512.- Therians, terianos o terios: Cualquier fenómeno natural o artificial como este helenismo que nos entra por la vía inglesa sirve para despertar una ola de opiniones personales que hacen que ardan las redes, como suele decirse. Últimamente se ha hablado mucho de los therians, terianos o terios (del griego θηρίον (thēríon), que significa literalmente “bestia feroz” o “animal salvaje”), un movimiento formado mayoritariamente por jóvenes que sienten una conexión o identidad interior con un animal, generalmente un lobo, zorro o felino, autopercibiéndose como tales psicológica- o espiritualmente y viviéndolo intensamente como parte profunda de su identidad. Quizá la identificación más apropiada de todos nosotros no sería con un felino o un cánido sino con un herbívoro rumiante, de la gran familia de los bóvidos y del género ovino: la oveja doméstica, común y corriente que se cría principalmente como ganado y que ejemplifica la obediencia ciega, la conformidad gregaria y la falta de pensamiento crítico, bajo el cuidado del buen pastor y del perro guardián. Para muchos es simplemente una forma de expresión personal y de búsqueda de comunidad. ¿Es una nueva forma de identidad juvenil? ¿Una simple moda viral? El debate está servido.
Metamorfosis kafkiana
513.- Copaganda o polipaganda. El poder de la policía no consiste solo en la fuerza bruta que representa la porra, sino también en la capacidad de producir un relato favorable a la institución encargada de sostener el orden social establecido, labor que llevan a cabo los gabinetes de comunicación de las fuerzas de seguridad, que han conseguido a través de series, películas, noticias y programas de TV trasladar puntos de vista, esquemas y narrativas policiales al público general, desde el célebre y periodístico "la poli reduce, la gente mata" hasta la última serie que visibiliza la entrada de la mujer en la institución, un pinkwashing que simboliza la verdadera democratización feminista del cuerpo policial. Se ha creado un neologismo que es 'copaganda', combinando la palabra inglesa cop que podríamos traducir por “poli” y propaganda, una simbiosis entre “policía” y “márquetin”. Podríamos muy bien denominarlo en czastellano polipaganda: propaganda policial, todo aquello que o bien es producido por las instituciones policiales o por medios de comunicación afines y pasa por los gabinetes de comunicación de las instituciones policiales y tiene como fin comunicar el punto de vista policial sobre la realidad. Nunca o casi nunca hay una crítica a la institución policial. Dentro del cuerpo siempre hay algún garbanzo negro, algún personaje que es corrupto, que es violento o racista, pero al final es neutralizado y la institución queda salvada. La policía no tiene mala prensa, de hecho tiene muy buena imagen. Prueba de ello es que no existe una crítica política que vaya más allá de denunciar ciertas violencias o cierta violación o vulneración de derechos. De hecho cuando hay un problema lo primero que piensa mucha gente es en llamar a la policía aunque ya se haya resuelto. Es muy útil para esta creencia en la policía como institución eficaz, justa y necesaria.
514.- Una imagen y mil palabras. Como decía Horacio en su Arte poética (vv. 180-181) a propósito de las cosas que se ven en la escena teatral o en la pantalla, diremos ahora, que para el caso viene a ser lo mismo, y las que se oyen contar una vez sucedidas: segnius irritant animos demissa per aurem, / quam quae sunt oculis subiecta fidelibus, lo que quiere decir: lo que se deja caer al oído conmueve los ánimos más lentamente que lo que se representa ante los fieles ojos, esto es que las imágenes pueden conmovernos más rápidamente que las palabras que se digan, lo que no significa que lo hagan más intensamente. Quizá por eso el dicho de que una imagen vale más que mil palabras, por su inmediatez pero no es verdad: las imágenes atrofian la imaginación, y las palabras, que son de efecto más retardado, pueden dejar una huella más intensa en nosotros y sugerirnos muchas imágenes.
515.- El oráculo de Delfos y el imperio persa. Heródoto pasa por ser el padre de la historia o, más propiamente, de la historiografía. Con “historia” designamos a la vez y ambiguamente lo acontecido y los testimonios: los hechos y los dichos. Hay un pasaje en sus Historias, (I, 53), que cuenta que Creso, el rey de Lidia, uno de los reyes más ricos de su tiempo, hasta tal punto ha pasado a la historia como tal ricachón que la docta Academia recoge el nombre común “creso”, y lo define como “hombre que posee grandes riquezas”, mandó consultar al oráculo de Delfos si debía atacar a Persia y a su enemigo Ciro el Grande. La respuesta de la pitonisa no se dejó esperar: Si emprende una guerra dirigiendo un ejército contra los persas, destruirá un gran imperio. Convencido del éxito de la empresa, Creso cruza el río Halis (actual Kızılırmak), un Rubicón que marcaba la frontera, y este hecho, efectivamente, destruyó un gran imperio, pero no fue el persa, como creyó el ingenuo monarca, sino el lidio que era el suyo propio. atacó. El oráculo era verdadero, aunque engañoso o al menos ambiguo, es decir sibilino. Era inevitable que la guerra destruiría uno de los dos grandes imperios, aunque no se sabía cuál. ¿Sucederá lo mismo al tío Sam y al imperio americano?
516.- Opiniones personales. Todo el mundo tiene las suyas, y aunque no todas son igualmente respetables, es muy respetable el derecho a tenerlas y a expresar cada uno la suya porque es como su huella dactilar, su ADN, la garantía de su individualidad personal, sus señas de identidad. Se respetan todas siempre y cuando se presenten como lo que son, como opiniones personales. Y la falacia sobre la que se funda la democracia moderna es que la opinión mayoritaria, fundada sobre la suma de opiniones personales debe prevalecer e imponerse a la totalidad, porque aunque se revela enseguida que una religión no sea más verdadera que otra según el número de fieles que tenga, actuamos como si lo fuera. Se suman los gustos y las opiniones personales, se aplica la estadística y se obtiene así la Mayoría. A fuerza de opiniones y de suma de opiniones, se consigue que no se oiga la voz del sentido común, por lo que pasa a ser, contra lo que su nombre indica, el menos común de los sentidos. Si alguna voz acierta a decir algo sensato, no se oirá en medio de la barahúnda de las opiniones personales y del ruido que provoca expresarlas en alta voz, como si por el hecho de alzar la voz y de gritar más se tuviera más razón.




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