El artista británico Chris Mitton (Londres 1963-...) confiesa que cuando era niño no podía entender cómo el revólver tan utilizado en las películas del oeste americano de indios y vaqueros que veía en el cine y la televisión, el Colt 45 se llamaba “pacificador” (peacemaker, o 'hacedor de la paz' en la lengua del Imperio), hasta que comprendió la idea de que la paz se mantiene gracias a la amenaza de las armas, el viejo 'si uis pacem, para bellum' de los romanos (si quieres la paz, prepara la guerra, que fue el fundamento de la paz romana y es el actual de la pax Americana), una ideología que ha robustecido siempre el militarismo y que evolucionó hasta la proliferación de armamento nuclear de destrucción mutua asegurada y masiva de la Guerra Fría de mediados del siglo XX hasta la actualidad, cuyo uso desembocaría en la destrucción completa tanto del atacante como del atacado, tanto de los tirios como de los troyanos.
Esta arma de acción simple, cuyo tambor tiene cabida para seis cartuchos, fascinó al niño que era el artista Chris Mitton, que, una vez adulto, decidió reproducirlo haciendo una réplica exacta de 3:1 de un original, tallada a mano en un bloque de mármol de Carrara blanco, lo que le llevó seis meses, presentándolo sobre un soporte de acero inoxidable, convirtiéndola en una Obra de Arte. En esta página se pueden ver fotos del proceso imitativo, mejor que creativo, que ha seguido el artista.
Dice, a propósito del arma, la inevitable Güiquipedia que el Colt Pacificador fue ampliamente utilizado por la industria cinematográfica, que lo elevó a la categoría de mito al asociarlo a grandes estrellas de la pantalla en las películas del viejo oeste americano.
La pistola pacificadora, Chris Mitton
El que a un instrumento de muerte se le denomine 'pacificador' sólo se explica por la amenaza que conlleva. Este nombre es como el viejo epíteto latino “pacifer”, portador de la paz, a imagen y semejanza de “lucifer”, portador de la luz, que los romanos le dieron a Marte, el dios de la guerra. La paz, evidentemente, solo puede estar fundada sobre la amenaza de la guerra, lo mismo que la vida sobre la de la muerte. Claro que en ambos casos ni la paz es paz verdadera ni la vida es vida de verdad, sino todo lo contrario: mera existencia. Por eso nos va como nos va.
Hay, según me cuentan, una serie
televisiva norteamericana, estrenada hace cuatro años, titulada así mismo 'Peacemaker' (El pacificador), cuyo argumento se
resume muy sencillamente: Un hombre lucha por la paz a toda costa, sin
importar a cuántas personas tenga que eliminar para conseguirla. Quizá
debería acabar la última temporada de dicha serie con el suicidio del
protagonista y de la serie.
Ulises (=Odiseo) y Nausícaa, Jean Alfred Marioton (1888)
Cuando Odiseo naufraga en la isla de Esqueria, desarmado y desnudo, episodio por cierto que omite deliberadamente la jolivudense Odisea de Christopher Nolan (2026) -nombre parlante que significa 'portador de Cristo', a imitación de lucifer y pacifer-, después de haber perdido tripulación y barco, donde lo encuentran unas muchachas y una de ellas, Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, se enamora perdidamente de él, descubre que sus habitantes, los feacios, no saben de arcos ni flechas, porque son un pueblo pacífico que solo se preocupa de los aparejos de sus negras naves. En el ágora se levanta un templo al dios del mar, el terrible y fascinante Posidón, y allí mismo los feacios, que no se cuidan de las armas, se dedican en cambio a sus amarras y velas, a los mástiles y remos de sus naves "con las que cruzan ufanos el mar plateado de espumas". Gracias a ellos y a uno de sus navíos podrá Odiseo, después de regalarles a cambio de su hospitalidad el relato de toda su odisea, volver a su reino, a Ítaca, que había dejado atrás hacía veinte años para poder ganar una guerra en la que al final no hay ni vencedores ni vencidos, ni buenos ni malos, sino solo derrotados.
En 1926, hace ahora cien años, todo un siglo, que se dice pronto, Henry Ford anunció que los trabajadores de sus fábricas de coches trabajarían cinco días
de ocho horas en lugar de seis como habían hecho hasta entonces, sin reducción de su salario. El tiempo ya existía, como Dios, antes de la creación de los cielos y la tierra y de que se hiciera la luz, y el mismísimo Jehová Sabaot empleó seis días en la creación del mundo y consagró el séptimo al descanso, instaurando así la primigenia semana laboral.
Henry Ford les dio suelta a sus empleados los sábados y domingos, y así nació ese período de dos días libres de la servidumbre laboral llamado güiquén, el fin de semana, abreviado en finde, para ir de fiesta y emborracharse -aunque él era un ferviente defensor de la Ley Seca-, rezar o simplemente entregarse al dolce far niente, que en lugar de destruir la bíblica semana laboral judeocristiana vino a reforzarla. No inventó nada, la pausa de dos días ya venía
gestándose desde antes, entre otras cosas por las reivindicaciones sindicales obreras y
por la necesidad de acomodar el descanso sabático veterotestamentario de los judíos y el dominical de los cristianos.
El hallazgo de este personaje, en todo caso, no era tan altruista como podría parecer a simple vista, sino una impecable estrategia de márquetin comercial para vender sus automóviles. Al haber aumentado la producción de semovientes, necesitaba que sus trabajadores se convirtieran en consumidores y chóferes del producto que producían: necesitaban un vehículo para ir de casa al trabajo y del trabajo a casa, y para poder hacer escapadas sobre ruedas los fines de semana: todos a los mismos sitios y cada cual en su utilitario. Pese a la reducción horaria de la semana laboral, las fábricas de Henry Ford mantuvieron constante su nivel de producción.
