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miércoles, 28 de octubre de 2026

La caverna mediática (de Platón)

    Hace casi dos mil quinientos años que un tal Platón nos habló ya de la caverna y de los hombres que habitaban en ella. Decía el griego que esos cavernícolas éramos nosotros, que estábamos contemplando, prisioneros y maniatados de espaldas a la realidad, imágenes proyectadas en la pantalla cinematográfica de una pared. Creemos, así, que un árbol, un caballo o una casa son esas cosas que vemos reflejadas en el muro de la gruta a la luz de un foco luminoso.

    De vez en cuando, viene alguien de fuera, el tal Platón por ejemplo, a decirnos que todo aquello es el engaño de un trampantojo, que aquellas imágenes virtuales no son más que ideas, simples remedos o proyecciones de las verdaderas realidades que existen fuera bajo el sol. Nos anima a que salgamos al exterior, porque es maravilloso contemplar el esplendor verde de un olivo mediterráneo o la elegancia de los movimientos de un caballo al trote o galope o las aguas azules y cristalinas del mar Egeo. Pero no hacemos caso del forastero recién llegado, aunque se llame Platón, venga de fuera y sepa de lo que habla; preferimos seguir contemplando, fascinados por las imágenes que atrofian nuestra imaginación, la película proyectada en la gran pantalla de la caverna: la realidad virtual o hiperrealidad.

 

    Nosotros, los hombres y mujeres del siglo XXI no hacemos caso de esa voz, seguimos siendo todavía, aunque parezca mentira, cavernícolas, habitantes de la gruta. En esta sofisticada caverna mediática en que habitamos, las imágenes no se proyectan en paredes rupestres, sino en primer lugar en una sala de cine, después en nuestra propia sala de estar en monitores televisivos de plasma, a los que llegan, además, los ecos de las voces en alta definición remasterizada con sonido digital, y finalmente en las pantallas táctiles de nuestros móviles y tabletas. La caverna ya no es un lugar público, ni siquiera nuestra vivienda familiar, sino nuestro adminículo móvil y portátil, nuestra cueva individual y personalizada: nuestro smartphone en la lengua del Imperio.

    Hemos pasado de la pantalla gigante, a la pequeña pantalla y de esta a la minúscula; y de lo más público a lo más privado. No conocemos más caballos, aguas del mar Egeo, olivos mediterráneos que los que vemos en nuestra realidad virtual, en los monitores de nuestros ordenadores personales y tabletas y demás artilugios digitales y táctiles. En la caverna mediática en la que vivimos, nosotros somos los prisioneros, aunque no sean visibles las cadenas y ligaduras que nos atan de pies y manos. No hay cárcel de mayor seguridad que aquella que no parece que lo es. Más allá de cualquier excusa, la más firme de las ataduras es nuestra propia decisión de permanecer entre las cuatro paredes de la caverna platónica mediática, porque apreciamos la seguridad de la gruta y nos asusta lo que puede haber al otro lado, el mundo exterior.
 
 

    Preferimos lo malo conocido a lo bueno por conocer. Preferimos seguir, por miedo de la libertad, de espaldas a la realidad real, valga la redundancia, viviendo en un mundo fantasmagórico y virtual, alimentado por el miedo a lo desconocido, lo que hace imposible el encuentro con los demás, que ya no serían compañeros de esclavitud, sino de libertad, bajo la tibieza acogedora del sol.

    El término “caverna mediática”, popularizado por el presidente de un famoso club deportivo catalán, un tal Joan Laporta, para desprestigiar a la prensa nacionalista madrileña, nos da pie a nosotros para revisar el mito. Al parecer, en diciembre de 2009 el FC Barcelona se impuso al Real Madrid por un gol a cero gracias al acierto de su fichaje estrella, un jugador sueco. Esta victoria aupó al equipo catalán al primer puesto del campeonato de liga desatando la euforia de la afición azulgrana. El presidente de ese algo más que un club fue fotografiado celebrando el triunfo regado en champán, y achacó la difusión de las traicioneras fotos que tanto le comprometían a “la caverna mediática españolista” (sic). La expresión hizo fortuna y, desde entonces, la utilizan los medios progresistas de comunicación para descalificar a los conservadores.


    Pero, según lo que se me alcanza por lo poco que he podido averiguar –sería interesante que alguien más avezado que yo investigara sobre ello–, el cacareado término de “caverna mediática” lo acuñó nueve años antes el escritor ya fallecido Manuel Vázquez Montalbán, que publicó en la revista Quaderns del CAC un artículo titulado En la caverna mediática. Propuesta de una reconsideración del mito platónico, donde dirigía una mirada crítica hacia todos los medios de comunicación de masas recurriendo, para explicar la situación del individuo en la sociedad globalizada actual, a la parábola platónica. Comenzaba su artículo, aludiendo quizá a los espejos esperpénticos del callejón del Gato, con guiño valleinclanesco y memorable frase que cito literalmente: Los medios de comunicación se han convertido en espejos trucados que devuelven falseadas imágenes del ciudadano.

    Yo creo que el tal Joan Laporta usó el término “caverna mediática” despectivamente, sin aludir al mito platónico para nada. Para él “caverna” quiere decir “prehistoria”, y la expresión “caverna mediática” alude a los medios de comunicación reaccionarios, cavernícolas y trogloditas que están anclados en el pasado de la edad de las cavernas. Sin embargo, Vázquez Montalbán, más versado sin duda en humanidades que el presidente del club de balompié catalán,  alude, ya desde el título de su artículo, a la parábola platónica de la caverna para explicar nuestra situación frente a todos los medios de comunicación que, paradójicamente, sirven para mantenernos incomunicados ofreciéndonos información, una información que nos conforma a nosotros y que deforma la realidad.

    “También el individuo actual –dice Vázquez Montalbán- permanece en el seno de esa caverna y el mundo exterior son sombras… El individuo no ha elegido su postrada situación de habitante de la caverna y su mistificada percepción de la realidad exterior está programada por todos los interesados en acondicionar la realidad a un estatuto histórico inalterable. El esfuerzo del poder consiste precisamente en basar su fuerza en una progresiva concentración y la debilidad del adversario, nosotros, en un progresivo enclaustramiento en el seno de esa caverna”.

