viernes, 20 de marzo de 2026

El impacto de una marca

    Se llama “impactum” y se trata de una bebida energética (energy drink en la lengua del Imperio). El logotipo está escrito en letras mayúsculas blancas sobre fondo negro y destaca el impacto de una bala en mitad de la palabra, entre las letras A y C. Resulta que impacto puede definirse como “choque con penetración, lo cual viene sugerido por el prefijo IN- que conlleva la idea de movimiento con introducción, lo que enseguida nos trae a la imaginación el de la bala en el blanco, lo que le viene de pegada a la marca que estamos analizando.

    Me atrevería a decir que su éxito internacional está asegurado: La palabra es latina pero muy transparente en muchas lenguas europeas: impacto en castellano, gallego y portugués, impacte en catalán, impatto en italiano, impact en rumano, en francés y en la lengua del Imperio, pero no en la del Reich, donde se prefieren los términos propios de origen germánico Wirkung o Wucht, aunqjue existe Impact como anglicismo. 

    La palabra, que entró en castellano en el siglo XIX, está tomada del latín tardío IMPACTVM “acción de chocar con penetración”, y es hermana de COMPACTVM “ensamblado”. Ambas revelan un origen común, que sería PACTVM de donde procede nuestro pacto y el verbo pactar

    La evolución de PACTVM resulta muy curiosa:  no se acabó en el cultismo pacto, sino que dio origen también a una palabra patrimonial pato que sólo utilizamos en la expresión “pagar el pato”, referida al que paga algo que es culpa o responsabilidad de otro. La confusión con el ave palmípeda ha asegurado el éxito de la expresión, que ha sobrevivido y llegado hasta nuestros días, y que se utiliza también en portugués. En italiano existe también la expresión “pagare il patto”, aunque su uso no está tan extendido como entre nosotros porque no se da la confusión, ya que pato se dice "anatra", y significa sencillamente cumplir las condiciones que previamente se habían acordado, aunque no agrade.


    En castellano y en portugués, se impuso por influencia árabe la palabra “pato”, que procede del persa bat a través del árabe clásico baṭṭ y del árabe andalusí, páṭṭ, ya que la palabra latina para esta ave palmípeda era ANATEM, que evolucionó a ánade pero que pertenece a un registro culto del lenguaje. 

    El plural del nuestro PACTVM, o sea, PACTA da origen al sustantivo femenino pauta que en la Edad Media tomó el significado de convenio, ley, texto legal, y de ahí surgió el verbo pautar, y da origen también a pata, un término anticuado y dialectal, que se usaba en la locución hacer pata con el significado de pacto, pactar, hacer la paz con alguien, y, por lo tanto, quedar en paz con alguien sin ganar ni perder, es decir, empatar, lo que se ve en italiano donde impattare es la evolución del latino impactare.

    La raíz indoeuorpea que está detrás de pacto/impacto/compacto es, precisamente, *pak- , cuyo significado primordial sería “fijar, atar, asegurar”, y cuyo derivado más ilustre sería la palabra latina PACEM que es el origen de nuestra paz, y da lugar a sus derivados pacífico, pacifismo, apaciguar... en el sentido de que la paz es un acuerdo, un convenio al que se ha llegado. 

    Resulta curioso también que el verbo PACARE, que en latín significaba “apaciguar”, haya evolucionado en castellano por apocópe de la /e/ final y sonorización de la oclusiva sorda intervocálica /k/ a pagar. Conservamos en castellano "pacato", que es el cultismo del que procede la palabra patrimonial "pagado".  "Pacato" es sinónimo de tímido y tiene la connotación de mojigato y escrupuloso; etimológicamente significa "pacificado", poco beligerante y nada rebelde. En la expresión “estamos pagados” se da a entender que se corresponde por una parte, como dice la RAE, a lo que se merece de otro. Cuando decimos de alguien que ha pagado a alguien, damos a entender que ha satisfecho una deuda, es decir, que ha restituido lo que debía: ha pagado el pato. También se pagan culpas, lo que quiere decir, que se aplacan, que se satisfacen mediante la pena correspondiente. Antiguamente se pagaba a los soldados, a sueldo que estaban, distribuyéndoles dinero para que pudieran comprar su sal –de ahí, su salario, nuestro salario, el salario de los que somos asalariados. Se nos paga por nuestro trabajo “para tener la fiesta en paz”.
 Missile ("proyectil"), otra bebida energética de nombre latino y temible aspecto.
 
    Todo el vocabulario de la economía revela en el fondo un intento de evitar la guerra haciendo que reine una falsa paz.

    Comenta Claude Lévi-Strauss en “Las estructuras elementales del parentesco” (1949): Las pequeñas bandas nómadas de los indios Nambikwara del Brasil occidental se temen normalmente y se evitan; pero al mismo tiempo, desean el contacto, porque este les ofrece el único medio de proceder a intercambios y procurarse así los productos o artículos que les faltan. Hay un lazo, una continuidad, entre las relaciones hostiles y el suministro de prestaciones recíprocas: los intercambios son guerras pacíficamente resueltas, las guerras son el desenlace de transacciones malogradas.

    Al final, resulta que la paz tenía algo que ver con el impacto de la bala, como si la paz fuera el resultado de un disparo, y el disparo fuera en el estómago tras la ingesta de la bebida energética que se llamaba Impactum. Recordemos, a propósito, lo de Tácito: Miseram seruitutem falso (nomine) pacem uocant: Llaman paz con falso nombre a una miserable esclavitud.. Podríamos reformularlo a la heraclitana de este otro modo: Miserum bellum falso (nomine) pacem uocant: Llaman paz con falso nombre a una miserable guerra. 
 
