El presidente del gobierno autodefinido
progresista de las Españas ha defendido con tesón en un discurso
escrito por sus asesores y leído por él ante la Asamblea General de la ONU
(UNO en la lengua del Imperio) que la dirección de la Secretaría
General de ese organismo debería recaer por primera vez en su
historia sobre una mujer.
Tras ochenta años de existencia y tras nueve secretarios generales varones era hora ya, dijo, de que una mujer ocupara el cargo para reparar “una deuda histórica
para la igualdad de género”. Y era hora de que fuera, además, añadió, mujer latinoamericana para reparar la deuda “de la representación
regional”, dado que solo uno de los nueve secretarios habidos hasta la fecha fue latinoamericano, en
concreto peruano, frente a cuatro europeos, dos asiáticos y dos
africanos.
La justificación de su propuesta es la
representatividad proporcional: los gobiernos han de ser representativos, con igual número de ministros y de ministras, delegados y delegadas, secretarios y secretarias, porque
así da la sensación de que los gobernantes no son lo que su nombre indica, los que gobiernan a la gente -gobernados a su vez por el sistema económico vigente-, sino sus representantes elegidos democráticamente, como si el
ejercicio del poder fuera una mera representación y no una encarnación del poder del Capital.
Por otro lado, es una ingenuidad
imperdonable a estas alturas, rayana en el infantilismo, pensar que si una mujer ocupa un
cargo de poder, que es esencialmente masculino, el poder vaya a feminizarse,
cuando lo que sucede es todo lo contrario: que la mujer que lo ejerce
se masculiniza, por así decirlo, y se corrompe como el varón. Y cuando el poder es absoluto (pero
no nos engañemos, no hay poder relativo), se corrompe absolutamente.
Se me ocurre que, aplicando la misma
lógica, se propusiera que una mujer ocupara por primera vez la
presidencia del gobierno de las Españas, cosa que no ha sucedido todavía,
que se sepa, a lo largo de la historia, como tampoco en los Estados Unidos de América, donde sí ha habido un presidente negro (o afroamericano, por corregirlo políticamente), y las cosas no fueron ni mejor ni peor, sino como siempre. ¿Habría que esperar, en razón de la
representatividad de género y regional, a tener una presidenta afroamericana de los Estados Unidos
para que las cosas fueran mejor de lo que van? ¿Cambiaría algo?
Por lo que toca al rey-no de las
Españas, la jefatura del ejecutivo ha sido desempeñada siempre,
tanto en la etapa democrática actual desde 1978 como en los períodos
históricos anteriores, por varones. Quizá por eso el presidente del
gobierno actual, para curarse en salud como feminista que se autodefine, se ha rodeado de vicepresidentas varias, hasta tres en algunas legislaturas.
Hay, sin embargo en las Españas, mujeres que han ocupado y
ocupan las taifas autonómicas, y, la verdad sea dicha, no se percibe
ninguna diferencia en la gestión de lo político. Hay feministas ingenuos que opinan, sin embargo, que las cosas van a cambiar por el hecho de que una mujer ocupe cargos de poder.
Especialmente sangrante ha sido la
declaración de una de esas vicepresidentas del gobierno de las Españas, creo que la segunda del ejecutivo actual, que en una alocución del Partido Comunista al que pertenece, proclamó: “Podemos ganar y como podemos
ganar empecemos a movilizarnos, empecemos a movilizarnos. Si hay que
movilizarse, como dicen X e Y, contra el gobierno de España, ¡contra
el gobierno de España! Movilicémonos”.
Resulta un tanto hipócrita, por su
parte, si no fuera cosa de chiste, que, siendo miembro (o quizá miembra) como es de ese gabinete de gobierno, del que también es
ministra de trabajo, aliente la movilización contra el ejecutivo del que forma parte, habida cuenta de que el principal problema de los
españoles (y las españolas) es, según dice y puede que sea verdad, la vivienda que el ministerio correspondiente, no ha
sabido gestionar.
Pero recordemos también otra declaración peculiar de esta ministra laboral que, en la feria
del libro madrileña de hace un par de años adquirió el venerable ensayo “La abolición del
trabajo” de Bob Black (le recomendamos también desde aquí la lectura de El derecho a la pereza, de Paul Lafargue, todo un clásico) durante su visita al estand de la editorial
Pepitas de Calabaza y declaró mostrando el título del libro, no más hipócrita- que irónicamente, “para esto trabajo yo”. La ministra proponía una ridícula e insignificante reducción de la jornada laboral, que nada tiene que ver con la abolición del trabajo asalariado. Antes al contrario, la reducción de la
jornada laboral, sirve para hacer un poco más llevadero, al igual
que el aumento de sueldo, el yugo del laburo. Yo trabajo para esto, para que la gente trabaje menos y en mejores
condiciones, dijo, pero no para que deje, faltaría más, de trabajar.