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sábado, 30 de mayo de 2026

¿Disolver el parlamento o disolver el pueblo?

El resultado de una encuesta de opinión ha causado un enorme revuelo, según revela el periódico alemán Die Zeit: Según ella, el canciller teutón sería el jefe de Gobierno más impopular del mundo, ya que un setenta y seis por ciento de los encuestados estaban insatisfechos con su labor al frente de su gobierno de la nación, un índice de aceptación más bajo incluso que el del sheriff de los Estados Unidos. Pero no es un caso aislado, sucedería lo mismo con el primer ministro francés, el británico, el español, la italiana y un largo etcétera, cuya popularidad está muy por debajo de los votos recibidos en las elecciones generales que les otorgaron el poder.
 
La situación se puede resumir así: en ningún gran país europeo los representantes del pueblo cuentan en la actualidad con el respaldo de este, ya que tienen una tasa de rechazo, según las encuestas, superior al cincuenta por ciento. Da igual que sean de derechas o de izquierdas, conservadores o progresistas. ¿Qué está sucediendo?
 
Cuando se pregunta a los políticos qué piensan hacer para frenar la caída de su popularidad, contestan que Gobierno debe resolver los problemas que preocupan a la gente. Sin embargo, el hecho de que esto funcione cada vez menos no solo se debe a los políticos profesionales, sino también a los propios problemas que crean y amplifican los políticos con el fin de resolverlos. Las crisis ecológicas, económicas y geopolíticas son cada vez algo más frecuente en el siglo XXI. Dicho de otro modo: siempre hay alguna crisis de la que echar mano: alguna guerra, algún conflicto comercial, alguna pandemia, alguna catástrofe natural... Y la capacidad de los gobernantes para resolver los problemas que crean es cada vez menor, lo que hace que las expectativas de la población disminuyan también en cuanto a la resolución de los mismos.
 

Los políticos sufren algo que podría denominarse «demofobia política», es decir un miedo exagerado al pueblo. La palabra demofobia no está incluida en el diccionario de la docta Academia todavía, pero es un neologismo de impecable factura helénica fácilmente comprensible por todo el mundo, sólo que ahora es el “demos” de la democracia, es decir, el pueblo, o dicho mejor, la gente común, corriente y electora la que mete miedo a la clase política. Los ciudadanos, contribuyentes y votantes, consideran que los gobiernos están para resolver problemas y no para crearlos, y lo que descubren es justamente lo contrario: que el problema son los propios gobernantes. 
 
En el año del Señor de 1863, el entonces presidente estadounidense Abraham Lincoln definió en un celebérrimo discurso el republicanismo de los jóvenes Estados Unidos como «government of the people, by the people and for the people»: un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo
 
Pero ¿sobre quién se ejerce ese hipotético 'gobierno del pueblo' si no es sobre el propio pueblo, que se divide esquizofrénicamente en víctima y verdugo, es decir, en heautontimorúmenos? El «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» se ha convertido, en las democracias tardías en las que sobrevivimos, no en un gobierno del pueblo, que eso es un oximoro imposible, sino en un «gobierno para el pueblo, sin el pueblo», es decir, en el viejo lema del despotismo ilustrado del siglo dieciocho.
 
 
Hay un poema crítico, irónico y sarcástico de Bertolt Brecht titulado Die Lösung, ("La Solución"), escrito en 1954, poco después de la represión por el régimen comunista del levantamiento obrero, que viene muy al caso, donde se propone ante lo que hoy llamaríamos la desafección política de los ciudadanos hacia sus representantes elegidos democráticamente no la disolución del parlamento y del gobierno y la convocatoria de nuevas elecciones, como se hace habitualmente para renovar la máquina institucional,  sino la disolución del pueblo: que el gobierno, en quien recae la representación de la soberanía nacional, disuelva al pueblo y elija otro más a su medida a fin de gobernarlo: Tras el levantamiento del 17 de Junio / el secretario de la Unión de Escritores / mandó repartir panfletos en la avenida Estalin / en los que se leía que el pueblo / había perdido la confianza del gobierno / y que sólo con redoblado esfuerzo / podría recuperarla. ¿Pero no sería / más simple que el gobierno / disolviera al pueblo y / que eligiera a otro?
 
Se intercambiarían así los papeles y los representantes elegidos podrían elegir a sus representados electores, lo que haría que su tasa de aceptación y afecto popular aumentara considerablemente y estuviera muy por encima del cincuenta por ciento.     

lunes, 18 de mayo de 2026

De la soberanía popular

La palabra “soberano” es herencia del latín superanus, que a su vez se compone de la partícula super (equivalente de la griega ὑπέρ,  hyper en transcripción), que significa “encima, arriba”, raíz que aparece en varios adjetivos latinos clásicos como superbus, superior, supremus, supernus y superus (superi por omisión de di son los dioses de arriba, del cielo o de las alturas, que se contraponen a los inferi o dioses infernales de por aquí abajo), y el sufijo popular -anus.
 

Superanus no es latín clásico, sino un desarrollo del latín tardío y medieval, recogido como veo que  está en el Glossarium Mediae et Infimae Latinitatis de Du Cange y W. Meyer (1886) y atestiguado en varios documentos, por lo que no hace falta restituirlo con un asterisco como forma supuesta pero no documentada. Así, por poner un ejemplo cualquiera, leemos en el Chartularium de la abadía de San Víctor de Marsella de finales del siglo XI: Et dono ibi, in alio loco, juxta via superana, quae vadit ad Artiga, petia de terra. Y te doy allí, en otro lugar, junto al camino de arriba, que va a Artiga, una pieza de terreno. Donde aparece la expresión via superana como “camino de arriba”, con el significado local, puramente topográfico de “situado en una posición elevada”.