    Y esa guerra, que es el padre, decía Heraclito, de todas las cosas (padre porque pólemos, que es como se llama en su lengua a la guerra, es un sustantivo masculino, pero quizá nosotros deberíamos decir que es la madre de todas las cosas, porque en la nuestra es de género femenino), no se circunscribe solo a la guerras de los Estados entre sí, que nos sirven puntualmente los medios de (in)formación de masas, como la de Ucrania o la que están llevando acabo Israel y los Estados Unidos en la actualidad contra la vieja Persia, entre otras, sino a la más  profunda guerra que nos divide en nacionales y extranjeros, y da origen a la xenofobia, o la que nos divide en blancos y negros, y da origen al racismo, sin olvidar la guerra básica de cualquier Estado contra el pueblo en general, y las guerrillas políticas por el poder entre izquierdas y derechas, y sin olvidar la guerra de clases entre empresarios y trabajadores, ricos y pobres,  o capitalistas y proletarios, según la vieja terminología marxista, que se renueva en múltiples otras guerras como propietarios contra inquilinos. Pero sobre todas ellas, la guerra más antigua quizá y la más impactante es la que se da entre hombres y mujeres, que se entrecruza con la guerra generacional entre adultos y niños, o jóvenes y viejos.

jueves, 19 de marzo de 2026

A ritmo de algoritmo

En el mundo digital, el algoritmo influye en nosotros más de lo que parece, porque no es solo una herramienta tecnológica, sino la forja de nuestra percepción.
 
Navegamos y él almacena nuestro historial de navegación, nuestros clics, nuestras búsquedas, si hemos hecho alguna compra en línea, los likes, los dislikes...
 
Sabe así lo que nos gusta y lo que nos disgusta, y puede trazar el perfil de nuestra personalidad digital y hacer, en función de su análisis, una predicción.
 
Según el cálculo de probabilidades, es probable -dice- que este usuario quiera ver esto, y toma la decisión automática de ofrecerle más del mismo contenido.
 
Almacena nuestra reacción a su oferta, que vuelve al sistema algorítmico, haciendo que continúe así el ciclo en una espiral que se retroalimenta constantemente.
 
El algoritmo selecciona qué noticias, opiniones o contenidos se muestran los primeros en pantalla, respondiendo a la demanda de nuestros más íntimos intereses.
 
 Muchas de nuestras elecciones que creemos libres, desde qué comprar, qué música escuchar o qué serie o película ver, están tomadas de antemano por el algoritmo.
 
La mayoría de nuestras decisiones están guiadas por recomendaciones automáticas de una publicidad cada vez más individualizada a nuestra medida y personalizada.
 

La paradoja del caso reside en que nosotros sentimos que elegimos libremente mientras que nuestra mente ha sido condicionada al haberse filtrado sus opciones.

 
El objetivo del algoritmo es lograr que dediquemos el mayor tiempo posible a permanecer dentro de la caverna de Platón mirando lo que proyecta la pantalla.
 
El algoritmo nos conoce como si nos hubiera parido, puede decirse que de hecho nos ha creado y diseñado un perfil nuestro basado en nuestros gustos personales.
 
Conoce mejor que nosotros mismos nuestra trayectoria digital que almacena y clasifica, fraguando nuestra personalidad digital gracias a nuestra colaboración.
  
    Nuestra docta Academia define el término 'algoritmo' del que tanto se oye hablar últimamente como 'conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema', vocablo que remonta, según Corominas, al castellano viejo alguarismo 'arte de contar, aritmética', procedente del sobrenombre Al-Juarismi, el matemático árabe que introdujo los números arábigos en la Europa medieval, por lo que sería en su origen un nombre propio que se ha convertido en nombre común -como donjuán, quijote, mecenas...-, desdoblándose históricamente en guarismo, ya prácticamente en desuso, y en algoritmo debido a la influencia del griego ἀριθμός arithmós 'número', y de logaritmo.
 
    Una banda eslovena de música llamada Laibach con la participación de la cantante, compositora y activista ghanesa Wiyaala  ha sacado un sencillo que se llama “Algorithm”, cuya letra juega con el doble sentido de la palabra que significa 'algoritmo', y la expresión inglesa de «all go rhythm», que sugiere algo así como que todos van (o vamos, mejor diríamos) al (mismo) ritmo (del griego ῥυθμός, latín rhythmus) del algoritmo.  
 
 
  
    El tema musical es una audaz fusión de elementos, estribillos y ritmos de música electrónica de baile, viene acompañado de imágenes alusivasde bailarines a ritmo de algoritmo. Tanto en contenido como en forma, equipara hábilmente la naturaleza manipuladora de los algoritmos con la de la música misma: dos hechizos bajo cuyo control nos encontramos.
  
     Viéndolo, me entran serias dudas sobre sus pretensiones. Su letra, cantada en la lengua del Imperio para que se entienda en todo el mundo, presume desde el principio de decir las cosas sin filtro, crudamente, ignorando toda ley, y de romper las reglas y derribar los muros. Cantan cosas como que debemos seguir adelante, que el pasado está muerto y enterrado, no importa lo que hagas, a nadie le importa tu punto de vista, lo que importa es que el algoritmo funcione para ti. Viene a decir machaconamente que somos esclavos del algoritmo, que es el ritmo que nos imponen para que bailemos a su son. No sé, ya digo, si con esta canción consiguen ponernos a todos a bailar, como hacen los bailarines de las imágenes del vídeo de promoción, o ponernos a pensar sobre lo que dice, o una tercera posibilidad que sería ambas cosas a la vez: ponernos a bailar y a pensar, o, rizando el rizo del cuatrilema o tetralema, más bien ni lo uno ni lo otro: ni ponernos a bailar ni a pensar sobre lo que dice.
 