El tiempo libre no era solo una concesión a los trabajadores, sino también un motor del capitalismo de consumo. Es así como el ocio pasó a formar parte del negocio. El tiempo libre, que antes era lo opuesto a la economía y podía parecer contraproducente laboralmente, pasó a formar parte del tinglado capitalista. Se conseguía así que la mayoría de la clase trabajadora, que no sentía mucha devoción por su trabajo, pudiera dar rienda suelta el fin de semana (así como en las vacaciones anuales) a sus auténticas pasiones.
En
1938, ante el aumento del desempleo durante la Gran Depresión, la
semana laboral de cinco días se adoptó oficialmente en los Estados
Unidos, aunque no se popularizó hasta
después de la Segunda Guerra Mundial generalizándose al resto del mundo.
¿Podemos imaginar a estas alturas un mundo sin finde, sin la fiebre del sábado por la noche, sin sábado sabadete, camisa nueva y polvete, sin domingo de asistencia a misa o al estadio a ver el partido de balompié, sin el aburrimiento de una larga tarde de domingo ante la pantalla estupefaciente del televisor y sin un lunes frenético de vuelta al tajo y la rutina?
Hoy en día, sin embargo, es difícil precisar con exactitud dónde empieza y dónde termina el fin de semana, que no de la semana. Por un lado porque se va abriendo paso poco a poco la de cuatro días -predicha por primera vez por la lumbrera de Richard Nixon, nada menos, en 1956-, que se ha convertido en realidad, por lo que me cuentan, en los Países Bajos, donde los currantes trabajan una media de 32,1 horas semanales. (La española oficialmente es de 40 horas todavía, a razón de ocho por día, aunque en la práctica suele ser algo menor, rondando las 37,8 horas).
Los apologetas de la semana laboral de cuatro días y el finde de tres argumentan que la medida no tiene por qué suponer un descenso de la producción, si durante cuatro días se desempeña el mismo trabajo que antes en cinco, como sucedió con la reducción de Ford.
Con la implantación, por otro lado, del teletrabajo, bien entrados -a la fuerza nos ahorcaron- ya en el siglo XXI, se transforma el concepto de semana laboral y eso afecta también al fin de semana. Los telecurritos tienen un calendario técnicamente libre, pero tanto la mente como el ordenador personal están prácticamente en modo de espera, expuestos a la proliferación de correos electrónicos relacionados con el laburo y a la disponibilidad fuera del horario laboral de los teléfonos supuestamente inteligentes. Las telecomunicaciones hacen que vivamos con interrupciones constantes, por lo que es difícil encontrar tiempo tanto para concentrarse en el trabajo como para descansar de verdad desconectando.
El clásico de Quino
Si
a mediados del siglo XX, la caja tonta televisual concentraba la atención familiar en la sala de estar, hoy pasamos el sábado navegando cada cual por sus redes sociales en sus pequeñas pantallas individuales, y el domingo respondiendo correos electrónicos con el mismo dispositivo. Los
rituales cambian; la sospecha de que el fin de semana se está arruinando
persiste. Sin embargo, sobrevive, como sobreviven las
vacaciones y la jubilación, cada vez más lejana para las jóvenes generaciones dado el aumento de la esperanza de vida laboral activa; sobrevive porque el ocio y el negocio son las dos caras de la misma moneda, aunque cada vez se diluyan y confundan más sus fronteras, y el ocio seguirá siendo siempre lo mejor que el negocio ha inventado
para que siga existiendo la prostitución de la servidumbre laboral y que nadie ose
cuestionarla.
595.- Reunión de antiguos alumnos.
Se determina un día y se busca un local, generalmente un restaurante,
para celebrar el evento, que suele ser una vez al año. Previamente se
localiza y convoca a la gente a través de las redes sociales o amigos comunes.
Los encuentros de antiguos compañeros de clase y de promoción que estudiaron juntos en
el mismo colegio, instituto o universidad sirven para ponerse al día,
como se suele decir, y hacer unas risas y celebrar lo que hemos sido y ya no somos, recordando viejos tiempos, compartiendo anécdotas
comunes, y sobre todo comprobando los cambios físicos y personales de
cada uno y descubriendo al fin que ya somos todo aquello que no
queríamos ser (aburridos, normales, rutinarios, conformistas, como nuestros padres, adictos al trabajo, previsibles, realistas...), a lo que nos oponíamos tenazmente cuando éramos muy jóvenes.
596.- Culos de mal asiento. Escrito ha dejado don Blas Pascal en sus Pensamientos, en un fragmento que hablaba sobre la distracción: «He dicho a menudo que toda la infelicidad (le malheur dice él en su lengua, etimológicamente el mal “augurium”, el mal presagio o destino o sea la desgracia, la desdicha) de los hombres proviene de una sola cosa: de no saber permanecer en reposo en una habitación». No es una mera recomendación de quedarse en casa, sino la constatación de que cuando dejamos de distraernos (no se refiere a la mera diversión) y nos encontramos con nosotros mismos, nos sobreviene el malheur dichoso, que consiste en no saber lo que queremos: cuando estamos fuera queremos entrar y cuando estamos dentro queremos salir, como se ha dicho a menudo de los gatos ante una puerta cerrada o de las moscas ante la transparencia del cristal. En nuestra lengua se habla a menudo de “culos inquietos” o de mal asiento: necesitan hacer cosas porque si dejan de hacerlas tienen que enfrentarse consigo mismos y cometer la locura de ponerse a pensar.
