dos mil años, escrito en latín, y transmitido por Aulo Gelio (Noches Áticas, III, 3, 5), formado por nueve senarios yámbicos pertenecientes a una comedia hoy perdida titulada, al parecer, La mujer beocia, atribuida a Aquilio. Comenta Aulo Gelio que el gramático Varrón consideraba, sin embargo, que estos versos eran de Plauto, aunque no se encuentran en ninguna de sus veintiuna comedias conservadas. Añadía también que si los versos no eran plautinos en sentido estricto, eran plautinísimos, es decir, muy del estilo de los de Plauto. Sólo él supo dar voz a tantos esclavos y mujeres, es decir, a tantas voces del pueblo que se reían de la seriedad austera del orden establecido, y del hecho de que hubiera esclavos para que los patricios o plebeyos creyeran que eran libres. 
  
Dos versos contra el reloj que,  si no son de Plauto mismo porque suelen atribuírsele a Aquilio, son plautinísimos sin embargo nos sirven para rebelarnos contra el cambio de hora y contra el cómputo del tiempo cronometrado en general: ut illum di perdant, primus qui horas repperit, / quique adeo primus statuit hic solarium! (¡Maldito sea / ¡Confunda el cielo a / ¡Pierdan los dioses a  /   el primero que inventó las horas / y el primero que implantó además aquí el reloj!).

El monólogo es un grito de protesta que tiene la particularidad de ser una de las primeras quejas contra la imposición del reloj (en forma de cuadrante solar en este caso) sobre la vida humana, puesto en boca de alguien que se muere de hambre porque "no es hora de comer". En Roma, sobre el Foro, se cernía ya, amenazador, un reloj solar que marcaba las horas. Era un lugar público habitual de reunión como revela la expresión ad solarium uersari que quiere decir merodear por los alrededores del reloj de sol. Así dice el texto en versión original en latín:

Ut illum di perdant, primus qui horas repperit,
quique adeo primus statuit hic solarium!
Qui mihi comminuit misero articulatim diem.
Nam me puero uenter erat solarium
multo omnium istorum optumum et uerissumum:
Ubiuis monebat esse, nisi quom nil erat.
Nunc etiam quod est non estur, nisi soli lubet;
itaque adeo iam oppletum oppidum est solariis,
maior pars populi aridi reptant fame.


¡Confunda el cielo al primero que inventó las horas
y  que además  primero aquí  plantó un reloj!
Me ha roto el día, triste de mí,  en pedazos mil.
Pues de pequeño  yo, era el  vientre mi reloj
mucho mejor que todos estos y más  de fiar:
comer quería, a menos que nada hubiera, siempre.
Ahora que hay, si el sol no quiere,  no se come;
Y además ya está de relojes llena la ciudad;
casi todo el pueblo, flacos, ya se mueren de hambre.

    El reloj determina las horas de forma que la hora de comer no es la hora en la que el estómago reclama su satisfacción, sino la hora que el reloj  determina a ese fin. Se ha producido una inversión: es el reloj, y no el estómago, el que impone la hora de comer, el que manda, debido a lo cual el vientre, enjuto, se muere de hambre al estar sometido al rígido dictamen del reloj.  Frente a lo que sucede ahora, cuando la ciudad se ha llenado de relojes -y más ahora mismo, en nuestros propios tiempos, diríamos nosotros, cuando no es preciso llevar un reloj porque los relojes han entrado en el ámbito más íntimo de la vida privada, y el reloj somos nosotros mismos-, el vientre recuerda tiempos mejores. Cualquier tiempo pasado fue mejor, porque en el pasado no había relojes, esos grandes dictadores, que marcaran los ritmos biológicos. Todavía el reloj (y el calendario) no habían invadido el ámbito de la subjetividad, pero ya había comenzado sin duda un largo período que aún no ha concluido.

La persistencia de la memoria o Los relojes blandos (1931) de Salvador Dalí.