 

    Los media, como llaman los ingleses a los medios de comunicación con el plural neutro acabado en -a del latín medium -"las cosas que actúan de intermediarias, los instrumentos mediadores entre el emisor y el receptor del mensaje, los soportes de la comunicación"-, tienen la virtud de convertir en noticia un acontecimiento, dándole más importancia de la que a priori pudiera tener, y, a la inversa, pueden hacer que un acontecimiento humanamente relevante no sea noticia, ignorándolo al no dar cuenta de él. También pueden, por supuesto, tergiversar la realidad informando sesgadamente de algo que ha sucedido, lo que muchas veces depende de la ideología política tras la que se parapeten. En cualquier caso, lo que hacen es servir de intermediarios entre la realidad exterior, que está formada de ideas que la idealizan, y nosotros, los prisioneros de carne y hueso de esa caverna mediática que pone delante de nuestros ojos la realidad, que es la falsedad, del mundo para ocultarnos simple y llanamente la verdad.

jueves, 27 de agosto de 2026

Plutocracia, un epigrama de John Owen

    Ioannes Audoenus, alias John Owen (c.1564-c.1622-1628), que no hay que confundir con el teólogo homónimo,  destacó, según leo en la inevitable Güiquipedia, como un perfecto versificador en lengua latina y en el ingenioso género del epigrama, que le hizo célebre en toda Europa. Se le ha considerado, no sin cierta exageración, el "Marcial inglés", comparándolo con el epigramático latino. Sus libros de Epigrammata se tradujeron e imitaron por doquier; fueron tan populares que se han reimprimido y traducido sin interrupción hasta la actualidad. 
 
    El epigrama, compuesto generalmente por un dístico elegíaco de hexámetro y pentámetro dactílicos, es un género poético menor de tipo aforístico, que expresaba con muy pocas palabras algo que merecía ser inscrito y grabado sobre la piedra. Epigrama es nombre griego que significa precisamente "in-scripción". Suele ser casi siempre satírico, irónico y sarcástico.
 
    Sirva como ejemplo este, que podríamos titular Plutocracia, que es el número 97 del libro séptimo de Owen, publicado en 1612 y dedicado al dinero:
Solus Dis deus est, Dites dii, numina nummi. 
Cum plausu loquitur     Pluto, tacetque Plato. 
   
    Lo traduzco un poco libre- pero rítmicamente, así, haciendo constar que Dis ("el Rico") es uno de los epítetos de Plutón, el Hades griego, el dios del inframundo, de los muertos y, por lo tanto, también del subsuelo, de cuyas minas surgían los metales preciosos: el oro y la plata que se utilizaban como dinero y conferían riqueza a sus propietarios: 
 Solo es dios el Dinero, divinos los adinerados. 
Con el aplauso Plutón     habla, y se calla Platón. 
 
  
    El pentámetro contrapone la figura humana de Platón con la divina de Plutón, confundido aquí con Pluto y coronado como rey. Plutón era el correlato latino de Hades, el dios del inframundo y de los muertos, pero enseguida se confundió con Pluto, el dios griego del dinero, de cuyo nombre deriva el helenismo plutocracia “gobierno de los ricos”. El pentámetro traza un paralelismo fonético entre Platón y Plutón para criticar los valores de la sociedad: habla Plutón, calla Platón. Es vitoreado Plutón, y ninguneado Platón, que representa la sabiduría. El significado sería que cuando el dinero y su poder económico hablan, es decir, mandan, el mundo los escucha, obedece  y aplaude, mientras que la sabiduría se ve obligada a guardar silencio sepulcral porque a nadie le interesa. 
  
    Basándose en este pentámetro,  Joaquín Huertas ha creado una poderosa imagen que es recreación del detalle central del célebre fresco de Rafael "La Escuela de Atenas", donde aparecen contrapuestas las figuras de Platón y Aristóteles. Allí Platón sostenía una de sus obras, el Timeo, y Aristóteles su Ética a Nicómaco. Ambos debaten sobre la búsqueda de la verdad y hacen gestos que se corresponden con sus posturas filosóficas: Platón señala el cielo, simbolizando el idealismo de su pensamiento; mientras que Aristóteles, señala la tierra, haciendo referencia a su realismo. 
 
Escuela de Atenas, detalle central, Rafael Sanzio (1510-1511)  
 
     Joaquín Huertas ha sustituido a Aristóteles por Pluto/Plutón, la personificación del dinero por una parte y rey, por la otra, del inframundo, los muertos y la riqueza de la cosecha, versión latina del Hades griego, confundidos ambos en uno.  Platón aparece en esta alegoría amordazado, con la boca cubierta por una venda. 
 
    Pluto  ('Dinero') lleva por título la última comedia de Aristófanes, en la que le atribuye a este dios la ceguera, dado que, cuando era joven, amenazó a Zeus con beneficiar solo a las buenas personas, a los sabios y a los honrados, pero Zeus, que envidiaba a los seres humanos, lo dejó ciego para que no pudiera reconocerlos, y repartiera su riqueza sin ton ni son, llegando a otorgársela a los más sinvergüenzas. 
     
    Lleva aquí Dinero una corona sobre su cabeza, y lanza monedas al suelo que atesora en una cesta de mimbre. Comenta el autor de la imagen que si hubiera que ponerle un título descriptivo con una frase lapidaria latina sería: PECVNIA RATIONEM VINCIT ("El dinero vence a la razón"). También podría haber sido PECVNIA REGINA MVNDI ("EL dinero, rey del mundo").
 
    Horacio, en unos versos de una de sus sátiras (II, 3, vv. 94-99), nos recordaba que todas las cosas obedecían al dinero y gracias a él se obtenía todo en la vida, tanto la sabiduría como el poder:  Todas las cosas, / fama, virtud, el honor, lo divino y humano, obedecen / a la preciosa riqueza; y aquel que las haya reunido / noble será, fuerte, justo. ¿Y sabio? También; y hasta rey y / cuanto le plazca.

sábado, 7 de febrero de 2026

Brevia

 SVA CVIQVE PERSONA

Cada cual tiene su propia máscara. Persona significa "máscara" en latín, de ahí personaje y personalidad. La cara, que, no lo olvidemos, es el espejo del alma,  según el refrán, es la persona,  y la persona es la máscara teatral,  cómica o trágica o, generalmente, ni lo uno ni lo otro en estado puro, sino dramática mezcolanza, porque la vida no es una comedia o una tragedia sino una tragicomedia, la farsa que todos llevamos a cabo, como dijo Rimbaud, el poeta adolescente.  Todos somos 'personae' en esta tragicomedia y quizá, como Octavio Augusto,  según cuenta su biógrafo Suetonio, debamos preguntarnos al final de nuestra vida si merecemos un aplauso por nuestra actuación, aunque tal vez no haya que esperar a ese momento para preguntarnos eso, sino que podemos hacerlo ahora mismo, por ejemplo. El latinajo es de Séneca.
 
 
LA CRATERA DE HÉLENA
En un pasaje de la Odisea inagotable de Homero se narra cómo la legendaria Hélena, la mujer más hermosa de toda Grecia, tan bella que parecía la humana encarnación de la divina Afrodita, alejaba las preocupaciones de su esposo Menelao dándole a beber un brebaje del país del Nilo que diluía en el vino, calmando así el dolor, la angustia y la ira bajo su conjuro. Ese opiáceo egipcio era “grande remedio de hiel y dolores, y alivio de males”, por decir con un hexámetro en legua de Castilla lo que cantaba el griego en la suya con divinas y aladas palabras. Era una droga tan poderosa que podía consolarlo a uno de cualquier pena, como la de perder a un padre, a una madre, a un hermano o a un hijo queridos. Se hizo proverbial en la antigüedad refiriéndose a ella como la “cratera de Hélena”, aludiendo a la vasija, que eso quiere decir cratera, donde se mezclaba el agua con el vino puro para diluirlo, y denominando con el nombre del continente el misterioso contenido que le daba Hélena a probar a Menelao.