597.- El fotógrafo fotografiado. Si fuiste ojeador del eclipse solar total del día 12 de agosto de 2026 estarás 'flipando fuerte', como diría un influencer, todavía, porque fue una experiencia increíble que quedará para siempre grabada en tu memoria. Puedes conseguir ahora tu camiseta conmemorativa personalizada con el nombre y las coordenadas del lugar donde lo ojeaste y lo viviste, y te llevarás así un recuerdo único a tu futura tumba. La gente que lo vio cuenta su experiencia como si hubiera sobrevivido al fin del mundo, abrazándose, llorando de emoción y reeditando los míticos aplausos a las ocho. En Cantabria y Asturias hubo nubosidad variable de evolución diurna, que diría el hombre del tiempo, así que lo único que se percibió fue que oscureció durante unos segundos y seguidamente volvió a clarear, y los fotógrafos que pretendieron inmortalizar en la mayoría de la cornisa cantábrica el instante no pudieron, lástima, fotografiarlo. Otros sí lo lograron, como el de la imagen adjunta, que resultó así un fotógrafo que fotografiaba el eclipse fotografiado por otro que lo fotografiaba a él, igual que el cazador cazado, que se ha convertido, sin quererlo, en presa de la caza.
598.- Día Mundial del Peatón. Fue el 17 de agosto, y tiene su origen en el primer siniestro mortal documentado que ocurrió en Londres en esa misma fecha en el año del Señor de 1897. La Benemérita Guardia Civil ha celebrado el "Día Mundial del Peatón" como "el Día Mundial de las Personas Peatonas" en sus redes sociales, dando una coz a la gramática. La doctrina de la docta Academia recuerda que el término 'peatón' lleva asociado la referencia de 'persona', que es una palabra neutra que incluye el género masculino y femenino.
Los peatones muertos fueron el año pasado en el Ruedo Ibérico nada más y nada menos que 1119 (mil ciento diecinueve). Imita, por cierto, la imagen del benemérito cartel la célebre foto de la portada del disco de los Beatles cruzando por el paso de cebra de Abbey Road. Por cierto, resulta significativo el detalle gráfico de que los cuatro peatones -uno de ellos 'racializado', que es la forma actual políticamente correcta de decir 'negro', como antes de caer en el ridículo más espantoso lo era decir 'de color'- van pendientes de sus dispositivos electrónicos, y, por lo tanto, despistados, un síntoma de estos tiempos que nos corren. Hay una doble intención, pues: avisar a los conductores de que tengan cuidado con los peatones que van distraídos, y advertir a las 'personas peatonas', dos varones y dos mujeres, de que, aunque tengan preferencia a la hora de cruzar la calle porque están haciéndolo a través de un paso cebra habilitado ad hoc, no deberían hacerlo sin dejar de prestar atención a sus dispositivos electrónicos.
599.-Periodistas, alarmistas. Escribía Arthur Schopenhauer (1788-1860), en Parerga y Paralipomena, que la característica principal del periodismo (Zeitungsschreiberei, en la lengua de Goethe)era el alarmismo (aquí lo hemos dicho a veces un poco más a lo bestia: el terrorismo, y hemos llegado a constatar la rima, que no es casual, entre 'periodistas' y 'terroristas'). He aquí su reflexión: “La exageración de todo tipo es tan esencial para el periodismo como
para las artes dramáticas, ya que lo que importa es sacar el máximo
provecho de cada acontecimiento. Por eso, quienes escriben para los
periódicos son, por naturaleza, alarmistas; es su manera de resultar
interesantes. Pero al hacerlo, se asemejan a perritos que empiezan a
ladrar a todo lo que se mueve. Por consiguiente, debemos prestar
atención a su alarmismo de forma que no nos perturbe, y recordar que el
periódico es una lupa, y esto solo en el mejor de los casos; pues a
menudo no es más que un juego de sombras. Por lo tanto, hay que
considerar cuidadosamente las advertencias que emiten sus alarmas para
que no alteren la digestión de nadie, y recordar que el periódico es una
lupa, incluso en el mejor de los casos: pues muy a menudo no es más que
un juego de sombras”.
Lo que más llamó mi atención de la detención en Madrid hace unos años de dos titiriteros que permanecieron sin juicio
previo cuatro días en prisión por orden de un juez(!) fue la unanimidad que hubo en juzgar sumarísimamente que el espectáculo que ponían en escena no era apto para el público infantil al que
en principio iba dirigido, porque contenía escenas de violencia. Que yo sepa –y
no es que yo sepa mucho, sino todo lo contrario- los títeres de la cachiporra
se llaman así porque al final el bueno da un cachiporrazo al malvado, que suele
ser la bruja. Y eso no se ha considerado nunca especialmente violento sino bien merecido y apto para todos
los públicos.
Sin embargo, cuando es la bruja,
como en el espectáculo de Títeres desde Abajo que se representaba en la capital madrileña,la que
le da el cachiporrazo final a Don Cristóbal, porque “a todo cerdo le llega su
Sanmartín”, el espectáculo se convierte
en violento, apto sólo para mayores de dieciocho años –y no sin reparos-, chabacano
y de mal gusto, aparte de incurrir por si fuera poco en el
delito de apología o, como dicen ahora, “enaltecimiento del terrorismo”.
No hay quien lo entienda. No hay quien entienda cómo se aplican dos
varas distintas de medir, y cómo se considera educativo o por lo menos
no inapropiado un espectáculo sí y el otro no.
Según la tradición, el lobo es el malvado de los cuentos y fábulas infantiles. Pensemos en Caperucita Roja, sin ir muy lejos. Puede venir un poeta, como José Agustín Goytisolo, y desmitificarnos a
este personaje, haciendo uso de su libertad de expresión, y decirnos lo
contrario: “Érase una vez / un lobito bueno / al que maltrataban/
todos los corderos./ Y había también/ un príncipe malo,/ una bruja
hermosa /y
un pirata honrado. / Todas estas cosas había una vez. / Cuando yo
soñaba / un
mundo al revés”. Y la cosa tiene su gracia, no pasa de ahí y, de paso, nos da qué pensar sobre la
relatividad de nuestros juicios morales y convenciones sociales.
