miércoles, 18 de marzo de 2026

Pareceres CIV

507.- Cambio de hora. El Boletín Oficial del Estado ya ha publicado la fecha oficial del próximo cambio de hora en las Españas, el cual entrará en vigor en la madrugada del 28 al 29 de marzo de 2026, cuando los relojes, la mayoría solos, adelantarán una hora haciendo que por arte de magia a las 2:00 sean las 3:00 horas, por lo que esa noche tendrá solo 23 horas, comenzando así el horario de verano, que se extenderá, Dios mediante, hasta el 25 de octubre. Si se nos olvida, no nos preocupemos porque el reajuste es automático en la mayoría de los dispositivos que usamos (y nos usan) a nosotros a diario: el móvil, el ordenador y la tableta personales actualizarán la hora sin que tengamos que hacer nada. En el año del Señor de 2019, el engendro del Parlamento Europeo aprobó una propuesta para eliminar los dos cambios horarios que se realizan anual- y automáticamente, pero la decisión requería que cada país eligiera qué horario adoptar de forma permanente, el de verano o el de invierno, y los Estados no se pusieron de acuerdo. Para que el cambio de hora desaparezca, la Unión Europea tendría que reabrir la discusión, fijar un calendario y lograr que los veintisiete Estados miembros alcancen un acuerdo ya demostró ser más difícil de lo esperado. Mientras eso no ocurra, el Boletín Oficial del Estado seguirá publicando cada año la misma fecha y los relojes seguirán moviéndose dos veces por año con la misma puntualidad de siempre. 
 

508.- Antipedagogía roquera. Un amigo aficionado a la música popular moderna de la última mitad del siglo XX destaca dos álbumes que él salvaría de la mediocridad general: en primer lugar, Crimen of the Century (1974) de Supertramp, que es una obra maestra, dice él, del rock progresivo, que explora la alienación, la corrupción social y la educación como mecanismo de control social y conformismo, en el que destaca un tema como School, que lamenta el adoctrinamiento que se imparte bajo el nombre de educación en las instituciones escolares y académicas, acusando a las masas y a los individuos que las conforman de ser cómplices de su propia opresión, un eco profético de nuestro tiempo; y en segundo lugar, el álbum The wall (1979) de Pink Floyd, cuyo tema «Another Brick in the Wall» incide en la misma temática pedagógica critica el sistema educativo como una máquina de producir «esclavos dóciles», una metáfora de toda opresión social. Ambos temas nos recuerdan aquello que escribía Iván Illich: “La escuela es la agencia publicitaria que te hace creer que necesitas la sociedad tal como es”.
  
509.- I Foro contra el Odio. “Si el odio ya es peligroso, las redes sociales lo han convertido en un arma de polarización masiva (sic, expresión calcada sobre aquellas celebérrimas 'armas de destrucción masiva', weapons of mass destruction) que termina filtrándose en la vida cotidiana”, ha alertado el Amado Líder en su discurso trufado de paz y amor, que supone decir no a la guerra y no al odio, e ingenuamente sí a la paz, es decir, a esto que llaman paz y no lo es, y sí al amor, a esto que llaman amor, y no lo es. Nuestro Amado Líder, en efecto, no quiere pasar a la Historia, en cuyo lado correcto cree situarse, como Odiado Líder. Por eso el gobierno ha organizado con vocación pastoral una cumbre internacional para advertir desde el púlpito contra el pecaminoso odio y creado una herramienta llamada HODIO, que intenta detectar la Huella de Odio (y polarización, palabra que la docta academia eligió como palabro del año 2023), a imagen de aquella otra Huella de Carbono, un odiómetro a fin de combatir este sentimiento en la Red. Ya se había detectado, según la docta Academia, la grafía “hodio” en internet que no es una falta sino más bien una sobra de ortografía, pero que puede resultar expresiva para exagerar una emoción, con ejemplos como “hodio madrugar”, “hodio los lunes”. Habría que crear una nueva herramienta que podría llamarse HAMOR, contradiciendo a Amor se escribe sin hache de Jardiel Poncela, para combatir la huella de amor empalagoso al liderazgo con mucho hamor y, de paso, con humor. Así suena la jerga del ejecutivo: “La clasificación se basa en criterios académicos, estándares internacionales y la combinación de herramientas automatizadas con revisión experta”. ¿La revisión experta será efectuada por un comité de expertos como el de la pandemia? La claque aplaude a rabiar, que para eso le pagan. 
 
