Cuenta el patriarca ortodoxo Atanasio de Alejandría en su biografía de san Antonio, el fundador del monacato o vida monástica, cómo el santo que hemos de imaginar solo -monachós, solitario en griego, es el origen de nuestro término culto monacal y vulgar monje-, semidesnudo o recubierto con un tosco sayal, fue tentado por el Maligno molestándolo de noche y hostigándolo de día, de tal modo que hasta los que veían a Antonio podían darse cuenta de la lucha que se libraba entre los dos. El Enemigo quería sugerirle pensamientos sucios, pero él los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo, reflexionó sobre la nobleza del alma creada por Él, y sobre la espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación.
Este episodio de la vida del santo ha dado pie a que muchos pintores, cuya nómina llega hasta nuestro Dalí, pasando por El Bosco, Cézanne, Max Ernst o Rivera, que hace uno de los tratamientos más originales del tema mediante rábanos, llenen sus lienzos de tentadoras y seductoras mujeres. Pero no olvidemos que no es una mujer propiamente dicha quien tentaba al santo, sino el mismísimo demonio, cuyo sexo, sin lugar a dudas, es inequívocamente masculino, con apariencias carnales femeninas. Sin embargo, el santo no cede a la tentación: no le interesa el sexo propiamente dicho, que es el femenino, porque padece lo que podríamos denominar, con el helenismo que acabo de inventarme, cistofobia (del griego κύσθος, kýsthos, que el prestigioso Liddell-Scott-Jones define pudorosamente como pudenda muliebria, que corresponde al latino "metus cunni": miedo patológico a la vulva femenina). Así pues, la "mujer" que lo tentaba exhibiéndose en vano impúdicamente desnuda delante de Antonio, solo en el desierto, era el mismísimo diablo que le presentaba el coño velludo en toda su pura naturalidad.
Algún pintor moderno ha imaginado que el santo fue tentado también por visiones homoeróticas. Lo que no han retratado los pintores, que yo sepa, es cómo se le apareció después el diablo al santo cuando vio que con su aspecto femenino no conseguía nada. Sigamos leyendo atentamente la narración de Atanasio:
“Finalmente, cuando el Dragón no pudo conquistar a Antonio tampoco por estos últimos medios sino que se vio arrojado de su corazón, rechinando sus dientes, como dice la Escritura, cambió su persona, por decirlo así. Tal como es en su corazón, así se le apareció: como un muchacho negro; y como inclinándose ante él, ya no lo acosó más con pensamientos –pues el impostor había sido echado fuera–, sino que usando voz humana dijo: A muchos he engañado y a muchos he vencido; pero ahora que te he atacado a ti y a tus esfuerzos como lo hice con tantos otros, me he demostrado demasiado débil.
¿Quién eres tú que me hablas así?, preguntó Antonio.
El otro se apresuró a replicar con voz gimiente: Soy el amante de la fornicación. Mi misión es acechar a la juventud y seducirla; me llaman el espíritu de la fornicación. ¡A cuantos no he engañado, que estaban decididos a cuidar de sus sentidos! ¡A cuántas personas castas no he seducido con mis lisonjas! Yo soy aquel por cuya causa el profeta reprocha a los caídos: Ustedes fueron engañados por el espíritu de la fornicación. Sí, yo fui quien los hice caer. Yo soy el que tanto te molesté y que tan a menudo fui vencido por ti.
Antonio dio gracias al Señor y armándose de valor contra él, dijo: Entonces eres enteramente despreciable; eres negro en tu alma y tan débil como un niño. En adelante ya no me causas ninguna preocupación, porque el Señor está conmigo y me auxilia ver la derrota de mis adversarios.
Oyendo esto, el Negro desapareció inmediatamente, inclinándose a tales palabras y temiendo acercarse al hombre.
Hemos visto cómo Antonio desenmascaró al Dragón, ese muchacho negro que hemos de imaginar desnudo como "el carbón ardiente de la tentación". ¿Qué otro atuendo le corresponde al mismísimo diablo si no las escamas de su nuda piel? En efecto, ningún traje ni humano ni divino, ninguna vestidura, le sentarían bien al ángel rebelde, que, no se olvide, era el más bello de la corte celestial. Y hemos de imaginarlo como lo que es: un niño, si no un muchacho. Y además negro, con las connotaciones de falta de luz, fealdad y morales de maldad que se asocian a este color, frente a la pureza nupcial y luminosa del blanco resplandeciente como la nieve. Hemos de imaginar pues un diablo joven, negro, cornudo y seguramente rabiluengo o rabilargo, como suele representarse. En definitiva, se aparece ante el santo que permanece imperturbable ante el embeleco de la belleza desnuda como el espíritu de la fornicación. Y, si hemos de hacer caso al seguramente venerable patriarca de Alejandría que fue Atanasio, también llevado a los altares como nuestro anacoreta Antonio, el santo alejó de sí el espíritu de la fornicación que encarnaba el Dragón en forma de adolescente negro.































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