Se entiende, según la docta Academia de nuestra lengua, que antisemita es 'quien muestra hostilidad o prejuicios hacia los judíos, su cultura o su influencia'. Pero es una palabra viciada etimológicamente, porque la definición de semita, que nos retrotrae a la figura bíblica de Sem, uno de los tres hijos de Noé, y a sus descendientes, referida a una persona significa que pertenece a alguno de los pueblos que integran la familia formada por los árabes, los hebreros y otros.
Los hermanos de Sem, como se sabe, fueron Cam y Jafet. Se cuenta que Noé, el patriarca, al desembarcar del arca después del diluvio universal, se dedicó, labrador que fuera, a arar la tierra y plantó una viña, de la que cosechó uvas, bebió su mosto fermentado y se embriagó. Cuando despertó de la monumental cogorza, que los Santos Padres le perdonarán, andando el tiempo, porque Noé había bebido sin conocimiento de la fuerza y vigor que tenía el vino, que había hecho que se tumbara desnudo en medio de su tienda, descubrió que su hijo Cam se había burlado de él contándoselo a sus hermanos. No maldijo, sin embargo, a Cam, sino a Canán, su hijo, cuyos descendientes serán el pueblo maldito de los cananeos (cuyo estigma parece que han heredado los modernos libaneses, según recientes estudios de ADN, y los palestinos), y bendijo a Sem y a Jafet, que habían cubierto rápidamente su desnudez tapándose los ojos con respeto pudoroso.
El término antisemitismo nació al parecer en la Alemania del siglo XIX con el significado exclusivo de enemigo de los judíos (y no se aplica por lo tanto a los árabes, para los que se prefiere en nuestros días un término religioso como islamofobia) debido a su origen político e ideológico. Aunque lingüísticamente "semita" engloba a varios pueblos del próximo Oriente, incluidos los árabes, la palabra "antisemitismo" (Antisemitismus en alemán) se inventó con un único propósito: dar un nombre de apariencia culta y científica al odio hacia los judíos, propiamente Judenhass o Judenfeindschaft en la lengua de Goethe, que eran términos germánicos más explícitos y que entendía todo el mundo. La palabra, pues, nació viciada, como decíamos al principio, porque semita era un término que usaban los lingüistas para clasificar los idiomas hebreo y árabe, que no eran indoeuropeos, y la transformaron en una categoría racial.
Me
da la sensación de que el Estado beligerante de Israel es uno de los
mayores promotores del antisemitismo moderno, porque sus mandatarios
cometen actos atroces bajo la bandera de la pentalfa o pentáculo, que es
su símbolo más sagrado, de la Estrella de David de cinco puntas, y le
dicen al resto del mundo: «Si no les gusta lo que hacemos, son
antisemitas». La gente razona entonces: "Si me opongo a todo lo que
Israel hace y representa, porque su trato a los palestinos, libaneses y árabes en general es inhumano, y
si eso significa que no me gustan los judíos, y eso es ser antisemita,
pues -¿qué le voy a hacer?- será que soy antisemita", cuando, en realidad, uno, si tiene que ser calificado de algo, sería de antisionista propiamente dicho, que no es lo mismo que antisemita.
El antisionismo, formado sobre el nombre de Sion, una de las colinas de Jerusalén, definido por la docta Academia como "movimiento político judío centrado en sus orígenes en la formación de un estado de Israel y, después de la proclamación de este en 1948, en su apoyo y su defensa", es propiamente el odio -sugerido por el prefijo griego ἀντι (anti)-, contra el Estado de Israel, que, como cualquier Estado del mundano lodazal, por otra parte, es el enemigo público número uno de su pueblo. Pero en todo caso
no se puede identificar a los judíos con el Estado de Israel, tanto si
uno está a favor como en contra de ese Estado, que hoy por hoy es el
mayor alimento del antisemitismo moderno con su paradójica pretensión de
querer erradicarlo de la haz de la tierra.
.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario