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domingo, 22 de marzo de 2026

Lo fatal

    El hado (o los hados, si se prefiere decir en plural) es el nombre antiguo del destino. El expediente de la etimología puede ayudarnos a descubrir algo de su significado. Lo primero que surge de la investigación por esa vía es que la palabra latina fatum, de donde procede nuestro fatídico hado, se relaciona con el verbo fari, que significa 'hablar', 'decir', lo que abre un campo semántico inmenso que va desde la fábula, a la infancia, con prefijo negativo in-, la fama y lo infame, lo infando y lo nefando, y la afabilidad y lo inefable, que es lo que no puede ser dicho, como el individuo según el adagio medieval: indiuiduum est ineffabile
 
    En castellano fatum se conserva como cultismo en 'fatal' y 'fatalidad', y como palabra patrimonial en 'hado' y su femenino 'hada', sin olvidar el verbo 'enfadar' que propiamente significaría entregarse a la fatalidad, al aburrimiento que provoca hacer algo que ya está hecho, planificado, que ya se sabe en qué consiste antes de hacerlo. 
 
 Juguetes, Pawel Kuczynsky (2022)  
 
    La raíz indoeuropea que subyace es *bhā- que evoluciona en griego ático a φη-μί, con el paso de alfa larga a eta, con el significado de 'decir', 'hablar'... De ahí proceden algunos términos como 'afasia', 'disfasia', 'blasfemia', y por intermedio latino 'lastimar'. En griego, con vocalismo o y sufijo -nā tenemos φω-νή, el nombre de la voz, el sonido. De este término entran en castellano helenismos como: fonema, fonética, afonía, cacofonía, estereofonía, sinfonía, telefonía... 
 
    Nos encontramos, pues, con que lo “fatal” es lo que ha sido dicho, lo que está dicho, lo que ya se sabe antes de que suceda o también lo que va a suceder porque se ha dicho que va a suceder y por el simple hecho de decirlo ya está sucediendo de alguna manera. De ahí procede la expresión latina fata Sibyllina: los oráculos de la Sibila de Cumas, oráculos sibilinos como aquel IBIS REDIBIS NVMQVAM IN BELLO PERIBIS que le dijo al que iba a ir a la guerra y quería saber si volvería sano y salvo: 'irás volverás nunca morirás en la guerra', que según las pausas y entonaciones que se hagan puede entenderse en un sentido (irás, volverás, nunca morirás en la guerra) o en el contrario (irás, volverás ¡nunca!, morirás en la guerra). 
 
El triunfo de la muerte o Las tres parcas. Tapiz flamenco (siglo XVI).
 
     Como personificación fata son las Parcas o hadas del destino. Resultan curiosas las expresiones latinas FATO FVNCTVS: que ha cumplido su destino, que ha muerto, muerto, y como expresiones como FATO CEDERE/OBIRE “ceder/ir al encuentro de lo dicho” significan morir. Resulta curioso, decíamos, cómo se equipara el sino con la muerte: aquello que nos ha sido prometido a todos es que, efectivamente, nos vamos a morir: ése es, pues, nuestro destino irremediable. Moriremos: morir hemos, hemos de morir: vamos a morir. Una de las imágenes más relacionadas con las Parcas es precisamente la de la muerte. Identificadas con las Moiras griegas, se dice de estas hadas malignas que cada una preside uno de los acontecimientos más importantes en la vida del ser humano. Así una de las hermanas, Átropo, preside el nacimiento hilando el hilo de la vida humana, Clotó lo enrolla en el ovillo, patrocinando el matrimonio, y la tercera hilandera, Láquesis, la muerte, cortando el hilo cuando la correspondiente existencia llegaba a su término.
 
    Si nuestro fatum es la muerte, también se puede dar la vuelta a la frase y decirlo del revés: la muerte de una cosa es el fatum, o sea, el hecho de que se diga con palabras, que se sepa, que se convierta en idea. La idea es, pues, la muerte... de lo que se deduce que la muerte no es más que una idea, por otra parte, real, eso sí, como la vida misma.
 

     Lo fatal es, por consiguiente, que se sepa una cosa (porque ya está dicha) antes de experimentarla, que se planee algo antes de hacerlo.
 
    ¿A dónde nos lleva todo esto? La relación entre fatum, 'hado', lo dicho” y el futuro es más profunda de lo que parece a primera vista: ambos giran en torno a la idea de que el tiempo por venir está, de algún modo, ya pronunciado, lo que enlaza con la superstición de la futurología, que se pueda hacer un discurso supuestamente lógico sobre lo que va a suceder. Fatum no era originariamente destino en abstracto, sino “lo que ha sido dicho”. Algo ha sido enunciado previamente y por eso sucede. La palabra “hado” en español conserva esa raíz conceptual. El hado no es simplemente lo que ocurrirá, sino lo que ya está fijado, escrito, para que ocurra inevitablemente. No es futuro abierto, un libro en blanco, sino una agenda de lo que hay que hacer irrremediablemente. 
 
 Fotomontaje de Gabriél Pérez-Juana
 
    Aquí aparece la paradoja más interesante: el futuro, que es lo que no ha sucedido y que por lo tanto se desconoce, se entiende como pasado lingüístico, como algo que ya ha sido dicho, y, por lo tanto, en cierto sentido, algo que ya ha ocurrido en el mundo del que se habla, en el plano del lenguaje. El futuro se ve como un pasado, como algo que ya ha sido hecho o prescrito. La superchería popular cree que el futuro está escrito en las estrellas (astrología), en las rayas de la mano (quiromancia), en las cartas del tarot (cartomancia) y hasta en los posos del café, y que puede ser, por lo tanto, conocido por los adivinos o futurólogos: puede ser adivinado. De ahí la ambigüedad de la expresión, que es una contradicción en sus términos, “hechos futuros”: si son hechos son pasados; si son futuros no se han hecho todavía. Y lo dicho no puede desdecirse fácilmente. El lenguaje tiene una fuerza performativa y creadora: decir es, en cierto modo, hacer. En el caso del fatum, decir es hacer inevitable. Esto conecta con la tragedia griega en la que el oráculo nunca se equivoca. Edipo conoce el oráculo que predice su futuro, trata de evitarlo y, en su huida, lo cumple. El futuro, entonces, no es una página en blanco, sino una escrita que solo exige nuestra lectura.

viernes, 20 de marzo de 2026

El impacto de una marca

    Se llama “impactum” y se trata de una bebida energética (energy drink en la lengua del Imperio). El logotipo está escrito en letras mayúsculas blancas sobre fondo negro y destaca el impacto de una bala en mitad de la palabra, entre las letras A y C. Resulta que impacto puede definirse como “choque con penetración, lo cual viene sugerido por el prefijo IN- que conlleva la idea de movimiento con introducción, lo que enseguida nos trae a la imaginación el de la bala en el blanco, lo que le viene de pegada a la marca que estamos analizando.