El rey Menelao y la bella Hélena, Jan Styka (1858-1925)
 
HERACLITANA
Oigamos las misteriosas palabras de  las perturbadoras tres brujas de Macbeth de Shakespeare que cantan a coro: “Hermoso es lo feo y es feo lo hermoso”. Ellas nos enseñan la lógica de la contradicción, nos enseñan a ver la belleza en la fealdad y la fealdad en la belleza: lo que es feo es bello y lo que es bello es feo. De igual manera podrían enseñarnos a ver que lo malo es bueno y lo bueno es malo, como nos inculcaron desde nuestra más tierna infancia pedagógicamente. 

Macbeth y las tres brujas, Théodore Chassériau (1855)

300 HÉROES MUERTOS
Según Herodoto, el padre de la Historia, fue Simónides de Ceo el autor del dístico elegíaco grabado sobre una piedra en el paso de las Termópilas que conmemoraba la célebre batalla. El epigrama de Simónides –escueta composición poética compuesta por lo general de dos versos, un hexámetro y un pentámetro dactílicos, para inscribir como epitafio sobre una tumba- transmitido por el historiador griego recuerda a los trescientos espartanos que cayeron heroicamente protegiendo el desfiladero de las Termópilas en el año 490 antes de la era cristiana a las órdenes de Leónidas, el león de Esparta, defendiendo Grecia de la invasión de las huestes persas del rey Jerjes, y alcanzando una heroica muerte bajo la lluvia de las infinitas flechas que los acribillaron. El lacónico epigrama asocia la idea de obediencia a las leyes con la muerte, que hace que los trescientos pasen a la Historia, porque solo lo que está escrito está muerto y viceversa:
 ὦ ξεῖν’, ἀγγέλλειν Λακεδαιμονίοις ὅτι τῇδε 
 κείμεθα τοῖς κείνων ῥήμασι πειθόμενοι νομίμοις.
 
Ve, extranjero, a decir a Esparta tú que nosotros
obedeciendo a su ley   muertos yacemos aquí.

 HIPOCRESÍA Y TEATROCRACIA
Los griegos llamaronn al actor ὑποκριτής “hypokrités”; esta palabra subsiste curiosamente en nuestra lengua como reproche que se le hace a alguien por su falsedad bajo la forma “hipócrita”: el que actúa y no precisamente en un escenario, sino en la realidad, es decir, el mal actor, el que representa a un personaje en las tablas del poco noble teatro de la vida cotidiana. El divino Platón, por su parte, inventó la palabra θεατροκρατία “teatrocracia” que podría recobrar vida e importancia en este mundo nuestro contemporáneo que a veces ha sido descrito como “sociedad del espectáculo” (Guy Débord). La teatrocracia correspondería a este estado de degeneración de la democracia en el que gobernaría la mayoría (oclocracia o gobierno de la masa propiamente dicha), que nunca totalidad, del público. Es el gobierno de la chusma y del populacho, dicho con todo el poder despectivo de esta última palabra. Es el gobierno de la Opinión Pública, pero no el gobierno del pueblo, porque el pueblo, la gente no es una masa de individuos y cada individuo un voto, como pretenden los políticos que sea para que sea sólo eso y nada más que eso, sino algo vivo y palpitante, que está, a poco que se la deje hablar y se le preste oídos a lo que dice, diciendo siempre que no a todas las imposiciones que sobre ella se fundamentan, y, en concreto, a la farsa de la realidad. 
  

jueves, 3 de octubre de 2024

Tres palabras griegas: poema, poeta, poesía.

    Hay tres palabras griegas que conservamos en las lenguas modernas que son poesía, poeta y poema, que nos retrotraen al verbo griego ποιέω (poiéo), hacer o crear, del que son deudoras: poeta, poietés, el hacedor, el creador; poesía, poíesis, la creación; poema, poíema, lo creado, el resultado de la creación, la obra del poeta. Estas palabras constituyen una divina trinidad: padre, el poeta, hijo, el poema, y espíritu santo, la poesía que lo inspira: tres en uno. 




    Leyendo a Virginia Woolf (On not knowing Greek, incluido en su colección de ensayos literarios The common reader) me entero de que el poeta Shelley tradujo al inglés El Banquete de Platón y de que empleó veintiuna palabras para trasladar estas célebres trece griegas del Simposio 196d-e: πᾶς γοῦν ποιητὴς γίγνεται, κἂν ἄμουσος ἦι τὸ πρὶν, οὗ ἂν Ἔρως ἅψηται: for everyone, even if before he were ever so undisciplined, becomes a poet as soon as he is touched by love. Lo que, si lo vertemos al castellano a partir de la versión inglesa de Shelley podría ser algo así como: «pues todos, aunque antes fueran siempre harto indisciplinados, se convierten en poetas tan pronto como les toca el amor». 
 
    Pero vayamos a la fuente original, a Platón, que cita, al parecer, un verso proverbial de la perdida tragedia de Eurípides Estenebea, fr. 633 Kannicht que, además de Platón, han citado muchos otros autores griegos, y traduzcámoslo directamente, sin Shelley como intermediario: Todos se convierten en poetas, aunque antes fueran ajenos a las Musas, cuando Amor los toca. Otra traducción todavía más literal sería: Todo aquel a quien toque Eros, aunque antes fuera ajeno a las Musas, se convierte en poeta. 
 
Apolo y las Musas, Mingote

     Hemos conservado en la última versión la alusión mitológica a Eros, dios del amor y la referencia a las Musas no explícita en Shelley, que recurre a “so undisciplined”. El original griego dice ἄμουσος, que es un adjetivo formado por el prefijo negativo ἀ-, etimológicamente hermano del inglés y alemán un- así como del latín in-, y el término μουσος que evoca a las Musas (Μοῦσαι), por lo que se traduce mejor como “ajeno a las Musas”, que son las divinidades que, hijas preliterarias de Mnemósine o Memoria, inspiran a los artistas. Es verdad que en sentido genérico el término puede significar “rudo, grosero, sin gusto, sin finura”, como recoge el diccionario escolar de Pabón, y de ahí "sin disciplina", pero también tiene un significado específico, que es el que predomina en esta frase, que sería “sin sentido o sensibilidad musical”, es decir ajeno al arte en general y especialmente a las letras y al ritmo musical del lenguaje. 
 
    En la cita platónica hay, pues, dos alusiones mitológicas: a Eros, el dios del amor, y a las Musas, que se han perdido en la traducción inglesa de Shelley, cuando dice que cualquier hombre sin sensibilidad artística se convierte por influencia del Amor en un poeta, o, dicho de otro modo, que cualquier enamorado se convierte, cuando es tocado por la gracia de Eros, en un artista. 
 
