jueves, 28 de mayo de 2026
El colmo del eufemismo
miércoles, 27 de mayo de 2026
Mamíferos y El prisionero del tiempo
De Jesús Lizano (1931-2015), uno de nuestros mejores y paradójicamente más desconocidos poetas contemporáneos, de aspecto valleinclanesco y de la talla de un León Felipe, ya hablamos en Contra las líneas rectas, donde venía en auxilio de la argumentación del escéptico Sexto Empírico contra las líneas rectas geométricas al hacer el elogio y la apología de las personas curvas.

Mamíferos, Jesús Lizano
Yo veo mamíferos. Mamíferos con nombres extrañísimos. Han olvidado que son mamífero y se creen obispos, fontaneros, lecheros, diputados. ¿Diputados? Yo veo mamíferos. Policías, médicos, conserjes, profesores, sastres, cantautores ¿Cantautores? Yo veo mamíferos… Alcaldes, camareros, oficinistas, aparejadores ¡Aparejadores! ¡Cómo puede creerse aparejador un mamífero! Miembros, sí, miembros, se creen miembros del comité central, del colegio oficial de médicos… Académicos, reyes, coroneles. Yo veo mamíferos. Actrices, putas, asistentas, secretarias, directoras, lesbianas, puericultoras… La verdad, yo veo mamíferos. Nadie ve mamíferos, nadie, al parecer, recuerda que es mamífero. ¿Seré yo el último mamífero? Demócratas, comunistas, ajedrecistas, periodistas, soldados, campesinos. Yo veo mamíferos. Marqueses, ejecutivos, socios, italianos, ingleses, catalanes. ¿Catalanes? Yo veo mamíferos. Cristianos, musulmanes, coptos, inspectores, técnicos, benedictinos, empresarios, cajeros, cosmonautas… Yo veo mamíferos.
El prisionero del tiempo, Jesús Lizano
Comenzó porque me limitaban los años, doce años, quince años, veinte años... Eran límites, eran fronteras soportables: el año que viene, cuando cumpla treinta años, el año pasado, el nuevo año... Eran límites amplios, era posible la lejanía, el horizonte, ¡por muchos años! Los espacios dominaban el tiempo recibías la aurora, despedías la tarde ampliamente y amabas dulcemente los sueños. Los años eran los carceleros pero rondaban muy distanciados. ¡Había quien vivía cien años!
Más tarde, comenzaron los meses a limitarme, aparecían súbitamente, todo era muy distinto, el tiempo dominaba a los espacios, era un límite más agobiante, estaban más próximos los carceleros, ¡eran carceleros!: el mes que viene, dentro de unos meses, me oprimían mis propios límites, ¡originaba límites! Qué había sido de aquellas apacibles distancias, hay tiempo por delante, decía, cuando me limitaban los años. Ahora miraba con recelo todas las cosas, nueves meses, tres meses, un mes de plazo, meses, meses volando sobre los sueños.
¿Y las semanas? Dejaron los meses de ceñirme y un nuevo límite me controlaba, una nueva medida extendida por todo el mundo, cubriendo de espejismos todas sus galerías. Contaba la vida por semanas, semana tras semana. Los carceleros eran los oficiales de semana, me distraían, me envolvían en las verdades falsas, la próxima semana, dura muy poco una semana, la semana santa, mi mundo era la semana, la realidad era la semana, la semana, sólo existía la semana. Qué era un mes sino cuatro semanas y qué era un año sino cincuenta y dos semanas... Y contaba las semanas y veía la humanidad ansiosa forzada a la semana, viviendo para el fin de semana, vivos, libres sólo el fin de semana.