    Me he entretenido y divertido, por mi parte, componiendo la que podría ser la continuación de este monólogo de queja de un hombre del siglo XXI, consciente de la gravedad cada vez mayor del peso (y no del paso) del tiempo, cuyo cómputo se impone a todos y cada uno de los rincones del planeta, ajeno a los ritmos naturales y vitales, y de lo funesto que es para el disfrute de nuestra vida que nuestras actividades se acomoden a unos horarios y calendarios preestablecidos, y a un futuro, por lo tanto, y no al revés. Es decir, parece que se ha cumplido aquello de que el hombre ha sido hecho para el sábado, o sea, para obedecer al calendario que establece días de ocios y de negocios,  y no el sábado, esto es, el calendario, para el hombre, y que, debido a esa imposición, nosotros no tenemos tiempo, sino que es el tiempo el que, de hecho, nos tiene (y bien cogidos) a nosotros: 

¡Maldito sea el inventor de la semana
que nos impuso su triste contabilidad,
retorno eterno de lo mismo y no lo mismo!
¡Con toda mi alma lo maldigo y aborrezco!
Me ha destrozado a mí la vida el impostor
con ese invento, porque no es verdad, porque es
mentira y gorda!   ¡No hay un ciclo natural
de siete días, como el sol y la luna, el mes,
las estaciones o año! Sin embargo, siempre
tras el domingo vuelve el lunes, y vuelve así
la misma rueda de la historia a comenzar
como si fuera lo más normal del mundo. Y no,
no debería ser así. Si no es verdad
como el otoño o la primavera o el verano
o el invierno, como el Sol que trae y lleva el día,
o la Luna ya menguante o nueva o ya creciente
o llena allá en el firmamento, ¿cómo es que hay
semanas en el calendario y días negros
y otros rojos? Dicen que su origen se halla
en el cuento veterotestamentario aquél
del Génesis que abre la sacrosanta Biblia
de que Dios creó el tinglado de este mundo en seis
jornadas, y al séptimo día descansó el Señor
y estableció, sabático, el Sabat, cayendo
en flagrante contradicción y en un contrasentido,
pues ¿cómo es que había números y días
antes de que Él creara el mundo? ¿Es la semana
anterior al mundo? ¿A quiénes engañar pretenden
con el viejo cuento hebreo? ¿Quien habrá que no haya
sufrido en carne propia la rutina atroz
de un lunes?¿Quién no ha deseado que llegue el fin
de la semana toda y de todas las semanas
absolutamente, y no ha sentido la alegría
y la tristeza, ambas caras de una misma
moneda, de una larga tarde de domingo,
que anuncia el fin de fiesta y la reiteración
del  mismo ciclo  y círculo vicioso que
 convierte nuestra vida en un futuro y muerte?
 ¡Sea, pues, maldito, y que los dioses lo confundan,
el  que por decreto la semana estableció
en el trescientos veinte y uno, triste año,
después de Cristo! ¡Sea Constantino el Grande,
aquel emperador romano que recibió
las aguas del bautismo antes de su muerte,
execrado, pues, y el calendario laboral
de días negros y días rojos, que él impuso
consagrando el día del Sol o del domingo al ocio,
maldito sea y condenado al ostracismo!
Lo que más deseo ahora yo, es el verdadero
y auténtico week-end que ponga fin al ciclo
eterno y pare el curso de nuestra historia, el fin
definitivo de la semana y las semanas.
¡Que no haya más relojes ni haya calendarios
que cronometren nuestro tiempo y nuestras vidas!
  
 

lunes, 28 de octubre de 2024

Cambio de hora (I)

    Que lo que gobierna nuestra vida es el reloj es algo que sentimos cuando nos cambian la hora como por ejemplo ayer, 27 de octubre, en que nos hicieron pasar por real decreto al llamado “horario de invierno”, retrasando los relojes y agrandando en una hora más la duración del día, que pasó de tener 24 horas a 25. Es entonces cuando nos damos cuenta de lo cronometrados que estamos y de lo mucho que dependemos del horologio, que es como llamaban los antiguos al reloj de sol o de arena, palabra compuesta de hora, 'tiempo' y del verbo lego 'contar'.
 
      Hay un origen religioso en el cómputo del tiempo. Lo vemos fácilmente en el mundo islámico, en el que solo empezaron a contarse los años a partir de la Hégira o huida de Mahora de la Meca a Medina en el 622 de la era cristiana. 
 
    En el islam se realizan cinco oraciones obligatorias al día, lo que supone una regulación, más o menos precisa, de las horas diurnas: al alba, al mediodía, a media tarde, al ponerse el sol y por la noche. Era el almuédano, almuecín o muecín el que hace muchos años convocaba de viva voz a la oración cinco veces al día, desde lo alto del minarete de la mezquita para anunciar que había llegado la hora del rezo obligatorio. 
 
