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viernes, 20 de marzo de 2026

El impacto de una marca

    Se llama “impactum” y se trata de una bebida energética (energy drink en la lengua del Imperio). El logotipo está escrito en letras mayúsculas blancas sobre fondo negro y destaca el impacto de una bala en mitad de la palabra, entre las letras A y C. Resulta que impacto puede definirse como “choque con penetración, lo cual viene sugerido por el prefijo IN- que conlleva la idea de movimiento con introducción, lo que enseguida nos trae a la imaginación el de la bala en el blanco, lo que le viene de pegada a la marca que estamos analizando.

    Me atrevería a decir que su éxito internacional está asegurado: La palabra es latina pero muy transparente en muchas lenguas europeas: impacto en castellano, gallego y portugués, impacte en catalán, impatto en italiano, impact en rumano, en francés y en la lengua del Imperio, pero no en la del Reich, donde se prefieren los términos propios de origen germánico Wirkung o Wucht, aunqjue existe Impact como anglicismo. 

    La palabra, que entró en castellano en el siglo XIX, está tomada del latín tardío IMPACTVM “acción de chocar con penetración”, y es hermana de COMPACTVM “ensamblado”. Ambas revelan un origen común, que sería PACTVM de donde procede nuestro pacto y el verbo pactar

    La evolución de PACTVM resulta muy curiosa:  no se acabó en el cultismo pacto, sino que dio origen también a una palabra patrimonial pato que sólo utilizamos en la expresión “pagar el pato”, referida al que paga algo que es culpa o responsabilidad de otro. La confusión con el ave palmípeda ha asegurado el éxito de la expresión, que ha sobrevivido y llegado hasta nuestros días, y que se utiliza también en portugués. En italiano existe también la expresión “pagare il patto”, aunque su uso no está tan extendido como entre nosotros porque no se da la confusión, ya que pato se dice "anatra", y significa sencillamente cumplir las condiciones que previamente se habían acordado, aunque no agrade.


    En castellano y en portugués, se impuso por influencia árabe la palabra “pato”, que procede del persa bat a través del árabe clásico baṭṭ y del árabe andalusí, páṭṭ, ya que la palabra latina para esta ave palmípeda era ANATEM, que evolucionó a ánade pero que pertenece a un registro culto del lenguaje. 

    El plural del nuestro PACTVM, o sea, PACTA da origen al sustantivo femenino pauta que en la Edad Media tomó el significado de convenio, ley, texto legal, y de ahí surgió el verbo pautar, y da origen también a pata, un término anticuado y dialectal, que se usaba en la locución hacer pata con el significado de pacto, pactar, hacer la paz con alguien, y, por lo tanto, quedar en paz con alguien sin ganar ni perder, es decir, empatar, lo que se ve en italiano donde impattare es la evolución del latino impactare.

    La raíz indoeuorpea que está detrás de pacto/impacto/compacto es, precisamente, *pak- , cuyo significado primordial sería “fijar, atar, asegurar”, y cuyo derivado más ilustre sería la palabra latina PACEM que es el origen de nuestra paz, y da lugar a sus derivados pacífico, pacifismo, apaciguar... en el sentido de que la paz es un acuerdo, un convenio al que se ha llegado. 

    Resulta curioso también que el verbo PACARE, que en latín significaba “apaciguar”, haya evolucionado en castellano por apocópe de la /e/ final y sonorización de la oclusiva sorda intervocálica /k/ a pagar. Conservamos en castellano "pacato", que es el cultismo del que procede la palabra patrimonial "pagado".  "Pacato" es sinónimo de tímido y tiene la connotación de mojigato y escrupuloso; etimológicamente significa "pacificado", poco beligerante y nada rebelde. En la expresión “estamos pagados” se da a entender que se corresponde por una parte, como dice la RAE, a lo que se merece de otro. Cuando decimos de alguien que ha pagado a alguien, damos a entender que ha satisfecho una deuda, es decir, que ha restituido lo que debía: ha pagado el pato. También se pagan culpas, lo que quiere decir, que se aplacan, que se satisfacen mediante la pena correspondiente. Antiguamente se pagaba a los soldados, a sueldo que estaban, distribuyéndoles dinero para que pudieran comprar su sal –de ahí, su salario, nuestro salario, el salario de los que somos asalariados. Se nos paga por nuestro trabajo “para tener la fiesta en paz”.
 Missile ("proyectil"), otra bebida energética de nombre latino y temible aspecto.
 