Después fueron los días, empecé a contar los días, me sobresaltaron los días, era cuestión de días, pesaban enormemente los días y deseaba a la vez que pasaran los días y que no pasaran... Me aferraba a los días, ¡buenos días!, el día estaba allí, era un carcelero inamovible, omnipresente, todo lo medían los días. ¡No era libre! ¡No podía ser libre! El día de mi boda, el día de mi licenciatura en filosofía, apenas encontraba un hueco para mi aventura, apenas quedaba espacio y yo necesito espacio, mucho espacio, no podía salirme de los días, un día y otro día, el día de las fuerzas armadas, mañana será otro día, ¡otro día! Crecía la muralla de los días, el circo de los días, un día se comía a otro día, los límites eran insostenibles, días de ayuno, días de alegría, pero todo medido, era preciso obedecer al día, despertarse al despertarse el día, dormirse al dormirse el día, ¡el orden del día!, un día es un día, en los próximos días...
Ahora, mientras escribo este poema, ya no cuento los días sino las horas, faltan tres horas, dura cuatro horas, qué horas es, a qué hora... Los carceleros se han convertido en mi sombra, apenas hablo, las horas se confunden y me confunden, límites, límites, la tarde, la mañana, el mediodía, una hora cae sobre otra hora, aplasta a la otra, una hora es como otra hora, hora adelantada, horas extraordinarias, ¡hace horas extraordinarias!, la danza de las horas, horas perdidas, el récord de la hora, no somos seres, somos horas, cuerda de horas, una cada dos horas, cada seis horas, y suenan las horas y ya sólo puedes oír las horas, y todo ha de moverse en un horario, todo ha de estar a su hora, todo tiene su hora, cuántas de mis horas son mis horas, media hora, un cuarto de hora, ¡la hora! Me destruye pensar que he nacido para las horas, abro las manos y las tengo llenas de horas. ¡Ah, carceleros, horas terribles que nubláis mis ojos!: dentro, os llevo dentro, estoy lleno de carceleros, de sombras.
No quiero ni pensar cómo será mi vida cuando dependa de los minutos, cuando sean ellos mis carceleros y no existan los espacios, los sueños, las dudas, cuando mi cuerpo sea un garaje de minutos, minutos, minutos, no tengo ni un minuto, sólo cinco minutos, todo sucederá en minutos, qué hará de mí la furia de los minutos, cuando no pueda perder ni un minuto, qué humillación me aguarda cuando en mi vida sólo se muevan las agujas de los minutos, qué espacio puede haber entre minuto y minuto. ¡Qué oscura noche había en vosotros, meses, años, y qué traición vuestros espacios! ¡Erais minutos, minutos, sólo minutos! ¡Que se hunda el mundo será cuestión de minutos!
Finalmente, finalmente, ah, finalmente, cuando apenas aliente un soplo en mi sentidos y sólo existan los segundos, sean los segundos los que ciñan mi cuerpo, mi vida, todo mi ser un carcelero monstruoso, un áspid, una víbora destruyendo los últimos reflejos, todo el mundo un carcelero horrible, y cuando todo sean fantasmas y las ideas se conviertan en nubes y los sentidos en cavernas y en los últimos segundos pasen los años, los meses, los días y las horas convertidas en aire y se cierren mis ojos y los rostros sin vida rían como nunca por todos los abismos del mundo, cómo desearé seguir prisionero del tiempo, cómo amaré al tiempo —¡yo era tiempo, dolorosísimo tiempo!—, cómo amaré los límites —sólo ellos no estaban muertos—, los años y los meses, los días y las horas y los minutos, todos los límites del mundo. ¡Cómo me arrancará la eternidad del tiempo!
martes, 26 de mayo de 2026
Las cobras de Delhi y las ratas de Hanoi
lunes, 25 de mayo de 2026
Zonas de Altas y Bajas Emisiones
domingo, 24 de mayo de 2026
Taller de métrica: hexasílabos.
sábado, 23 de mayo de 2026
85 segundos para la medianoche
viernes, 22 de mayo de 2026
Pareceres CXI

jueves, 21 de mayo de 2026
Mensajes varios y una nota de Schopenhauer
Afirma un divulgador científico que en el futuro ya no habrá viejos, sino personas mayores, desapareciendo así los ancianos por virtud de semántica eutanasia.
Izquierda y derecha son un invento del gobierno para que haya polarización y no deje de haber efectivamente gobierno, el falso dilema de una falsa dicotomía.