De este adjetivo superanus –a -um deriva la palabra italiana soprano,  aplicada al registro femenino más alto o agudo de la voz humana, y soprana camisa sin mangas de algunos seminaristas que se ponía directamente sobre otra vestidura y no sobre la piel, como la simple camisa.  

Y de ese adjetivo, sustantivado, deriva la palabra española “soberano”, que el Diccionario define como “Que ejerce o posee la autoridad suprema e independiente”, y "soberanía", como “Cualidad de soberano” en primer lugar y en segunda instancia como “Poder político supremo que corresponde a un Estado independiente”. Asimismo, se define el soberanismo como el movimiento político que propugna la soberanía de un territorio, es decir, la propiedad de un territorio y el poder político supremo que no depende de ningún otro, ejercido sobre dicho territorio y los que en él habitan.

Soberano, soberanía y soberanismo se han convertido, pues, en palabras cultas propias de la jerigonza del gremio de los demagogos o políticos profesionales que se dedican a engañar al pueblo, al que halagan considerándolo soberano, dándole a entender torticeramente que no hay nada ni nadie por encima de él.
 
 
 
 Si el pueblo es soberano quiere decir en román paladino, o sea, en el lenguaje claro y llano con el que uno habla con su vecino, que es el rey y monarca que está arriba y no abajo, que por encima de él no hay nada ni nadie porque no hay otro soberano más que él, ni siquiera los presuntos "representantes" de la soberanía popular, porque al pueblo no lo representa ni Dios que lo creó. Y eso, obviamente, es mentira porque si el pueblo está “arriba”, ¿de qué o de quién que esté “abajo”? Arriba se define en contraposición a abajo. Si no hay nada ni nadie abajo, tampoco puede haber nadie arriba, ni arriba siquiera propiamente dicho ni soberanía que valga.

El problema se multiplica cuando en vez de hablar del pueblo en singular, hablamos de pueblos en plural, porque entonces estos entran en competencia desleal entre sí y comienzan a disputarse la soberanía o dominio de sus respectivos territorios. Y cuando hablamos de pueblos en plural cometemos otro lío mayúsculo, ya que o están configurados como Estados o aspiran a estarlo, y es entonces cuando reivindican la soberanía nacional, que no popular. 
 
  
Pero la idea de Estado es la más engañosa de todas porque equipara pueblo y gobierno, y mete en el mismo saco al gobernado, que es el pueblo, y al gobernante emanado de él, que son sus supuestos representantes o comisarios. Y la idea de Estado democrático la más perniciosa  y la que más aumenta la ceremonia de la confusión, porque es la forma de gobierno más evolucionada históricamente y la que nos ha tocado padecer a nosotros, en pleno siglo XXI,  y, por si sirve de algo, denunciar.

De alguna forma todos los pueblos existentes se consideran pueblos elegidos (por Dios, como el judío veterotestamentario, o por la Historia, que es la versión laica del dios monoteísta de Israel) y por lo tanto la existencia no de un pueblo, que podría ser el conjunto de la humanidad, sino de diversos pueblos obliga a que todos pretendan ser soberanos no sólo de sí mismos sino también de los demás, y ahí comienzan los problemas entre unos y otros.
 

Si el pueblo es soberano como dicen los demagogos o políticos profesionales,  ¿qué necesidad tiene de delegar su soberanía en uno (monarquía), en unos pocos (oligarquía) o en una mayoría (democracia que en rigor debe llamarse oclocracia, ya que όχλος significa  mayoría pero no totalidad, que acaba desembocando en lo que Platón llamó teatrocracia o gobierno de los representantes)? Si el pueblo es soberano de verdad no hay ni arriba ni abajo, no necesita ningún órgano que lo administre ni gobierne. La soberanía popular es la negación de toda forma de gobierno, es decir, la soberanía popular auténtica, la verdadera democracia,  sería, propiamente hablando, la acracia o anarquía.

viernes, 1 de mayo de 2026

¿"El pueblo tiene el Poder"o "El Poder tiene al pueblo"?

    Patti Smith acaba de ser galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 "por -a decir del jurado- su impetuosa creatividad, que conecta el rock, la poesía simbolista y el espíritu de la contracultura con una gran potencia expresiva". El acta reza así: "Intérprete de estilo vigoroso, ha plasmado la rebeldía del individuo en la sociedad en canciones palpitantes, algunas de las cuales ya son iconos de la música popular de nuestro tiempo". Aunque sus éxitos más comerciales han sido Because the Night y People have de power, su obra culminante fue su primer elepé, Horses, publicado en 1975, que ya ha cumplido la friolera del medio siglo, que se abría con una versión del Gloria de Van Morrison, que Smith retituló Gloria (in excelsis Deo), con un alarde lésbico de amor hacia una chica llamada Gloria y una declaración solemne de rebeldía, enseguida asimilada por el sistema que ahora premia su carrera: “Jesucristo murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”. 

      El galardón español, primero de los ocho que convoca anualmente la Fundación Princesa de Asturias, dotado con una escultura de Joan Miró, diploma, insignia y 50.000 euros, se interpreta políticamente como un premio hacia su labor en favor del partido demócrata y la democracia en general en los Estados Unidos, en contra de las políticas del actual mandatario republicano. 
 
      Una de las peores canciones para mi gusto de Patti Smith que conozco, si no es la peor de todas, es, en cuanto a su letra, ese himno que ahora tanto se corea, por algo será: "People have the power" (El pueblo tiene el Poder) que sacó en 1988 en su álbum Dream of life, y que enseguida se convirtió en un éxito mundial que consagraba la vuelta a los escenarios de la poetisa roquera y madrina del punk contestatario asimilado en olor de multitudes. Es un himno a la democracia, y, por lo tanto, un ditirambo al sistema de gobierno predominante en el mundo occidental. Es, además en los Estados Unidos, un himno del Partido Demócrata, obviamente, con el que la cantante no dudó en apoyar la campaña de Obama, el Mesías negro que iba a redimir el mundo del pecado original. 