Pero, según parece, hay cosas que no se pueden decir sin incurrir en un delito. Esto me recuerda a aquel aforismo
de Rafael Sánchez Ferlosio: (Última hora) Los hombres matan, la poli abate.
Y
es que la violencia institucional no es violencia, está legítimamente
justificada, ni siquiera se la llama por su nombre, sino que se utiliza
un
eufemismo: la policía nunca mata a un hombre, lo reduce, lo derriba, lo
abate a tiros,
como dice Ferlosio, pero, aunque le quite la vida, no lo mata nunca. Los
terroristas, sin embargo, matan, asesinan, nunca abaten a sus
víctimas...
Y si se muestran imágenes o se critica una actuación
policial, se incurre en el delito de: ¡enaltecimiento del
terrorismo!¿Qué diríamos entonces de este Polichinela, sacado de Cuentos del mundo de los niños (1878),
que viene nada más y nada menos que de la Commedia dell´Arte italiana y
de una larga tradición cultural europea que remonta a la sátira latina y
a la comedia atelana por lo menos, que les da el cachiporrazo final a
dos policías? ¿Desacato a la autoridad? ¿Terrorismo?
¿No podríamos considerar que los
títeres tradicionales de la cachiporra fomentan la violencia machista contra
las mujeres, justificando los malos tratos que pueden recibir las tachadas
muchas veces de brujas? Sin embargo, a ningún padre que estuviera en sus cabales se le ocurriría llamar a la policía para que detuviera a los titiriteros ni a
ningún juez, creo yo, enviarlos ipso facto a prisión por fomentar lo que ahora se llama
con inapropiado anglicismo “violencia de género” (gender-based violence). Sólo a alguien que no
estuviera en su sano juicio se le ocurriría prohibir un espectáculo así, tan
políticamente incorrecto, si bien, se mira, sin embargo. Y yo no soy, que conste, partidario de ninguna prohibición.
En estos tiempos que corren, tan
malos para la lírica, la épica y la poesía dramática en general tanto trágica
como cómica, y no digamos para la sátira –satura quidem tota nostra est, que
dijo Quintiliano, reivindicando la originalidad latina de este género
literario- lo que veas: unos padres han perdido los papeles llamando a la
policía, en lugar de marcharse y llevarse a sus hijos si no les gustaba el
espectáculo que estaban viendo, y un juez ha prevaricado privando a dos
artistas de su libertad de expresión. ¿Para qué vamos a hablar del lamentable
papel que han jugado casi todos los medios de (in)formación de masas y comunicación con ruedas de molino que, como don
Quijote de la Mancha enloquecido y desvariando cuando acudió a la representación de "El retablo de
la libertad" del titiritero maese Pedro, han blandido sus espadas y no han
dejado títere de trapo con cabeza?
Así retrataba, por cierto, nuestro Cervantes magistralmente la escena: "Viendo
y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien
dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo: —No consentiré
yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso
caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida
canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla! Y,
diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al
retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre
la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a
este, destrozando a aquel, y, entre otros muchos, tiró un altibajo tal, que si
maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con más
facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán."
Desde el evento 2020, operación de ingeniería social a escala mundial acusada especialmente en los países llamados desarrollados para terminar de implantar el modelo tecnológico y digitalizado en la sociedad -en aquella ocasión se propagaba que un virus respiratorio mataba y se computaban los muertos día a día-, los gobernantes de cada país monitorizan de forma sistemática la opinión pública las 24 horas del día por todos los medios a su alcance para seguir desarrollando su modelo de gobierno que nos 'protege', por nuestro bien, de las inclemencias exteriores, ya víricas o ya climatológicas.
Viñeta de Javi Salado, tomada y adaptada de El día de Valladolid
El que podríamos denominar ahora “evento 2026” consiste, como reconoce el editorial del 12 de agosto pasado de El Periódico Global de referencia nacional e internacional, alias El País, en difundir urbi et orbi que un nuevo y viejo virus, el calor, mata ahora mismo. Se titula precisamente "Calor que mata". No solo provoca incendios forestales que se miden por miles de hectáreas arrasadas de las que nos informan puntualmente, obligando a desalojos forzosos y confinamientos humanos, sino que también mata, que es lo que faltaba.
Nos informaba allí, en efecto, el citado diario de que en lo que iba de verano ya habían muerto en España “más de 3.400” personas por calor extremo, según una estimación estadística que tiene en cuenta que han fallecido más personas de la cuenta, es decir, de la cuenta que estaba prevista, fenómeno que se achaca a las altas temperaturas, extremas se dice otras veces, que padecemos, y no, por ejemplo, al envejecimiento de la población. Pero según otros cálculos menos optimistas esta cifra podría quedarse muy corta, porque podría multiplicarse por cuatro y haber fallecido entonces el cuádruple de personas: 13.600 exactamente.
Unas decenas de estas muertes se deben a “golpes de calor”: “una exposición fulminante que afecta sobre todo a trabajadores al aire libre -a la fuerza ahorcan- y personas -inconscientes- que hacen deporte a horas centrales del día”. Pero la gran mayoría de estas muertes “se producen de forma más difusa”. Interesantísimo este adjetivo 'difuso' que el editorialista va a tratar de explicar arrimando el ascua a su sardina: son personas vulnerables, muy mayores, en las que las altas temperaturas van haciendo mella poco a poco, lo que descompensa su organismo y acentúa sus “enfermedades previas” (sic), con un desenlace fatal que es, no hace falta decirlo, la muerte que a todos nos espera, ya seamos ejecutivos o míseros jornaleros, condenados a la pena capital que estamos desde que hacemos uso de razón y entendimiento.
