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jueves, 4 de junio de 2026

Que no somos libres

    Recuerdo aquella clase de latín en la que, cuando os leía yo en voz alta la conmovedora carta de Séneca en la que felicitaba a su amigo Lucilio por el trato familiar y humanitario que brindaba a sus esclavos, trato que podríamos considerar cristiano avant la lettre, que trata de humanizar la esclavitud sin llegar a cuestionarla radicalmente ni mucho menos a intentar abolirla, pude notar, al levantar de cuando en cuando la vista del libro y dirigir mi mirada a vuestro remanso unánime de ojos, la emoción que os embargaba, como si estuvierais asistiendo a una revelación trascendente en la que yo oficiaba como maestro de ceremonia. 

Mercado de esclavos, Gustave Boulanger (c.1882)
    Antes de la lectura os había hablado un poco por encima de la esclavitud en la antigüedad: que en Roma había esclavos, hasta las familias menos pudientes poseían por lo general algún que otro siervo comprados en pública subasta. Varrón había definido al esclavo como "instrumentum uocale": herramienta o cosa que habla porque tiene voz...  Que eran por lo general prisioneros de guerra: cartagineses que una vez lucharon a brazo partido al lado de su caudillo Aníbal después de haber atravesado los nevados Alpes y creído que serían los amos del mundo; cultos y refinados griegos, desarraigados de Éfeso, Atenas o Corinto, que se encargaban de enseñar a leer y a escribir a la prole del dueño la lengua de Homero; rubios germanos o remotos británicos de ojos azules y tez blanquecina desterrados de su isla; morenos egipcios cuyos antepasados habían levantado una vez las altivas pirámides que aún perduran; rudos hispanos y cántabros que habían peleado hasta desfallecer y caer exhaustos;  lusitanos que habían traicionado a Viriato, o bárbaros galos que aunque se consideraban como Dumnórige hombres libres y de un pueblo libre habían tenido la desgracia de caer bajo el dominio y las fauces de la loba capitolina, y que aún seguían añorando desde lo más hondo de su corazón la libertad perdida y su barbarie. 

    Pero no todos sabían qué era la libertad, pues muchos eran esclavos vernáculos, hijos y nietos de aquellos que un día fueron libres y habían nacido en la jaula, entre las cuatro paredes de la casa de una familia romana, y por lo tanto ignoraban el vuelo.


    Comenté que esa lacra de la humanidad que era la esclavitud no había desaparecido todavía de la faz de la tierra ni había sido completamente erradicada, sino camuflada. No estaban muy lejos de nosotros las ricas plantaciones de algodón del sur de los Estados Unidos de América, en Carolina, por ejemplo, trabajadas de sol a sol por esclavos negros desterrados de su África natal para siempre. Todavía podíamos oír sus tristes canciones, sus hondos lamentos que alguien llamó con justicia "espirituales", esas quejas de unos seres humanos como nosotros.

    Prestaba yo mi voz a las frases cortas e incisivas de Séneca: Serui sunt. Immo homines. Que son esclavos, dice la gente. Son seres humanos, digo yo. Que son esclavos, dice la gente. Son camaradas, digo yo. Que son esclavos, dice la gente. Son humildes amigos, digo yo. Que son esclavos, dice la gente. Yo digo que son compañeros de esclavitud. Serui sunt. Immo conserui.

    Recuerdo cómo al hacer una pausa y levantar la vista vi vuestros rostros emocionados. Os había llegado al alma, como suele decirse, la flecha dialéctica del sabio cordobés. He reflexionado un poco sobre ello. Debéis disculparme si no acierto a explicarme y a comprender vuestro asombro en las líneas que siguen a continuación.

    Que es que vosotros habías entendido que en Roma había esclavos y libres. Pero cuando Séneca afirmaba que unos y otros éramos compañeros de esclavitud, dando voz a la razón contra el sentido común, lo que estaba diciendo es que nosotros, supuestamente libres, no éramos libres tampoco frente a lo que decía y creía la mayoría de la gente, aunque podríamos sentirnos tales y engañarnos por contraposición a los que están ahora mismo por ejemplo reclusos en las cárceles condenados a prisión.


    Os pregunté entonces cómo era posible que se dijera de un hombre libre que era esclavo. Quería que os hiriera la flecha de la dialéctica, y os hirió. Alguien levantó la mano y dijo: 
    -Que un hombre siempre es esclavo de sí mismo. 
    -Y eso ¿qué nos lleva a decir? -Pregunté yo. 
    -Que no somos libres, aunque creamos que sí. 

    Concluimos, pues, que no hay libertad y que mientras uno obedezca a su propia voluntad tampoco es libre, por lo que sigue vigente aquí y ahora y aún no se ha abolido de hecho la esclavitud, esa lacra de la humanidad, condenada y execrada en la solemne declaración universal de los derechos humanos, y esta ilibertad o falta de libertad nuestra no deja de ser tan real y cruel como la otra, la de los romanos. Y lo peor de todo: corre el peligro de pasarnos desapercibida y de que no nos demos cuenta de la existencia de nuestras propias y verídicas cadenas.

viernes, 4 de julio de 2025

Dirección de personal y recursos humanos.