    Todo el vocabulario de la economía revela en el fondo un intento de evitar la guerra haciendo que reine una falsa paz.

    Comenta Claude Lévi-Strauss en “Las estructuras elementales del parentesco” (1949): Las pequeñas bandas nómadas de los indios Nambikwara del Brasil occidental se temen normalmente y se evitan; pero al mismo tiempo, desean el contacto, porque este les ofrece el único medio de proceder a intercambios y procurarse así los productos o artículos que les faltan. Hay un lazo, una continuidad, entre las relaciones hostiles y el suministro de prestaciones recíprocas: los intercambios son guerras pacíficamente resueltas, las guerras son el desenlace de transacciones malogradas.

    Al final, resulta que la paz tenía algo que ver con el impacto de la bala, como si la paz fuera el resultado de un disparo, y el disparo fuera en el estómago tras la ingesta de la bebida energética que se llamaba Impactum. Recordemos, a propósito, lo de Tácito: Miseram seruitutem falso (nomine) pacem uocant: Llaman paz con falso nombre a una miserable esclavitud.. Podríamos reformularlo a la heraclitana de este otro modo: Miserum bellum falso (nomine) pacem uocant: Llaman paz con falso nombre a una miserable guerra. 
 
    Y esa guerra, que es el padre, decía Heraclito, de todas las cosas (padre porque pólemos, que es como se llama en su lengua a la guerra, es un sustantivo masculino, pero quizá nosotros deberíamos decir que es la madre de todas las cosas, porque en la nuestra es de género femenino), no se circunscribe solo a la guerras de los Estados entre sí, que nos sirven puntualmente los medios de (in)formación de masas, como la de Ucrania o la que están llevando acabo Israel y los Estados Unidos en la actualidad contra la vieja Persia, entre otras, sino a la más  profunda guerra que nos divide en nacionales y extranjeros, y da origen a la xenofobia, o la que nos divide en blancos y negros, y da origen al racismo, sin olvidar la guerra básica de cualquier Estado contra el pueblo en general, y las guerrillas políticas por el poder entre izquierdas y derechas, y sin olvidar la guerra de clases entre empresarios y trabajadores, ricos y pobres,  o capitalistas y proletarios, según la vieja terminología marxista, que se renueva en múltiples otras guerras como propietarios contra inquilinos. Pero sobre todas ellas, la guerra más antigua quizá y la más impactante es la que se da entre hombres y mujeres, que se entrecruza con la guerra generacional entre adultos y niños, o jóvenes y viejos.

domingo, 22 de febrero de 2026

La mente, la vasija y el fuego.

    Me sorprendió en la librería londinense Hatchards una máxima atribuida a Plutarco enmarcada en un cuadro y escrita con hermosa caligrafía sobre un montón de libros pestilentes de autoayuda. Decía así en la lengua de Chéspir: The mind is not a vessel to be filled but a fire to be kindled, cuya traducción viene a ser algo como “la mente no es una vasija que haya que rellenar sino un fuego que encender”.
 
 
    Buscando la fuente de la máxima supuestamente plutarquea (o plutarquiana) encuentro que efectivamente es una paráfrasis abreviada de una frase suya que se encuentra al final del tratado moral “Sobre cómo se debe escuchar” (retitulado en latín De recta ractione audiendi o simplemente también De auditu). 
 