      La confusión que celebra el título de la canción es la creencia de que el pueblo puede tener el Poder, cuando es, al revés, el Poder el que tiene siempre bien sujeto, es decir, el que puede al pueblo en el ejercicio del Poder. Sin embargo, la canción funciona a veces como un himno libertario cuando dice que el pueblo tiene el poder (con minúscula) de soñar, de cambiar el rumbo del mundo, de detener la revolución de la Tierra... de ser libre, en definitiva, y aun de gobernar, algo que solo puede entenderse en sentido negativo. Si, como canta la madrina del punk, el pueblo tiene el poder de gobernar (power to rule), eso quiere decir que tiene el poder de no ser objeto de gobierno, de no ser gobernado. De ese genérico "people" se pasa a la identificación con "we" (nosotros), y entonces el estribillo se convierte en "we have the power": nosotros tenemos el poder de vivir, de soñar, de ser libres en definitiva... Es aquí donde se confunde el poder de... y sus infinitas posibilidades, con el Poder, es decir, con el gobierno que anula todas las posibilidades, lo que explica el éxito del mensaje ambiguo de la canción: cómo un himno a la soberanía del pueblo se convierte en una apología del sistema de dominio del pueblo, democrático, vigente. 

 

    No se puede identificar al pueblo con ningún partido, pese a que muchos partidos se llamen Populares o Demócratas, palabra griega que funde en uno dos conceptos opuestos el pueblo -demos- y -cratos- el gobierno del Estado. 

    Recuerdo un eslogan ácrata de la transición española que viene al caso y decía con muchísima razón: "El pueblo unido funciona sin partidos". Contraponía las palabras "unido" y "partido", que como salta a la vista se contradicen: el pueblo es un conjunto que en cuanto se parte queda dividido, y que por lo tanto no puede ser representado -aunque sí gobernado, pero ese es otro cantar- por ningún partido político que sea.

    Hay en la letra que se presenta como un sueño que se hace realidad algunas imágenes poéticas sugerentes -los valles resplandecientes, el aire puro, la alusión bíblica del leopardo y el cordero yaciendo juntos, los ejércitos dejando de avanzar, fuentes que manan en los desiertos...- como en la mayoría de las canciones de esta mujer, pero el mensaje político es bastante conformista y nauseabundo, la verdad. 

     
    Hace diez años pudimos verla en Oslo, cuando acudió en nombre de Bob Dylan a recoger el premio Nobel de Literatura de 2016 que la academia sueca le había concedido a este último, interpretando “A hard rain's a-gonna fall” en su homenaje, en una actuación memorable, acompañada de orquesta y guitarra, en la que cometió un lapsus por su nerviosismo en mitad de la interpretación que el público le perdonó enseguida con una calurosa ovación.
 

miércoles, 8 de abril de 2026

La dictadura más perfecta

    Circula por ahí, desde 2020 por lo menos, cuando hicieron estallar la pandemia, una frase sin dueño que se ha hecho viral, atribuida unas veces a Órgüel, otras a Huxley, y otras a Einstein para concederle el prestigio de la autoridad intelectual, que, sin embargo, no necesita porque lo que dice es de recibo y de sentido común, el menos común paradójicamente de todos los sentidos. 
 
    Dice, tal como me ha llegado a mí, lo siguiente. Lo importante es mantener a la población en estado de continuo MIEDO (sic, por las mayúsculas), por lo que las noticias se contradicen de un día para otro, así se mantiene un estado de emergencia nacional INTERMINABLE, justificando... cualquier ABUSO de las autoridades. Frases de este jaez empezaron a difundirse masivamente en las redes sociales, muchas veces sin citar la fuente y otras con atribuciones apócrifas, como la susodicha, que decía: “Final del libro '1984' de George Orwell”. 
 
    La novela de Órgüel no acaba así, ni aparece tampoco esa frase por ninguna parte en esos términos. Sin embargo, aparecen otras mucho más contundentes, como la celebérrima previsión del futuro que nos espera desde siempre: Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano... incesantemente. En versión original: "If you want a picture of the future, imagine a boot stamping on a human face—for ever".
 
    El personaje de O'Brien, en la misma novela, le dice a Winston Smith: El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo. (…) Y el objeto del poder no es más que el poder. ¿Empiezas a entenderme? En versión original: "Power is not a means; it is an end. (…) The object of power is power. Now do you begin to understand me?"
 
    Y por supuesto, la cita más heraclitana y celebérrima de todas: La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza, que en versión original es: "war is peace, freedom is slavery, ignorance is strength", lema al que podríamos añadir más consignas: lo malo es bueno, la verdad es mentira, la salud es enfermedad, como veíamos en Más neolengua orgüeliana.
 
    Otra de las citas que circulan por ahí contra el poder en su forma más democrática y actual, es la siguiente que suele atribuírsele a Huxley y citar como fuente su novela “Un mundo feliz” (Brave new world): La dictadura perfecta tendría la apariencia de democracia, una prisión sin muros en la que los presos no soñarían con escapar. Un sistema de esclavitud donde, a través del consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre. Es una cita espuria, aunque puede estar inspirada en algún fragmento de la novela, o puede estar sacada de algún prólogo de la misma, que como crítica literaria no deja de ser literatura sobre literatura. No obstante, y al margen de su anónima autoría, la cita tiene mucho de sentido común, como la citada atribuida a Órgüel.
 