    Me atrevería a decir que su éxito internacional está asegurado: La palabra es latina pero muy transparente en muchas lenguas europeas: impacto en castellano, gallego y portugués, impacte en catalán, impatto en italiano, impact en rumano, en francés y en la lengua del Imperio, pero no en la del Reich, donde se prefieren los términos propios de origen germánico Wirkung o Wucht, aunqjue existe Impact como anglicismo. 

    La palabra, que entró en castellano en el siglo XIX, está tomada del latín tardío IMPACTVM “acción de chocar con penetración”, y es hermana de COMPACTVM “ensamblado”. Ambas revelan un origen común, que sería PACTVM de donde procede nuestro pacto y el verbo pactar

    La evolución de PACTVM resulta muy curiosa:  no se acabó en el cultismo pacto, sino que dio origen también a una palabra patrimonial pato que sólo utilizamos en la expresión “pagar el pato”, referida al que paga algo que es culpa o responsabilidad de otro. La confusión con el ave palmípeda ha asegurado el éxito de la expresión, que ha sobrevivido y llegado hasta nuestros días, y que se utiliza también en portugués. En italiano existe también la expresión “pagare il patto”, aunque su uso no está tan extendido como entre nosotros porque no se da la confusión, ya que pato se dice "anatra", y significa sencillamente cumplir las condiciones que previamente se habían acordado, aunque no agrade.


    En castellano y en portugués, se impuso por influencia árabe la palabra “pato”, que procede del persa bat a través del árabe clásico baṭṭ y del árabe andalusí, páṭṭ, ya que la palabra latina para esta ave palmípeda era ANATEM, que evolucionó a ánade pero que pertenece a un registro culto del lenguaje. 

    El plural del nuestro PACTVM, o sea, PACTA da origen al sustantivo femenino pauta que en la Edad Media tomó el significado de convenio, ley, texto legal, y de ahí surgió el verbo pautar, y da origen también a pata, un término anticuado y dialectal, que se usaba en la locución hacer pata con el significado de pacto, pactar, hacer la paz con alguien, y, por lo tanto, quedar en paz con alguien sin ganar ni perder, es decir, empatar, lo que se ve en italiano donde impattare es la evolución del latino impactare.

    La raíz indoeuorpea que está detrás de pacto/impacto/compacto es, precisamente, *pak- , cuyo significado primordial sería “fijar, atar, asegurar”, y cuyo derivado más ilustre sería la palabra latina PACEM que es el origen de nuestra paz, y da lugar a sus derivados pacífico, pacifismo, apaciguar... en el sentido de que la paz es un acuerdo, un convenio al que se ha llegado. 

    Resulta curioso también que el verbo PACARE, que en latín significaba “apaciguar”, haya evolucionado en castellano por apocópe de la /e/ final y sonorización de la oclusiva sorda intervocálica /k/ a pagar. Conservamos en castellano "pacato", que es el cultismo del que procede la palabra patrimonial "pagado".  "Pacato" es sinónimo de tímido y tiene la connotación de mojigato y escrupuloso; etimológicamente significa "pacificado", poco beligerante y nada rebelde. En la expresión “estamos pagados” se da a entender que se corresponde por una parte, como dice la RAE, a lo que se merece de otro. Cuando decimos de alguien que ha pagado a alguien, damos a entender que ha satisfecho una deuda, es decir, que ha restituido lo que debía: ha pagado el pato. También se pagan culpas, lo que quiere decir, que se aplacan, que se satisfacen mediante la pena correspondiente. Antiguamente se pagaba a los soldados, a sueldo que estaban, distribuyéndoles dinero para que pudieran comprar su sal –de ahí, su salario, nuestro salario, el salario de los que somos asalariados. Se nos paga por nuestro trabajo “para tener la fiesta en paz”.
 Missile ("proyectil"), otra bebida energética de nombre latino y temible aspecto.
 
    Todo el vocabulario de la economía revela en el fondo un intento de evitar la guerra haciendo que reine una falsa paz.

    Comenta Claude Lévi-Strauss en “Las estructuras elementales del parentesco” (1949): Las pequeñas bandas nómadas de los indios Nambikwara del Brasil occidental se temen normalmente y se evitan; pero al mismo tiempo, desean el contacto, porque este les ofrece el único medio de proceder a intercambios y procurarse así los productos o artículos que les faltan. Hay un lazo, una continuidad, entre las relaciones hostiles y el suministro de prestaciones recíprocas: los intercambios son guerras pacíficamente resueltas, las guerras son el desenlace de transacciones malogradas.

    Al final, resulta que la paz tenía algo que ver con el impacto de la bala, como si la paz fuera el resultado de un disparo, y el disparo fuera en el estómago tras la ingesta de la bebida energética que se llamaba Impactum. Recordemos, a propósito, lo de Tácito: Miseram seruitutem falso (nomine) pacem uocant: Llaman paz con falso nombre a una miserable esclavitud.. Podríamos reformularlo a la heraclitana de este otro modo: Miserum bellum falso (nomine) pacem uocant: Llaman paz con falso nombre a una miserable guerra. 
 
    Y esa guerra, que es el padre, decía Heraclito, de todas las cosas (padre porque pólemos, que es como se llama en su lengua a la guerra, es un sustantivo masculino, pero quizá nosotros deberíamos decir que es la madre de todas las cosas, porque en la nuestra es de género femenino), no se circunscribe solo a la guerras de los Estados entre sí, que nos sirven puntualmente los medios de (in)formación de masas, como la de Ucrania o la que están llevando acabo Israel y los Estados Unidos en la actualidad contra la vieja Persia, entre otras, sino a la más  profunda guerra que nos divide en nacionales y extranjeros, y da origen a la xenofobia, o la que nos divide en blancos y negros, y da origen al racismo, sin olvidar la guerra básica de cualquier Estado contra el pueblo en general, y las guerrillas políticas por el poder entre izquierdas y derechas, y sin olvidar la guerra de clases entre empresarios y trabajadores, ricos y pobres,  o capitalistas y proletarios, según la vieja terminología marxista, que se renueva en múltiples otras guerras como propietarios contra inquilinos. Pero sobre todas ellas, la guerra más antigua quizá y la más impactante es la que se da entre hombres y mujeres, que se entrecruza con la guerra generacional entre adultos y niños, o jóvenes y viejos.

jueves, 19 de febrero de 2026

Una falsa etimología: educación.

