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martes, 10 de marzo de 2026

Fuera móviles, desmovilizados

    Cada vez que le pedíamos mis hermanas y yo a mi padre, como cabeza de familia que era y hombre chapado a la antigua que nos pusiera línea telefónica o una antena nueva para ver la segunda cadena, o, más adelante, cuando fue accediendo a regañadientes a nuestras reivindicaciones, que comprara una tele en color, siempre nos respondía que nuestros abuelos y bisabuelos habían vivido muy bien sin esos artilugios modernos que a nosotros nos parecían tan  imprescindibles como el teléfono y la televisión, y que bien podríamos nosotros pasar también sin ellos por lo tanto. Reconozco que en aquel entonces no me gustaba la respuesta que nos daba mi padre, pero hoy, con la perspectiva que tengo, la comprendo y me apunto a ella con todas mis fuerzas.


    Fuera gastos superfluos. Fuera chismes que no sirven para nada más que para crearnos adicción. Si mi padre, y mi abuelo y mi bisabuelo vivieron sin móvil o celular, como le dicen al cacharro al otro lado del charco, ¿por qué no puedo hacerlo yo? Adiós por tanto al móvil desde este mismo momento, pues no lo necesito para nada y me violenta muchísimo, porque sólo recibo mensajes de la compañía telefónica, y porque la gente sólo te llama para chorradas.

    Ya di un paso en ese sentido hace unos años cuando me borré de la modalidad de prepago -una cuota que te cobraban todos los meses hablaras o no- y me pasé a recarga, pero ahora me voy a deshacer del propio chisme, voy a dejar de recargarlo, y voy a hacerlo porque cada vez te dura menos la batería, porque hay que enchufarla cada dos por tres, ya que no funciona sin electricidad, o sea, sin inyección de liquidez de dinero, que es su combustible.
 

    Con el pretexto de servir para comunicarnos, como las redes sociales, lo que hace es todo lo contrario: incomunicarnos. Oímos la voz de una persona a la que no vemos o la vemos como si saliera por la televisión, con la que no estamos, a la que intimidamos  y que nos intimida con la llamada, interrumpiendo nuestros quehaceres  o nosotros los suyos. Es un pretexto para no ver a nadie. Y es verdad que hay gente que es mejor no verla, pero a esa gente tampoco habría que oírla. 

     Se han sacado de la manga los británicos un palabro nuevo que es nomofobia, abreviación de 'no-mobile-phone-phobia', para denominar al miedo, rayano en el pánico, a no tener un esmárfono, a no tener acceso al cacharro debido a alguna circunstancia como falta de cobertura o de batería, pérdida -perderlo es perder la identidad digital, versión moderna de la vieja alma medieval y del antiguo régimen-, robo, caída del sistema... lo que provoca auténticas crisis de ansiedad, intensa angustia, estrés que desarrolla síntomas físicos preocupantes como taquicardia, sudores fríos, convulsiones, migrañas... 
 
 
    Muchos esmárfonos vienen ahora protegidos para que no puedan robarnos las intimidades que guardamos en ellos -incluido lo más preciado, ya que no precioso, que es el dinero- y para desbloquearse utilizan el reconocimiento facial. Será por aquello de que la cara es el espejo del alma y aquello otro de que la huella dactilar recuerda mucho a la policía y no es suficiente. 
 
    El móvil o esmárfono es lo más íntimo que tenemos -y que nos tiene-, por eso se considera ciberacoso y violencia psicológica que alguien que no sea yo, su propietario y su propiedad, controle el aparato, revise los mensajes y redes sociales. En el caso de tu pareja masculina, si la tienes, se considera violencia de género digital que tu chico te exija tu contraseña, porque no es una muestra de amor, sino un intento de posesión y control sobre la intimidad de la mujer.

  
    Además, viendo la dirección que va tomando la cosa, parece claro que volvemos a las cuevas de Altamira y de Lascaux, lo que tampoco es ninguna catástrofe, porque vamos a quitarnos mucha tontería de encima,  mucho progreso que sólo ha servido para beneficio de la inteligencia artificial del capital pero no de la que se supone natural de las personas, y vamos a volver a la desnudez primitiva en torno al fuego que nos permite vernos las caras, y que nos da calor y anima a su amparo, todo ello en el marco incomparable, como diría una agencia de viajes, de unas grutas prehistóricas con estalactitas y estalagmitas y  unas pinturas rupestres de bisontes, ciervos y otros animales en sus techos y paredes, que son una auténtica obra de arte primitivo y poco o nada tienen que envidiar a las ferias de arte contemporáneo.