      En todo caso en Un mundo feliz leemos este párrafo original en el que podría estar inspirada: Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela.
 
    Y también podemos leer esta constatación: En colaboración con la libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio, la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su destino. Solo habría que añadir las redes sociales de internet para poner la reflexión al día y que cobrara más rabiosa actualidad.
 
    Huxley no denuncia literalmente los estados democráticos, él habla de los estados totalitarios. Obviamente, la moderna forma del estado totalitario es la democracia, por eso se ha hecho viral la afirmación de que la dictadura perfecta tendría la apariencia de democracia, pero todavía no denuncia la esencia totalitaria misma de la democracia, sino solo la apariencia.
 
 
    En 1991, el novelista peruano Mario Vargas describió a México como "la dictadura perfecta", porque era una dictadura camuflada. Y argumentó: Puede que no parezca una dictadura, pero tiene todas las características de una dictadura: la perpetuación, no de una persona, sino de un partido inamovible, un partido que permite suficiente espacio para la crítica, siempre y cuando esta sirva para mantener la apariencia de un partido democrático, pero que reprime por todos los medios, incluso los peores, cualquier crítica que pueda amenazar su permanencia en el poder. De ahí parece que surgió la frase atribuida en internet a Huxley de que la dictadura perfecta tenía la apariencia de democracia, sin atreverse todavía a afirmar que era la propia democracia.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Variety show

Si no lo creo, no lo veo. "Si no lo veo, no lo creo", reza el consagrado refrán popular castellano que a veces se glosa como "ver para creer", que es el preferido para mostrar incredulidad: muchos  cuando dudan de algo, dicen precisamente que si no lo ven no lo creen. Otros, exagerando su incredulidad, llegan incluso a confesar: "Lo veo y no lo creo". Sin embargo el refranero, petado de opiniones personales y topicazos como suele estar, no da mucha razón de las cosas ni dice mucha verdad en general, ni este refrán en particular, no ya porque otro venga a corregirlo aconsejándonos que solo creamos la mitad de lo que vemos: "De lo que ves, créete la mitad, y de lo que no veas no te creas nada", sino porque, para decir algo de verdad habría que darle la vuelta y formularlo al revés: "Si no lo creo, no lo veo", que es lo que sucede normalmente porque nuestros ojos, ciegos como están, solo ven lo que creen ver.

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Contrapublicidad de una entidad bancaria. 

Si crees en ti, es tu problema, chico, eres demasiado creyente, crédulo (o creído, si lo prefieres) y muy pagado de ti mismo, como nosotros también. "Si crees en ti, nosotros también", es un eslogan recurrente en la publicidad de una entidad bancaria, de cuyo nombre no vamos a hacer mención ni propaganda, cuyos anuncios forman parte de una campaña más amplia bajo la etiqueta: #PoderElegirEsTuPoder, que concluye: “Al final decidimos seguir siendo nosotros mismos”.

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Matemáticas dogmáticas y sospechosas (De Mingote, genial)

-A mí lo que me molesta de las matemáticas es que son tan dogmáticas.

-Lo que me parece más sospechoso de las matemáticas es que no tienen ideología.

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 Uno de tantos del montón

UNO-de-50 es, al parecer, una marca de joyería española, que realizaba cincuenta unidades artesanales de cada modelo de joya, vendiendo la ilusión de que cada pieza era única y exclusiva.  

Una bellísima modelo protagonizó la campaña “Culpable de ser yo” en el año del Señor de 2015, celebrando la seguridad en uno mismo y la autoaceptación. El eslogan invitaba a las personas, es decir, a sus clientes, a ser ellas mismas, a disfrutar de su singularidad e independencia, y a sentirse orgullosas de su individualidad, sin sentimientos de culpa. ¿Pero cómo vamos a ser únicos nosotros y nuestra joya artesanal si hay por lo menos otros 49 iguales que nosotros y que nuestra joya, que somos uno del montón de los cincuenta? En resumen, la frase transmite la idea de que ser uno mismo, con las imperfecciones y la singularidad que ello conlleva, no es algo de lo que haya que avergonzarse, sino todo lo contrario: orgulloso de algo que hay que celebrar. No hace falta decir que debido al éxito de la marca, la joyería comenzó a ofrecer enseguida, contra lo que decía su nombre, más de 50 piezas de cada modelo si hacía falta, pero seguía siendo fiel a su ADN en algún caso de edición especial limitada haciendo solo 50 unidades de piezas exclusivas.

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 Los payasos de la tele: La democracia mola, cómo mola.

En horario estelar de máxima audiencia, en prime time, el Ente Público ha emitido esto para adoctrinar a los jóvenes sobre las bondades que ellos no ven por ninguna parte del régimen democrático actual, contraponiéndolo a la dictadura de Franco para hacer que pongan en valor el régimen que les ha tocado padecer, como si no hubiera más alternativa que esto o la dictadura de Hitler, diciéndoles que con el voto pueden cambiar el futuro del país y demás sandeces consabidas. 

      

jueves, 20 de noviembre de 2025

¿Qué pasó hace hoy cincuenta años, papá?

-¿Me preguntas por la efeméride de hoy, 20 de noviembre del año del Señor de 2025, de acuerdo con la memoria histórica de esta abstracción que se nos impone, que es "España"?

-Sí, cuéntame qué pasó hace cincuenta años, porque ahora se celebra el cincuentenario de no sé qué. 