    Tengo también mis serias dudas sobre si el mensaje llega antes con la música machacona y la letra no menos repetititva o con las imágenes del videoclip, o con la combinación de ambas cosas a la vez o con ninguna de ellas. Quizá sea mejor una reflexión más sosegada que nos haga ver que bailamos, queramos o no, nos guste o nos disguste, al son que nos tocan. Lo curioso, en todo caso, de esta canción es que parece hecha a medida para ser promocionada por las plataformas de las que, en realidad se burla, lo que nos muestra y demuestra cómo incluso la crítica se presenta como contenido para vender, y nos hace ver, de paso, que el sistema es capaz de encajar las críticas que se le hagan y de asimilarlas sin mayor problema.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Pareceres CIV

507.- Cambio de hora. El Boletín Oficial del Estado ya ha publicado la fecha oficial del próximo cambio de hora en las Españas, el cual entrará en vigor en la madrugada del 28 al 29 de marzo de 2026, cuando los relojes, la mayoría solos, adelantarán una hora haciendo que por arte de magia a las 2:00 sean las 3:00 horas, por lo que esa noche tendrá solo 23 horas, comenzando así el horario de verano, que se extenderá, Dios mediante, hasta el 25 de octubre. Si se nos olvida, no nos preocupemos porque el reajuste es automático en la mayoría de los dispositivos que usamos (y nos usan) a nosotros a diario: el móvil, el ordenador y la tableta personales actualizarán la hora sin que tengamos que hacer nada. En el año del Señor de 2019, el engendro del Parlamento Europeo aprobó una propuesta para eliminar los dos cambios horarios que se realizan anual- y automáticamente, pero la decisión requería que cada país eligiera qué horario adoptar de forma permanente, el de verano o el de invierno, y los Estados no se pusieron de acuerdo. Para que el cambio de hora desaparezca, la Unión Europea tendría que reabrir la discusión, fijar un calendario y lograr que los veintisiete Estados miembros alcancen un acuerdo ya demostró ser más difícil de lo esperado. Mientras eso no ocurra, el Boletín Oficial del Estado seguirá publicando cada año la misma fecha y los relojes seguirán moviéndose dos veces por año con la misma puntualidad de siempre. 
 

508.- Antipedagogía roquera. Un amigo aficionado a la música popular moderna de la última mitad del siglo XX destaca dos álbumes que él salvaría de la mediocridad general: en primer lugar, Crimen of the Century (1974) de Supertramp, que es una obra maestra, dice él, del rock progresivo, que explora la alienación, la corrupción social y la educación como mecanismo de control social y conformismo, en el que destaca un tema como School, que lamenta el adoctrinamiento que se imparte bajo el nombre de educación en las instituciones escolares y académicas, acusando a las masas y a los individuos que las conforman de ser cómplices de su propia opresión, un eco profético de nuestro tiempo; y en segundo lugar, el álbum The wall (1979) de Pink Floyd, cuyo tema «Another Brick in the Wall» incide en la misma temática pedagógica critica el sistema educativo como una máquina de producir «esclavos dóciles», una metáfora de toda opresión social. Ambos temas nos recuerdan aquello que escribía Iván Illich: “La escuela es la agencia publicitaria que te hace creer que necesitas la sociedad tal como es”.
  
509.- I Foro contra el Odio. “Si el odio ya es peligroso, las redes sociales lo han convertido en un arma de polarización masiva (sic, expresión calcada sobre aquellas celebérrimas 'armas de destrucción masiva', weapons of mass destruction) que termina filtrándose en la vida cotidiana”, ha alertado el Amado Líder en su discurso trufado de paz y amor, que supone decir no a la guerra y no al odio, e ingenuamente sí a la paz, es decir, a esto que llaman paz y no lo es, y sí al amor, a esto que llaman amor, y no lo es. Nuestro Amado Líder, en efecto, no quiere pasar a la Historia, en cuyo lado correcto cree situarse, como Odiado Líder. Por eso el gobierno ha organizado con vocación pastoral una cumbre internacional para advertir desde el púlpito contra el pecaminoso odio y creado una herramienta llamada HODIO, que intenta detectar la Huella de Odio (y polarización, palabra que la docta academia eligió como palabro del año 2023), a imagen de aquella otra Huella de Carbono, un odiómetro a fin de combatir este sentimiento en la Red. Ya se había detectado, según la docta Academia, la grafía “hodio” en internet que no es una falta sino más bien una sobra de ortografía, pero que puede resultar expresiva para exagerar una emoción, con ejemplos como “hodio madrugar”, “hodio los lunes”. Habría que crear una nueva herramienta que podría llamarse HAMOR, contradiciendo a Amor se escribe sin hache de Jardiel Poncela, para combatir la huella de amor empalagoso al liderazgo con mucho hamor y, de paso, con humor. Así suena la jerga del ejecutivo: “La clasificación se basa en criterios académicos, estándares internacionales y la combinación de herramientas automatizadas con revisión experta”. ¿La revisión experta será efectuada por un comité de expertos como el de la pandemia? La claque aplaude a rabiar, que para eso le pagan. 
 
  
510.- Bono Cultural Joven. El Bono Cultural Joven (En adelante BCJ) otorga una paga de 400 euros a quienes cumplen 18 años. La paga en que se puede gastar se reparte en tres tramos: 200 euros para artes en vivo, patrimonio cultural y artes audiovisuales (entradas y abonos para artes escénicas, música en directo, cine, museos, bibliotecas, exposiciones, festivales escénicos, literarios, musicales o audiovisuales y espectáculos taurinos, y olé); 100 euros para productos culturales en soporte físico (libros; revistas, prensa, u otras publicaciones periódicas; videojuegos, partituras, discos, CD, DVD o Blu-ray) y 100 euros para consumo digital o en línea (suscripciones y alquileres a plataformas musicales, de lectura o audiolectura, o audiovisuales, compra de audiolibros, compra de libros digitales (e-books), suscripción para descarga de archivos multimedia (podcasts), suscripciones a videojuegos en línea, suscripciones digitales a prensa, revistas u otras publicaciones periódicas. Esto es lo que entiende el Ministerio por cultura subvencionada. Son más de 1,3 millones los jóvenes beneficiados que alcanzan así su mayoría de edad que les da acceso al voto democrático. El presupuesto anual a cargo del erario público ronda los 200 millones de euros, y es la iniciativa con mayor dotación económica del Ministerio de Cultura, ese invento del gobierno. Al parecer, se ha hecho un uso indebido del BCJ desde la primera edición del programa, que el ministro del ramo ha reconocido aunque ha minimizado su relevancia, que consistía en utilizarlo para pagar entradas a discotecas con consumición incluida. Según el citado Ministerio el fraude de gasto indebido ascendió a casi medio millón de euros, lo que representa un 0,3% del gasto total. “La inmensa mayoría de los jóvenes lo usa bien”, ha declarado el ministro, satisfecho. 
 