  
510.- Bono Cultural Joven. El Bono Cultural Joven (En adelante BCJ) otorga una paga de 400 euros a quienes cumplen 18 años. La paga en que se puede gastar se reparte en tres tramos: 200 euros para artes en vivo, patrimonio cultural y artes audiovisuales (entradas y abonos para artes escénicas, música en directo, cine, museos, bibliotecas, exposiciones, festivales escénicos, literarios, musicales o audiovisuales y espectáculos taurinos, y olé); 100 euros para productos culturales en soporte físico (libros; revistas, prensa, u otras publicaciones periódicas; videojuegos, partituras, discos, CD, DVD o Blu-ray) y 100 euros para consumo digital o en línea (suscripciones y alquileres a plataformas musicales, de lectura o audiolectura, o audiovisuales, compra de audiolibros, compra de libros digitales (e-books), suscripción para descarga de archivos multimedia (podcasts), suscripciones a videojuegos en línea, suscripciones digitales a prensa, revistas u otras publicaciones periódicas. Esto es lo que entiende el Ministerio por cultura subvencionada. Son más de 1,3 millones los jóvenes beneficiados que alcanzan así su mayoría de edad que les da acceso al voto democrático. El presupuesto anual a cargo del erario público ronda los 200 millones de euros, y es la iniciativa con mayor dotación económica del Ministerio de Cultura, ese invento del gobierno. Al parecer, se ha hecho un uso indebido del BCJ desde la primera edición del programa, que el ministro del ramo ha reconocido aunque ha minimizado su relevancia, que consistía en utilizarlo para pagar entradas a discotecas con consumición incluida. Según el citado Ministerio el fraude de gasto indebido ascendió a casi medio millón de euros, lo que representa un 0,3% del gasto total. “La inmensa mayoría de los jóvenes lo usa bien”, ha declarado el ministro, satisfecho. 
 
 
 
511.- Infoxicación. No hay diferencia entre informarse e intoxicarse. Ambas cosas son la misma: infoxicación. Durante mucho tiempo, el hombre moderno era hipnotizado por el rey de los medios de comunicación y comulgación con ruedas de molino: la televisión. Pero con el avance de las nuevas tecnologías, la gente dejó de verla con orgullo. Decían que se habían desenganchado. Se acabaron los telediarios, las opiniones propias de la idiocia tertuliana, la publicidad a trisca y la propaganda política. El televisor era un electrodoméstico fijo que no podía faltar en el centro de un hogar que se preciara, concentrando las miradas familiares. En algunas mansiones llegó a haber un televisor en cada habitación para dar gusto a todos sus habitantes, que ya no necesitaban concentrarse en el salón para verla y que los viera. ¿Y ahora qué? Algunos como Don Pimpón, el sabio trotamundos, muy pocos a la sazón, se aferran a la vieja radio a la hora de las comidas porque creen, ingenuos, que al carecer de imágenes no avasalla tanto a nuestros sentidos -solo al oído, no a la vista-, pero la mayoría se ha enganchado a los esmárfonos, que es el televisor que todos llevamos en el bolsillo, que está en la mesita de noche, se consulta en el baño a las tres de la madrugada y que emite sin cesar, día y noche, las veinticuatro horas seguidas. Y por él salen las guerras, las elecciones en el extranjero y en cada comunidad autónoma, las catástrofes naturales, las decisiones de gobiernos, los escándalos de personas que no conocemos y alcanzan la fama, los sucesos de actualidad, y los temas que nos interesan, que él, que es inteligente, conoce mejor que nosotros mismos. Todo este material se cuela día a día en nuestro espacio cognitivo y emotivo, alterando nuestra percepción de la realidad. El resultado no es una persona más informada y más despierta, sino todo lo contrario: intoxicación informativa y opiniones personales para todos los gustos, y una atrofia de la capacidad de concentrarse en ninguna cosa, distrayéndose uno a menudo con vídeos de gatos y de culos.
 

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