El hado (o los hados, si se prefiere decir en plural) es el nombre antiguo del destino. El expediente de la etimología puede ayudarnos a descubrir algo de su significado. Lo primero que surge de la investigación por esa vía es que la palabra latina fatum, de donde procede nuestro fatídico hado, se relaciona con el verbo fari, que significa 'hablar', 'decir', lo que abre un campo semántico inmenso que va desde la fábula, a la infancia, con prefijo negativo in-, la fama y lo infame, lo infando y lo nefando, y la afabilidad y lo inefable, que es lo que no puede ser dicho, como el individuo según el adagio medieval: indiuiduum est ineffabile.
En castellano fatum se conserva como cultismo en 'fatal' y 'fatalidad', y como palabra patrimonial en 'hado' y su femenino 'hada', sin olvidar el verbo 'enfadar' que propiamente significaría entregarse a la fatalidad, al aburrimiento que provoca hacer algo que ya está hecho, planificado, que ya se sabe en qué consiste antes de hacerlo.
La raíz indoeuropea que subyace es *bhā- que evoluciona en griego ático a φη-μί, con el paso de alfa larga a eta, con el significado de 'decir', 'hablar'... De ahí proceden algunos términos como 'afasia', 'disfasia', 'blasfemia', y por intermedio latino 'lastimar'. En griego, con vocalismo o y sufijo -nā tenemos φω-νή, el nombre de la voz, el sonido. De este término entran en castellano helenismos como: fonema, fonética, afonía, cacofonía, estereofonía, sinfonía, telefonía...
Nos encontramos, pues, con que lo “fatal” es lo que ha sido dicho, lo que está dicho, lo que ya se sabe antes de que suceda o también lo que va a suceder porque se ha dicho que va a suceder y por el simple hecho de decirlo ya está sucediendo de alguna manera. De ahí procede la expresión latina fata Sibyllina: los oráculos de la Sibila de Cumas, oráculos sibilinos como aquel IBIS REDIBIS NVMQVAM IN BELLO PERIBIS que le dijo al que iba a ir a la guerra y quería saber si volvería sano y salvo: 'irás volverás nunca morirás en la guerra', que según las pausas y entonaciones que se hagan puede entenderse en un sentido (irás, volverás, nunca morirás en la guerra) o en el contrario (irás, volverás ¡nunca!, morirás en la guerra).
Como personificación fata son las Parcas o hadas del destino. Resultan curiosas las expresiones latinas FATO FVNCTVS: que ha cumplido su destino, que ha muerto, muerto, y como expresiones como FATO CEDERE/OBIRE “ceder/ir al encuentro de lo dicho” significan morir. Resulta curioso, decíamos, cómo se equipara el sino con la muerte: aquello que nos ha sido prometido a todos es que, efectivamente, nos vamos a morir: ése es, pues, nuestro destino irremediable. Moriremos: morir hemos, hemos de morir: vamos a morir. Una de las imágenes más relacionadas con las Parcas es precisamente la de la muerte. Identificadas con las Moiras griegas, se dice de estas hadas malignas que cada una preside uno de los acontecimientos más importantes en la vida del ser humano. Así una de las hermanas, Átropo, preside el nacimiento hilando el hilo de la vida humana, Clotó lo enrolla en el ovillo, patrocinando el matrimonio, y la tercera hilandera, Láquesis, la muerte, cortando el hilo cuando la correspondiente existencia llegaba a su término.
Si nuestro fatum es la muerte, también se puede dar la vuelta a la frase y decirlo del revés: la muerte de una cosa es el fatum, o sea, el hecho de que se diga con palabras, que se sepa, que se convierta en idea. La idea es, pues, la muerte... de lo que se deduce que la muerte no es más que una idea, por otra parte, real, eso sí, como la vida misma.
Lo fatal es, por consiguiente, que se sepa una cosa (porque ya está dicha) antes de experimentarla, que se planee algo antes de hacerlo.
¿A dónde nos lleva todo esto? La relación entre fatum, 'hado', lo dicho” y el futuro es más profunda de lo que parece a primera vista: ambos giran en torno a la idea de que el tiempo por venir está, de algún modo, ya pronunciado, lo que enlaza con la superstición de la futurología, que se pueda hacer un discurso supuestamente lógico sobre lo que va a suceder. Fatum no era originariamente destino en abstracto, sino “lo que ha sido dicho”. Algo ha sido enunciado previamente y por eso sucede. La palabra “hado” en español conserva esa raíz conceptual. El hado no es simplemente lo que ocurrirá, sino lo que ya está fijado, escrito, para que ocurra inevitablemente. No es futuro abierto, un libro en blanco, sino una agenda de lo que hay que hacer irrremediablemente.
Fotomontaje de Gabriél Pérez-Juana
Aquí aparece la paradoja más interesante: el futuro, que es lo que no ha sucedido y que por lo tanto se desconoce, se entiende como pasado lingüístico, como algo que ya ha sido dicho, y, por lo tanto, en cierto sentido, algo que ya ha ocurrido en el mundo del que se habla, en el plano del lenguaje. El futuro se ve como un pasado, como algo que ya ha sido hecho o prescrito. La superchería popular cree que el futuro está escrito en las estrellas (astrología), en las rayas de la mano (quiromancia), en las cartas del tarot (cartomancia) y hasta en los posos del café, y que puede ser, por lo tanto, conocido por los adivinos o futurólogos: puede ser adivinado. De ahí la ambigüedad de la expresión, que es una contradicción en sus términos, “hechos futuros”: si son hechos son pasados; si son futuros no se han hecho todavía. Y lo dicho no puede desdecirse fácilmente. El lenguaje tiene una fuerza performativa y creadora: decir es, en cierto modo, hacer. En el caso del fatum, decir es hacer inevitable. Esto conecta con la tragedia griega en la que el oráculo nunca se equivoca. Edipo conoce el oráculo que predice su futuro, trata de evitarlo y, en su huida, lo cumple. El futuro, entonces, no es una página en blanco, sino una escrita que solo exige nuestra lectura.




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