La solución del problema está muy clara: Acudir a refugios climáticos (sic) o enchufar el aire acondicionado si no se puede salir de casa. Pero, claro, pasa lo de siempre: los que tienen menos recursos (económicos, se sobreentiende) lo pasan muchísimo peor.
La conclusión del diario gubernamental es clara: “Con un calentamiento global que produce que cada verano sea más cálido que el anterior, las administraciones tienen que empezar a incluir el factor climático en sus decisiones”. El periódico viene a decirnos que así no se puede seguir: A 40 grados no se puede hacer vida normal, y cada vez hay más días extremos. 'Extremo' es otro de esos adjetivos que utilizan in extremis. Debajo del título "Calor que mata" se lee: "Las temperaturas extremas -más abajo "calor excesivo")- han dejado de ser una anécdota(sic) de verano para convertirse en un problema de salud pública central".
No es de extrañar así que fenómenos como el calor en verano y el frío en invierno se achaquen al Cambiamiento Climático del que todos y cada uno somos responsables en mayor o menor medida, y que llegue a proclamarse irracionalmente que el calor mata, aunque sea de forma "difusa", cuando estadísticamente son más los muertos de frío que de calor -pero eso ahora no toca, ya tocará cuando venga el invierno que, como suele decirse, no va a comérselo el lobo.
Viñeta del ilustrador francés Na!
Los medios de producción ya no son lo que eran para los viejos marxistas, a saber, los elementos materiales necesarios para producir bienes y servicios (máquinas, herramientas, fábricas, tierras, materias primas...). Ahora son los medios de (in)formación de masas cuyo objeto es la producción inmaterial de noticias personalizadas y difundidas a través del aparato tecnológico, es decir, la producción de eventos, como este que analizamos de que el calor mata a mediados de agosto, en medio de la pertinaz sequía y de los incendios forestales que provoca el cambiamiento climático en este tórrido estío del hemisferio boreal.
Publica Fernando Savater una breve reflexión en The Objectivetitulada ¡Atentos al tontómetro!, a propósito del reciente eclipse total del Sol que hemos "vivido", que no tiene desperdicio. Según él el eclipse ha servido para medir la estupidez del personal que nos rodea y la nuestra propia, que no dejamos de ser, por muy únicos que a veces nos creamos, uno más del montón; y si el personal es estúpido, nuestra humilde persona no deja de serlo menos por lo tanto.
Hace bien en recoger los titulares de los periódicos que sirven de pasto a sus lectores como “España entrega su corazón al eclipse” o “España estremecida por la súbita oscuridad”. ¿Quién será esa señora enamoradiza y asustadiza que se estremece cuando oscurece? Recojo por mi parte algunos titulares más que dan cuenta de la general idiocia nacional: El eclipse sobrecoge a media España, El eclipse solar deja a más de 300 personas atendidas en España, la mayoría por dolor en los ojos. Y este otro, que constata la asistencia de cuatro ministros y ministras del gobierno progresista: El Gobierno gasta 72.358 euros en el acto institucional del eclipse, con "zona VIP" y 300 invitados en el Observatorio de Yebes. Más este de nuestro querido El Periódico Global: Se acabó la espera: España vivirá su primer eclipse de Sol total del siglo, que añade el siguiente subtítulo adobado con su jerga progresista: Millones de españoles y turistas ultiman los preparativos para ver, sobre las 20.30, cómo la Luna cubre completamente el Sol. Estas son las claves de un fenómeno acompañado de un enorme desafío logístico.
El Ente Público de RTVE, por su parte, se interesa por cómo ha vivido “el mundo de la cultura y de la política” el fenómeno astronómico, publicando los testimonios y las fotos de un conocido actor nacional y de un guitarrista y astrofísico británico que ha disfrutado del eclipse en Teruel, que, como dicen por allá y para desgracia turolense, "también existe": Así ha vivido el mundo de la cultura y de la política el eclipse solar de 2026.
Muchos influencers han apelado al horaciano carpe diem: aprovecha este momento que no ha pasado desde hace un siglo, así que, como dice la canción y repiten los más optimistas, "vive, que solo se vive una vez". ¿No será que, habida cuenta de que una vez no es ninguna, no es verdad que sólo se viva una vez, sino, más bien, que no se vive en verdad ninguna vez?
La mayor ironía de la reflexión a la que nos invita Savater reside en que “cada día, al final de la tarde desaparece el sol y lo vemos sustituido por la luna durante seis o siete horas: llamamos noche a ese magnífico milagro, que tanto influye en nuestras costumbres e imaginación, pero ya hoy no asombra a nadie”. Y concluye magistralmente de esta guisa: ¿Qué usted se siente trastornado y sacudido por el eclipse? ¿Que lo considera la mayor ocasión que vieron los siglos? ¿Que lo tiene usted como un ejemplo de lo pequeños que somos los humanos comparados con el enorme universo o algo igual de profundo? Pues nada, que resulta que es usted tonto, ni más ni menos.
O por decir lo mismo con un pareado: En cada día que amanece, el número de tontos crece. Pero no se interprete, insisto en esto, como algo exterior a nosotros: también dentro de nosotros crece el número de los estúpidos que somos.
Y por decirlo con otro dicho oportuno: Si los tontos se echaran a volar, jamás veríamos la luz solar (o el Sol brillar, según otra versión de la paremia). Y en este último caso no podríamos aprovechar la energía fotovoltaica pero quizá así podríamos frenar el cambiamiento climático provocado por el calentamiento global.