-El 20 de noviembre de 1975, el Veinte-Ene, hace medio siglo, no pasó nada especial, hija mía. Entre otras cosas, murió un dictador que, según el testamento de sus propias palabras, lo había dejado todo “atado y bien atado”. Y así fue. Su muerte sirvió para que pudiera seguir viviendo la oprobiosa dictadura, denominada ahora “democracia constitucional” o también monarquía parlamentaria”: el mismo perro con distinto collar. Puedes ver aquí, hija mía, cómo se utilizan efemérides como esta con fines políticos e ideológicos a fin de construir una determinada identidad nacional y democrática basada en una narrativa específica impuesta desde las altas esferas del gobierno, sobre todo cuando la mayoría de los españolitos (y las españolitas, como añaden innecesariamente los feministas) tiene menos de cincuenta años, y no ha vivido aquello que, en esencia, era lo mismo que esto. 
 
No te preocupes, RTVE, el llamado Ente Público, la Voz de Su Amo, ha hecho gala de su gran trabajo en torno a la Memoria Democrática, 'uno de los ejes principales de actuación', ha revolucionado su parrilla para darnos la matraca con una programación especial durante todo el mes con un especial que se llamará "20-N: 50 años del Gran Cambio", con motivo del cincuenta aniversario de la muerte del dictador, que falleció a los ochenta y dos años de edad en su lecho de muerte, numerosos eventos documentales, reportajes y demás para que te enteres de que desde entonces España -¿quién será esa moza, quién la ha visto y quién la ve, que no hay quien la conozca?- vive en libertad.
  
 
Ya lo reconoce la sabiduría desengañada del pueblo, ese gran escéptico: “A rey muerto, rey puesto”. O sea, que las cosas cambian para poder seguir igual, o peor aún, si cabe, porque disimulan mejor su perversa e inmutable esencia y condición con la falsa ilusión del cambio. A ese cambio lo llamaron transición de la dictadura a la democracia, de lo uno a lo otro, que es lo mismo. Por mucho que se diga que aquello era mucho peor que esto, es mentira: para nosotros, que vivimos ahora, en esta época, que es la única que hay,  lo peor es esto, que es lo que ahora se nos impone, aunque nos distraigan con aquello "otro". 
 
Nadie ya (o casi nadie) lucha contra la dictadura, y no digamos ya nuestros mandamases, que mandan mucho menos de lo que se cree y de lo que ellos mismos creen, porque ahora la dictadura (esta es su mayor victoria) es la democracia. Llaman libertad a lo que hay pero lo que hay no es la libertad.  Hay que gritarlo a los cuatro vientos. 

jueves, 6 de noviembre de 2025

El discurso del presidente

El presidente lee su discurso. Todos los políticos profesionales lo hacen. Él no es ninguna excepción, y a nadie le sorprende. Su prédica la han preparado concienzudamente sus múltiples asesores, que le dictan lo que tiene que leer. Su presentación es impecable, si no fuera por la constante mirada a los papeles. 
 
Solo he tenido acceso a través de un vídeo a unos minutos de su alocución -no me hacen falta muchos más-, dentro de un acto en que se equiparan las palabras "memoria" y "democracia" dando a entender que la fuerza de la democracia es no olvidar la dictadura que según el sedicente gobierno progresista de coalición acabó hace ahora medio siglo. 
 
"Hace unos días conocíamos que más de una quinta parte de los españoles y españolas piensa que la dictadura de Franco fue buena o muy buena"
"Este terrible dato es el resultado también del revisionismo que busca enturbiar nuestra historia para nublar nuestro presente particularmente a las generaciones más jóvenes, que anula nuestro futuro, dado que con frecuencia, como he dicho antes, son nuestros jóvenes los que sucumben a ese discurso".
 
Le preocupa el dato que le parece terrible. El revisionismo histórico que critican los asesores del presidente no tiene en principio por qué ser algo negativo, ya que, como su nombre indica, consiste en una revisión o reinterpretación de la versión oficial sobre los hechos del pasado, que no implica necesariamente una falsificación de la historia, sino que es una fuente legítima y crítica de comprensión. 
 
Son los jóvenes, los españoles que tienen menos de sesenta o de cincuenta años, que son los años que hace que murió el dictador, los que sucumben al discurso de que la dictadura fue buena o muy buena, que no ven su intrínseca perversidad, por lo que necesitan una labor pedagógica “que no enturbie nuestra historia”, porque eso hace que se nuble “nuestro presente” y “anule nuestro futuro”. 
 
 
   
Los jóvenes no han vivido la dictadura, obviamente, pero sí viven la democracia presente, y lo que viven no les gusta, no hace falta que nadie les 'nuble el presente' para ver un capitalismo exacerbado que favorece la corrupción, que es la esencia misma del sistema, y cómo las glorias de este, que son la educación -que ya ni siquiera merece el digno nombre de enseñanza- y la sanidad dejan tanto que desear que nadie que tenga ojos y lo vea puede juzgar que sean buenas. 
 
No hablemos ya de los que sueñan con independizarse y acceder a una vivienda y a un trabajo dignos. Se les dice que no poseerán nada y serán felices. Y no poseen nada, ni casa, aunque sea un piso colmenero de protección oficial, ni trabajo propio como sus padres a su edad. Es cierto que no es la posesión sino el usufructo lo que conlleva el disfrute de las cosas. Pero ellos, que no poseen nada, y como mucho viven de alquiler en un piso compartido, tampoco son felices. 
 
"En fin, algo así no pasa por accidente ni tampoco por casualidad. Lo sabemos bien. Hay una labor lenta pero constante de deslegitimación de la democracia. Se empieza llamando al revisionismo 'concordia' y se termina ignorando, como bien ha dicho antes el Ministro de Memoria Democrática, el que en algunos edificios institucionales se torturó hasta el final". 
 
 
No se puede negar que durante la dictadura de Franco (1939–1975), la tortura fue una práctica sistemática en muchos edificios institucionales —especialmente en comisarías, cuarteles de la Guardia Civil y centros de detención—, y continuó utilizándose hasta el final del régimen, y durante la transición... Eso, naturalmente, deslegitima dicha dictadura, pero sus logros económicos son indiscutibles. 
 