    Precisamente en el Banquete de Platón, en el diálogo que mantienen Diotima y Sócrates, le dice esta lo siguiente: 
 
“Tú sabes que creación (ποιήσις, latín poesis) es algo múltiple, pues en realidad toda causa que haga pasar cualquier cosa de lo que no es a lo que es es creación, de suerte que también los trabajos en todas las artes son creaciones y los artífices de éstas todos creadores (ποιηταί, latín, poetae).

-Verdad dices.

-Pero también –continuó ella- sabes que no se llaman creadores, (ποιηταί, latín, poetae), sino que tienen otros nombres y que a una parcela separada de toda la creación (ποιήσις, latín poesis), la relativa a la música y los versos, se la denomina con el nombre del todo. Pues sólo a eso se llama “poesía” (ποιήσις, latín poesis), y “poetas” (ποιηταί, latín, poetae) a los que poseen esa parcela de la creación (ποιήσις, latín poesis).

-Dices verdad –añadí yo.

-Pues bien, así ocurre también con el amor."

Sócrates y Diotima con un discípulo. Franz Caucig (1762-1828)

    Pero ¿qué es poesía? La poesía es un intento desesperado de devolver a las palabras su poder de evocación de las cosas en contra de su significado conceptual habitual, que como un velo opaco recubre la realidad que tenemos delante, ocultándonosla y haciendo de ella nuestra gran desconocida, la gran y terrible incógnita, que sólo puede despejarse gracias al arte de las musas.

    La poesía devuelve al lenguaje su magia primigenia, convierte a las palabras en palabras mágicas, susceptibles de suscitar presencias y de resucitar, como la música de Orfeo, la música de verdad, a los muertos. La poesía nos lleva más allá. 

    Una de sus florituras más importantes es la metáfora, o la transferencia, dicho a la latina, y no me refiero a la operación bancaria en que se transfiere dinero de una cuenta a otra sino a la traslación del sentido de una palabra a otra, en virtud de una comparación tácita que rompe el principio filosófico de identidad A=A sobre el que se basa nuestra lógica aristotélica, dado que la poesía nos lleva más allá y nos dice, por ejemplo, A=B: las perlas del rocío, la primavera de la vida... 

    Vivir sin música no es vivir: no se puede vivir ἄμουσος, sin música, ajeno al arte de las Musas, porque la música es lo único que consigue, como Orfeo, que había sido tocado por el amor de Eurídice, hacernos salir del averno de la realidad y convertir nuestra existencia en vida de verdad, hacernos revivir, volver a vivir.

domingo, 18 de agosto de 2024

Disiecta membra (I)

Lo que Hélena le dijo a Paris.- Pocos poetas como Ovidio han sabido prestarle su voz al sexo femenino. Aquí la legendaria reina Hélena de Troya le ruega a Paris que haga el amor y no la guerra, que se olvide del combate, algo que hoy resulta muy trivial pero que no lo era tanto en la antigüedad, donde prevalecía el ideal viril heroico  y beligerante. Los versos -un dístico elegíaco de hexámetro y pentámetro dactílicos-  son el 255 y 256 de la la Heroida 17, que es una tierna epístola amorosa de la amada a su príncipe bienquisto.

Helena y Paris, detalle, Slava Fokk (1976-...)

apta magis Veneri quam sunt tua corpora Marti.
bella gerant fortes;    tu, Pari, semper ama!
 
Más apropiado resulta tu cuerpo a Venus que a Marte.*
Vaya el fuerte a luchar;        tú haz, Paris, siempre el amor.

(O bien: *Más apropiado resulta tu cuerpo al amor que a la guerra)

oOo

¿Democracia electiva? A propósito de las numerosas elecciones a las que nos convocan periódicamente las instituciones para sostenerse -municipales, autonómicas, nacionales y europeas-, conviene recordar lo que pensaban los griegos del sistema electoral.  Pedro Olalla en su libro Grecia en el aire (Barcelona, mayo 2015) escribe que hoy día nadie se plantea cubrir por sorteo los puestos de responsabilidad política o cargos públicos como se hacía en la Atenas democrática de Periclés (y como se hace, digo yo, en muchas comunidades de vecinos), pero resulta que filósofos de la talla de Platón y Aristóteles sostuvieron que eso era lo más democrático. Es más, Aristóteles llegó a decir que el sorteo crea democracia, mientras que la elección genera oligarquía (el gobierno -arquía-  de unos pocos -oligo-, los representantes, sobre la mayoría de sus representados).

"Y afirmo, por ejemplo, que parece ser democrático que los cargos se den por sorteo, y oligárquico que por elección" (Aristóteles, Política, 1294b 8ss).

Dice Pedro Olalla comparando la democracia directa ateniense con las pseudodemocracias parlamentarias actuales: "Entonces no existía la oposición entre gobierno y ciudadanos: los ciudadanos eran el gobierno. El último poder de decisión no estaba en representantes o líderes, sino en el conjunto de los ciudadanos. No existían partidos con estructuras jerárquicas, listas cerradas, disciplinas de voto y hombres de paja al servicio de intereses; existía una amplia asasmblea sin sitio para marionetas y encargada de definir constantemente el bien común. Entonces no había profesionalización de la política (...). Entonces no había elecciones cada cuatro años y referenda (sic) escasos y no vinculantes, sino una implicación continua del pueblo en la toma de decisiones" (pág. 180).   

oOo

La peor clase de ignorancia (V.O.S. Platón,  El sofista 229c) Asistamos a una breve escena del interesante diálogo entre el extranjero venido de Elea, la patria de Zenón, y Teeteto, alumno del matemático Teodoro de Cirene. La filosofía, como la banda sonora del cine, hay que escucharla en versión original. En primer lugar, en griego clásico; debajo, con subtítulos en español oficial contemporáneo.

EXTRANJERO. -Me parece por cierto ver clara una gran y terrible especie de ignorancia, equivalente a todas las demás por sí misma.
TEETETO.- ¿Cuál es?
EXTRANJERO.- El creer que sabemos algo que no sabemos; por esto es probable que en nosotros surjan los errores todos con los que nos engaña el pensamiento. 

oOo

Os dejo con un minuto y medio de música sublime. Se trata del maravilloso dueto de las flores de la ópera francesa Lakmé de Léo Delibes:

miércoles, 3 de abril de 2024

El flujo continuo o la diarrea heraclitana (y II)

    En la lectura de la novela 'Hiperión o El eremita en Grecia' de F. Hölderlin encontramos dos veces la siguiente expresión que contiene una fórmula griega que el poeta alemán atribuye a Heraclito (acentuamos su nombre, como corresponde, a la latina): La gran frase de Heraclito, el ἕν διαφέρον ἑαυτῷ (lo uno diferente en sí mismo, o sea, una cosa que se diferencia de sí misma), sólo un griego podía encontrarla, pues es la esencia de la belleza, y antes de que se descubriera eso, no había ninguna filosofía. 