La foto elegida por la NASA: el eclipse a su paso por Zaragoza.
No hay que usar, insisto en esto, la frase para descalificar o reírse de los demás, sino para hacer una crítica social con ciertos ribetes de sarcasmo, expresando así la falta de reflexión colectiva que a todos, incluido uno mismo, a veces el que más, a todos y cada uno de nosotros nos embarga.
Lo más singular que yo recuerdo de ese magno evento astronómico es que, estando sentado a la sombra del tilo, muy frecuentado a la sazón por inofensivas abejas, avispas y abejorros atraídos por la intensidad de la fragancia, que acudían a libar la miel de sus flores, cuando se produjo la oscuridad, que fue el único eclipse que 'vivimos', porque aquí estaban los cielos nublados, como de costumbre, abejorros, avispas y abejas no sé si desaparecieron pero sí que enmudecieron, por lo que dejamos de oír su zumbido haciéndose un silencio sepulcral. Cuando volvió a hacerse la luz, solo un par de abejuelas continuaron zumbando y libando algo despistadas.
La primera palabra de la declaración de fe cristiana que surgió de los concilios de Nicea (Bitinia, en la actual Turquía) convocado bajo la presidencia del emperador romano Constantino en el año 325, y el concilio de Constantinopla (la actual Estambul) en el 381, es precisamente “credo”: yo creo, credo en latín, πιστεύω en griego): una declaración de fe. Por eso se llama credo niceno-constantinopolitano: credo in unum Deum, patrem omnipotentem, πιστεύω εἰς ἕνα Θεόν, πατέρα, παντοκράτορα: creo en un solo Dios, padre todopoderoso.
Ícono ruso sobre el primer concilio de Nicea.
Sin embargo, según leo en la inevitable Güiquipedia, parece que en el concilio de Nicea el symbolum Nicenum o símbolo de la declaración dogmática de fe que surgió de allí comenzaba con un πιστεύομεν, credimus o creemos, es decir, con una declaración colectiva en primera persona del plural, en lugar de la del singular que acabó imponiéndose en Constantinopla como interiorización individual de la creencia general.
Constatamos aquí la diferencia que hay en estas tres lenguas entre creer en, credere in, πιστεύειν εἰς y el simple creer, credere, πιστεύειν, que es prácticamente lo contrario. Creer (que), en efecto, como verbo transitivo, es sinónimo de pensar u opinar algo, pero creer en, credere in o πιστεύειν εἰς, intransitivos, implican tener una fe religiosa.
El verbo latino crēdere (creer, confiar) proviene del protoindoeuropeo *ḱred-dʰeh₁, que significa literalmente «poner el corazón», sormado sobre la raíz *ḱrēd- (corazón), que en su grado pleno *kerd- da origen a la palabra latina cor(d), presente en castellano cordial, recordar, cordura y cuerdo , y en inglés heart, y a la griega καρδíα (kardía), con el significado que el corazón tenía para los antiguos no tanto como sede exclusiva de los sentimientos sino también de los pensamientos.
Si damos el paso de convertir el nombre común θεός, deus, dios, en nombre propio que escribiremos según nuestra convención habitual con letra inicial mayúscula: Θεός, Deus, Dios, hemos pasado del politeísmo al monoteísmo, que es lo que hace el credo niceno-constantinopolitano, que además califica a la divinidad, esencialmente masculina, de παντοκράτωρ, omnipotens, todopoderoso.
Mucho antes de que se celebraran esos concilios ya Aristóteles, a propósito de la (omni)potencia divina, había dejado escrito en la Ética a Nicómaco VI, 2, 1139 b. que había cosas que nadie, ni siquiera un dios, podía hacer: οὐκ ἔστι δὲ προαιρετὸν οὐδὲν γεγονός, οἷον οὐδεὶς προαιρεῖται Ἴλιον πεπορθηκέναι: οὐδὲ γὰρ βουλεύεται περὶ τοῦ γεγονότος ἀλλὰ περὶ τοῦ ἐσομένου καὶ ἐνδεχομένου, τὸ δὲ γεγονὸς οὐκ ἐνδέχεται μὴ γενέσθαι. Lo que viene a decir en nuestra lengua: Nada que haya ocurrido ya es objeto de elección, por ejemplo, nadie elige que Troya haya sido saqueada; porque tampoco se delibera sobre lo pasado, sino sobre lo futuro y posible, y lo pasado no puede no haber ocurrido.
A continuación cita Aristóteles un par de versos de Agatón, poeta trágico nacido en el siglo V a. de C., cuyas obras no se conservan, sino solo algunos fragmentos, unas cincuenta líneas. Tras los grandes tres trágicos atenienses Ésquilo, Sofoclés y Eurípides, es el más celebrado.
Pues bien, uno de esos fragmentos de Agatón, que aparece como personaje en el Banquete de Platón, y al que Aristóteles cita varias veces en la Poética porque al parecer había escrito una tragedia que no estaba basada en la mitología y la leyenda ni en la historia como Los Persas de Ésquilo, sino en caracteres inventados, son estos dos trímetros yámbicos que cita el estagirita en apoyo de su afirmación anterior: διὸ ὀρθῶς Ἀγάθων μόνου γὰρ αὐτοῦ καὶ θεὸς στερίσκεται, / ἀγένητα ποιεῖν ἅσσ᾽ ἂν ᾖ πεπραγμένα. Lo que viene a decir: por eso dice bien Agatón: «Pues de esto mismo está privado un dios también, / de hacer que no haya sido aquello que pasó».