 
 
511.- Infoxicación. No hay diferencia entre informarse e intoxicarse. Ambas cosas son la misma: infoxicación. Durante mucho tiempo, el hombre moderno era hipnotizado por el rey de los medios de comunicación y comulgación con ruedas de molino: la televisión. Pero con el avance de las nuevas tecnologías, la gente dejó de verla con orgullo. Decían que se habían desenganchado. Se acabaron los telediarios, las opiniones propias de la idiocia tertuliana, la publicidad a trisca y la propaganda política. El televisor era un electrodoméstico fijo que no podía faltar en el centro de un hogar que se preciara, concentrando las miradas familiares. En algunas mansiones llegó a haber un televisor en cada habitación para dar gusto a todos sus habitantes, que ya no necesitaban concentrarse en el salón para verla y que los viera. ¿Y ahora qué? Algunos como Don Pimpón, el sabio trotamundos, muy pocos a la sazón, se aferran a la vieja radio a la hora de las comidas porque creen, ingenuos, que al carecer de imágenes no avasalla tanto a nuestros sentidos -solo al oído, no a la vista-, pero la mayoría se ha enganchado a los esmárfonos, que es el televisor que todos llevamos en el bolsillo, que está en la mesita de noche, se consulta en el baño a las tres de la madrugada y que emite sin cesar, día y noche, las veinticuatro horas seguidas. Y por él salen las guerras, las elecciones en el extranjero y en cada comunidad autónoma, las catástrofes naturales, las decisiones de gobiernos, los escándalos de personas que no conocemos y alcanzan la fama, los sucesos de actualidad, y los temas que nos interesan, que él, que es inteligente, conoce mejor que nosotros mismos. Todo este material se cuela día a día en nuestro espacio cognitivo y emotivo, alterando nuestra percepción de la realidad. El resultado no es una persona más informada y más despierta, sino todo lo contrario: intoxicación informativa y opiniones personales para todos los gustos, y una atrofia de la capacidad de concentrarse en ninguna cosa, distrayéndose uno a menudo con vídeos de gatos y de culos.
 

martes, 17 de marzo de 2026

"Soy libre"

    El personaje de la viñeta de Arcás, el dibujante griego, nos presenta a un presidiario con su traje clásico de rayas blancas y negras, grises o azules -siempre un color más oscuro. Parece ser que estos uniformes se usaron en las cárceles de los Estados Unidos de América, también en los campos de exterminio nazis, aunque sus rayas eran verticales. El recluso Isovitis, el isobita, condenado a cadena perpetua de por vida sin posibilidad de remisión, nos provoca una sonrisa irónica y sarcástica, pero siempre crítica por lo que dice, que nos recuerda mucho a alguien...
 

    ¿Qué dice nuestro reo en la lengua de Homero? είμαι ελεύθερος "eímai eleútheros". Es griego clásico y moderno a la vez. Es, simplemente, griego. Una declaración de libertad: Soy libre.  La pronunciación actual ha variado ligeramente sobre la que suponemos clásica, pero no gran cosa. 

    La segunda parte de la frase να κάνω ό,τι θέλουν "na káno ó,ti théloun" nos depara una sorpresa final: esperaríamos να κάνω ό,τι θέλ "na káno o,ti thélo", que es lo habitual cuando alguien proclama su propia libertad: "soy libre de hacer lo que quiero o lo que me dé la gana", como si fuera garantía de libertad someterse al yugo de la propia voluntad, cuando, además, la mayoría de las veces ni siquiera sabemos lo que queremos, pero lo que dice es aparentemente otra cosa: de hacer lo que quieren. 
 
 
 
    ¿Cómo sabe uno, en efecto, lo que quiere? ¿Cómo sabemos que lo que quiere uno no es lo que quieren los demás que queramos? Sin embargo, Arcás nos ha cambiado la desinencia del verbo. Ha cambiado la esperada primera persona del singular por la tercera del plural. Soy libre de hacer lo que quieran. En todo caso, lo que queda manifiesto y a la vista está y es lo que produce nuestra sonrisa es que el presidiario, haga lo que haga, no es libre.

    Nuestro no menos genial y llorado Forges desarrolló este mismo y trascendente asunto de la libertad humana en una célebre viñeta de abundante texto y no menos gracia, en la que el personaje no solo declaraba que era libre, sino que insistía en ello ante el marco incomparable de una puesta de sol o,  tanto da, de un amanecer:


    Dijo Horacio en una frase que se ha hecho famosa: "quid rides? mutato nomine de te / fabula narratur" (Sátiras, 1, 1, vv.69-70): ¿De qué te ríes?  Cambiado el nombre, a ti se refiere la historia. Parafraseando a Horacio podríamos decir: "De nobis fabula narratur". La historia habla de todos y cada uno de nosotros: hagamos lo que queramos o lo que quieran las altas instancias de nuestra alma personal o los demás, tanto da, no somos libres como habitualmente proclamamos.

lunes, 16 de marzo de 2026

Persona busca personalidad: la caída de la máscara (y IV)

De la caída de la máscara 

Recuerdo que la primera vez que leí el poema “De rerum natura” de Lucrecio en la traducción de Valentí Fiol, me llamó la atención una frase por su concisión y solemnidad de carácter lapidario, que subrayé con un lapicero. Son los versos 55-58 a comienzos del libro III: Por esto, en momentos de crisis y peligro es cuando hay que juzgar a un hombre, y la adversidad nos da a conocer su carácter; pues entonces son sinceras las voces que brotan del fondo de su pecho; se arranca la máscara y queda la realidad.

Cuando años después volví a releerlo en la más antigua traducción del abate Marchena en hendecasílabos blancos, volví a encontrarme con ese fragmento y de nuevo subrayé la frase, que presentaba una curiosa transformación:
Los peligros descubren a los hombres,  
les dan a conocer los infortunios,
 pues entonces por fin del hondo pecho
 son proferidas voces verdaderas:
 la máscara se quita y queda el hombre. 