    Leyendo el breve opúsculo de Plutarco dedicado a su joven amigo Nicandro se da uno cuenta de la importancia que tenía la transmisión oral de toda la cultura griega antigua, basada en unos textos que hasta la época clásica corrían de boca en boca sin que mediara ningún soporte escrito como el libro de Plutarco donde encuentro yo la cita. Es muy significativo de lo mucho que ha cambiado el mundo el hecho de que hagamos una reflexión como esta en una librería de esas que por otro lado cada vez quedan menos porque sus dueños echan el cierre del negocio.  
 
    De ahí que fuera importante en la antigüedad el arte de la escucha, destacándose que siempre es más provechoso oír que hablar, siendo el silencio una de las virtudes que más pueden adornar al joven. Por eso el propio Plutarco nos recuerda aquello que suele atribuírsele en otra parte a Zenón de Cicio de que la naturaleza nos dio a cada uno de nosotros dos orejas y en cambio una sola lengua para que hablemos menos y escuchemos más, porque es más importante la escucha activa que la locuacidad y el, como se dice a veces, hablar por hablar que se reduce a expresar meras opiniones personales a tontas y a locas, o el hablar por no callar.
      La frase plutarquiana (o plutarquea) dice literalmente en su versión original: οὐ γὰρ ὡς ἀγγεῖον ὁ νοῦς ἀποπληρώσεως ἀλλ᾽ ὑπεκκαύματος μόνον ὥσπερ ὕλη δεῖται, ὁρμὴν ἐμποιοῦντος εὑρετικὴν καὶ ὄρεξιν ἐπὶ τὴν ἀλήθειαν. Y en román paladino, traducido por José García López reza así: “Pues la inteligencia no necesita de relleno como un vaso, sino como la madera sólo de alimento, que crea impulso investigador y deseo hacia la verdad”. El término griego que el traductor ha vertido como 'alimento', a saber, ὑπέκκαυμα, significa, materia combustible, todo aquello que sirve para encender el fuego y, por extensión, para calentar el cuerpo y alimentar el deseo de saber. 
 
    Esto nos lleva inevitablemente a establecer dos conexiones con Heraclito de Éfeso: la primera es la crítica de la polimatía o sabiduría que abarca conocimientos diversos -Heraclito dijo que la diversidad de conocimientos no enseñaba a tener seso-, y la segunda es la metáfora de la razón como fuego siempre vivo que destruye las ideas concebidas que nos dominan, un fuego que alimenta la actividad de un pensamiento crítico que no se somete ni a la ciencia ni a la filosofía ni a quedarse nunca estanco.
 
    Relaciono enseguida yo la máxima de Plutarco con la mayéutica socrática. La mayeútica es literalmente, como se sabe, el “arte de la partería” que Sócrates, decía irónicamente, habría heredado de su madre, que fue comadrona. Plutarco en esa frase presenta la mente o la inteligencia (ὁ νοῦς) no como depósito de contenidos, sino como potencia latente que debe ser estimualda para que ardan dichos contenidos. Sócrates, en los diálogos juveniles de Platón que conservamos, nunca enseña contenidos positivos ni transmite doctrina alguna. Interroga y con sus preguntas desestabiliza las certezas de su interlocutor, al que lleva a reconocer que no sabía lo que creía saber.
  
    La verdad es combustión interior, o en palabras del prólogo aquel de Agustín García Calvo a la traducción de sus “Diálogos socráticos”:[Estos diálogos, -la Apología, Teages, Los enamorados, Cármides y Clitofonte-] dejarán siempre insatisfechos y quejosos de su inutilidad y falta de fin y de soluciones a todos los que crean todavía que lo eficaz -Dios sabrá para qué- es adquirir ideas y verdades, y no ver la mentira de las ideas que ya tenemos. 
 