Los pedagogos suelen arrimar el ascua a su sardina y amoldan la etimología del término “educación” al campo semántico propio de su especialidad, previamente definido. Suelen decir que se remonta al latín educere que significa educir, es decir, sacar algo, hacer que salga del interior, como por ejemplo en la frase educere uagina ferrum ('desenvainar el sable' o 'desenfundar la espada'). Pero resulta que la acción de educere es en latín eductio, y en castellano la acción de educir es la educción, a imagen y semejanza de inducción, deducción, traducción y demás compuestos.
 
Hay en latín otro verbo muy parecido que es educare. Y la acción de educare es, propiamente, la educatio, de donde deriva nuestra educación. Ambos verbos, educere y educare, están precedidos del mismo prefijo centrífugo e(x)- que indica el movimiento “de dentro hacia afuera”; ambos proceden de una misma raíz indoeuropea, que significa grosso modo “conducir, llevar”, pero resulta que no son sinónimos sino en cierto modo antónimos: uno es 'sacar' y el otro 'meter'.
 
 
Un romano como Varrón nos explica la diferencia: educit obstetrix, educat nutrix: la obstetra o comadrona se ocupa del parto; la nodriza, de la alimentación y la crianza (del élevage que se diría en francés).
 
La educación, pues, está más relacionada con la gastronomía que con la tocología. Prueba de ello son los términos 'alumno' y alma mater, los dos emparentados precisamente con el verbo alere, que significa “alimentar”: alumnus es el alimentado, el nutrido, el criado, y alma mater, la madre nutricia o nodriza, como se denominó en principio a la Iglesia y a la Virgen María y posteriormente a la Universidad de Bolonia, la más vieja de Europa, fundada en 1088, que adoptó el lema: Alma mater studiorum. La metáfora es evidente la Universidad sería la madre que amamanta a su hijo.
 

 En castellano la palabra 'educación' es un neologismo documentado en el siglo XVII, aunque debió de comenzar a usarse a finales del XVI, según Corominas, como sinónimo de crianza, instrucción y adoctrinamiento. Los primeros educadores fueron los obispos en el seno de la Iglesia, que se veía a sí misma como la Madre Iglesia, de la que los fieles, concebidos como alumnos, no deberían destetarse porque fuera de la Alma Mater no había ninguna salvación (extra ecclesiam nulla salus). 
 
Es ahora el Estado el que ha adquirido la función de madre nutricia, y ha considerado a toda la humanidad educanda, esto es, “que debe ser educada”, es decir, amamantada con el bolo alimenticio y la sopa boba del adoctrinamiento y adiestramiento canino. La educación se reservó para que la impartiesen los funcionarios del Estado, y la educción, para la mayéutica de Sócrates, el hijo de la partera, perito en partos.

sábado, 14 de febrero de 2026

¿Amor tóxico?

Tóxico es un adjetivo culto que entró en nuestra lengua hacia 1580, según Corominas, cuyo uso no se generalizó hasta el siglo XIX, que  ahora, en pleno siglo XXI, está adquiriendo un protagonismo inusitado, sobre todo entre los mileniales, es decir, entre las nuevas y jóvenes generaciones que han nacido y se están criando a la sombra de este tercer milenio de la era cristiana.

El adjetivo tóxico de aplicarse sólo a las cosas ha pasado a calificar también a determinadas personas: ya no hay sólo cosas, sino también personas tóxicas. Y no es verdad:  lo tóxico no son las personas, sino las relaciones jerárquicas de dominio que establecen entre ellas: dentro de la familia,  las relaciones paterno-filiales de los padres con los hijos, y fuera de ella las laborales de los jefes y los empleados, entrecruzándose todas con las relaciones sexuales en todos los ámbitos, que también son de dominio y jerarquía. Eso y no otra cosa es lo que envenena a las personas: las relaciones interpersonales de dominio.


El adjetivo, en efecto,  no sólo se aplica ya a desperdicios, emisiones, gases, líquidos, materiales, productos,  residuos y demás sustancias venenosas, cosas en definitiva, que suelen ser productos de la sociedad de consumo, como antaño,  sino que se utiliza y mucho para calificar a determinada gente, pobrecita, como si estuviera apestada: amistades tóxicas, que nos decepcionan y nos llevan por la Calle de la Amargura sin número; clientes tóxicos a los que han tenido que enfrentarse nuestros modernos emprendedores, que a veces emprenden mucho pero no suelen aprender casi nada; conductas y emociones tóxicas; empleados tóxicos que son una mala influencia en la empresa u oficina para el resto de sus compañeros de trabajo y para sus jefes, que también son tóxicos y, hay muchos, que tratan mal y maltratan a sus empleados;  familias y hogares tóxicos, donde los padres y las madres ejercen excesiva presión sobre sus hijos e hijas, tanta que no la soportan por lo que también pueden llegar a ser tóxicos y tóxicas, respectivamente, y hacerles la vida imposible a sus progenitores que acaban arrepintiéndose de haberlos traído al mundo;  masculinidades y feminidades tóxicas en definitiva que generan, como dicen los políticos,  noviazgos tóxicos que a su vez les crean muchos conflictos a los involucrados en ellos y no poco dolor por aquello de que “quien bien te quiere te hará sufrir”;  ideas y pensamientos tóxicos; personas, personajes y personalidades tóxicas que te hacen sentir mal aunque tú no tengas la culpa; relaciones de pareja y parejas tóxicas por lo atosigantes que resultan,  ya sean reales o virtuales, porque también hay redes sociales, todas ellas sin excepción,  tóxicas. El adjetivo se ha convertido en una palabra comodín, una muletilla que corre el peligro de valer para todo y de no servir para nada por la misma razón, tan general es su uso que su significado se ha convertido en un genérico bastante poco preciso  que intoxica nuestro vocabulario. ¿Quién lo desintoxicará?

¿De dónde nos viene esta palabra? ¿Cuál es su biografía y su árbol genealógico? La palabra tóxico procede del latín TOXICVM, cuya evolución es tóxico como cultismo del que derivan toxina y toxicidad,  y los compuestos intoxicar (con el prefijo IN-, que, a diferencia de AD-, que indica sólo aproximación a algo, expresa penetración o introducción), toxicología y toxicomanía, y acaba en tósigo como palabra patrimonial, caída casi ya en desuso y que tanto se refiere a la ponzoña y el veneno, como a una pena y una angustia muy grandes, por lo que su compuesto atosigar se define en primer lugar como “emponzoñar con tósigo”, es decir, envenenar, y también en segundo lugar y sentido figurado “agobiar a alguien metiéndole mucha prisa para que haga algo” e “inquietar, acuciar con exigencias o preocupaciones”. Pero no es muy satisfactoria la explicación de que este segundo significado derive del primero, por lo que se ha supuesto y postulado un origen latino tardío basado en *tussicare o acaso en *tussigare, formado sobre la palabra latina clásica tussem que significa "acceso de tos", y evoluciona precisamente a tos,  y el verbo tussire "toser",  de modo que ese presunto *tussicare/*tussigare significaría provocarle a alguien un ataque de tos, y de ahí, apremiarle o urgirle a hacer algo hasta la fatiga. Tusigar se dice en gallego y significa "toser débil pero repetidamente".