Don Miguel de Unamuno, como no podía ser menos, se hace eco del verso lucreciano en un artículo que publicó en la revista “Nuevo Mundo” titulado “La res humana”, que él traduce conservando la palabra “persona” del original como “desaparece la persona, queda la cosa”, donde hace la siguiente reflexión a continuación: “No cabe expresión más enérgica, sobre todo si se tiene en cuenta todo el valor que en latín tiene la voz persona. La cual, empezando, como es ya tan sabido, por significar la máscara o careta con que el actor se cubría la cara para representar el personaje de la comedia o tragedia, pasó a ser designativa del personaje, y, por último, del papel que uno representa, aunque sea en el coro o la comparsa, en el teatro del mundo, es decir, en la Historia”. 
 
Lo que el abate Marchena había traducido por “el hombre”, Unamuno lo traducía literalmente como “cosa” y Valentí por “realidad”. Esta última traducción resulta anacrónica: la palabra “realidad” no existe en el latín de Lucrecio: es un nombre abstracto formado sobre el adjetivo “realis”, que tampoco existe todavía en Lucrecio, basado a su vez en el sustantivo “res rei” que, como se sabe, significa “cosa”, palabra clave en el título del poema: De rerum natura: “Sobre la naturaleza de las cosas”.
 
La curiosidad e interés por la frase me movió a buscar el texto original de Lucrecio. La edición oxoniense de Bailey de 1900, reimpresa múltiples veces, dice lo siguiente.

Quo magis in dubiis hominem spectare periclis 
conuenit aduersisque in rebus noscere qui sit:
nam uerae uoces tum demum pectore ab imo 
eliciuntur, <et> eripitur persona, manet res. 

 
Nos encontramos la expresión “manet res”, que literalmente significa que una vez arrebatada la máscara “permanece la cosa” que subyace por debajo. Sin embargo, el final de ese hexámetro lucreciano, como veo por el aparato crítico, no está nada claro, es un locus corruptus. Donde Bailey lee “manet res” hay manuscritos que presentan otras lecturas como “malare” y “manare”, algo propiamente incomprensible. Se trata de uno de esos lugares conflictivos para la crítica textual en la edición de un texto. 
 
Cuando volví a releer el poema de Lucrecio, esta vez en la soberbia traducción de Agustín García Calvo publicada en 1997, que está en verso y reproduce con los acentos de las palabras el ritmo dactílico del hexámetro y, además, nos regala la rima asonante en el último pie del verso, que aunque desconocida en la poesía latina, agradece el oído castellano, me encontré con el mismo fragmento y la misma frase con otra traducción distinta de las anteriores:

Así que en inciertos peligros mirar al hombre más vale, 
 y en casos adversos mejor quién es él podrá averiguarse:
 pues voces allí del hondo del pecho empiezan veraces 
 por fin a salir, y se arranca la máscara del semblante.



Las cuatro traducciones del último verso coinciden en su primera parte en la caída de la máscara, que en latín se dice “persona”, que sólo conserva Unamuno con su sentido primigenio: eripitur persona: se arranca o se quita el antifaz pero difieren en su segunda parte: queda la realidad, queda el hombre, queda la cosa, ...del semblante.
 
¿Cuál es la mejor lectura y consiguientes traducción de Lucrecio? No se trata de decidir cuál es la que más nos gusta. El problema es que necesitamos fijar el texto previamente para poder dar una respuesta a esta pregunta. Creo que la mejor traducción es la de García Calvo, pero no porque me guste más a mí personalmente, sino porque en su edición, propone una lectura que resuelve, desde mi punto de vista, el problema textual. En efecto, García Calvo propone la siguiente lectura: ...eripitur persona ibi ab ore.
 
Donde los manuscritos presentan lecturas como manare, mala re, manet res, advierte García Calvo en el aparato crítico de su edición que un códice más antiguo presenta: iuiauore, que él interpreta ibiabore, lo que separado convenientemente se lee: ibi ab ore: allí de su rostro. 

 
Veo dos argumentos a favor de esta propuesta: el primero sería la reinterpretación del MANARE/MALARE como IVIAVORE. Escrita con mayúscula la M podría confundirse con IVI, y tratarse del adverbio IBI escrito con uve por la confusión en latín tardío entre estas dos letras, originando una falta de ortografía que sigue siendo frecuente en castellano actual, porque tanto la  be como la uve representan ya el mismo fonema oclusivo labial sonoro; el segundo argumento es que esta nueva lectura establece un paralelismo con el final del verso anterior: “pectore ab imo”: del hondo de su pecho frente a “ibi ab ore”: allí de su rostro, e incluso una especie de rima interna (pectore/ore), aunque esto es lo menos importante.
 
A la vez que salen palabras verdaderas de lo hondo del pecho del hombre en las situaciones adversas, cae la careta allí de su rostro. No hace falta suponer que lo que queda debajo de la máscara es la realidad, ese anacronismo: la realidad es que la máscara también forma parte de la realidad. Queda mejor como frase lapidaria y redonda, como máxima, la frase de Marchena, o la versión de Unamuno, o la lectura de Valentí: cae la máscara, queda la realidad o queda la cosa o queda el hombre como caso supremo de cosa; pero lo que dicen es algo en cierto modo superfluo, que no hacía falta decirlo. Es preferible esta otra lectura: cae la máscara allí de su rostro: lo que queda, detrás de la máscara, es el rostro. 
 