    La verdad que se da a luz gracias al arte de la partería u obstetricia no es un saber positivo, sino la constatación de que lo que se sabe no es verdad, cuyo elemento clave es la aporía, el callejón sin salida, el momento en el que la inteligencia se ha encendido y ha prendido fuego a todas sus certezas. La aporía sería la chispa que prende el fuego de la razón. Aquí viene Plutarco a sugerirnos que llenar la mente de certezas impide que arda y cumpla su función combustible.

sábado, 7 de febrero de 2026

Brevia

 SVA CVIQVE PERSONA

Cada cual tiene su propia máscara. Persona significa "máscara" en latín, de ahí personaje y personalidad. La cara, que, no lo olvidemos, es el espejo del alma,  según el refrán, es la persona,  y la persona es la máscara teatral,  cómica o trágica o, generalmente, ni lo uno ni lo otro en estado puro, sino dramática mezcolanza, porque la vida no es una comedia o una tragedia sino una tragicomedia, la farsa que todos llevamos a cabo, como dijo Rimbaud, el poeta adolescente.  Todos somos 'personae' en esta tragicomedia y quizá, como Octavio Augusto,  según cuenta su biógrafo Suetonio, debamos preguntarnos al final de nuestra vida si merecemos un aplauso por nuestra actuación, aunque tal vez no haya que esperar a ese momento para preguntarnos eso, sino que podemos hacerlo ahora mismo, por ejemplo. El latinajo es de Séneca.
 
 
LA CRATERA DE HÉLENA
En un pasaje de la Odisea inagotable de Homero se narra cómo la legendaria Hélena, la mujer más hermosa de toda Grecia, tan bella que parecía la humana encarnación de la divina Afrodita, alejaba las preocupaciones de su esposo Menelao dándole a beber un brebaje del país del Nilo que diluía en el vino, calmando así el dolor, la angustia y la ira bajo su conjuro. Ese opiáceo egipcio era “grande remedio de hiel y dolores, y alivio de males”, por decir con un hexámetro en legua de Castilla lo que cantaba el griego en la suya con divinas y aladas palabras. Era una droga tan poderosa que podía consolarlo a uno de cualquier pena, como la de perder a un padre, a una madre, a un hermano o a un hijo queridos. Se hizo proverbial en la antigüedad refiriéndose a ella como la “cratera de Hélena”, aludiendo a la vasija, que eso quiere decir cratera, donde se mezclaba el agua con el vino puro para diluirlo, y denominando con el nombre del continente el misterioso contenido que le daba Hélena a probar a Menelao.

El rey Menelao y la bella Hélena, Jan Styka (1858-1925)
 
HERACLITANA
Oigamos las misteriosas palabras de  las perturbadoras tres brujas de Macbeth de Shakespeare que cantan a coro: “Hermoso es lo feo y es feo lo hermoso”. Ellas nos enseñan la lógica de la contradicción, nos enseñan a ver la belleza en la fealdad y la fealdad en la belleza: lo que es feo es bello y lo que es bello es feo. De igual manera podrían enseñarnos a ver que lo malo es bueno y lo bueno es malo, como nos inculcaron desde nuestra más tierna infancia pedagógicamente. 

Macbeth y las tres brujas, Théodore Chassériau (1855)

300 HÉROES MUERTOS
Según Herodoto, el padre de la Historia, fue Simónides de Ceo el autor del dístico elegíaco grabado sobre una piedra en el paso de las Termópilas que conmemoraba la célebre batalla. El epigrama de Simónides –escueta composición poética compuesta por lo general de dos versos, un hexámetro y un pentámetro dactílicos, para inscribir como epitafio sobre una tumba- transmitido por el historiador griego recuerda a los trescientos espartanos que cayeron heroicamente protegiendo el desfiladero de las Termópilas en el año 490 antes de la era cristiana a las órdenes de Leónidas, el león de Esparta, defendiendo Grecia de la invasión de las huestes persas del rey Jerjes, y alcanzando una heroica muerte bajo la lluvia de las infinitas flechas que los acribillaron. El lacónico epigrama asocia la idea de obediencia a las leyes con la muerte, que hace que los trescientos pasen a la Historia, porque solo lo que está escrito está muerto y viceversa:
 ὦ ξεῖν’, ἀγγέλλειν Λακεδαιμονίοις ὅτι τῇδε 
 κείμεθα τοῖς κείνων ῥήμασι πειθόμενοι νομίμοις.
 
