lunes, 22 de junio de 2026

De golpe y sopetón

    ¿Quién decide cuándo una niña se convierte en mujer y da el paso de la infancia a la madurez? Encontrar una respuesta a esta pregunta no es fácil, es más difícil de lo que parece. Se me ocurría planteármelo escuchando distraídamente en la radio la vieja, melosa, almibarada y no poco empalagosa canción de Julio Iglesias "De niña a mujer".  Pero quizá lo que hace falta es, dando por hecho que eso suele ser biológicamente inevitable, plantearse una pregunta diferente: «¿Cuándo y cómo una mujer se convierte en mujer?». Y aquí conviene recordar lo que decía Simone de Beauvoir de que la mujer no nace, sino que se hace, porque aparte de la biología hay una construcción social sobrevenida innegable de lo que es ser mujer y de la mandanga del 'eterno femenino'(?). 
 
    No nos estamos planteado la pregunta que tanto se ha formulado en los últimos años en el contexto “trans” que contrapone lo femenino a lo masculino, la mujer al hombre, sino a la niña, dado que la mujer se ha convertido en el campo de batalla de los debates sobre política de identidad. Pero aquí no se planteaba la cuestión respecto al género, sino a la edad. 
 
     Más concretamente, habría que decir: «¿A partir de cuándo o de qué una mujer es una mujer?» El motivo son todos aquellos casos en los que hay que aclarar si una «mujer» o una «niña» tiene la edad suficiente para dar su consentimiento para mantener relaciones sexuales o adoptar poses sexualizadas con, para o ante hombres mayores. 
 
    El debate sobre la definición de mujer resulta tedioso, porque, por el contrario, rara vez se plantea, y uno se pregunta por qué aquí es innecesario o una rara excepción. Nadie sabe definir a ciencia cierta qué es una mujer.  Pero, en cambio, se multiplican los ámbitos de aplicación de la definición: ¿quién determina cuándo una mujer es mujer, es decir, ya no es una niña, sino una adulta? ¿Julio Iglesias que canta La quería ya tanto que al partir de mi lado / ya sabía que la iba a perder. Es que el alma le estaba cambiando / de niña a mujer? ¿La ley que vincula derechos y obligaciones a un límite de edad que, por su carácter abstracto, siempre es relativo y en cierta medida arbitrario? ¿O la propia mujer, según le convenga en cada situación? Los límites de edad establecidos y aplicados por las leyes son muy relativos y suponen un  difícil equilibrio entre paternalismo y seguridad. 
 
    Recordaba yo a propósito otra vieja canción española del Dúo Dinámico y de 1960: "Quince años tiene mi amor", que hoy resultaría políticamente poco o nada correcta, y me preguntaba: ¿Debe la edad a partir de la cual se puede mantener relaciones sexuales ser necesariamente la misma que la edad a partir de la cual se puede votar, conducir, beber alcohol, abortar o acabar en la cárcel cuando se comete un delito en lugar de un 'reformatorio' ? 
  
    Pero quizás sea mejor cambiar el sesgo de la pregunta: ¿Cuándo un niño se convierte en un hombre? ¿Cuando un hombre se convierte en un hombre? Porque, imitando a Simone de Beauvoir, podemos decir que los hombres no nacen, sino que se hacen cuando adoptan esa construcción social. 
 
    ¿El paso del tiempo y la pérdida de la inocencia hace que demos el paso decisivo? No, desde luego. Ni un hombre ni una mujer se hacen tampoco tales cuando mantienen su primera relación sexual.  Lo determinante y decisivo me parece que es el choque brutal con la realidad y eso se da más tarde o más temprano a una edad diferente en cada caso y difícil de precisar con exactitud.
 
  
 
    Cualquiera hubiera creído que se haría mayor poco a poco a lo largo de la trayectoria de su vida, año tras año con el paso del tiempo, como suele decirse... Pero no. Uno se hace adulto de golpe y sopetón, o de golpe y porrazo. Nunca mejor dicho lo de 'porrazo'. La madurez no llega de forma gradual y serena, sino de manera abrupta, siempre tras un golpe duro de la vida. Pasamos gran parte de nuestra juventud pensando que el tiempo nos irá moldeando suavemente, hasta que un día tenemos el encontronazo, que no encuentro, con la dura realidad marcado por una pérdida, una responsabilidad, un fracaso o la revelación apocalíptica de la falsía de lo real. Y nos damos cuenta de que ya no somos los mismos. El niño o la niña que fuimos desaparece de pronto (aunque no totalmente, porque nada se pierde del todo), y nos vemos obligados a cargar con una versión adulta, adulterada y resignada de nosotros mismos que no habíamos pedido. No es un proceso suave, sino un salto al vacío sin arnés de seguridad ni paracaídas. Y ese salto, por necesario, duele, y mucho. Es lo que más duele. Es la hostia que nos damos.

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