Symbolum Nicenum, Credo in unum Deum (Johann Sebastian Bach)
Precisamente Aristóteles, apoyado en los versos de Agatón, viene a decirnos antes de que se establezca la creencia en ese dogma que la divinidad no puede ser omnipotente. Nadie, por lo tanto, ni siquiera un dios, ni tampoco Dios avant la lettre, puede evitar que Troya haya sido destruida y saqueada como lo fue una vez al menos que ha sucedido porque no se puede cancelar el pasado y hacer que lo que ha sido
no haya sucedido.
"Dicen que son mis coplas / del diecisiete / porque ataco a los miembros / del gabinete. / Son tan modernos / que provocan la envidia / de otros gobiernos", cantaba irónicamente Chicho Sánchez Ferlosio en sus Coplas retrógradas criticando los primeros gobiernos de la denominada transición al régimen democrático español, coplas que con la misma o mayor razón que entonces pueden seguir cantándose y aplicándose a este gobierno progresista, que nos deleita con su proyección en las redes sociales con vídeos tictoqueros y varias zarandajas:
1) El presidente del gobierno -todo en él es postureo de vanity fair, como la imagen retocada y difundida de su despacho vacacional sin piernas- nos da consejos paternalistas para afrontar la ola de calor -beber agua, hidratarnos, buscar la sombra...- nos ofrece su playlist musical para el verano -en la que no figuran, por supuesto, las Coplas retrógradas antes citadas-, nos insta a contemplar el eclipse con las gafas profilácticas, indicándonos a dónde tenemos que mirar "solo tenemos que mirar al cielo" con ellas puestas a modo de mascarillas oculares para no ver otras cosas que suceden aquí en la superficie de la Tierra, o nos recomienda sus lecturas para el verano, esperando que nos gusten sus recomendaciones como vulgar influencer que aguarda como agua de mayo los aplausos a las ocho de sus muchos fólogüers: una novela, un cómic, y un ensayo, por cierto, en inglés, un libro que acaba, según dice, de terminar de leer en la lengua del Imperio y que se llama: The age of unpeace, "algo así como "La época de la no-paz", donde se habla de la zona gris en la que vivimos porque no hay una línea clara -roja, como se dice ahora- entre la guerra y la paz, sino una tensión permanente.
El presidente gobernando telemáticamente sin sus extremidades inferiores.
2) La ministra de no sé qué y portavoz del gabinete nos deleita por su parte con esta invitación tictoquera a adaptarnos al “nuevo clima”(?) que padecemos. ¿No se habrá enterado de que estamos en verano, y más en concreto en plena canícula, y que, por lo tanto hace calor? No, no se ha enterado. Ella nos invita a refrigerarnos en la Red Estatal de Refugios Climáticos, de la que participa su Ministerio, donde se está fresquito “en estos días de intenso calor”.
-Os
doy la bienvenida a este nuevo refugio climático. ¡Venid! En estos
días de intenso calor abrimos las puertas del Ministerio que se une
a la Red Estatal de Refugios Climáticos. Y esto ¿qué significa
exactamente? Que si necesitas un respiro ante las altas temperaturas
puedes entrar en el Ministerio y tomarte un descanso para protegerte
en las horas sobre todo más intensas. Sabemos que nuestras calles
tienen que adaptarse a este nuevo clima y queremos poner también
nuestro granito de arena. Nos toca hacer frente a estas olas de calor
juntos cuidando especialmente de los más vulnerables. Esta
iniciativa forma parte del Plan Nacional de Adaptación al Cambio
Climático. El clima nos está poniendo a prueba y desde el Gobierno
lo tenemos muy claro. Lo primero y más importante, proteger a todas
las personas.
'No es magia', como dice la Agencia Tributaria, 'son tus impuestos', españolito que vienes al mundo, / te guarde Dios: / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón.
590.- Fahrenheit 451. Galeno, el famoso médico griego cuyo nombre propio se ha convertido en sinónimo común de 'médico', coloquialmente 'matasanos', cuenta en su tratado Περὶ
ἀλυπίας (Perì
Alypías), 'De
indolentia' en latín, y, entre nosotros, “Para evitar el
sufrimiento”, la anécdota de un gramático, un tal Filides, que murió de pena tras perder su biblioteca en un incendio, probablemente el que tuvo lugar en Roma en el año 192 de nuestra era bajo el reinado del emperador Cómodo. Al convertirse la biblioteca en pasto de las llamas, toda su colección y el trabajo de su vida se desataron en cenizas. Cayó el gramático en una profunda depresión y tristeza que le llevaron a la muerte. El propio Galeno, que también perdió valiosos manuscritos, aplicó, sin embargo, la filosofía estoica que practicaba, sobreviviendo a la pérdida literaria y no dejándose derrumbar por la murria y la tristeza, como otros que vestidos de negro en señal de luto riguroso, andaban apesadumbrados y demacrados todo el día cual ánimas dolientes. Me recuerda la anécdota a la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y a la excelente película de Truffaut basada en ella, cuyo título evoca la temperatura a la que arde el papel de los libros en una sociedad en la que estaban prohibidos y los bomberos tenían la paradójica misión de quemarlos, contra lo que se rebelaban algunas almas piadosas que los memorizaban a fin de que sus palabras no fueran pasto del olvido y siguieran vivas en el aire contándoselas los unos a los otros.