No me resisto aquí a copiar a propósito de esto último aquel epigrama de Marcial I, 19 de la tos dedicado a una tal Elia, nombre propio que es un pseudónimo como suele ser habitual en este poeta.

 Si memini, fuerant tibi quattuor, Aelia, dentes:
expulit una duos     tussis et una duos.
Iam secura potes totis tussire diebus:
nil istic quod agat     tertia tussis habet.

Elia, si mal no recuerdo, tenías tú cuatro dientes:
dos una tos te arrancó y   dos otro ataque de tos.
  Puedes toser ya todos los días sin mucho problema: 
una tercera tos    nada ahí  tiene que hacer. 


Han confluido, pues, dos raíces: TOS-, que procede de tussem, y es la que nos atosiga hasta dificultarnos la respiración y provocarnos la tos del cansancio, y TOX-, que es la que propiamente nos envenena y que veremos ahora de dónde viene.

La palabra latina toxicum procede a su vez de la expresión griega toxicòn phármakon, donde phármakon quiere decir “veneno, ponzoña, droga”, como vemos en nuestro propio vocabulario fármaco, farmacia, farmacéutico… La expresión estaba, pues, compuesta por el sustantivo phármakon y el curioso adjetivo toxicón, que es el que ha sobrevivido y se ha impregnado, acaparándolo, del significado ponzoñoso del sustantivo.  ¿De dónde surge el adjetivo toxicón? Pues nos remite al sustantivo griego clásico tóxon, moderno tóxo, que quiere decir arco y también flecha. A partir de este sustantivo se creó el adjetivo añadiéndole a la raíz tox-  el sufijo –ik-, toxicós que propiamente significaba “relativo al arco y a las flechas”, por lo que la expresión toxicòn phármakon, quería decir “veneno para las flechas”, y de ahí, letal para las víctimas del flechazo.


¿Hay, a propósito de la festividad de San Valentín y del día de los enamorados, amores tóxicos o el amor es siempre tóxico porque sus flechas están emponzoñadas? Recordemos lo que decía Propercio, el poeta enamorado,  del fiero Cupido armado de arco y flechas. Decía que su aljaba o carcaj que colgaba de sus hombros estaba provisto de unas flechas ganchudas (hamatis: con garfio o anzuelo que nos engancha y nos desgarra si intentamos librarnos de ellas): "nec quisquam ex illō     vulnere sānus abit": "y del desgarro aquel    nadie sin daño se va".

domingo, 24 de agosto de 2025

Clásico

    Puede que resulte provechoso recurrir a la etimología de la palabra “clásico”, que se aplica, por ejemplo, como adjetivo que califica al sustantivo Cultura en la denominación "Cultura Clásica", nombre de una asignatura o materia del segundo ciclo de la Educación Secundaria Obligatoria del sistema educativo español. En algunas comunidades autónomas como en Castilla y León, según tengo entendido, es una materia obligatoria para todo el alumnado en 3º de ESO. En Cantabria, sin embargo, es una asignatura optativa que en algunos institutos como por ejemplo en el que yo trabajaba no se impartía porque los alumnos no la elegían, o lo hacían tan pocos que no se consideraba oportuno 'ofertarla' y se les invitaba a optar por otra materia. 


    Se emplea también en expresiones como filología clásica, música clásica, estilo clásico... donde parece que se opone al adjetivo moderno, al modo hodierno, contraponiéndose de alguna manera, además, con ello lo nuevo a lo viejo, lo vivo a lo muerto. Recordemos que la palabra clásico procede de clase y aparece en expresiones como primera clase y también en es la primera de la clase; se dice asimismo tener o no tener clase, donde el término es sinónimo de prestigio, categoría, y en este sentido se habla también de clase obrera, clase media o clases pasivas por ejemplo, como división de la sociedad, pareciendo este significado el más antiguo.

    Conviene pues tener en cuenta que clase procede a su vez del latín classem, que es como llamaban los romanos a la ciudadanía susceptible de ser llamada a incorporarse a filas para servir a las armas en general, como si dijéramos la clase de tropa, y a la armada, flota o infantería de marina en particular cuando la palabras exercitus se especializó en ejército de tierra, por lo que el término en su primera acepción hace referencia a la organización, esto es, a la clasificación de los niños en escuadras, batallones o cohortes para recibir la instrucción. 

 Cariátide vista por detrás, Museo de la Acrópolis (Atenas)

    Algunos pedagogos modernos, por cierto, han resucitado este ominoso término militar de la legión romana de "cohortes" para referirse a los estudiantes con una metáfora que sugiere la militarización difusa, pero real, del sistema educativo, ese nuevo servicio militar obligatorio para ambos sexos, basado en la jerarquía y en la homogeneidad, en el adoctrinamiento y uniformidad cultural que impone la transmisión vertical de unos saberes programados y, sobre todo, la imposición del tiempo, horario y calendario escolar, como programa.

    En relación con esta clasificación de los niños como conjunto de los que reciben un mismo grado de enseñanza o cursan una misma asignatura se explican los usos de clase como lección o asignatura e incluso como aula donde se imparte. 

    Clásicos eran en Roma los ciudadanos de la primera clase que poseían una renta al menos de 120000 ases y en ese sentido la expresión de scriptores classici designará a los clásicos de la literatura, es decir, a los escritores de primera fila, como se dice a veces, para cuyo reconocimiento es preciso, entre otras cosas, el requisito imprescindible de que estén muertos y bien enterrados. 

    Esto mismo les sucede a las llamadas lenguas clásicas, al latín y al griego antiguo, a las que a veces se llama descaradamente lenguas muertas, pues parece que una de las condiciones del prestigio de lo clásico es la necrofilia, el amor por lo que no está vivo: que sean lenguas que no se hablan o escritores consagrados que no se leen.