    Platón, en efecto, pone en boca de un tal Erixímaco en el 'Banquete que es su diálogo sobre el amor, lo siguiente: "Pues (Heraclito) dice que lo uno, discordando ello consigo mismo, concuerda, como ajuste de un arco y de una lira." (Traducción de A. García Calvo). Erixímaco dice que ese pensamiento es absurdo, ilógico, irracional, y que sólo puede tener sentido si lo consideramos temporalmente, es decir, si lo planteamos como que cosas que antes eran discordantes han acabado concordando, con lo que en el transcurso del tiempo desaparece la contradicción: lo que discordaba antes ahora concuerda, o viceversa. La manera de asimilar el pensamiento de Heraclito es no presentar la contradicción simultáneamente, sino como evolución que se desarrolla sucesivamente en el tiempo. 

    La fórmula ἕν διαφέρον ἑαυτῷ podemos glosarla como “la unidad en sí misma diferente” o “lo uno diferente en sí mismo”, tal como aparece en el discurso del médico Erixímaco en el 'Banquete' de Platón. Antonio Machado entre nosotros, a través de su heterónimo Juan de Mairena, plantea la misma cuestión en otros términos: “la esencial heterogeneidad del ser", expresión que con su sola formulación contradice y niega la homogeneidad esencial del ser. 

     La identidad consistiría en que uno siendo lo que es se diferencia en primer lugar de los demás, por supuesto, pero también, en segunda y no menos importante instancia, de sí mismo, lo que explica que uno cambie y, sin embargo, siga siendo el mismo que es, como el famoso río de Heraclito, cuyas aguas fluyen constantemente y no vuelven nunca, y, sin embargo, sigue siendo el mismo río. Dicho brevemente: la identidad consiste en la diferencia, y viceversa: lo que nos diferencia con los demás y con nosotros mismos es precisamente nuestra identidad. 



    Dice, en efecto, la que seguramente es la sentencia más famosa del libro de Heraclito: En los mismos ríos entramos y no entramos, estamos y no estamos (y somos y no somos), que Séneca nos ha transmitido en latín añadiéndole el adverbio “bis” (dos veces): In idem flumen bis descendimus et non descendimus: 'A un mismo río dos veces bajamos y no bajamos'. 

    En ese río de Heraclito que es y no es el mismo siempre, nos invita a bañarnos Heraclito para recordarnos que también nosotros, al igual que el río y todas las cosas, somos y no somos los mismos cada vez que nos bañamos, cada instante que vivimos. 

    No nos damos cuenta de la perplejidad que entraña algo tan sencillo de formular y de lo imposible que es que las cosas cambien y sigan siendo lo mismo que son, pero así son las cosas, y, como suele decirse, así es la realidad. 

    El fragmento 51 de Heráclito (en la edición de Diels-Kranz), a partir del cual Platón, en la voz de Erixímaco, realiza su crítica al pensamiento del filósofo presocrático, reza: 'No comprenden como lo discordante (διαφερόμενον) puede concordar consigo mismo (ἑαυτῷ συμφέρεται); armonía de tensiones contrapuestas (παλίντροπος ἁρμονίη) como la del arco y la lira.' Por lo que el principio de contradicción que formula Heraclito sólo puede concordar consigo mismo contradiciéndose simultáneamente. Dicho en otras palabras: la identidad no es más que la diferencia con uno mismo, y la diferencia la identidad. Dicho esto en general o en absoluto. En cuanto a cada uno de nosotros, nuestra identidad con nosotros mismos implica que nos diferenciemos de los otros, y la diferencia es la identidad que nos hace únicos. 
 
     Heraclito no es, por lo tanto, el filósofo del flujo constante, del πάντα ῥεῖ (pánta rhei), cosa que por cierto nunca dejó escrita, sino el filósofo de la contradicción, que viene a mostrarnos la falsedad de la realidad y nos obliga a considerar ambos aspectos: lo que llamamos realidad no es verdad, pero es real. Por un lado está la idea de la cosa, intemporal y eterna, idéntica consigo misma, y por otro lo que está debajo, la cosa misma, o la persona nunca idéntica a sí misma, siempre cambiante. 

    Como dice Luis Andrés Bredlow en su artículo 'Parménides o la identidad imposible', cuando se trata de decir la verdad, nada más y nada menos, a cualquiera se le ocurren enseguida muchas cosas que podemos decir y que todos aceptaríamos como verdaderas, sin ninguna duda: por ejemplo, que hoy es miércoles. El único inconveniente es que eso, si lo repetimos mañana o pasado mañana, será mentira: y una verdad que sólo es verdad los miércoles y mentira el resto de la semana evidentemente no nos lleva muy lejos. Una verdad que lo sea verdaderamente tiene que ser verdadera siempre, no importa quién la diga, ni cuándo, ni en dónde.

miércoles, 28 de febrero de 2024

De la demerastia, a propósito de Alcibíades

    Platón, haciendo uso de la enorme plasticidad que le permitía la lengua griega que manejaba, inventó el neologismo 'demerasta' -griego δημεραστής, a partir de δῆμος (dêmos) pueblo y  ἐραστής (erastés) enamorado, amante, a imagen y semejanza de 'pederasta' (amante o enamorado del niño), y lo puso en boca de Sócrates en su diálogo Alcibíades (1 132 a), donde el maestro que reconocía su ignorancia  le aconsejaba al niño bonito que era Alcibíades (al que Cornelio Nepote le dedicó los adjetivos latinos luxuriosus, dissolutus, libidinosus, intemperans, que no necesitan mucha traducción) y del que estaba por otra parte enamorado (sus dos grandes pasiones, según confiesa, fueron Alcibíades y la filosofía) que no se convirtiera en un demerasta o, si se quiere, populista, con palabra de raigambre latina y, como suele decirse, de más rabiosa actualidad:


 Sócrates reprochando a Alcibíades, Anton Peter (1819)

    Y de ahora en adelante, si no te dejas corromper por el pueblo de los atenienses y no llegas a envilecerte, yo no te abandonaré (καὶ νῦν γε ἂν μὴ διαφθαρῇς ὑπὸ τοῦ Ἀθηναίων δήμου καὶ αἰσχίων γένῃ, οὐ μή σε ἀπολίπω). Pues lo que yo temo muy mucho es que convertido en amante del pueblo te eches a perder (τοῦτο γὰρ δὴ μάλιστα ἐγὼ φοβοῦμαι, μὴ δημεραστὴς ἡμῖν γενόμενος διαφθαρῇς), lo que a muchos de los atenienses ya también les ha pasado (πολλοὶ γὰρ ἤδη καὶ ἀγαθοὶ αὐτὸ πεπόνθασιν Ἀθηναίων) . 
 
Sócrates y Alcibíades,  Christoffer Wilhelm Eckersberg (1816).