La más reciente traducción al castellano que he consultado del poema de Lucrecio es la de Francisco Socas, en prosa, publicada en Biblioteca Gredos (Madrid 2003), que sigue la conjetura de García Calvo: Por eso más bien en las pruebas difíciles hay que observar al individuo y en la contrariedad conocer quién es, pues entonces por fin de lo hondo de su pecho se sonsaca la voz de la verdad <y> allí se arranca la máscara de su rostro.

domingo, 15 de marzo de 2026

Persona busca personalidad (III)

    Las reflexiones sobre la persona y la hipóstasis divina fueron, pues, un componente inalienable de los debates sobre la trinidad de Dios: tres personae, una substantia, pero también sobre la dualidad o doble naturaleza divina y humana de Cristo. De ahí que la persona divina haya determinado la persona individual y que el concepto de individuo tenga entre nosotros un origen teológico. Lentamente y con dificultad, la persona, la máscara, fue encontrando su personalidad, hasta equipararse con el rostro, el espejo del alma, y confundirse con él de modo que puede afirmarse que la máscara es el rostro, y llegar así al moderno reconocimiento facial de nuestras señas de identidad.

    Nació así un nuevo tipo de personalidad, el individuo autónomo, que defiende su mundo interior y su vida privada -¿privada de qué? ¿de vida?- y que vive en conflicto permanente con su entorno, un conflicto que le mueve a redefinirse constantemente.


    Michel de Montaigne escribía en sus Ensayos, III, 11: No he visto monstruo y milagro en el mundo más salvaje que yo mismo. Uno se acostumbra a cualquier rareza con el uso y el tiempo; pero cuanto más me ... y me conozco, más me asombro de mi monstruosidad, menos me entiendo a mí mismo ('Je n’ay veu monstre et miracle au monde plus expres que moy-mesme. On s’apprivoise à toute estrangeté par l’usage et le temps; mais plus je me hante et me connois, plus ma difformité m’estonne, moins je m’entens en moy').
 
    Llegamos así al individuo y al individualismo moderno. La palabra 'individuo' deriva del latín 'indiuiduus', que es un calco semántico del griego átomos ἄτομος, que significa indivisible, que no se puede cortar o dividir, y άτομο en griego moderno es, además, persona. Entra en nuestra lengua hacia 1440 con el significado de 'persona', con el prefijo negativo in- y el desusado "dividuo" dividido para alcanza la categoría de persona y encontrar su personalidad.
  

    Hay un epigrama de Marcial, el III, 43, donde aparece la expresión "arrancarse la máscara de la cara" (personam capiti detrahere) que evoca el fin de la representación teatral, cuando el actor, finalizado el drama, se quita la careta, es decir, el maquillaje, solo que aquí el drama es la vida y el final de la función la muerte. En el poema es la mismísima Prosérpina, la Perséfone griega, su personificación, la que va a quitarle la máscara de la cabeza a Letino, que se teñía el pelo para parecer más joven y disimular sus canas: 
 Mentiris iuuenem tinctis, Laetine, capillis,
tam subito coruus,     qui modo cycnus eras.
Non omnes fallis; scit te Proserpina canum:
personam capiti     detrahet illa tuo.

Así traduzco el epigrama:

 Te haces pasar por mozo, Letino, tiñéndote el pelo,
 tan cuervo de sopetón,    cisne que ayer eras tú.
 No nos engañas a todos; te sabe Prosérpina cano:
ella la máscara va    pronto a quitarle a tu faz. 
  
 
    Otro ejemplo del uso de la máscara/persona en la literatura imperial romana es una fábula de Fedro (I, 7), que nos habla del hallazgo casual que hace una zorra de una máscara teatral trágica, lo que le provoca una reflexión. La astuta raposa, a la vista de la careta, plantea la dictadura actual de la imagen: admiramos la belleza de una fotografía, por ejemplo, y no vemos que la imagen no es la realidad, sino una de sus muchas apariencias, uno de los muchos velos  con que Maya, la ilusión, la que no es, la recubre para engañarnos:
  Personam tragicam forte uolpes uiderat;
'O quanta species -inquit- cerebrum non habet!'
Hoc illis dictum est quibus honorem et gloriam
Fortuna tribuit, sensum communem abstulit. 
 
Una zorra vio una vez la máscara de un actor;
'¡Cuánta belleza -dijo-sin cerebro hay!'
Se ha referido a quienes gloria dio y honor
la suerte, pero de razón común privó.   

sábado, 14 de marzo de 2026

Interludio

El corazón, símbolo del partido que hace bandera del amor, declara la guerra al odio a fin de que su Líder Supremo sea amado o deje al menos de ser aborrecido.
 
 
En la caverna de Platón hay güifi (guaifai, que dicen los ingleses) que permite a los cavernícolas conectarse a la Red y acceder a la sociedad del espectáculo.
 
 Todos nuestros agentes están ocupados. Manténgase a la espera, por favor. (Suenan acordes de un vals vienés y el mismo mensaje repetido interminablemente). 
 
Los médicos viven de la enfermedad, los abogados de la discordia, los políticos de la mentira, y las naciones de la guerra, que es la quintaesencia del Estado.
  
 
 Frente al dónde están los que alguna vez vivieron en el mundo, cabe preguntarse dónde están los que vivieron dentro de nosotros mismos, nuestros antepasados.
 
Individuum est ineffabile: el lenguaje humano no puede captar con palabras y conceptos generales el aquí y ahora de una persona o cosa particular y concreta.
 
No se trata de descubrir mi otro yo o alter ego, sino, como intuyó Rimbaud, que yo es siempre otro, o mejor: yo, en primera persona, soy siempre otro diferente.
 
Descubrimiento apocalíptico: El individuo no tenía un doble o dopplegänger, ni siquiera un alter ego, sino que estaba desprovisto de ego propio y personalidad.
 
En el paso del siglo decimotercero al decimocuarto se instalaron los primeros relojes mecánicos a fin de regular el tiempo en las principales ciudades europeas.
 
  
 Para el héroe era vergonzoso morir en el lecho de muerte, resultaba humillante morir sobre un jergón de paja y no caer muerto en combate en el campo de batalla.
 
 La muerte del héroe solo es épica y heroica propiamente dicha cuando le da un sentido unívoco a una vida que, como toda vida que se precie, carece de sentido.
 
Praeteritum pro futuro: Un verbo en pasado para narrar hechos futuros -contradicción en sus términos-, dando por hecho un porvenir que no ha acontecido todavía.
 
Como no poseía ego propio o self, en la lengua del Imperio, no se vio al pasar delante de un espejo y mirarse ni salió su imagen en la foto de su autorretrato.
  