    ¡Qué triste que para la inmensa mayoría de los jóvenes y no tan jóvenes españoles lo más clásico que hay, el Clásico español por excelencia, conocido entre los medios de formación de masas y los fanáticos aficionados sea el partido de balompié que enfrenta al Real Madrid Club de Fútbol y al Fútbol Club Barcelona!   Panem et ποδόσφαιρο (podósfero), o lo que es lo mismo: pan y fúzbol con zeta de rebuzno para el pueblo. 

miércoles, 25 de junio de 2025

El poder de la cultura contra la cultura del Poder

El término “cultura” procede del sustantivo latino “cultus”,  que quiere decir cultivado y cultivo. La raíz de la palabra la encontramos en culto, cultor, cultivo, cultismo, inculto, culterano, cultalatiniparla, cultiparlar, cultura y contracultura.  En latín "cultus" era es el participio del verbo “colo” (*col-tus>cul-tus),  que, entre otros significados, tenía el de "cultivar la tierra", por lo que una palabra como agricultura,  que significa literalmente cultivo agrario o del campo,  es una redundancia etimológica.  

El verbo “colo” deriva de la raíz indoeuropea *kwel- que en su acepción originaria y material significaba voltear, es decir, remover la tierra, lo que hace el labrador cuando trabaja con la azada y el arado. Pero este verbo, además, ya en latín quería decir también habitar, vivir, por el sedentarismo que implica la agricultura frente al nomadismo, valor del que derivan los términos colonia, colono, colonizar, sin perder de vista domicilio, compuesto de 'domus' “casa” y la raíz que nos ocupa con vocalismo -i- modificado; valor que se subraya con el prefijo in-, de donde tenemos el sustantivo “íncola”, habitante, y también el moderno “inquilino”.


Pero “colo” tiene también el significado antiguo de cuidar, tratar, y el de honrar y venerar a los dioses y, por lo tanto, rendirles culto religioso, de donde los modernos nos hemos sacado la libertad de cultos que se nos reconoce a las personas como uno de los derechos humanos fundamentales. La diversidad de confesiones religiosas hace que a veces olvidemos que hay una elección previa, la de si es necesario elegir un culto u otro, y en función de qué criterio lo elegimos, si decidimos hacerlo: las religiones, en efecto, no son más verdaderas o válidas según el número de creyentes o practicantes que tengan. Obviamente podemos elegir la que nos venga en gana, pero también no elegir ninguna y quedarnos en el prudente agnosticismo. 

Del significado de "rendir culto a los dioses", por un proceso semántico muy común de autismo, se pasó al sentido de rendir culto al cultor, es decir a sí mismo, no ya a la divinidad o a la tierra y sus cultivos. Y como el hombre según la dicotomía habitual es cuerpo y alma, hay dos culturas: una cultura referida a la mente y al espíritu que habitualmente se entiende como acumulación de conocimientos científicos y humanísticos, y una cultura física relativa al cuerpo, de ahí la palabra culturismo, que la academia define como “práctica de ejercicios gimnásticos encaminada al excesivo desarrollo de los músculos”, y que probablemente se trate de una imitación del término alemán Körperkultur, cultura corporal o física, de donde nuestra  moderna “educación (sic) física” que ha sustituido a la vieja y desnuda gimnasia y que tanto irritaba a aquel profesor de gimnasia que era el Mairena de Machado. A esta preocupación por el cuerpo habría que añadir el culto moderno de la propia imagen.

 
Viñeta de Andrés Rábago, el Roto

Cicerón en sus Conversaciones en Túsculo II, 5, dice que así como ningún campo puede ser fructífero si no se lo cultiva, (ut ager quamuis fertilis sine cultura fructuosus esse non potest), otro tanto ocurre con el alma sin instrucción (sic sine doctrina animus). Cualquiera de estos dos factores, sin su complemento, carece de vigor (ita est utraque res sine altera debilis). La filosofía es el cultivo del alma (cultura autem animi philosophia est); arranca de raíz los vicios (haec extrahit uitia radicitus) y prepara los espíritus para recibir la simiente (et praeparat animos ad satus accipiendos),  se la entrega a estos, y, por así decirlo, siembra lo que, cuandro crezca, producirá ubérrimos frutos (eaque mandat iis et, ut ita dicam, serit, quae adulta fructus uberrimos ferant). [La traducción de Marciano Villanueva Salas, modificada, está tomada de Conversaciones en Túsculo, Asociación Española de Neuropsiquiatría, Madrid 2005].

No hay que confundir la cultura con la lengua, como repetía incansablemente el más joven de los viejos profesores, Agustín García Calvo: la lengua es un don gratuito que se le da a todo el mundo. Sobre ella no manda nadie, pese a todos los pesares y Academias que, so pretexto de ser descriptivas, acaban siendo preceptivas al convertirse su descripción del lenguaje hablado en escritura y norma escrita, en prescripción y ley que se impone a través del Diccionario donde se almacenan los nombres comunes, mientras que la cultura es una creación de Arriba, una imposición de las altas instancias. Nace ya escrita y se ocupa de los Nombres Propios (antropónimos o de persona, topónimos o de lugar y cronónimos o relativos a la medición que hacemos del tiempo), que realmente no tienen significado como los comunes, por lo que se almacena en una enciclopedia tradicional o, si se prefiere, virtual del estilo de la inevitable Güiquipedia. 

 
Viñeta de Miguel Brieva

La cultura del Poder está, pues, configurada por la acumulación de Nombres Propios, pero no solo por eso, también por las jergas especializadas y básicamente escritas y sometidas a absurdas reglas de ortografía de políticos, científicos, filósofos, economistas y todos aquellos que defienden el edificio insostenible sin la fe que depositan a diario en ella de la cruda (o puta, como cantaba Mónica Naranjo)  realidad. Contra ella se alza el lenguaje normal y corriente, la lengua que hablamos y la razón subyacente y común a todos, que se rebela contra todas las imposiciones que vienen de Arriba, de donde la gente sabe que no puede caerle nada bueno. Esa lengua es la única arma, la única cultura verdaderamente popular y contracultural que puede alzarse contra la cultura del Poder y todos los Nombres Propios y denunciar que la realidad que se nos impone es falsa: la lengua común y corriente que denuncia el empleo de todos los lenguajes especializados, sean de la índole que sean, y que se pregunta incansablemente, contra la jerga de los políticos y/o economistas y la ideología dominante, qué es “Constitución”, “España” “Catalunya”, “Democracia”, “Gobierno”, “Estado del Bienestar”, “Europa”, “La Transición“, y demás retahíla y política monserga. Así y sólo así la lengua hablada se rebela contra las ideas establecidas. Ni la cultura ni la contracultura pueden hacer nada contra la cultura del Poder; sólo acaso la lengua común y corriente.

jueves, 5 de diciembre de 2024

Pensar, a pesar de todos los pesares

    'Pensar' no se decía en latín pensare como podría parecer a primera vista, sino putare, de lo que nos quedan testimonios en los cultismos -palabras que han sufrido pocos cambios en su evolución debido a la imposición y al conservadurismo de la lengua escrita o culta-: computar, diputado y diputación, disputar, imputar, putativo, reputar y reputación... La evolución del término putare según la evolución vulgar de la lengua hablada nos lleva hasta podar. Los cambios sufridos son, aparte de la apócope de la -e final, la sonorización de la consonante oclusiva dental sorda intervocálica -t-, que evoluciona a -d-, y el paso de la -u- breve átona a -o-. Lo curioso de esta evolución es que restituye en nuestra lengua el significado original latino de putare, que era precisamente limpiar, podar, cortar las ramas inútiles de la vid o del olivar, de lo que nos queda recuerdo en nuestro término culto amputar ('cortar y separar enteramente del cuerpo un miembro o una porción de él', según recoge la docta Academia).