    ¿Qué hay de malo en ser un amante del pueblo, un demerasta, un populista? En principio no tendría por qué ser algo negativo, sino todo lo contrario, ya que se trata de una forma de amor amparada bajo la protección del dios Eros. El problema reside en que no es un amor desinteresado, sino que en los sistemas de gobierno democráticos como era el ateniense y son la mayoría de los que hoy padecemos ese amor es interesado: busca los votos del pueblo para legitimar el gobierno unipersonal y tiránico que se ejercerá sobre el propio pueblo con su consentimiento.

    Ya un historiador tan penetrante como Tucídides vio que la democracia ateniense de Periclés que tanto se ha ponderado y ensalzado en los tiempos modernos como logro de la humanidad y modelo de democracia directa... no dejaba de ser una tiranía. En efecto, el historiador griego dejó escrito en el libro segundo 65, 9, de La Guerra del Peloponeso,  y hablando de Periclés, que fue el tutor por cierto del joven Alcibíades: Era una democracia de palabra (en teoría), pero de hecho (en la práctica) era el gobierno del primer ciudadano. ἐγίγνετό τε λόγῳ μὲν δημοκρατία, ἔργῳ δὲ ὑπὸ τοῦ πρώτου ἀνδρὸς ἀρχή. 

Sócrates y Alcibíades, Édouard-Henri Avril (1906)

    Contrapone Tucídides la palabra, “logo” λόγῳ, con la tozuda realidad de los hechos, “ergo” ἔργῳ: bajo el nombre de democracia oficialmente gobernaba el pueblo, pero en realidad el que mandaba era el presidente del gobierno, diríamos hoy con flagrante anacronismo, elegido por el pueblo.

    Se revela así que la democracia no deja de ser la perfección de la dictadura, dado que el déspota, dictador, tirano, sátrapa o como quiera llamarse está legitimado por el amor del pueblo traducido en votos. Para lograr esos votos el aspirante al puesto de presidente del gobierno debe amar y halagar hasta la hez al pueblo, convertirlo en electorado, y ser un populista o demerasta. Se trata de un amor interesado, porque es fruto de la ambición de poder. Si quieres llegar a ser el primer ciudadano, es decir, presidente del gobierno, debes ser un demerasta, un populista, y, por lo tanto, un demagogo.
 
    Frente a ese amor interesado, podría haber un amor libre y desinteresado por el pueblo y por lo popular, no por el pueblo definido en naciones o unidades estatales, sino por el pueblo indefinido en general, ese que no quiere que se ejerza sobre él ninguna soberanía, ya que él, o sea nadie por encima de él, es su único soberano, pero no era el caso evidentemente de Alcibíades que nos ocupa. Y ese amor no tendría nada de malo o censurable, sino todo lo contrario.

domingo, 25 de febrero de 2024

VERBA VOLANT, SCRIPTA MANENT

    Según el  adagio latino, las palabras, si se las deja en libertad vuelan: uerba uolant, scripta manent: las palabras vuelan y no sólo porque se las lleve y borre el viento, como decimos nosotros, sino porque tienen alas como los pájaros. Un viejo epíteto homérico resuena muchas veces como el estribillo de una melodía en la Odisea y la Ilíada: ἔπεα πτερόεντα: palabras aladas. Pero las que no han sido pronunciadas y liberadas permanecen prisioneras en la jaula silenciosa de la escritura, que se configura así como sarcófago o cautiverio al menos de la viva voz.




    Como escribe Borges,  el significado de esta máxima era muy distinto en la antigüedad del que le damos ahora, donde parece que preferimos la segunda parte, que las cosas queden por escrito, y decimos “lo escrito escrito está”: El adagio latino VERBA VOLANT, SCRIPTA MANENT, en que ahora se ve una exhortación a fijar con la pluma los pensamientos, se dijo para prevenir el peligro de los testimonios escritos... Aquella frase que se cita siempre: Verba volant scripta manent, no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales.

    Un mito griego, recogido por el divino Platón, atribuye la invención de la escritura al dios egipcio Theuth, que se la reveló al entonces faraón del alto y bajo Egipto Thamús, más conocido como Ammón, diciéndole: “Este conocimiento hará más sabios y más memoriosos a los egipcios pues sirve como fármaco para aumentar la memoria y la sabiduría que conlleva”. Pero el sabio faraón le replicó al dios: “Oh dios, tú que eres el padre de las letras, les confieres un poder que no tienen, porque no es recuerdo sino olvido lo que producirán en los que aprendan a leer y escribir, -entre los alfabetizados, diríamos hoy-, y descuidarán la memoria al fiarse de lo escrito”.

    Esto mismo les sucede a muchos estudiantes cuando toman apuntes. En el mejor de los casos habrán resumido una conferencia o lección magistral, pero si se les pregunta qué es lo que se ha dicho no tendrán ni idea, porque su memoria no lo ha retenido. Precisarán leer y releer esos apuntes hasta memorizarlos, algunos en voz alta para oírse a sí mismos, para enterarse de su contenido, porque no han estado atentos a comprender y asimilar lo que se decía, sino a copiarlo por escrito. Quizá por eso algunos filósofos, como el propio Sócrates, que no era precisamente ningún analfabeto, no escribió ni una sola palabra, y Jesús de Nazaré, que tampoco era analfabeto, según se cuenta, sólo escribió una misteriosa palabra con el dedo en la arena que enseguida borraría el agua o el viento.


    Julio César, en sus Comentarios sobre la guerra de las Galias, cuando nos habla en el libro VI de las enseñanzas que transmitían los druidas a los jóvenes galos, recoge la misma idea: los druidas hacían aprender de memoria a los jóvenes que estaban a su cargo, hasta veinte años algunos, un gran número de versos, pero no les permitían hacer uso de la escritura, a pesar de que conocían el alfabeto griego, del que hacían uso en negocios públicos y privados, pero no así en la educación. Esto es así, dice César, por dos razones (id mihi duabus de causis instituisse uidentur), la primera porque no querían divulgar sus enseñanzas públicamente (quod neque in uolgum disciplinam efferri uelint) y la segunda porque no querían que los estudiantes, confiándose en las letras, descuidaran la memoria (neque eos qui discunt litteris confisos minus memoriae studere), porque precisamente lo que suele suceder es que con la ayuda de las letras (accidit ut praesidio litterarum) se pierde la necesaria atención en el aprendizaje y la memoria (diligentiam in perdiscendo ac memoriam remittant).

    Recordar, etimológicamente, es volver a traer algo al corazón, que era para los antiguos el palacio de la memoria, cuya sede no se hallaba en el cerebro, sino, precisamente,  en el *cor(d) o corazón. Esto explica el sentido de las expresiones inglesa y francesa “by heart” y “par coeur”, con el mismo significado que nuestro “de memoria”, que en castellano viejo se decía “de coro”; y también explica el significado del verbo inglés record “registrar”, que es grabar.