Un tratado de ganadería y agricultura, escrito hace más de dos mil años por Marco Terencio Varrón como es De las cosas del campo (De re rustica), nos ofrece, parece mentira, modernísimos consejos de lo que se ha dado en llamar con flagrante anglicismo personnel management, es decir, tratamiento o más propiamente manejo del personal laboral para la optimización de los 'recursos humanos', según la moderna neolengua babélica.

El capítulo XVII del libro primero, en efecto, está dedicado al trato que se debe dispensar a los esclavos y trabajadores "libres", hoy diríamos a los "recursos humanos". Cierto que la esclavitud ha sido abolida de la faz de la tierra, pero no su moderna epifanía, que es el trabajo asalariado, por lo que los consejos de un antiguo terrateniente romano como era Varrón siguen siendo válidos, mutatis mutandis, y de  plena actualidad y vigencia para un moderno empresario o emprendedor, dicho sea con término más insidioso, por aquello de que "hoy es siempre todavía".
1º.- "...Deben procurarse obreros que puedan soportar el trabajo, que no sean menores de 22 años y predispuestos a la agricultura. Puede hacerse esa conjetura tras los encargos de otras cosas y, sobre eso, con la investigación entre los que son nuevos de qué habían hecho para el dueño anterior". Se trata de obtener referencias anteriores, bien directas o indirectas para la contratación de los trabajadores a través de entrevistas personales, evaluaciones psicológicas, análisis de currículos...

2º.- Conviene que quienes estén al mando estén imbuidos en letras y alguna cultura humanística, tengan buena conducta, mayores en edad que los obreros que he mencionado; pues obedecen sus órdenes más fácilmente que las de los que son más jóvenes. Además, conviene sobre todo que quienes manden sean conocedores de las cosas del campo, pues no sólo debe mandar sino también trabajar para que lo imite en el trabajo y para que advierta que está al frente de él con razón porque lo supera en conocimiento

Se expresan aquí las cualidades que deben tener los líderes o mánagers, jefes y subjefes o jefecillos: experiencia, cierta cultura humanística y literaria, ejemplaridad, superioridad moral y técnica, etc.
 

3º.- Y no hay que permitirles que manden de forma que obliguen más con latigazos que con palabras,  si así se puede conseguir el mismo resultado. (…) Hay que hacer que los administradores estén mejor dispuestos con incentivos y procurar que tengan algunos bienes y compañeras esclavas como esposas de las que tengan hijos; pues con ello se los hace más seguros y más ligados a la finca.
 
Se fomenta aquí el refuerzo positivo y lo que hoy se da en llamar el “salario emocional”, buscando la implicación del trabajador en la empresa y su fidelización (sic, por el palabro). Como sugiere Varrón con un juego de palabras en latín,  no hay que ser autoritario (uerberibus es el nombre del látigo), sino persuasivo (uerbis, con referencia a las palabras). El trato humanitario que se predica aquí hacia los esclavos será el defendido por la Iglesia, que históricamente no cuestionó la esclavitud, sino sólo los malos tratos infligidos, abogando por la mejora de las condiciones laborales, y, por lo tanto, por la pervivencia y supervivencia de la esclavitud, porque eso hará a la larga que perdure la servidumbre y que vaya adquiriendo nuevas modalidades, desde el modo de producción esclavista, pasando por el feudal, hasta el actual capitalista, en la terminología de Karl Marx.

4º.- Hay que atraer la voluntad de los administradores concediendo alguna distinción, y asimismo, en cuanto a los trabajadores que han de estar sobre otros, hay que tratar también con ellos sobre los trabajos que hay que hacer porque, si así se hace, piensan que son menos infravalorados y que son tenidos en cierta consideración por el propietario. Se los hace más aplicados en el trabajo con un trato más liberal ya sea con más generosidad en la comida o en el vestido, con la remisión de trabajos o con alguna concesión (...), y con otras medidas del mismo tipo, para que compensando a los que se ordenó o advirtió de algo con dureza, se les restituya la voluntad y bienquerencia hacia su dueño

 
El propietario, empresario o emprendedor debe procurar que sus subordinados y empleados se impliquen emocionalmente con él y se identifiquen con la empresa. Algunos incentivos de los que habla Varrón (generosidad en la comida o en el vestido) están lógicamente fuera de lugar y desfasados, pero no la remisión de trabajos o las primas de productividad, o el "salario emocional" que consiste en considerarlos indispensables para el buen funcionamiento de la empresa, logrando que los "explotados" ni siquiera se consideren tales a sí mismos. Si no sienten la explotación que padecen, la soportarán más fácilmente porque no son conscientes de que existe. El buen líder, en definitiva, no es el jefe autoritario, que ya no se lleva, sino el que es consciente de que liderar no es mandar y dar órdenes a los subordinados. El buen jefe predica con el ejemplo, remangándose y dando ejemplo, y poniéndose a barrer o a fregar el establecimiento si hace falta. El buen jefe ni siquiera se llama jefe a sí mismo, sino uno más en la empresa, un compañero, cuyo secreto es creer mucho en lo que hace y en su identidad. En definitiva, ay, nada nuevo bajo el sol.