En todo caso, la deslegitimación de la dictadura no legitima per se la democracia, como escribíamos en El franquismo del antifranquismo a principios de año cuando se anunció la celebración institucional del cincuentenario de la muerte del dictador -a moro muerto, gran lanzada.  
 
La dictadura de Franco no fue buena ni muy buena tampoco, pero eso no significa que la democracia actual lo sea simplemente porque se contraponga a aquella. Las comparaciones son odiosas, dice la gente, porque la dictadura que nos importa ahora no es aquella, que es agua pasada, ni la futura como el lobo del cuento infantil, que podría venir, sino esta que estamos viviendo ahora camuflada bajo el nombre de democracia.
 
"Esta ofensiva no solo busca falsear la historia, sino sentar las bases para demoler las libertades que tanto nos costó levantar". ¿Qué libertades son esas? No se ve por ninguna parte dónde están esas libertades que “tanto nos costó -¿a quiénes?- levantar”. 

martes, 28 de octubre de 2025

Mayoría absoluta y silenciosa

    El comentario de la entrada Soberanía popular y soberanía nacional, que decía “Me acordaba de lo que decían los griegos de los muertos: “iénai es pléonas”, “ir a la mayoría”, “pasar a la mayoría”, dándonos una lección de democracia para siempre”, me ha traído a la memoria una vieja viñeta de Chumy-Chúmez a propósito de un célebre verso de una rima de Bécquer dirigido a una tumba ¡Dios mío! ¡Qué solos se quedan los muertos! y la respuesta que esta le da al romántico poeta: ¿Solos? Pero ¿qué dices, Gustavo Adolfo? ¡Si ya somos mayoría absoluta! 
 

     Y, efectivamente, para los antiguos griegos y romanos la expresión 'pasar a la mayoría' era un eufemismo de morir, ya que οἱ πλεῖονες (“los más”) son —en una visión proverbial— los muertos, más numerosos que los vivos.  Se hace referencia con este eufemismo  a la muerte sin nombrarla, como cuando en castellano se dice que alguien se fue al otro barrio. 
 
    Entre los romanos la expresión aparece en el Satiricón de Petronio (42,5), refiriéndose al lugar adonde va la mayoría, aunque no todos todavía, a morir. Un tal Crisanto, víctima de los matasanos... tamen abiit ad plures. medici illum perdiderunt: “sin embargo se fue a donde va la mayoría. Los médicos lo mataron”, que Lisardo Rubio traduc así: "Con todo se ha ido a donde iremos todos". 
 
    También en el prólogo de la comedia de Plauto Cásina, aparece una curiosa fórmula: los muertos son... qui... abierunt hinc in comunem locum “los que se fueron de aquí a un lugar común”, es decir, a un lugar en el que todos hemos de acabar, lo que nos recuerda el afortunado verso de Brassens “la fosse comun du temps”. 
 
     Entre los griegos, en la comedia de Aristófanes Las asamblearias, versos 1072-3, un joven, ante la presencia de una vieja que quiere acostarse con él, se pregunta πότερον πίθηκος ἀνάπλεως ψιμυθίου, / ἢ γραῦς ἀνεστηκυῖα παρὰ τῶν πλειόνων; que traduce con gracia Federico Baraibar y Zumárraga: “¿Es una mona rebozada en albayalde / o el espectro de una bruja que vuelve de los infiernos?,  lo que más literalmente sería "...o una vieja que ha resucitado de entre la mayoría de los muertos".
 
    Pero si hubiera que elegir un pasaje más significativo por la relación entre la muerte y el régimen democrático,  sería la anécdota que refiere Pausanias en su Descripción de Grecia (libro I, 43, 3), donde cuenta que los megarenses pidieron consejo al oráculo de Delfos sobre la mejor forma de gobierno que podrían adoptar, a lo que el dios Apolo les respondió sibilinamente que las cosas les irían bien ἢν μετὰ τῶν πλειόνων βουλεύσωνται si tomaran las decisiones basándose en la mayoría, aludiendo al régimen democrático y asambleario. Los megarenses, sobreentendiendo que “la mayoría” eran los muertos que tenían a sus espaldas y no ellos, mortales que estaban en lista de espera, decidieron situar el buleuterio, el lugar de la asamblea, sobre las tumbas donde estaban sepultados sus muertos, en el cementerio de los héroes caídos, donde podrían tomar sus decisiones contando con la mayoría. 
 
    La expresión antigua permanece en italiano: “andare nel mondo dei più” ir al mundo de los que son más, y de algún modo también en alemán: “er ist zur grossen Armee abgegangen”, cuando se quiere decir que alguien ha palmado, incorporándose a las filas del gran ejército.  
      Si lo que nos interesa es la cuestión concreta de los números y nos preguntamos si hay más seres humanos vivos o muertos sobre la faz de la Tierra, remontándonos al origen del homo sapiens hace unos 300.000 años, habrían nacido según algunos cálculos unos ciento veinte mil millones de personas. Si le restamos a esa cantidad los 8.100 millones aproximadamente que andamos vivos ahora todavía por el mundo, resultaría que efectivamente tenemos más de 100.000 millones de muertos a nuestras espaldas, una mayoría absoluta y silenciosa, por lo que nos corresponderían proporcionalmente unos  14 muertos a cada uno de los vivos en la actualidad. 
 