    El desprestigio de la memorización por parte de muchos pedagogos y docentes modernos es, de alguna manera, responsable del auge del olvido en que han caído las viejas artes mnemotécnicas, pero hay cosas como la tabla de multiplicar, la lista de verbos irregulares ingleses o, en nuestro ámbito cada vez más restringido, las declinaciones griegas y latinas que conviene saberse de memoria si se quiere hacer un uso razonable y disfrute de ellas. Quizá era absurdo aprenderse la lista de los reyes godos o todos los afluentes de los ríos, como antaño en la escuela, pero hemos pasado de la obligación de memorizarlo todo a no memorizar nada, con lo cual  damos pábulo a la desmemoria y el mal de Alzheimer.

    Contaba Agustín García Calvo, volviendo a nuestro viejo adagio latino, que su maestro Antonio Tovar había corregido su sentido moderno inventando un pentámetro donde añadía un matiz que contradecía el proverbio: MORTVA SCRIPTA MANENT, VIVIDA VERBA VOLANT: lo escrito perdura, efectivamente, pero muerto, en el silencio de la página, mientras que las palabras vuelan de viva voz llenas de vida. En otra ocasión lo recordó con la variante: MORTVA SCRIPTA IACENT, VIVIDA VERBA VOLANT: muerto lo escrito  yace, vívidas vuelan las palabras.

viernes, 18 de agosto de 2023

Miseria de la filosofía después de Sócrates

    En el tratado Cuestiones académicas, libro I, 27 de Cicerón, que como filósofo no aportó gran cosa a la filosofía pero que nos transmitió por la vía latina gran parte del legado filosófico griego, se habla de las dos grandes escuelas filosóficas de la antigüedad posteriores a Sócrates, que sirve como punto de inflexión en la historia de la filosofía, dividiéndola en un antes (pre-socráticos) y un después (post-socráticos), al igual que Jesucristo parte en dos la historia universal de la humanidad y el cómputo de los años y los siglos en un antes y un después. Estas dos grandes escuelas fueron los académicos y los peripatéticos, que, aunque con distinto nombre, coincidían en lo fundamental, que es en su raigambre platónica, dado que Aristóteles no deja de ser un heredero de Platón, aunque se aparte de él en muchos aspectos. 


 La escuela de Atenas, Rafael Sanzio (1508-1511)

    (En el fresco de Rafael La escuela de Atenas ambos filósofos ocupan el centro de la escena: Platón señala hacia arriba, al mundo de las ideas, mientras que Aristóteles, más materialista, señala las cosas de aquí abajo). La escuela fundada por Platón era la Academia, que así se llamaba por el nombre del gimnasio donde se reunían y conversaban sus miembros. La que fundó Aristóteles era el Liceo, otro gimnasio donde el estagirita y sus secuaces gozaban de una avenida arbolada que regalaba su sombra al maestro y a sus discípulos durante sus conferencias, por lo que se les denominó peripatéticos, que en griego significa “paseantes”.

    Ambas escuelas, académicos y peripatéticos, afirma Cicerón, fundaron una determinada filosofía sistemática imbuidos de la fecundidad de Platón (sed utrique Platonis ubertate completi certam quandam disciplinae formulam composuerunt), y esta filosofía era en verdad consistente y completa, sistemática diríamos nosotros, (et eam quidem plenam ac refertam), mas abandonaron aquella costumbre socrática de discutir incansablemente acerca de todas las cosas sirviéndose de la duda y sin hacer ninguna afirmación positiva (illam autem Socraticam dubitanter de omnibus rebus et nulla adfirmatione adhibita consuetudinem disserendi reliquerunt). Así se hizo, lo que de ninguna manera Sócrates aprobaba, un cierto tipo de filosofía y un orden de materias y sistema de doctrina. (Ita facta est, quod minime Socrates probabat, ars quaedam philosophiae et rerum ordo et descriptio disciplinae).

    La filosofía postsocrática, según Cicerón, dejó de cuestionarse todas las cosas y de poner en duda la verdad de la realidad,  sin asentar nunca nada positivo como definitivo, como hacía el maestro. Es decir, dicho en pocas palabras, dejó la duda fuera porque en sus sistemáticas doctrinas, que afirmaban cosas como la inmortalidad del alma humana, por ejemplo, de un modo dogmático que no admitía discusión, no cabía la más mínima duda. La duda socrática que consistía según el arpinate (Conversaciones en Túsculo, libro I, XLII) en mantener hasta el límite (tenet ad extremum) aquello suyo (de Sócrates) de no afirmar nada (suum illud, nihil ut adfirmet), no cabía ni en la Academia ni en el Liceo, como no cabe tampoco en las modernas instituciones educativas, en nuestras academias y liceos, en nuestros institutos, universidades y escuelas,  que siguen, muchas de ellas, llevando sin querer los nombres de las viejas escuelas atenienses. 


    A diferencia de Platón y de Aristóteles, Sócrates, según el arpinate, (opere citato I, 16),   discurre de tal manera que él mismo no afirma nada (ita disputat ut nihil adfirmet ipse), refuta a otros (refellat alios), dice que no sabe nada salvo esto mismo, (nihil se scire dicat nisi id ipsum), y que aventaja a los demás por el hecho de que ellos creen saber lo que ignoran (eoque praestare ceteris quod illi quae nesciant scire se putent), mientras que él mismo sólo sabe esto solo, que no sabe nada, (ipse se nihil scire, id unum sciat), y que por esta razón juzga que fue considerado el hombre más sabio de todos por el oráculo de Apolo de Delfos (ob eamque rem se arbitrari ab Apolline omnium sapientissimum esse dictum), porque toda la sabiduría era esto solo, solo esto: no creer que uno sabe lo que ignora (quod haec esset una omnis sapientia, non arbitrari se scire quod nesciat).
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lunes, 1 de mayo de 2023

Lecciones de economía: 7. -¿Quién es el rico y quién el pobre?

    Sócrates no escribió nada. Platón y Jenofonte son los principales autores que escribieron sobre él. Es difícil distinguir en sus obras cuándo nos están hablando del Sócrates histórico y cuando el Sócrates del que nos hablan no es más que un personaje literario detrás del que se parapetan ellos mismos para dar más autoridad a su discurso. En lo que ambos autores coinciden es en el carácter oral de las enseñanzas del maestro y en la práctica del diálogo, y en concreto en la formulación de la pregunta fundamental que plantea Sócrates a sus interlocutores: ¿qué es?. 
 
    Con esta pregunta se consiguen dos cosas contrarias: por un lado se intenta saber lo que es una cosa, la pregunta es un deseo, digamos, de sabiduría (filo-sofía); pero, por otro lado, el hecho mismo de preguntar revela que uno no sabe muy bien qué es aquello que pregunta, por lo que quiere definirlo mejor de lo que está: no está claro el significado de la cosa y por eso se pregunta por ella, para aclararlo. 
 
    Si se habla como vamos a hacer aquí de una idea definida como la de riqueza en términos económicos, por ejemplo, se habla contra ella, porque hablar de una idea cualquiera es ponerla en tela de juicio, revelar su imperfección, y desactivarla como tal idea al mostrar sus contradicciones.

