miércoles, 10 de junio de 2026
¿Qué es el Estado?
martes, 9 de junio de 2026
Pareceres CXIII
lunes, 8 de junio de 2026
¡Madre de Dios!
Me viene a la memoria el caso de la creación, entre nosotros, del neologismo bastardo 'monomarental', que todavía no recoge la docta academia de la lengua castellana. Familias monoparentales son, según el diccionario de la susodicha, las formadas por un solo miembro adulto, sin distinción de sexo (ni de género, que es la construcción social o sea el alma del sexo), ya sea el padre o la madre, y los hijos, por supuesto. El término remite al griego mono, que significa “uno”, y al latín “parens”, en plural “parentes” (de donde el inglés y el francés parents, que incluyen father y mother, père y mère.
domingo, 7 de junio de 2026
Oficina de Artes Escénicas: banderas.
sábado, 6 de junio de 2026
Romance de la niña que espera desesperada

viernes, 5 de junio de 2026
Recuerdos inolvidables de lo que no ha pasado todavía y ya es historia
jueves, 4 de junio de 2026
Que no somos libres
miércoles, 3 de junio de 2026
Mensajería de ocasión
martes, 2 de junio de 2026
Leyendo la Bhagavad-Gita
Leyendo El cántico del Señor, que fuera escrito / en la sagrada lengua muerta de la India / en versos de oro viejo de epopeya, encuentro / al bravo héroe del cantar de gesta, de ojos / como pétalos de loto y poderosos brazos, / al arquero Arjuna que, firme, nunca yerra el tiro / ni siquiera cuando lanza a ciegas una flecha, / y a su divino auriga y escudero Krisna.
En boca están del consejero del rey, Samjaya, / que al monarca ciego le refiere lo que pasa / en el campo de batalla, en donde va a librarse / el combate que decidirá la gobernación / del reino. El héroe, de la casta de los guerreros, / inmerso en una guerra atroz que enfrenta a hermanos, / no puede sostener por vez primera el arco, / lo aparta de su lado, lo ha tirado al suelo.
No es un cobarde. Ha dado pruebas de valor / muchas al mundo. Siendo joven se internó, / en el bosque, solo, sin más armas que una espada, / siguiendo el rastro de un furtivo tigre de oro / que se perdía en la espesura lujuriosa / de la selva antigua, primordial, que ciñe al mundo / y lo amenaza; al fin halló a la rayada fiera / y en el espejo de sus ojos pudo verse,/ la desafió y retó de frente, cara a cara / conjurando así su propio miedo para siempre. / Rugía el tigre, su rugido lo ensordece / multiplicándose en la sombra de sus ecos; / le dio la muerte al fin, clavándole desnuda / la espada limpiamente, con bravura firme: / perdura el tigre, sin embargo, aquí en el verso, / agazapado en la penumbra del poema.
Apoya el héroe a su hermano Yudhisthira, / pretendiente al cetro que le niega Duryodhana, / su primo, el hijo del viejo rey Dhritarastra el ciego, / que usurpa el trono y oye ahora el relato / de su secretario, y muestra signos de visible / preocupación. Los dos ejércitos, en orden / de combate, aguardan la señal que dé comienzo / a la batalla en la llanura de Kuruchetra.
Arjuna, el héroe, desfallece, le tiembla el pulso: / prefiere el tigre y no el zarpazo de la guerra, / la propia muerte y no una guerra sin sentido, / quiere la paz, cansado de una lucha horrenda. / Al ver las huestes enemigas, ha llorado, / no puede contener las lágrimas del llanto, / reconociendo allí a su larga parentela / y a los amigos muchos de su lejana infancia / entre las filas del ejército rebelde.
Entonces Krisna, que es también un buen amigo, / le recuerda al héroe su deber, que es el combate, / y que si renuncia y abandona la pelea / será tachado con la infamia del cobarde; / Arjuna escucha cabizbajo y deprimido, / la voz de aquel le revela entonces que es lo mismo / ganancia y pérdida, paz y guerra, noche y día, / lo mismo blanco y negro, bueno y malo, luz / y sombra, el éxito que el fracaso, vida y muerte: / que son idénticas la victoria y la derrota / después de la batalla: son lo mismo todos / los contrarios juntos: da lo mismo, pues, / luchar que no luchar, pero es mejor luchar: / que sólo se libera de la acción no aquél / que deja de actuar y se retira y huye / del mundo y siglo a las desiertas soledades / como si fuera un ermitaño anacoreta, / sino el que actúa desinteresadamente, / sin esperar la cosecha y fruto de sus hechos, / sin heredar las consecuencias de la acción, / que nos encadenan a la rueda de la existencia / de nuestra propia identidad, real y falsa.
Comprende Arjuna, el toro entre los hombres, algo: / que no es su siervo Krisna quien ahora le habla, / sino la voz común de la razón, que no es / propia de nadie, que es de todos, como el aire; / y se ha encarnado en él ahora la palabra / divina y es portavoz del verbo y su avatar; / y Arjuna duda y le pregunta a su escudero: / -¿Quién eres? ¿Qué eres tú? -Yo soy, responde el Negro, / el ser que no ha nacido y nunca va a morir.
Arjuna tiembla, siente un largo escalofrío, / y se estremece; entonces ve o le parece ver / un largo río, el Ganges, sin principio y fin, / que arrastra en su vorágine y corriente ciega / al propio héroe, a su escudero, y todo el tiempo, / y a los seres todos, existentes e irreales, / en su imposible y su sin fin pluralidad: / vivos y muertos, dioses y hombres, semidioses, / sierpes aladas y dragones fabulosos, / y criaturas mil que nunca nadie imaginó / que cambian formas y tamaños y colores, / y un solo ser de muchos ojos y muchas bocas / y brazos, piernas, corazones, almas, sexos / femeninos, masculinos; y él lo entiende ahora / y le confiesa: -Ya comprendo, amigo mío, / ¡Cómo he podido estar tan ciego sin darme cuenta! / No temas, voy a pelear... y ya renuncio / a la victoria y la derrota al mismo tiempo, / que son la misma cosa, sólo así, tal vez, / encontraré la auténtica y la verdadera / victoria, más allá del triunfo y los fracasos, / la paz que yo, con toda mi alma y de verdad, / anhelo, no ensombrecida por la guerra nunca, / la vida verdadera y no su sombra eterna.
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A punto está de comenzar esta batalla / que sin embargo nunca va a tener lugar: / Los elefantes atropellan y pisotean / a los guerreros y caballos: con sus colmillos / siembran la muerte y pánico; se oye el estruendo / de las muchas armas; ya los carros de combate / arremeten unos contra otros, contundentes; / miles de flechas van volando por los aires / borrando el cielo: ya resuenan los clarines, / acrecentando el alboroto y la confusión; / por todas partes se proyecta allí la sombra / inequívoca de la vasta muerte. El viejo rey / Drhitarastra el ciego, ha decidido ahora mismo / emprender la huida sin demora a las montañas.
El propio Arjuna, ya no duda, va a matar / (ya no le tiembla el pulso cuando tensa el arco / y saca de su aljaba flechas tremebundas, / en este instante, que es la propia eternidad) / a quinientos hombres de una vez, inundado el campo / de sangre roja derramada inútilmente.






