El pensador, de Rodin, a las puertas del infierno.

      Hallamos en la etimología una espléndida metáfora que demuestra cómo esta lengua de campesinos que era el latín relacionaba la actividad de la poda de las viñas, de los rosales o de los olivos con la actividad y el campo semántico del pensamiento: poner en limpio, aclarar, considerar, juzgar, opinar, razonar y racionar... Pensar era desprenderse de las ramas superfluas, de las ideas o creencias -diríamos nosotros- para que pudiera florecer y fructificar el árbol o la planta del pensamiento. Pensar es, pues, según sugiere la etimología podar, cercenar lo superfluo cortando por lo sano, como suele decirse.

    En este sentido, traigo a propósito la definición que dio el filósofo francés Alain, pseudónimo de Émile-Auguste Chartier (1868-1951), de “Penser, c'est dire non” (Pensar es decir que no), que aprovechará el joven Jacques Derrida para dar un ciclo de cuatro conferencias en la Sorbona de París durante el curso escolar 1960-1961, que se han publicado póstumamente en 2022, y que más de cincuenta años después guardan plena vigencia en una época como la actual en la que es sumamente difícil separar lo que es razonamiento y pensamiento propiamente dicho de creencia e ideología.

 

    Hay que saludar aquí la traducción a cargo de Antonio Martínez Riu y publicación entre nosotros de esta obra inédita hasta ahora por la editorial Herder, que constituye el texto más antiguo del corpus derridiano, escrito a mano durante la guerra de Argelia, y que ha visto la luz gracias a una importante labor editorial, un libro imprescindible sesenta años después de escrito. 

 

Estatua de Émile-Auguste Chartier, llamado Alain

    La negación es para Alain y para Derrida el rasgo del pensamiento auténtico. ¿A qué o a quién se dirige esa negación? En principio a todos los dogmas tanto religiosos como políticos o morales, a todas las opiniones, a los prejuicios, a las ideas recibidas en general y a las creencias en particular. Pensar es hacer tabla rasa, una auténtica poda que hará que florezca el frondoso árbol del pensamiento gracias a la duda que es, como dice en otro lugar Alain, la sal de la tierra.

   Pero, ya que estamos haciendo una pequeña investigación etimológica, veamos cuál es el origen de nuestro término “pensar”. Procede del latín pensare (que es un frecuentativo de pendere 'dejar pender los platillos de una balanza') y que significaba pesar, como demuestra la evolución vulgar del término, y que nos recuerda la operación de sopesar dos magnitudes en una romana. Del significado de pesar con la misma balanza se pasa sin mucho problema evolucionando de lo concreto a lo abstracto a juzgar con el mismo criterio

      Era el pensum el peso de lana que una esclava debía hilar diariamente. De la tarea concreta de la hilandera pasó a significar en abstracto obligación, deber, función. Y es el origen de nuestros pesos, y pesas, así como de la unidad monetaria que acabaría sirviendo como salario de esa tarea, el peso y la peseta, la antigua moneda española -y metáfora del sexo femenino- antes de que irrumpiera y la devaluara la imposición del euro.

    Aunque estamos relacionando etimológicamente el pensar con el pesar y los pesares, y lo pensado, por lo tanto, con lo pesado y la pesadez, pensar no puede ser más que todo lo contrario: desembarazarse y aliviarse del peso y del lastre de las ideas y las creencias recibidas.

martes, 2 de abril de 2024

Por la desconexión total

    Internet es tan importante que si alguien o algo no está en la WWW o Wide World Web, lo que viene a ser el "entramado a lo largo del ancho mundo”, es, sencillamente, que no existe, no es nadie ni es nada, por lo que ha venido a ocupar el privilegiado lugar que tenía antes la televisión, que daba entidad a las personas, transformándolas en personajes, y a las cosas, convirtiéndolas en objetos de consumo, tal es el poder de la publicidad entre los medios de formación, distracción y entretenimiento de masas, con un carácter más individualista por supuesto que la pequeña pantalla, que, situada casi siempre en el salón o corazón del hogar, acaparaba con sus imágenes la atención de toda la familia en torno suyo como si fuese la llama del fuego de la chimenea.

 

    ¿Qué quiere decir internet? Hay dos interpretaciones no muy diferentes entre sí sobre el engendro de la palabra. Ambas coinciden en dividirla así: inter-net. La segunda parte está clara: net es la abreviación de network, o sea, red o trama en la lengua del Imperio. Sobre el prefijo latino inter- que entra en la composición del palabro hay dos interpretaciones: para unos es la abreviatura de international, y para otros la de interconnected. En cualquier caso se trata de una red internacional e interconectada, lo que viene a ser casi lo mismo.

    La palabra web que interviene en el acrónimo WWW remonta al protoindoeuropeo *webh- con el significado de tejer (to weave, en la lengua del Imperio), y hoy en día es el nombre de la telaraña y, por abreviación, de la propia RIU Red Informática Universal. En alemán tenemos weben “tejer”, pronunciado ['ve:bǝn].


    En inglés antiguo net es "malla, red que se usa para pescar, telaraña," también figurativamente, "lazo, trampa moral o mental," y esta palabra está emparentada con el alemán Netz “red, redecilla, rejilla”, ambas remontan del protogermánico *natjan que recubría la idea originalmente de “algo que está anudado o atado, entramado”, y esta a su vez remonta a la raíz protoindoeuropea *ned- que significaría "unir, atar, ligar”.

    Esta raíz que nos ocupa *ned- la tenemos en latín con vocalismo /o/ en NODVS, que significa “nudo, vínculo”, y en su diminutivo NODVLVS. De ahí vienen nuestras palabras nodo, nódulo, nudo, y sus derivados y compuestos.

    Con sufijo /T/ la raíz *ned- aparece en el prolífico verbo NECTO “ligar, atar, unir, entrelazar”. La palabra nexo viene, precisamente,  de NEXVM,  que es el participio de perfecto de ese verbo.

