Acaba de estrenarse en Francia Katte, la tragedia del amante del príncipe de Prusia, publicada en 2024 en cinco actos y escrita de cabo a rabo en francés y alejandrinos pareados. Su autor, Jean-Marie Besset (1959-...), dramaturgo de larga trayectoria cuyo compromiso con la lengua y con la escena le valió el Gran Premio de Teatro de la Academia Francesa en 2005, renueva así la tradición del gran teatro clásico francés que se había visto interrumpida desde el Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand, hace casi 130 años, volviendo al teatro en verso y redescubriendo así la majestuosidad y la impecable fuerza del gran verso alejandrino de catorce sílabas y dos hemistiquios de siete cada uno, así como la forma dramática absoluta de cinco actos, predilecta de Corneille, Molière y Racine, y posteriormente retomada por Hugo y el drama romántico.

En un momento en que lo invaden todo las plataformas angloamericanas de televisión, los guasapes de los teléfonos móviles supuestamente inteligentes con faltas de ortografía y emoticones que nos retrotraen al lenguaje jeroglífico resulta alentadora esta propuesta radical de reencontrarse con la gran tradición teatral de Melpómene, la musa de la tragedia. El lenguaje en verso de los actores que están en escena y facilita su memorización hace posible que se digan muchas cosas en pocas palabras, como en un epigrama. Por ejemplo: «Pour que Frédéric règne, il faut que Katte meure » (Para que reine Fritz, Katte tiene que morir).
¿Quiénes son estos Fritz (Federico) y Katte? Katte es el apellido de Hans Hermann von Katte, teniente de la Guardia Real de Prusia. En 1730, en el recién creado reino de Prusia y su nueva capital, Berlín, el rey Guillermo, padre del príncipe Federico, desde su palacio de Postdam impone su desmesura marcial a todo el Estado y siembra el terror en su propia familia. Para situarnos en el meollo de la acción conviene recordar lo que decía Mirabeau: «Prusia no es un estado que posea un ejército, es un ejército que ha conquistado una nación».
El público comprende enseguida que las cosas no podían ir nada bien entre un padre que solo se interesaba por la guerra y la caza, y un hijo, el príncipe, que solo quiere tocar la flauta y leer a los poetas franceses, y que entre otras cosas dice en un guiño anacrónico al poeta adolescente Arthur Rimbaud: on n'est pas sérieux quand on a dix-sept ans ('No se puede ser serio a los diecisiete años').
Ante la creciente brutalidad del rey, el joven príncipe Federico encuentra como aliado, además de a su hermana mayor Mine, que era su confidente de siempre, al apuesto oficial de la guardia real, Hans-Hermann von Katte, que da título a la obra, del que se enamora. Cuando el rey descubre la relación amorosa prohibida entre su hijo Federico, y el teniente de la Guardia Real, golpea y humilla públicamente a su hijo, que decide entonces huir a Francia con su amigo.
El rey, cuya ira es terrible, ordena atrapar a los fugitivos, y pese a las súplicas de la reina, de la princesa Mine y de todas las cortes europeas, hace decapitar a Katte ante los ojos horrorizados de Federico.
Se cumple así la catarsis trágica y aquel alejandrino oracular de que Katte debía morir para que reinara el príncipe, mostrándonos cómo la Historia se escribe con sangre: el teniente de la Guardia Real Hans-Hermann von Katte muere para que Federico suceda a su padre y sea rey, como en efecto fue, coronándose como Federico II, el modelo de monarca ilustrado, amigo de Bach y de Voltaire, que reinará durante cuarenta y seis años.

Lamenta Jean-Marie Besset que el teatro actual esté constreñido a la prosa y a que solo trate temas de actualidad políticamente correctos como la lucha de clases, el antirracismo, la exclusión, la victimización, el descolonialismo, el MeToo, y que los estudiantes de secundaria no hayan asistido nunca a una representación teatral, ni leído siquiera una de las obras de su literatura...
El que los personajes hablen en verso, es decir, en un lenguaje rítmico pone de relieve lo prosaico de la prosa cotidiana, valga la redundancia. Someter el lenguaje, en cambio, al yugo de las sílabas
contadas y de las alternancias rítmicas, con los ecos de las rimas que señalan el final de los versos, es un ejercicio que, a parte de facilitar la memorización del texto por parte de los actores, provoca en los oyentes un placer inmenso. Cuando hablamos en prosa hacemos sermo pedester o discurso pedestre, como decían los antiguos, descuidando el ritmo del lenguaje, la alternancia de sílabas tónicas y átonas, pero cuando oímos hablar a los actores del teatro en verso, el discurso se vuelve ecuestre, sermo equester, cabalgamos a caballo, con un ritmo preciso, elegante y cuidado, produciendo unas fórmulas exactas, como hace la poesía, que pueden quedar grabadas en los oídos y corazones de los oyentes.


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