591.- Desintoxicación digital. (“digital detox” en la lengua del Imperio). Cada mes de agosto se repite la misma fanfarria: desconectar para recargar las pilas dejando el teléfono supuestamente inteligente en un cajón, cerrar la maleta y desaparecer del mapa digital durante una semana o quince días a lo sumo, dejando de consultar el devocionario cotidiano para unos y espejito mágito para otros de sus usuarios, que sueñan con volver a lo analógico vintage desertando de lo digital. Hay retiros espirituales que obligan a sus clientes VIP,s. a depositar el móvil en su caja de seguridad nada más entrar en recepción y cabañas rurales sin cobertura de güifi (guaifai en la lengua del Imperio). Los adictos a las pantallas practican así durante unos breves días la desintoxicación digital, sabedores que son de que prescindir del apéndice móvil en la vida cotidiana es una utopía irrealizable. Es como hacer dieta poniéndose uno a régimen y dejando de comer durante una o dos semanas para a los pocos días volver a las andadas y recuperar los quilos perdidos con creces. Normalmente lo que consiguen estos periodos de abstinencia es lo contrario de lo que pretendían. Acaban acrecentando la ansiedad y logran que las ganas de consumir sean todavía mayores con la vuelta a la normalidad.
592.- Influencers. Los influencers dominan las pantallas, definen mercados, dirigen campañas publicitarias, inauguran hoteles, restaurantes y chiringuitos, convierten un producto en un éxito de la noche a la mañana. Mercantilizan cada momento personal de sus vidas. Vemos a uno tomándose un autorretrato frente al espejo de un portal, adoptando poses ridículas y forzadas. Ponen cualquier episodio de su vida en escena: todo lo que tocan lo convierte en "contenido". Hoteles, aerolíneas, cosméticos, moda, fabricantes de automóviles e incluso bancos los utilizan para sus campañas publicitarias. Ellos no crearon esta industria, sino las plataformas, los algoritmos, los anunciantes, las empresas, y, sobre todo, sus numerosos seguidores. Ningún influyente tendría influencia alguna si cientos de miles de personas no lo siguieran a diario de forma obsesiva. Pero la mayor paradoja es que todo el mundo dice estar harto de ellos, y sin embargo no deja de seguirlos. No solo aparecen en las pantallas. Están en todas partes, ubicuos, como Dios. en restaurantes. En playas. En hoteles. En museos. En aeropuertos. En cualquier lugar donde otras personas vayan a darse un chapuzón o a comer o picar algo o a tomar una copa y, de repente, se encuentran a alguien grabando y creando contenido. No es solo la proyección lo que molesta, sino la ocupación del espacio público. Cuando cada rincón del territorio se transforma en un estudio fotográfico improvisado, los demás sienten que participan involuntariamente en una producción que no eligieron, sienten, como los gitanos, que les están robando el alma. Pero lo más significativo de todo es que ha emergido el influyente que más contenidos crea en la actualidad: la presunta Inteligencia Artificial, que brinda desde consejos para la vida cotidiana hasta todo tipo de recomendaciones, por lo que si los influyentes de poca monta acaban desapareciendo, no se irá con ellos la economía de la atención de nuestra mirada, el bien más valioso de interné, su producto verdadero producto.
593.- Móviles que arden. Las altas e inusuales temperaturas del verano, fruto del calentamiento global que conlleva el cambio climático, no solo nos afectan a nosotros, sino también a nuestros dispositivos electrónicos. No en vano el pasado mes de julio ha sido el más cálido de los últimos sesenta y cinco veranos, habida cuenta de las muchísimas hectáreas arrasadas y las muertes por calor que en el ruedo ibérico se dispararon a dos mil personas, aunque la causa de su defunción no conste en ningún certificado médico, duplicando así la cifra del año pasado. El teléfono supuestamente inteligente y móvil (¡cuánto más libres éramos cuando dependíamos de un teléfono fijo!), que ahora usamos y que en realidad nos usa a nosotros a diario para incomunicarnos, tomar fotos, navegar por internet y teletrabajar, puede presentar problemas si se expone demasiado al sol o al calor intenso durante mucho tiempo. La exposición directa al astro rey, especialmente en el salpicadero de un semoviente puede provocar que el dispositivo se achicharre muy rápidamente al recibir la luz solar intensa. Colóquelo a la sombra, protéjalo, envuélvalo o escóndalo. Déle un respiro. Si nota que empieza a calentarse, cierre las aplicaciones que consumen más energía, funciones como el GPS, el Bluetooth o los juegos, y hacen que suba su temperatura. No lo cargue cuando esté muy caliente, y espere a que se enfríe antes de usarlo. Y si tiene intención de fotografiar el evento astronómico del siglo, el Eclipse Total Solar, hágalo con el filtro especial diseñado para evitar la exposición a rayos ultravioletas e infrarrojos.
594.- Guerras de religión: Parece que ante la presencia de “moros en la costa” algunos quieren renovar las guerras religiosas que enfrentan a moros y cristianos apelando a defender nuestra tradición cristiana contra el islam. Pero el «choque de civilizaciones» y «la defensa de la cristiandad en peligro» son una cortina de humo. El cristianismo, en este país, no corre el peligro de ser derrotado por ningún enemigo externo, porque se ha consumido por sí solo, año tras año, entre parroquias vacías, curas pederastas, catecismos reducidos a la nada y un clero que se dedica al márquetin pastoral. Resultan graciosos los ateos progresistas que se redescubren ahora como cristianos que quieren defender sus propias fiestas, arrostrando el calificativo de islamófobos racistas. Están fomentando una guerra horizontal, de los de abajo contra los de abajo, de los de aquí contra los foráneos que deja fuera de combate y al margen del campo de batalla a quienes han provocado deliberadamente esta situación de escasez y pobreza generalizada que obliga a muchas personas a huir de su país natal en busca de mejores horizontes. No hay ninguna civilización cristiana que defender frente al islam, porque la civilización cristiana ya no existe, y los que agitan el fantasma de las guerras de religión lo saben perfectamente: solo les sirve para desviar la atención de lo que importa, para inventarse un enemigo conveniente formado por marginados, por el producto de una inmigración desmesurada que poco o nada tiene que ver con el islam, sino con la auténtica religión de Dios que impera aquende y allende: el capitalismo.