    En la actualidad son los altavoces los que difunden la llamada, con el Allahu akbar que se repite cuatro veces, y que a veces se traduce como Alá es grande, cuando su correspondencia en román paladino sería: Dios es grande. A continuación se dice dos veces Testifico que no hay más dios que Dios y que Mahoma es su profeta o mensajero. Y el mensaje principal: acudid a la oración, volviendo a repetirse la grandeza de Dios, su unicidad y la calidad de Mahoma como su profeta.
 
 
   En el mundo cristiano, más secularizado que el islámico, quizá no nos parezca tan evidente este origen religioso, pero si nos remontamos a la Edad Media feudal podemos afirmar que la estricta regulación de la vida monástica que dividía las horas del día en ocho horas canónicas (maitines, laudes, prima, tercia, sexta -origen de nuestra siesta nacional-, nona, vísperas y completas) en las que convocaba a los monjes a rezar acabó por imponerse extra muros sobre la vida menos regularizada y reglamentada en principio de los seglares. 
 
     En pueblos y ciudades se rezaba tres veces al día el ángelus, al amanecer, al mediodía -todavía recuerdo yo cuando se retransmitía la oración del ángelus en que el arcángel anunciaba a la virgen María que iba a ser la madre de Jesús  por Radio Nacional de España, cosa que se hizo hasta el 3 de febrero de 1981-  y al atardecer, para lo que sonaban las campanas de iglesias y catedrales llamando a la oración. 
 
 
 El ángelus, J.-F. Millet (1857-1859)
 
    Y en particular se puede señalar a la orden benedictina, a la que se le atribuye el lema 'ora et labora', que en su apogeo llegó a gobernar 40.000 monasterios, que contribuyó de manera crucial a regular el ritmo de la máquina capitalista, recordándonos que el reloj no era simplemente un medio para llevar el registro de las horas, sino para sincronizar la acción humana.
 
    Señala John Zerzan en su opúsculo “Beginning of Time, End of Time”, incluido en Time and Time Again, edit. Detritus Books Olympia, Washington (2018), que con la aparición de los primeros relojes públicos en Europa en el siglo XIV se produjo, alrededor de 1345, la división de la hora en sesenta minutos y del minuto en sesenta segundos. En El tiempo y sus inconvenientes escribe Zerzan: “El reloj descendía de la catedral, al tribunal y al palacio de justicia, al banco y a la estación de ferrocarril y, finalmente, a la muñeca y al bolsillo de cada ciudadano decente. El tiempo debía hacerse más «democrático» para colonizar realmente la subjetividad”. Expresa muy bien Zerzan cómo el tiempo baja de las altas esferas de la vida pública religiosa y civil al pueblo llano, que acabará incorporando el reloj individual hasta la perfección absoluta de estar todos sincronizados. 
 
    Finalmente, no necesitamos ni cambiar nuestros relojes. Ellos solos se actualizan en nuestros ordenadores y teléfonos inteligentes.

viernes, 5 de abril de 2024

MORS CERTA, HORA INCERTA

    Algunos relojes afirman en latín algo que no es verdad: Mors certa, hora incerta (La muerte es segura, la hora -se sobreentiende de la muerte, su hora- incierta). Estos relojes deberían afirmar lo contrario: Hora certa, mors incerta (La hora -en general- es segura, la muerte incierta). Pues la muerte, que es algo desconocido para nosotros, es incierta porque no tenemos ninguna experiencia propia de ella. Por lo tanto no es la hora de nuestra muerte muy cierta sino la hora que es ahora: la que nos indica el reloj. Así pues hablemos no de la hora de nuestra muerte, sino de esta misma hora que es ahora.

Reloj de Leipzig (Alemania)

    Cicerón en su monografía Sobre la vejez escribió: Moriendum enim certe est, et incertum an hoc ipso die (Hemos ciertamente de morir, y es incierto si en este mismo día). Estas palabras, escritas por M. Tulio Cicerón y puestas en boca de Catón, son quizá el origen de esta máxima que se lee por ejemplo en el reloj de Leipzig (y en muchos otros). Pero nosotros, obstinados socráticos, preguntémonos qué es la muerte. ¿Qué es la muerte? No lo sabemos. Preguntémonos sin embargo qué hora es ahora. ¿Qué hora es? La que nos marca el reloj. Pero como el poeta Virgilio cantó (y muchos relojes repiten): tempus fugit irreparabile (el tiempo huye irreparable) y la hora que era cuando la constatábamos, cuando la sabíamos, ya no es la que era, ha dejado de ser. Así pues ¿hemos de morir o de vivir?