    Siempre, por más que la población del planeta quiera crecer y multiplicarse como Dios manda, los muertos van a ser mayoría, una mayoría que también vamos a engrosar inevitablemente los que estamos vivos. Esa mayoría absoluta -para la que basta con la mitad más uno- y silenciosa -el que calla, como dice el refrán, asiente, cuyo peso numérico traducido en votos (un hombre, un voto) otorga legitimidad al sistema democrático-, es la que democráticamente gobierna conformista y complacida, diciendo con su silencio a todo que sí e imponiéndose a la totalidad, pese a que la mayoría no somos todos... todavía, ni lo seremos nunca, cuando estemos muertos y enterrados, mientras siga alguien vivito y coleando por aquí. Los muertos, en efecto, son mayoría absoluta.

domingo, 31 de agosto de 2025

Votar a los dieciséis

"Son lo suficientemente mayores para trabajar y pagar impuestos y, si contribuyen, deben tener voz [a la hora de elegir a los representantes que decidan por ellos] en cómo se invierte su dinero". Si contribuyen, deben tener voz y voto. Y si votan contribuyen a la democracia. Eso y no otra cosa es la política: inversión  del dinero. Así defendió recientemente el primer ministro británico, la reforma de la ley electoral anunciada por su gabinete hace unas semanas. Por primera vez, los jóvenes británicos de 16 y 17 años podrán acudir a los colegios electorales a depositar su voto en las urnas, cosa que ya hacían en comicios regionales de Gales y Escocia, y que ahora se amplía a todo el Reino Unido de la Gran Bretaña, donde la participación no llegó a alcanzar en las últimas elecciones el 60% del pueblo convertido en electorado. 
 
El rey-no de las Españas va, aunque en esa misma dirección, rezagado todavía. Aquí los dieciséis- y diecisieteañeros pueden trabajar, pueden cotizar, pueden contribuir a las pensiones, pueden asumir responsabilidades penales como ir a la cárcel… pero todavía no pueden votar. Pero el asunto está en la agenda ministerial.
 
 
Los argumentos que se esgrimen a favor de que voten son que muchas de las personas que actualmente van a depositar la papeleta, dada su provecta edad, ni siquiera vivirán las consecuencias de las políticas que votan, por lo que el voto juvenil se torna imprescindible para construir el trampantojo del futuro.
 
La medida trata de beneficiar a la democracia, es decir, a la definición de “demo”, rebajando la mayoría de edad a los dieciséis años, aunque podría discutirse una mayor rebaja, incluyendo a los catorce- y quinceañeros, por ejemplo, a los que habría que adoctrinar políticamente -ya se encarga de eso el nuevo servicio militar que es la Educación Secundaria Obligatoria- para que ejercieran ese derecho. 
 
En 1931 había muchos hombres y mujeres que no creían en el voto femenino, cuando las mujeres no tenían reconocido ese derecho, pero no por eso dejó de reconocérseles. E Incluso había muchas mujeres de izquierdas como las diputadas Margarita Nelken o Victoria Kent (porque la mujer tenía sufragio pasivo, es decir podía ser elegida pero no elegir) que se opusieron al sufragio activo femenino porque consideraban que el voto femenino, muy influenciado por la Iglesia, iba a escorarse a la derecha. 
 
Voto femenino, portada de ABC de 1933
 
Estos jóvenes, dicen algunos detractores, que no faltan, todavía no han “diseñado su proyecto de vida”, son inmaduros por lo que no saben aún lo que quieren. Pero puede dársele la vuelta a este argumento, dicen los defensores: rebajar la edad de voto podría ayudarles a madurar antes. Muchos votarían, según las encuestas, a la extrema derecha... Pero, claro está, no puede cuestionarse la concesión de un derecho en función del beneficio electoral en clave de partido político o ideología. 
 
Reducir la edad de voto a los dieciséis añadiría casi un millón más de votantes al electorado  y haría que los partidos políticos se preocuparan más de este 'nicho de mercado', corroborando la salud del sistema democrático. Muchos adolescentes no apoyan la democracia como sistema político. Por tanto, es necesario mejorar los canales de participación para reenganchar a esos jóvenes y hacerlos adictos al sistema político y económico vigente en el que están inmersos. 

Ampliar el derecho a voto, recalcan los expertos, mejoraría, además, la práctica democrática: un joven que empieza a votar pronto y se ejercita en ello tiene más probabilidades de continuar haciéndolo durante el resto de su vida, con lo que se combatiría la desafección creciente hacia la clase política y el también creciente abstencionismo electoral. Se lograría, además, la politización y por lo tanto la polarización izquierda/derecha que tan útil le resulta al capitalismo democrático de los jóvenes (o de las personas jóvenes, como prefieren decir los políticamente corregidos). 
 
Los jóvenes son tan responsables o irresponsables como los adultos para formar sus propias ideas y para decidir si votan o no votan, y en el primer caso para decidir en qué urna o papelera de qué partido depositan su sufragio.
  

viernes, 22 de agosto de 2025

De monarquías, oligarquías y democracias.

    Decía Plutarco que había tres regímenes políticos o formas de gobierno de los pueblos, que eran, a saber, la monarquía (μοναρχία), como entre los persas, la oligarquía (ὀλιγαρχία), como en Esparta, y la democracia (δημοκρατία), como se dio en Atenas, cuyas perversiones engendraban tiranías, dinastías y oclocracias respectivamente, coincidiendo grosso modo con la teoría política de Platón y Aristóteles. 


    Bien conocidas las degeneraciones de monarquías y oligarquías a lo largo de la historia, veamos qué es eso de la oclocracia, que es la perversión de la democracia, la forma de gobierno vigente hoy en casi todo el mundo bajo la atenta vigilancia imperial de los Estados Unidos de América y sus aliados. 


