No hay muerte es el sugestivo y sugerente título, no poco impactante, de un artículo publicado por Félix de Azúa en The Objective.
En su afán de destacar algunas frases o palabras, no sé si el autor o más bien el equipo editorial del periódico digital, las resaltan en negrita, como si quisieran subrayar así lo que consideran más importante y facilitar la optimización para los motores de búsqueda, la SEO (Search Engine Optimization, en la lengua del Imperio), atrayendo más tráfico y haciendo la güeb más fácil de entender para motores y usuarios que tienen prisa por asimilar las ideas principales en poquísimas palabras.

Caricatura de Félix de Azúa, Luis Grañena (2020)
Pero lo primero de todo es el título, por supuesto, que ha de ser deslumbrante y sorprendente, y que se debe al autor del texto: “No hay muerte”. Me recuerda al clásico epicúreo de la incompatibilidad de los vivos y los muertos. ¿Cómo no va a haber muerte si es un hecho paradójicamente biológico, y es ley de vida, como dice a veces resignadamente la gente? Pues no la hay, escribe Féliz de Azúa, o, si la hay, es como si no la hubiera porque como Epicuro le escribe a Meneceo no nos atañe ya que, si nos alcanza, nosotros ya no somos nosotros: “Así pues, el más terrible de los males, la muerte, no es nada para nosotros, porque cuando nosotros somos, la muerte no está presente; y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no somos”. El fiel discípulo de Epicuro que fue Lucrecio lo recoge en un hexámetro latino: "Nil igitur mors est ad nos neque pertinet hilum" (Nada es pues a nosotros la muerte y nada nos toca).
Comienza el autor hablando de los niños “que en plena guerra, en espacios completamente destruidos, en basureros, siguen jugando. Cuatro palos, una chapa, y no necesitan más”, y compara a los infantes con los cachorros de tigres, caniches o caballos, que se combaten entre sí sin jamás dañarse.
Aventura dos posibles explicaciones, inconsciencia y evasión de la realidad, que rechaza: “No me convence llamar 'inconsciencia' o ausencia de realidad a lo que para un niño es innegable, a saber, que la vida es eso y sólo eso, que el mundo es juego. Ni conocen otra cosa, ni tienen el menor interés por conocerlo”.
Cuando los niños entran en la edad adulta, haciendo uso de razón y entendimiento, es decir, de lenguaje, se impone la heroicidad, dice el autor, queriendo decir que se impone la idea de la muerte, y afirma: “En esa época la concurrencia, la oposición, la lucha, son despiadadas. Desaparece el elemento esencial del juego entre niños y cachorros que era la ausencia del tiempo. Ahora se está jugando la vida misma con urgencia, y sólo puede haber un ganador”.
Lo más interesante que aporta desde mi punto de vista es la ausencia de la imposición del tiempo entre las tiernas criaturas humanas y las otras criaturas animales, y su reinado en los adultos humanos, así como la equiparación que hace más adelante del cristianismo -el alma es naturalmente cristiana, que decía Tertuliano- y el socialismo -también podríamos aventurar que el alma es por naturaleza marxiana- que “no es sino el recurso de quienes temen perder o empobrecerse en la lucha heroica y buscan el amparo de un simulacro de dios, el Estado, al que consideran 'protector'”.
Lo que temen los adultos es perder lo que ya han perdido, la vida, por la imposición del tiempo muerto que es el futuro.
Frente a eso propone Félix de Azúa el Arte o las artes, en plural, como el lugar donde se mantiene el espíritu del juego infantil, sin heroísmos absurdos. Dejando aparte las ideas del autor del Arte y del héroe que equipara con el espíritu competitivo, y su afirmación de que los artistas no son “héroes”, sino “ejemplos”, podría decirse más sencillamente que la propia idea de muerte que el lenguaje nos impone y que los niños y los cachorros ignoran nos dice que sí que hay muerte, y que consiste en la imposición del tiempo cronometrado y convertido en una pista que nos conduce al futuro.
Concluye De Azúa enumerando algunos ejemplos literarios como la poesía de Esquilo o la de Mio Cid, que podemos leer porque son clásicos, es decir, porque aunque los autores hayan muerto siguen vivas sus palabras, son contemporáneas porque luchan contra la coacción del tiempo, y se hace eco del desconcierto que le provocaba a don Carlos Marx, al que califica como “el teólogo del neocristianismo capitalista”, que siguiéramos leyendo hoy en día a Homero o La Canción de Roldán, por ejemplo, que poco o nada tienen que ver con la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado.
Y lo más interesante es quizá la conclusión a la que llega: “El arte comparte la eternidad, la anulación del tiempo, con los juegos infantiles, los cuales no se dan en la temporalidad, sino en un mundo sin muerte. Por eso comparten también su vitalidad indestructible.”
Lógicamente los niños no saben todavía que son humanos y que todos los humanos son mortales y que, por lo tanto, según el silogismo aristotélico, van a morir, no saben lo que es la muerte, el futuro que les espera. En ese sentido se puede decir que no hay muerte para ellos. Estamos condenados a muerte los adultos que lo sabemos desde el momento en que somos conscientes de ello, desde que nos hacen saber nuestra sentencia a la pena capital; si lo ignoramos, como los niños y los cachorros, no hay condena: la condena es el saber. Ya se encarga el Estado, Herodes, de recordárnoslo y suministrárnosla con la imposición del tiempo en su forma más pura, que es la del futuro.


No hay comentarios:
Publicar un comentario