Recuerdo aquella clase de latín en la que, cuando os leía yo en voz alta la conmovedora carta de Séneca en
la que felicitaba a su amigo Lucilio por el trato familiar y humanitario
que brindaba a sus esclavos, trato que podríamos considerar cristiano avant la lettre,
que trata de humanizar la esclavitud sin llegar a cuestionarla radicalmente ni mucho
menos a intentar abolirla, pude notar, al levantar de cuando en cuando
la vista del libro y dirigir mi mirada a vuestro remanso unánime de
ojos, la emoción que os embargaba, como si estuvierais asistiendo a una
revelación trascendente en la que yo oficiaba como maestro de
ceremonia.
Mercado de esclavos, Gustave Boulanger (c.1882)
Antes
de la lectura os había hablado un poco por encima de la esclavitud en
la antigüedad: que en Roma había esclavos, hasta las familias menos
pudientes poseían por lo general algún que otro siervo comprados en
pública subasta. Varrón había definido al esclavo como "instrumentum
uocale": herramienta o cosa que habla porque tiene voz... Que eran por
lo general prisioneros de guerra: cartagineses que una vez lucharon a
brazo partido al lado de su caudillo Aníbal después de haber atravesado
los nevados Alpes y creído que serían los amos del mundo; cultos y
refinados griegos, desarraigados de Éfeso, Atenas o Corinto, que se
encargaban de enseñar a leer y a escribir a la prole del dueño la lengua
de Homero; rubios germanos o remotos británicos de ojos azules y tez
blanquecina desterrados de su isla; morenos egipcios cuyos antepasados
habían levantado una vez las altivas pirámides que aún perduran; rudos
hispanos y cántabros que habían peleado hasta desfallecer y caer
exhaustos; lusitanos que habían traicionado a Viriato, o bárbaros galos
que aunque se consideraban como Dumnórige hombres libres y de un pueblo
libre habían tenido la desgracia de caer bajo el dominio y las fauces
de la loba capitolina, y que aún seguían añorando desde lo más hondo de
su corazón la libertad perdida y su barbarie.
Pero
no todos sabían qué era la libertad, pues muchos eran esclavos
vernáculos, hijos y nietos de aquellos que un día fueron libres y habían
nacido en la jaula, entre las cuatro paredes de la casa de una familia romana, y por
lo tanto ignoraban el vuelo.
Comenté
que esa lacra de la humanidad que era la esclavitud no había
desaparecido todavía de la faz de la tierra ni había sido completamente
erradicada, sino camuflada. No estaban muy lejos de nosotros las ricas plantaciones
de algodón del sur de los Estados Unidos de América, en Carolina, por
ejemplo, trabajadas de sol a sol por esclavos negros desterrados de su
África natal para siempre. Todavía podíamos oír sus tristes canciones,
sus hondos lamentos que alguien llamó con justicia "espirituales", esas
quejas de unos seres humanos como nosotros.
Prestaba yo mi voz a las frases cortas e incisivas de Séneca: Serui sunt. Immo homines. Que
son esclavos, dice la gente. Son seres humanos, digo yo. Que son
esclavos, dice la gente. Son camaradas, digo yo. Que son esclavos, dice
la gente. Son humildes amigos, digo yo. Que son esclavos, dice la gente.
Yo digo que son compañeros de esclavitud. Serui sunt. Immo conserui.
Recuerdo
cómo al hacer una pausa y levantar la vista vi vuestros rostros
emocionados. Os había llegado al alma, como suele decirse, la flecha
dialéctica del sabio cordobés. He reflexionado un poco sobre ello.
Debéis disculparme si no acierto a explicarme y a comprender vuestro
asombro en las líneas que siguen a continuación.
Que
es que vosotros habías entendido que en Roma había esclavos y libres.
Pero cuando Séneca afirmaba que unos y otros éramos compañeros de
esclavitud, dando voz a la razón contra el sentido común, lo que estaba diciendo es que
nosotros, supuestamente libres, no éramos libres tampoco frente a lo que decía y creía la mayoría de la gente, aunque podríamos sentirnos tales y engañarnos por contraposición a los que están ahora mismo por ejemplo reclusos en las cárceles condenados a prisión.
Os
pregunté entonces cómo era posible que se dijera de un hombre libre que
era esclavo. Quería que os hiriera la flecha de la dialéctica, y os
hirió. Alguien levantó la mano y dijo:
-Que un hombre siempre es esclavo de sí mismo.
-Y eso ¿qué nos lleva a decir? -Pregunté yo.
-Que no somos libres, aunque creamos que sí.
Concluimos,
pues, que no hay libertad y que mientras uno obedezca a su propia
voluntad tampoco es libre, por lo que sigue vigente aquí y ahora y aún
no se ha abolido de hecho la esclavitud, esa lacra de la humanidad, condenada y
execrada en la solemne declaración universal de los derechos humanos, y esta
ilibertad o falta de libertad nuestra no deja de ser tan real y cruel
como la otra, la de los romanos. Y lo peor de todo: corre el peligro de
pasarnos desapercibida y de que no nos demos cuenta de la existencia de
nuestras propias y verídicas cadenas.



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