Una sórdida estación.
Nadie en la sala de espera.
No sabe lo que le pasa.
Sola, en un banco se sienta.
La niña exhibe, desnuda,
su impúdica adolescencia.
Su corazón marca un ritmo
yámbico que se acelera.
En el silencio se hunde,
velo tupido de seda.
Los ojos, fijos muy lejos,
se embebecen en la niebla.
Los minutos se escurrían
en los relojes de arena.
Fijos muy lejos los ojos,
en una mirada ciega.
Los trenes pasan de largo,
metáforas que no llegan.
Muy lejos los ojos fijos,
soñando que se despiertan.

Como caballo al galope
fluye la sangre que vuela.
Bajo sus faldas florecen,
lascivas, las azucenas.
Son sus pechos de niña blancas palomas que sueñan
que alzan el vuelo a los aires,
absolutamente trémulas.
Las tantas en los relojes,
y la llaga sigue abierta.
En el camino de hierro
florecen las malas hierbas.
Bulle el deseo impaciente,
encendido entre sus piernas.
En sus entrañas palpita
un enjambre de libélulas.
Las lágrimas se deslizan
como collares de perlas, de desolada alegría,
de alborozada tristeza.
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