 Sócrates, dibujo de Esteban Navarro Galán

    En los diálogos que escribió Platón en su juventud (incluyendo la Apología, que no es propiamente un diálogo sino el discurso de defensa de Sócrates en el juicio donde fue condenado a muerte) es donde es más fiel probablemente al Sócrates histórico: en ellos Sócrates se pregunta por diversas cosas sin llegar nunca a una conclusión definitiva, porque el razonamiento no conoce cierre, es sin fin, un preguntarse constantemente por la realidad de las cosas,  lo que denuncia así la falsedad, por su propia pretensión,  de cierre: la pregunta no puede tener respuesta definitiva, tiene que estar siempre en el aire, corriendo de boca en boca.

    Jenofonte en este discurso titulado “Económico”, que es el primer tratado escrito de economía en nuestro mundo, utiliza la figura de Sócrates como intermediario para formular sus propias ideas sobre economía (término griego que nos llega a través del latín oeconomia y que literalmente significa administración, "-nomía",  del "oikos", es decir, de la casa o hacienda).

    Es posible que en este breve fragmento de la conversación que mantienen Sócrates y Critobulo resuene la voz auténtica de Sócrates, no del Sócrates jenofóntico, que es el alter ego del autor, bajo cuya identidad se parapeta y esconde, sino del Sócrates histórico. (La traducción que copio es la de Juan Zaragoza, Edit. Gredos Madrid 1993, y corresponde a la obra de Jenofonte Económico): 

Busto de Jenofonte

Un diálogo entre Sócrates y Critobulo

(Habla Critobulo) - ...¿O es que ya has decidido que somos suficientemente ricos y piensas que no necesitamos más dinero?
 
 -Por mi parte, dijo Sócrates, si también te estás refiriendo a mí, creo que no necesito más riquezas, sino que tengo el dinero suficiente. Tú, en cambio, Critobulo, me pareces absolutamente pobre y a veces, ¡por Zeus!, siento una gran lástima de ti. 
 
Critobulo, soltando una carcajada, dijo: -¿Y cuánto dinero, Sócrates, ¡por los dioses! crees que sacarías vendiendo tus bienes y cuánto por los míos?
 
 -Por mi parte, dijo Sócrates, creo que si consiguiera un buen comprador sacaría muy fácilmente por todos mis bienes cinco minas, incluida la casa. En cambio, de los tuyos sé con certeza que conseguirías cien veces más.

    No podemos estimar la cantidad de la fortuna de Sócrates. Él la tasa en cinco minas. Lo que sí sabemos es que la mina equivalía a 100 dracmas, moneda que ha estado vigente en Grecia hasta la implantación del euro, por lo tanto su fortuna ascendía a 500 dracmas en el mejor de los casos, incluida su vivienda, si encontraba un buen comprador, como él dice, porque las cosas no tienen un precio fijo y definitivo, valen no lo que valen sino lo que alguien esté dispuesto a pagar por ellas. Para hacernos una idea lo más aproximadamente cabal de esta cifra, salvando las distancias insalvables, y teniendo en cuenta que algunos economistas establecieron la paridad de la dracma del siglo V a. de C. con 25 dólares norteamericanos del año 1990, -que se convierten casi en el doble en 2016, al aplicarles la tasa de inflación, más o menos 48,43 dólares-, podemos conjeturar que la fortuna de Sócrates ascendería aproximadamente a unos 24.000 dólares actuales, lo que vendría a ser, grosso modo, unos 20.578 euros de hoy. Según Antonio Tovar en su Vida de Sócrates, el filósofo mantenía una renta anual de unas 200 dracmas, lo que no era mucho para su tiempo. Hoy serían 9.600 dólares, es decir, 8.232 euros.

    ¿Quién es el rico y quién el pobre? Aparentemente a los ojos de cualquiera, Critobulo es el rico y Sócrates más bien pobre. Sin embargo, Sócrates considera que él es el rico y Critobulo el pobre, por el que incluso siente lástima. Lo que critica Sócrates es que la riqueza se cuantifique en dinero. Según el criterio económico, Critobulo sería cien veces más rico que Sócrates, pero según el baremo que aplica Sócrates Critobulo es más pobre que él, lo que le produce la risa en forma de carcajada a su interlocutor, que se considera más rico que el filósofo, aunque no tanto como quisiera. 
 
     No es rico el que más tiene sino el que se conforma con lo que tiene y no desea más. La riqueza no consiste exactamente en tener gran cantidad de bienes; se puede ser rico con bienes escasos si estos son más que suficientes para satisfacer las necesidades básicas. Tal opinión ha dado lugar al dicho popular de que no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita, que formula Séneca en latín escribiendo: Nōn quī parum habet, sed quī  plūs cupit pauper est: No es pobre el que tiene poco, sino el que desea más.

    El dinero no proporciona la felicidad, sino todo lo contrario: suele ser la causa de la desdicha y la fuente de casi todos nuestros males y problemas. La dicha no está en la posesión de bienes, sino en su usufructo. Es más, la posesión suele matar el usufructo o disfrute de los bienes. La felicidad que los griegos llamaban eudaimonía, no puede comprarse con dinero porque no está a la venta, no es un objeto de consumo, y no está a la venta porque no es algo definido como todos los productos que están a la venta en el mercado. En primer lugar,  habría que definir qué es.

    Con motivo de las protestas del 15 de mayo de 2011 en la Puerta del Sol de Madrid, la poetisa Isabel Escudero quema un billete, como hicieron algunas anarquistas durante la guerra civil española. Los manifestantes, que corean la cantilena infantil  Cuatro banqueros / se balanceaban / sobre la tela de una araña; / como veían / que no se caían, /  fueron a llamar a otro banquero... aplauden el gesto revolucionario. 


    Cualquiera de nosotros sería capaz de prender fuego en un momento dado a un billete de cinco o de diez euros, que son peccata minuta, pero, me pregunto yo, si tuviéramos entre las manos ahora mismo por ejemplo uno de 500 euros, el de mayor valor entre los de curso legal en la zona euro en la actualidad,  uno de esos que la gente dice que son como Dios, porque, aunque existan, no son manejables ni siquiera visibles para el común de los mortales, ¿haríamos lo mismo?

    Así son siempre las cosas: o las tienes o las gozas. Son incompatibles, en contra de lo que creemos habitualmente y nos inculcan, tener y gozar, la posesión de las cosas, que es lo que nos da el dinero, porque sin dinero no hay privada propiedad ni identidad tampoco, y el usufructo o disfrute de ellas. Para algunos, en el colmo del enrevesamiento, el único goce que hay es la posesión, el dinero. Pero el dinero no nos da más que la posesión legal y propiedad de las cosas, no su disfrute, que es lo bueno de ellas. Decir de alguien que no disfruta de lo que tiene no es hacerle ningún reproche o crítica, sino reconocer lo que habitualmente nos pasa a todos y cada uno de nosotros: no podemos disfrutar de lo que poseemos, porque la propiedad y el disfrute están íntimamente reñidos.