Nunca ha sido tan abrumadora la obsesión identitaria del personal, persiguiendo identidades cambiantes, frágiles, múltiples, variables, fluidas e… inventadas.Die wohlfeilste Art des Stolzes hingegen ist der Nationalstolz. Denn er verrät in dem damit Behafteten den Mangel an individuellen Eigenschaften, auf die er stolz sein könnte, indem er sonst nicht zu dem greifen würde, was er mit so vielen Millionen teilt. Wer bedeutende persönliche Vorzüge besitzt, wird vielmehr die Fehler seiner eigenen Nation, da er sie beständig vor Augen hat, am deutlichsten erkennen. Aber jeder erbärmliche Tropf, der nichts in der Welt hat, darauf er stolz sein könnte, ergreift das letzte Mittel, auf die Nation, der er gerade angehört, stolz zu sein. Hieran erholt er sich und ist nun dankbarlich bereit, alle Fehler und Torheiten, die ihr eigen sind, πὺξ καὶ λάξ (mit Händen und Füßen) zu verteidigen.
miércoles, 20 de mayo de 2026
Tres apotegmas contra el Ejército y un colofón

martes, 19 de mayo de 2026
No, renó y recontranó
La primera forma de expresión de un niño recién nacido es el llanto. A los pocos meses comenzará a ensayar gorgoritos y vocales, y poco después a balbucear mezclando consonantes y vocales, repitiendo muchas veces la misma sílaba gugu, tata, mama, papa hasta que comience a alternar sílabas diferentes.
Una de las primeras palabras que aprende a decir un niño es “no”. Leo que el cincuenta por ciento de los niños dicen “no” a los diecisiete meses, el setenta y cinco por ciento a los veinte meses y el 95 por ciento a los dos años. Es verdad que antes ya dicen cosas como “mamá” y “papá”, pero no son palabras que tengan significado propiamente hablando todavía, sino que son llamadas.
A partir de
los dos años comenzarán a reconocer cosas como “gato, tren,
coche, casa” y a hacerse ideas o representaciones visuales de esas
cosas. Más o menos a los veinticuatro meses los
niños entran de lleno en una fase negativista, donde a todo
contestan «no, no quiero». Una etapa donde niegan prácticamente
todo, sin más. Dicha etapa negativa, como la del "por qué", la pregunta que se hacen siempre los niños cuando van entrando en uso de razón y lengua, es una fase de autoafirmación, según los psicólogos infantiles.
A raíz de ahí, también la negación es lo que dice el pueblo y la gente a lo que se le impone desde arriba y está mandado desde las altas instancias, y lo que dice nuestro corazón, que tiene algo de niño y de pueblo y de gente que se rebela contra lo establecido.
Ahora bien, la negación, que viene de fuera del lenguaje, que viene de abajo, puede incorporarse y acabar asimilada, como de hecho sucede enseguida, y entrar a formar parte de las palabras que tienen significado, es decir, de las ideas que constituyen la realidad, y, por lo tanto, de la realidad misma.
Cuando alguien dice que es “ateo”, por ejemplo, no está negando la idea de “Dios” -theós- en griego, sino que al meter la negación, que es el prefijo negativo a(n)- en griego dentro de esa palabra e idea refuerza la idea, la reafirma, desactivando la fuerza negativa, afirmando la idea de "Dios", reafirmándola.
La rebeldía del niño, del pueblo, de la gente sólo puede consistir en decir que “no”, un no que está vivo, que no se deja positivizar, que no pasa de decir que no una y otra vez. Cuando incorporamos el no, el in- de infinito, el an- de anarquía o el a- de ateo, ya no hacemos nada, ya no negamos, estamos afirmando.
La negación tampoco puede convertirse en negacionismo o negativismo, es decir, en un -ismo, en una ideología, porque entonces se positiviza. Frente a eso sólo cabe seguir negando y renegando una y otra vez sin afirmar nada positivo. Como dicen en Aragón: no, renó y recontranó.





