Ve, extranjero, a decir a Esparta tú que nosotros
obedeciendo a su ley   muertos yacemos aquí.

 HIPOCRESÍA Y TEATROCRACIA
Los griegos llamaronn al actor ὑποκριτής “hypokrités”; esta palabra subsiste curiosamente en nuestra lengua como reproche que se le hace a alguien por su falsedad bajo la forma “hipócrita”: el que actúa y no precisamente en un escenario, sino en la realidad, es decir, el mal actor, el que representa a un personaje en las tablas del poco noble teatro de la vida cotidiana. El divino Platón, por su parte, inventó la palabra θεατροκρατία “teatrocracia” que podría recobrar vida e importancia en este mundo nuestro contemporáneo que a veces ha sido descrito como “sociedad del espectáculo” (Guy Débord). La teatrocracia correspondería a este estado de degeneración de la democracia en el que gobernaría la mayoría (oclocracia o gobierno de la masa propiamente dicha), que nunca totalidad, del público. Es el gobierno de la chusma y del populacho, dicho con todo el poder despectivo de esta última palabra. Es el gobierno de la Opinión Pública, pero no el gobierno del pueblo, porque el pueblo, la gente no es una masa de individuos y cada individuo un voto, como pretenden los políticos que sea para que sea sólo eso y nada más que eso, sino algo vivo y palpitante, que está, a poco que se la deje hablar y se le preste oídos a lo que dice, diciendo siempre que no a todas las imposiciones que sobre ella se fundamentan, y, en concreto, a la farsa de la realidad. 
  

viernes, 16 de enero de 2026

De tertulia

En la tertulia literaria, pseudofilosófica y política de poetas radicales surrealistas que tiene lugar todas las tardes en El Parnaso, viejo y destartalado puticlub hoy reconvertido en café donde se dan cita y alternan las musas inconformistas y rebeldes de los cuatro artistastros que la frecuentan y se plantean los problemas del mundo que no se resuelven porque no tienen solución, surge siempre la misma y eterna cuestión: ¿Cuál es el remedio que puede poner fin a tanta desventura como acontece? Tarde o temprano alguien, que suele ser casi siempre el mismo exaltado, regurgita la misma respuesta: -¡La dinamita!

Lo vocifera el filántropo redomado, como le llaman los demás no sin cierta guasa, ya que fundamenta su filantropía en el exterminio de la especie humana. Y añade como colofón: -¡Por el bien de la humanidad,  y del resto del planeta! ¿Lo acusaríamos de delito de odio al género humano? ¿Desde cuándo el odio, que es la otra cara del amor, es un delito? ¿Por qué no se reivindica con la misma dignidad que el amor libre la liberación del odio, el odio libre? ¿Sería acaso reo de apología del genocidio y enaltecimiento del terrorismo en esta España hodierna de nuestras entretelas? ¿Se trata, acaso, de un peligroso terrorista o simplemente de alguien que hace uso de la libertad de expresión expresando, valga la redundancia,  libremente pese a quien pese, que siempre le va a pesar a a alguien, lo que siente y lo que piensa?

Un rincón de mesa, Henri Fantin-Latour (1872)
 
La policía sabe, desde luego, que ni el exaltado dinamitero, ni ninguno de los demás tertuliantes de la poco concurrida tertulia parnasiana de artistas fracasados y bohemios de provincias, románticos empedernidos alérgicos al trabajo asalariado, al que, insumisos como son, no se doblegan,  son peligrosos, ni siquiera potencialmente peligrosos terroristas, y no están fichados, aunque recaigan a veces en el delito verbal de apología del terrorismo. 
 