 
Uno no puede escribir su propia autobiografía puesto que una vida no puede hacerse historia antes de culminar, vista para sentencia, en el momento de la muerte.
 
Una monodia es una canción para una sola voz, un cántico que se interpreta en solitario con una única línea melódica que establece un diálogo con los oyentes.

viernes, 13 de marzo de 2026

Persona busca personalidad (II)

    Los lingüistas hoy están prácticamente de acuerdo en el origen probablemente etrusco del término latino persona, que derivaría de phersuna "lo relacionado con phersu/Phersu", que sería una máscara ritual usada en juegos funerarios etruscos. 
 
    El phersu/Phersu es una figura del mundo etrusco que se ve en pinturas funerarias, especialmente en la Tumba de los Augures (siglo VI a. C.), donde aparece la palabra escrita junto al personaje por lo que se supone que era el nombre del rol o figura representados. La escena muestra a un hombre con máscara barbuda vestido con túnica corta que sostiene una correa con la que controla a un perro agresivo que ataca a otro hombre que tiene la cabeza cubierta con una capucha y que se defiende con un garrote. No hay unanimidad sobre el significado de esta escena: podría ser un antecedente de los juegos gladiatorios romanos, o ser un personaje ritual o teatral en juegos funerarios etruscos. 
 
phersu/Phersu
     
    Otra palabra latina relacionada con el teatro y de probable origen etrusco es  histrio, histrionis, que  designaba originalmente a los actores o danzarines, de donde deriva nuestro histrión. Según la tradición histórica, el término pasó al latín para describir a los artistas traídos de Etruria para entretener al público con gestos, música y disfraces. 
       
    El término griego equivalente al latín persona era prósōpon πρόσωπον, de ahí que a la figura literaria consistente en la personificación se la denomine prosopopeya. Según nuestra docta Academia, sería el origen etimológico del etrusco phersu/Phersu. La pesona, según ella, derivaría "del latín persōna 'máscara de actor', 'personaje teatral', 'personalidad', 'persona', este del etrusco φersu, y este del griego πρόσωπον prósōpon", pero esto último parece poco probable fonéticamente. 
 
    La historia de la palabra griega, sin embargo, es muy interesante porque relaciona la cara, que es según nuestro refranero el espejo del alma, con las máscara teatral y el personaje representado. Está formada con el prefijo prós πρός, que significa “delante de” y el sustantivo ōps ὤψ, que quiere decir "ojo" y genéricamente "rostro", por lo que el término significa literalmente lo que está delante de los ojos, y lo que se presenta a la vista. 
 
    En el teatro griego clásico los actores llevaban máscaras que los caracterizaban, por lo que acabó designando a los personajes que representaban. Más tarde la palabra adquirió, en una evolución paralela a la latina persona, un sentido mucho más abstracto, pasando a su significado moderno de identidad individual. En la primitiva teología cristiana griega se utilizó el término prósōpon para hablar de las tres personas de la Trinidad. 
 
    Semánticamente la identidad nace de una palabra que originalmente significaba máscara, que se impone y que se muestra a los demás, lo que puede sugerir que toda identidad es sustancialmente falsa identidad y todo nombre propio, como hemos formulado alguna vez, un pseudónimo, real, sí, pero falso.
  
    Personas sujetas a derecho: En el derecho romano ya se usaba el término persona. Podemos remontarnos a Gayo, el jurista que vivió en tiempos de Adriano y parece que alcanzó la época de Cómodo. En el libro I de sus Instituciones, establece que el derecho se ocupa de las personas, de las cosas o de las acciones. Concerniente a las personas al hablar de la condición humana establece la división entre esclavos y libres, y dentro de estos últimos los “ingenuos” que son libres de nacimiento y los libertos, que son los esclavos que han adquirido la libertad... Más adelante establece otra división de las personas, las personas sui iuris o independientes y las alieni iuris sujetas a un poder ajeno, destacando entre estas últimas las que están in potestate, in manu e in mancipio. En la jurisprudencia romana la sociedad se analiza según status, y tres criterios: el de libertad (libre o esclavo), el de ciudadanía (ciudadano romano o no) y el familiar (posición dentro de la familia) y solo quien poseía el estatus adecuado era persona según la ley. 
 
    En la jurisprudencia actual se distinguen las personas físicas o reales, seres humanos individuales con una identidad física avalada por un nombre propio y una fecha de nacimiento, de las jurídicas, que son entidades legales, es decir, creadas por la ley como empresas y organizaciones que tienen una existencia independiente de sus miembros.
 
    Personas gramaticales: En la gramática tradicional se habla de prima, secunda y tertia persona: Elio Donato define la primera persona como el hablante, la segunda como el oyente y la tercera la cosa o persona cosificada de la que se habla. La idea de las tres personas gramaticales viene ya de la tradición gramatical griega, por ejemplo de Apolonio Díscolo, que adoptaron los latinos. Un lingüista moderno, Émile Benveniste, define la tercera persona como la no-persona. La diferencia no es solo gramatical sino filosófica y pragmática: la primera persona y la segunda crean el diálogo, la tercera es la cosificación. En latín clásico ni siquiera existía un pronombre personal específico de tercera persona como en las lenguas modernas (él, ella), sino que se recurría a un mostrativo o al anafórico, lo que refuerza esta intuición de que la tercera persona es la no-persona.
 
