Una vez que se acaba el curso académico con la llegada de la canícula estival propia del cambio climático, llegan los cursos y cursillos de verano que sirven para engordar el currículo, como los que organiza la Universidad Complutense de Madrid en San Lorenzo de El Escorial en medio de tórridos calores.
En uno de los cuales la ministra de Igualdá del gobierno progresista del Reyno de las Españas, cuyo nombre propio no merece la pena ser recordado, ha sentenciado que hombres y mujeres somos “especies radicalmente distintas, que no tienen mucho que ver” (sic). Solo le ha faltado decir aquello de que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, o que los hombres son como perros y las mujeres como gatos, o cualquier otra sandez semejante.
Y ha pedido ayuda -¿a quién, a quiénes?- para lograr “evolucionar” al género -¿gramatical?- masculino en materia social y emocional.
"Nosotras -ha dicho en nombre de las mujeres- nos hemos liberado de estereotipos, nos hemos incorporado al mercado laboral -¿quién las libera del mercado libre?-y a los cuidados, pero ellos creo que están todavía anclados en unos privilegios que tampoco lo son tanto, porque el negar los sentimientos o la debilidad es muy perjudicial para cualquier ser humano". ¿Anclados en unos privilegios que no son privilegios? ¿Cómo se entiende eso?
La titular de Igualdá, ha calificado la prostitución como la "forma de patriarcado más aberrante" y una vulneración flagrante de los derechos humanos. Ha rechazado el término de "empleo más antiguo"*, definiéndola como la "esclavitud más antigua del mundo", sin darse cuenta de que es lo mismo empleo que esclavitud en este contexto porque no hay oficio sin beneficio (económico), olvidando además que las mujeres fueron la primera forma de dinero según el insigne Federico Engels, quien en su obra fundamental El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), señaló que el hombre dominó a la mujer, convirtiéndola a ella y a su capacidad reproductiva en una de las primeras formas de propiedad, valor de cambio y "moneda" dentro de las incipientes sociedades jerárquicas.
En la monumental Historia de la prostitución (1851) de Pierre Dufour, se distinguen tres tipos de prostitución: la hospitalaria o doméstica, la sagrada o religiosa y la legal o civil. Lo que para algunos era una odiosa esclavitud es para este estudioso un obsceno tráfico, y afirma que en las tres formas de prostitución que ha señalado, esta se nos presenta "más venal que servil, porque siempre es voluntaria y libre", una opinión discutible, porque mediando el dinero no hay libertad que valga: en muchos si no es en todos los casos la libertad está condicionada por la necesidad imperiosa de dinero.
La ministra aseguró que según una encuesta del CIS, el 80% de la población española consideraba la prostitución una forma de violencia, de lo que se deduce que una democracia "digna" no puede permitir que esta actividad se desempeñe.
Como escriben Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut en El nuevo desorden amoroso (1977), prestando su voz a las putas: "Hacemos un trabajo como cualquier otro, dicen, porque todo trabajo es una forma de prostitución. Vendemos nuestro cuerpo, como cualquier persona. Lo que nos vale la piedad de los más caritativos, lo que, a los ojos de todos, progresistas y retrógrados, es el estigma de nuestra profesión, obedece rigurosamente a la lógica del contrato de trabajo. Si vender su cuerpo, es pecado, es un pecado universal y no merecemos deberle nuestra postergación".
El joven Carlos Marx en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 escribía: "La prostitución no es más que una expresión particular de la prostitución general del trabajador." Venía con ello a decir que el puterío no era un trabajo más sino que bajo el capitalismo todo trabajador se veía obligado a vender su fuerza de trabajo como una mercancía, es decir, a prostituirse.
La ministra igualitaria ha afirmado, entre muchas otras sandeces, que las construcciones "filosófico-religiosas" han situado históricamente a la mujer en una posición de "subordinación", utilizando mitos como el de la "costilla de Adán" para justificar la inferioridad. Esta visión contrasta con su análisis de las sociedades prehistóricas, donde, según ha citado, las funciones de hombres y mujeres tenían el mismo valor social y el poder se repartía de forma "prácticamente paritaria" antes de que la interpretación religiosa "globalizara el machismo".
La ministra, viniendo a la actualidad, ha criticado el machismo absoluto del reguetón, altamente sexualizado, y ha criticado la Inteligencia Artificial, siguiendo los pasos de la encíclica de su santidad el Santo Padre, que la IA se nutre de datos y experiencias previas de carácter patriarcal, por lo que habría que re-educarla en igualdad combatiendo los sesgos algorítmicos.
Ha opinado que su ministerio es imprescindible para España, ignorando que los varoncitos también somos humanos y tenemos sentimientos en nuestros corazoncitos. O ¿somos sentimientos y tenemos humanos?
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*El cuento de Rudyard Kipling On the city wall ('En la muralla', 1889) comienza así: La joven Lalun pertenece a la más antigua de las profesiones. ['Lalum is a member of the most ancient profession in the world']. Su verdadera abuela fue Lilith, aquella que, como lo sabe todo el mundo, vivió antes que Eva. Los occidentales dicen cosas muy rudas acerca de la profesión de Lalun, y dan conferencias, y escriben folletos, y distribuyen esos folletos entre los jóvenes para que la santa moral quede incólume. Pero en los pueblos del Oriente la profesión es hereditaria: la madre se la trasmite a la hija; nadie da conferencias, nadie imprime folletos, nadie se preocupa por ese problema, o más bien dicho, no hay problema.
