    ¿Qué es el gobierno del oclos en el que degenera según Plutarco el demosOclos es el pueblo convertido en multitud, chusma, muchedumbre, plebe, mayoría o vulgo no carente de educación, sino maleducado, es decir,  adoctrinado, prácticamente analfabeto a fuerza de alfabetización y manipulación mediática, porque hoy no se libra ni Dios de la Educación, que es obligatoria como antaño lo fue el servicio militar para los varones. Así pues, la oclocracia no es una enfermedad degenerativa de la democracia, sino la realización de su esencia misma.
 
     Yerra Plutarco también cuando añade que la  democracia extrema engendra anarquía, equiparando esta última con la oclocracia, el desgobierno con el malgobierno,  pues la anarquía, por definición, es la ausencia de gobierno sobre el pueblo, mientras que la oclocracia, como queda dicho, no deja de ser una forma de gobierno apoyada por el voto mayoritario de un número conforme y manipulado que se impone de modo totalitario a la totalidad de la población. Si el oclos es el pueblo convertido en electorado que delega su voto irresponsablemente en sus presuntos representantes, la democracia de verdad no engendraría anarquía, sería la auténtica anarquía, acracia o ausencia de un gobierno, que sería innecesario.
 
  

miércoles, 5 de febrero de 2025

Democracia totalitaria

    Hace bien Juan Manuel de Prada en su artículo Totalitarismo democrático, publicado en Animales de compañía XLSemanal el 2 de febrero de 2025, cuando añade al sustantivo 'totalitarismo' el adjetivo 'democrático', dado que lo primero, como bien dice, no es lo mismo que tiranía, autocracia o dictadura, y lo segundo, democracia, -alguien debe recordárnoslo- no es lo mismo que libertad, aunque pudiera parecerlo ingenuamente a primera vista. 
 
     La democracia es un sistema totalitario porque pretende imponer a la totalidad de los súbditos o ciudadanos la opinión configurada y conformada -opinión pública- de la mayoría, para lo que es requisito imprescindible configurarla a través del sufragio universal, lo que en rigor es imposible porque no hay todo que valga y la mayoría por muy mayoritaria que sea no es nunca la totalidad, aunque se la quiera hacer pasar por ella.
 
    Y así, frente a un totalitarismo blando en la forma hay un totalitarismo duro en el fondo “según los dictados del reinado plutocrático mundial”. El totalitarismo blando se explica porque no se hace un ejercicio despótico del poder, sino todo lo contrario. No es el pueblo, siempre gobernado, el que gobierna, sino Pluto, el dios de la riqueza, previamente cegado por Zeus como se ve en la comedia homónima de Aristófanes, lo que explica la desigual distribución de la riqueza. La democracia no es sino el disfraz de la plutocracia, lo que equivale a decir a capitalismo, camuflado bajo el embeleco de que es el pueblo, o la gente como prefieren decir ahora, la que manda, definiéndola como "el gobierno de la gente".  
 
    La imposición totalitaria puede servirse (pero no solo puede hacerlo teóricamente, sino que suele de hecho servirse en nuestra actual coyuntura) de formas nada opresivas y, hasta aparentemente liberadoras. De ahí el éxito de su imposición. Pero no hay que olvidar su núcleo duro: Cualquier forma de disidencia con la opinión mayoritaria se ve automáticamente anulada y relegada al ostracismo. El antiguo totalitarismo encarcelaba y hasta ejecutaba a los herejes y disidentes; el actual no necesita cometer tan bárbaros excesos. 
 
    En las democracias actuales, sean de izquierdas o de derechas, lo mismo da, se considera que la opinión pública mayoritaria expresada y conformada democráticamente “declara lo que es bueno y malo, justo e injusto, al modo de una religión antropólatra”. 
 
    Entre los fenómenos que cita destaca el tercero: “la creación mediante la propaganda de una 'opinión pública' que exige posiciones tajantes” ya sean a favor o en contra de diversos asuntos. Nunca denunciaremos suficientemente el engaño de la expresión “opinión pública”. Las opiniones no pueden ser públicas, sino privadas y particulares, individuales. Creer que la suma de opiniones individuales puede confirmar una opinión pública, común, es una ingenuidad, algo imposible. Pero precisamente, porque es imposible, el Poder se empeña en lograrlo. Lo único que podemos considerar “público”, en el sentido de que a todos nos es común, es el uso de razón, pero la razón o sentido común se contrapone directamente a la opinión pública, que es una opinión fabricada con ideas que se empoderan con votos individuales que se imponen como si fuera la verdad. 
 
    La opinión pública trata de hacer “que el pensamiento renuncie a interrogar la realidad de las cosas”. Impecable, a la vez que muy sugerente, el análisis que hace De Prada en su artículo.
 
    El testimonio que aporta en su defensa de Alexis de Tocqueville, el mayor apóstol de la democracia, que reproduzco literalmente por su indudable interés, es muy valioso: Describe una «forma de opresión que amenaza a los pueblos democráticos, que no se parecerá en nada a las que la han precedido en el mundo» con estas palabras: «Por encima de ellos [de los ciudadanos] se eleva un poder inmenso y tutelar, que se encarga él solo de asegurar sus goces y velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y dulce. Se parecería a la potestad paterna si, como ésta, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero no procura, por el contrario, más que fijarlos irrevocablemente en la infancia». Interesante el concepto de “papá Estado” que esboza De Tocqueville, el cual lejos de preparar a los hombres para la edad viril -se entienda esto como se quiera- los instala definitivamente en la infancia. 
 
    La conclusión del artículo es también impecable: Los analistas quieren hacernos creer que la deriva autocrática que conlleva toda democracia se soluciona cambiando de gobierno: nada más lejos de la realidad y la verdad.

    Juan Manuel de Prada nos remite, sin hacerlo expresamente, a otro artículo publicado anteriormente el 16 de enero de 2017 titulado Democracia y totalitarismo.