La Santísima Trinidad, Antonio de Pereda (s. XVII) 
 
     Personas teológicas: Al parecer, ya Tertuliano definió la Trinidad como “una substantia, tres personae”: un Dios que es uno y trino: una sola sustancia o esencia en tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, afirmando el monoteísmo sin negar la distinción entre las tres personas, concepción que fue confirmada doctrinalmente con posterioridad en los primeros concilios de Nicea y de Constantinopla. No deja de sorprender, sin embargo, cómo la incipiente teología cristiana utiliza una palabra de origen teatral para definir la estructura del dios trinitario. En los primeros debates teológicos griegos se usaba el término paralelo 'prosōpa', pero se volvió sospechoso enseguida por sugerir que Dios utilizaba máscaras teatrales, lo que parecía poco serio para referirse a la divinidad, por lo que se sustituyó por hipóstasis, cuyo equivalente latino sería substantia “una esencia, tres hipóstasis o sustancias”, μία οὐσία, τρεῖς ὑποστάσεις (mía ousía, treîs hypostáseis). Pero no hay que llamarse a engaño con estas definiciones: no se refieren al hombre, sino que son teológicas: se refieren principalmente y exclusivamente a Dios, a la persona divina. 

jueves, 12 de marzo de 2026

Persona busca personalidad (I)

    Leo en “Los orígenes del individualismo europeo” (Barcelona: Editorial Crítica, 1997), del historiador ruso Aaron Gurevich que en la antigüedad grecorromana el concepto de “persona” aún no se había forjado como tal porque no había una conciencia personal individual. Existía, en efecto, en latín una palabra 'persona', pero no significaba lo que hoy, sino 'máscara', la máscara del actor teatral, y, por extensión, el papel o posición social del personaje dramático que interpretaba en escena. 
 
    El hombre no se consideraba a sí mismo como personalidad, lo que sería una ridícula pretensión, y ni siquiera otorgaba a sus dioses humanizados que representaban fuerzas de la naturaleza (amor, fuego, guerra... ) tal categoría. Tenemos que adentrarnos en la Edad Media cristiana para encontrar textos en los que se dice que gracias al sacramento del bautismo el hombre se constituía como persona en la iglesia de Cristo. 
 
    Hoy en día, ya en pleno siglo XXI, es imprescindible, más que el sacramento del bautismo que le imponía al recién nacido la bendición o maldición de un nombre propio con el que cargar toda su vida, la inscripción laica en el registro civil para ser reconocido como persona o, más modernamente, como ciudadano y miembro de pleno derecho del estado nacional.
 
 
 
    El Nombre Propio era ya entre los antiguos romanos un distintivo masculino de ciudadanía. Constaba de tres nombres: el praenomen, nombre personal o de pila, elegido entre un repertorio (Gayo, Marco, Publio, Tito...), el nomen, que era el nombre del clan familiar al que pertenecía el ciudadano, algo como nuestro apellido, y el cognomen o sobrenombre, una especie de mote que se volvió hereditario como el nomen y que especificaba la rama familiar del clan. El derecho a los tria nomina diferenciaba a los ciudadanos de los extranjeros, y a los libres de los esclavos, que eran denominados por un mote como se hace hoy con las mascotas. Las mujeres, sin embargo, no tenían derecho a los tria nomina, como no tenían derecho al voto en las antiguas formas de democracia hasta llegar a la actualidad. Su nombre era el nomen de su padre terminado en -a: Así la hija de Gayo Julio César se llamó Julia, y la de Marco Tulio Cicerón, Tulia. Si tenían más de una, todas llevaban el mismo nombre colectivo.
 
    Hay dos etimologías espurias del término 'persona':
 
1ª.- La primera deriva del verbo personare 'resonar'. Esta explicación se remonta a la propia antigüedad. Ya un gramático como Gavio Baso la desarrolla en su tratado hoy perdido sobre el origen de los nombres, del que nos da noticia Aulo Gelio en sus Noches Áticas (V, 7,2): conjetura (Gavio Baso) que ese vocablo ('persona') se formó a partir de 'personare' (resonar) porque, dice, la cabeza y la cara están cerradas por todos lados por la cobertura de la máscara y solo queda una vía para la emisión de la voz, que no es vaga ni difusa, la cual empuja la voz condensada y concentrada hacia una única salida, y hace más claros y sonoros sus sonidos
 
    Hay una objeción filológica: la "o" de personare es breve mientras que la "o" de persona es larga, pero Gavio Baso se las apaña para sortearla ingeniosamente: Así pues, dado que ese revestimiento del rostro hace que la voz se aclare y resuene, por ese motivo se dijo persōna, con una ō más larga por la formación de la palabra
 
    Pero todavía cabe otra objeción: la palabra persona es mucho más antigua que el verbo personare, por lo que la relación con sonum 'sonido', raíz y base del verbo sonare y sus compuestos, es más remota e improbable. 
 
 
 
    Esta fue, sin embargo, la interpretación que triunfó en la Edad Media. De ella se hicieron eco, entre otros, nuestro Isidoro de Sevilla, Alain de Lille (dicitur persona a personando) y Tomás de Aquino. Este último comenta que la palabra surgió en el teatro antiguo, y dado que en las comedias y tragedias clásicas se representaba a hombres notables, el término persona se asoció enseguida a alguien que tenía dignidad o rango, de donde deriva el uso eclesiástico de llamar así a quien tiene dignidad dentro de la iglesia, y sobre todas las cosas, a Dios mismo,  que es uno y trino: tres personas distintas y un solo Dios verdadero en el dogma de la Santa Trinidad
 
    Así pues, durante el medievo "persona" era un término que se refería casi exclusivamente a Dios. Paulatinamente la persona divina irá determinando la persona humana individual. Es preciso llegar a la actualidad para que el fenómeno se generalice de Dios a todo dios, es decir, a todo el mundo, personalizándose todo lo imaginable, hasta lo impersonal. Como denunciábamos en una ocasión con un trabalenguas: En este tiempo tan impersonal todo está, paradójicamente, personalizado. ¿Quién lo despersonalizará? El despersonalizador que lo despersonalice buen despersonalizador será.  
 
 
 
2ª.- La otra falsa etimología, extendida sobre todo también en la Edad Media, decía que persona era una contracción de per se una ('una por sí misma'), subrayando la individualidad característica de la personalidad. Esta explicación carente de rigor filológico porque fonéticamente persona no puede derivar de per se unapertenece a un tipo muy común de falsa etimología filosófica, conceptual o especulativa que no intenta reconstruir el origen lingüístico real, sino expresar la esencia de la cosa nombrada: “una realidad que es una por sí misma”. Es decir, un individuo subsistente, no parte de otro.