 

    De ANNEXVM, participio del verbo ANNECTO, tenemos en castellano el cultismo anexo y la palabra patrimonial anejo; también los verbos anexar y anejar, y en francés annexer, en italiano annettere, y en alemán annektieren. Del verbo CONNECTO con el prefijo instrumental CON- tenemos en castellano conexión y conectar, (inglés to connect, francés connecter, italiano connettere), por lo que la idea de "entramado en forma de red" ya está implícita etimológicamente en la palabra conexión, y en la desconexión o acción de  desconectar, más aconsejable para nuestra salud mental, aunque no nos adviertan de ello las autoridades sanitarias.

     Precisamente la desconexión es lo que se impone contra la idiocia imperante, y no una desconexión ocasional en período vacacional o de fin de semana, para recargar la batería a fin de poder seguir funcionando con toda impunidad como si no pasara nada, sino en plena semana laboral a ser posible siempre. Es más lo que se gana que lo que se pierde.

viernes, 14 de julio de 2023

Una etimología discutida: religión.

    Se ha repetido y se repite hasta la saciedad que la etimología de religión es la acción de religare, religar, reunirse, volverse a unir (con la divinidad). Esta teoría, que es la más difundida en la actualidad, estaba representada por los autores cristianos Lactancio y Tertuliano en la antigüedad, que derivaban el término de 'ligare' (ligar, atar, unir), intensificado con el prefijo 're-'. Lactancio, por ejemplo,  defiende que la religión es un vínculo de piedad que nos religa a la divinidad: uinculo pietatis obstricti et religati sumus: con el vínculo de la piedad estamos sujetos y religados

 

    Pero el término religio es anterior al cristianismo y es, por lo tanto, pagano y, a la vez, latino en el sentido de que no tiene correspondencia exacta en ninguna de las otras lenguas indoeuropeas hermanas. 

    Si examinamos, como hace Benveniste, los usos antiguos del término “religio” y su adjetivo “religiosus”, vemos que el primero significa 'escrúpulo' y su adjetivo, por lo tanto, 'escrupuloso'.

    La acción de re-ligare es en latín re-ligatio (no re-ligio), paralelamente a como la acción de ob-ligare, que es otro compuesto del mismo verbo, es ob-ligatio, términos que hemos heredado ambos en castellano: religación y obligación.

    La etimología del término “religión” se discute desde la antigüedad. Los antiguos no se ponían de acuerdo, y los modernos seguimos estando divididos. En lo único que se ponen de acuerdo ambas explicaciones es en que el prefijo re- sirve para intensificar la acción del verbo en ambos casos. 

    Un romano culto como Cicerón nunca relacionó el término religio con ligare, sino con legere (recoger, de donde nos viene a nosotros 'leer' como cosecha de letras). Este es el texto de Cicerón (De natura deorum, 28, 72): "Por otra parte, a quienes volvían a tratar con diligencia (diligenter) y -por así decirlo- 'releían' (relegerent) todo lo referente al culto de los dioses, se les llamó 'religiosos' (religiosi), de 'releer' (relegendo) (como 'elegantes' de 'elegir', 'diligentes' de 'mostrar diligencia', porque en todas esas palabras se alberga el mismo sentido de 'recoger' que se halla presente en 'religioso' "(qui autem omnia quae ad cultum deorum pertinerent diligenter retractarent et tamquam relegerent, i sunt dicti religiosi ex relegendo, tamquam elegantes ex eligendo, tamquam ex diligendo diligentes, ex intellegendo intellegentes; his enim in uerbis omnibus inest uis legendi eadem quae in religioso).

miércoles, 14 de junio de 2023

Del júbilo al jubileo y a la jubilación

    Hay en latín antiguo un verbo iubilare atestiguado por el gramático Varrón en De lingua Latina VI, 68, que cita como sinónimo de quiritare, especificando que este último era vocablo propio del registro urbano, mientras que el primero lo era del rústico: ut quiritare urbanorum, sic iubilare rusticorum


    Tanto quiritare como su variante iubilare significarían “llamar a gritos, gritar pidiendo ayuda, llamar en auxilio, es decir: vocear”. El término quiritare se redujo a critare en latín vulgar, y es el origen del italiano “gridare”, del catalán “cridar” y del francés “crier”, y también del castellano y portugués “gritar”, que presentan la conservación irregular de la -t- intervocálica no sonorizada en -d-, lo que podría deberse quizá a una geminación de carácter expresivo. 

    Varrón, buscándole una razón etimológica y los tres pies al gato a este verbo, lo relaciona con los quírites, por lo que quiritare sería, según él, apelar a los quírites o ciudadanos romanos. Pero parece que es una falsa etimología, una simple coincidencia. Quiritare podría tener un origen expresivo u onomatopéyico simplemente. 

    Frente a este término del sermo urbanus, se encuentra iubilare, propio del sermo rusticus, que significaría “gritar de alegría (un campesino)”. Y ahí Varrón cita para corroborarlo un verso de una atelana de un tal Aprisio que, imitando el habla pueblerina, dice en latín: Io bucco! Quis me iubilat? -Vicinus tuus antiquus. ¡Eh, bocazas! ¿Quién me llama a gritos? -Tu viejo vecino

    Según el diccionario indoeuropeo de Pokorny el latín iūbilō 'lanzar gritos de júbilo, cantar' podría derivar de *i̯ūd-dhǝ-lō con el significado onomatopéyico de 'hacer yū', algo parecido, podríamos decir nosotros, a nuestro “yupi”, que es, según el diccionario de la RAE, una interjección utilizada para expresar alegría o sorpresa de origen onomatopéyico. Sería, por lo tanto, iubilare una onomatopeya similar a sibilare, cuya formación estaría relacionada con el griego ἰύζω “proferir un grito agudo”.

    Disponemos también en latín de la palabra iubilum, que es un derivado regresivo del verbo iubilare, y que terminó por significar alegría, gozo o alabanza, y es el origen de nuestro "júbilo" y "jubiloso". 

    Frente a estos  términos antiguos se tomó en época más reciente el préstamo iōbēlēus, adaptación del griego ἰωβηλαῖος, derivado del hebrero yōbēl (“cuerno de morueco que se utilizaba como instrumento musical similar a una trompeta”, con el que se anunciaba la gran solemnidad de los judíos del año santo que se celebraba cada cincuenta años), vocablo que, por metonimia, acabaría sirviendo para dar nombre al año santo. Según el DLE de la RAE, jubileo procede del hebreo šĕnat hayyōbēl; literalmente 'el año del ciervo'.



    Dicho préstamo se vio influido y contaminado enseguida por el verbo latino “iubilare”, por lo que pasó a denominarse “iubilaeus”, de donde procede nuestro “jubileo” y “año jubilar”. El jubileo o Año Santo es una celebración que tiene lugar en distintas iglesias cristianas históricas, particularmente la católica y la ortodoxa, que hunde sus raíces en el judaísmo. 

    Según la Biblia, en efecto, Levítico 25, 10-12, que cito por la traducción española que manejo de Nácar-Colunga, Yavé habló a Moisés en el monte Sinaí, estableciendo en primer lugar el año sabático: al cabo de seis años de sembrar el campo y vendimiar la viña, la tierra descansará al séptimo año en honor de Yavé, que también descansó al séptimo día tras sus trabajos de creación del mundo imponiendo así la semana laboral y el descanso sabático que los cristianos cambiaron de día y lo pasaron al domingo, descanso dominical o del Señor; y en segundo lugar estableció para los hijos de Israel un año particular cada medio siglo: "Santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis la libertad por toda la tierra para todos los habitantes de ella (…) El año cincuenta será para vosotros jubileo; no sembraréis, ni recogeréis lo que de sí diere la tierra, ni vendimiaréis la viña no podada; porque es el jubileo que será sagrado para vosotros”. 

    Y de ahí llegamos a la jubilación, que nuestra Real Academia Española de la Lengua define como "acción y efecto de jubilar o jubilarse", así como "pensión que recibe quien se ha jubilado", lo que es indicio etimológico de la tradición de nuestra herencia judeocristiana, que nos remonta al Génesis de la Biblia en cuanto a la condena al trabajo ("con el sudor de tu rostro comerás el pan") y al  Levítico, en cuanto consagración del período de descanso del año sabático y del jubilar como complemento indispensable de una vida dedicada a la servidumbre del trabajo asalariado, pero también ofrece el significado pagano y poco usado ya, de raigambre latina, de "viva alegría, júbilo". Pese al desusado significado latino, no podemos evitar la asociación de las palabras y la relación del júbilo primitivo con la llegada del sabático jubileo y la merecida y jubilosa jubilación.

martes, 12 de julio de 2022

Agilipollaos que estamos

    Publicaba el otro día El Confidencial a propósito del artista Santiago Sierra,  todo un experto en provocaciones que son celebradas y rápidamente asimiladas y digeridas por el sistema en ARCO, la feria de arte contemporáneo,  una suculenta entrevista bajo el título "Los muertos rubios de Ucrania sirven para vender armas"

     Sierra presenta en esta ocasión en la Bienal de Arte de Lanzarote un vídeo grabado en 2002 sobre inmigrantes y refugiados que cavan su propia tumba... Preguntado por su aportación, esto es lo que dice el artista: “El Mediterráneo de este a oeste y de sur a norte hace mucho que es un enorme cementerio. (...) La solidaridad y la ayuda mutua es la civilización, no tengo ninguna duda de ello, por tanto, lo que tenemos ahora es barbarie. Las fronteras son uno de los elementos más potentes a la hora de señalar cuán lejos estamos de la civilización.”

    Veinte años después de filmado el vídeo, el panorma, independientemente de quién regente la Moncloa, no ha cambiado nada en este aspecto. “Los partidos políticos son aquí y en todo el mundo organizaciones criminales en las que trabajan los peores elementos de nuestra sociedad, los más radicalmente antisociales. (...) Son lo que los griegos llamarían kakistocracia, el gobierno de los peores. (...) Estamos bastante jodidos, sí, y nuestros hermanos africanos aún más jodidos y llorando muchas muertes. Bastante mal, y no creo que nadie al mando tenga intención de parar esto. Los matarifes de Melilla fueron felicitados desde lo más alto de la montaña de mierda que es el poder en este triste país. Moncloa es un antro, el peor antro y siempre lo ha sido.” 

 

 Santiago Sierra: 3000 huecos de 180 x 50 x 50 cm. cada uno. Dehesa de Montenmedio, Vejer de la frontera (Cádiz). Julio de 2002.

 
    Cita Santiago Sierra, hablando de cómo los medios tratan de agilipollarnos -volvernos necios y estúpidos, según la docta Academia-, al filósofo Agustín García Calvo, que definía al gilipollas como “el que hace, dice o piensa lo que le mandan desde Arriba, pero convencido de que lo hace, dice y piensa, porque le da la gana, porque le sale de sus ideas y gustos propios”. Otra formulación de aquella consideración de gilipollas es aquel que asume como propio lo que le viene impuesto. 
 
    La etimología de 'gilipollas', por cierto, remonta al vocablo gitano 'gilí', que significa 'tonto, memo, lelo'. "Gilí" está recogido en nuestra literatura en Pérez Galdós y en Valle-Inclán. La Academia no le dio entrada hasta después de 1899. Es voz más jergal que familiar aunque también puede serlo en ciertos ambientes andaluces y madrileños. En otras partes se prununcia "gili" con acentuación llana. 
 
     "Gilipollas" sería, por lo tanto, un derivado de "gilí" y del término malsonante "pollas". Hay una etimología popular y castiza, sin embargo, según leo aquí, que remonta el término a un tal don Gil Imón, un funcionario del siglo XVI, que tenía dos hijas Feliciana y Fabiana que quería casar a toda costa. El problema era que sus dos "pollas", como se denomina coloquialmente a las mujeres jóvenes, eran poco agraciadas físicamente y, aun más, francamente feas. Como siempre aparecía don Gil con sus dos hijas en todas las ocasiones, aunque no viniera a cuento, se juntó su nombre con el apelativo de ellas: Ahí está don Gil y... pollas: Gilipollas. Como dicen los italianos en estos casos: se non è vero, è ben trovato.


    Preguntado por Melilla y por el conflicto de Ucrania, comenta Santiago cómo hay una vara de medir distinta, el famoso doble rasero, para los ucranianos y los subsaharianos: Si me agarro un coche y voy a la frontera ucraniana a cargarlo de gente que huye de la guerra de Ucrania y la traigo a Madrid haría una buena acción. Si fuera a Melilla para cargar mi automóvil de gente que huye de la guerra de Sudán sería también una buena acción, pero la sociedad brutalmente racista en la que vivimos trataría este último caso como delincuencia y tráfico de personas, y no sé cuantas canalladas más se dirían para acallar el reparto de injusticia rutinario del estado. Al que viniese de Ucrania con refugiados sale en la tele y le ponen un monumento en su pueblo y no solo es racismo, es ante todo la gilipollez(*) impuesta por los medios de formación de masas empeñados en una campaña publicitaria con muertos reales rubios para promocionar en Europa la venta de armas del complejo militar industrial
 
(*) Gilipollez, según la Academia, es el dicho o hecho propios de un gilipollas, y es término malsonante. Soplapollas también está recogido por la Academia con el significado de 'persona tonta o estúpida', pero no recoge el término equivalente y paralelo de 'soplapollez'.