Se trata simplemente de un grupo de poetastros macilentos de poca monta y ningún renombre que quieren hacerse notar a toda costa con proclamas escandalosas e incendiarias. El exaltado dinamitero, además, es un bohemio con aire de eterno adolescente que ya no es lo que parece. Suele permanecer silencioso y grave durante un buen rato, y gusta de romper su hermético mutismo de vez en cuando proclamándose el más encarnizado enemigo de la humanidad, acérrimo partidario del exterminio absoluto y la extinción del bíblico semental humano.

¿Anarquista? En todo caso anarquista descreído, de los que ni siquiera creen ya en la anarquía. Es verdad que nunca pugnará por tomar el poder, como han hecho los peores compañeros de viaje y falsos revolucionarios, los camaradas comunistas, siempre vapuleados en la tertulia, que cada dos por  tres están dando la matraca con que todo va a cambiar cuando ellos tomen el cielo por asalto, y destronen al simbólico Zar de todas las Rusias desalojándolo del Palacio de Invierno, para entronizar al Partido y su Comité Central.

 Los cuatro gatos, Ricard Opisso (c. 1899)

Más que anarquista, es un nihilista corrosivo, propagador infatigable de ideas destructoras e incendiarias. O,  más que eso todavía, un enfant terrible partidario de la destrucción de todas las ideas; poeta venido a menos, como suele definirse, ha compuesto en hexámetros dactílicos con rima asonante un poema épico y  heroico que celebra el poder de la dinamita y  es un elogio, encomio lo denomina él, de la nitroglicerina; porque es un poeta, un poeta muerto de hambre, pero poeta al fin y a la postre; un poeta venido a menos cuya pretensión no ha sido ni será nunca ir a más ni venirse arriba, como se dice ahora, sino todo lo contrario.

Para los tertulianos no hay nada sagrado, salvo la blasfemia, que baja a Dios, a la Virgen María y a todos los santos del cielo para ponerlos a parir. Si hubiera algo sagrado, que no lo hay, no estaría, desde luego, dentro de los templos: ni en las mezquitas, ni en las sinagogas, ni en las iglesias, ni en las pagodas. Si hay algo sagrado es el fuego. Pero no el fuego real, sino el fuego de la razón, como diría el oscuro filósofo griego Heraclito de Éfeso, del que se proclama fanático seguidor, porque el fuego de la razón es el único que arde incombustible.

Alguna vez se ha dicho y mantenido en la tertulia que la única iglesia que ilumina es la que arde, pero esta proclamación de piromanía no se orienta a rendirle culto al fuego purificador porque sí, ni a incendiar bosques ni a quemar iglesias como los viejos anarquistas anticlericales, que proclamaban, siguiendo a Bakunin, que el aliento destructivo era el único espíritu auténticamente creador, y, por lo tanto, poético,  o como hizo Eróstrato, que también era de Éfeso como el tenebroso filósofo, que decidió liberar a la diosa prisionera del templo, destruyendo la que era una de las siete maravillas del mundo antiguo, que dio pábulo a pavorosas llamaradas, el templo de Ártemis, Artémide o Artemisa, la diosa virgen y madre, por lo que hoy es recordado por algunos psicagogos, que utilizan su nombre para criminalizar una conducta humana aparentemente destructiva, pero en el fondo poética y creativa, que denominan complejo de Eróstrato.

-¡Hay que ser incendiarios! ¡Dinamiteros de la fe, de toda fe! Arenga entonces a los contertulios, uno de los cuales se retuerce el bigote y frunce el entrecejo en señal de desaprobación. El vate dinamitero habla como un iluminado, con un brillo incendiario en los ojos enrojecidos. No cejaremos hasta ver cómo arde Troya, ese matrimonio sagrado del Estado y el Capital, cara y cruz de la misma moneda. No queremos destruir los edificios, añade, sino la fe, que es el fundamento que los sustenta. Tampoco a las personas, sino la fe, maldita sea, que las fundamenta obligándolas a ser lo que son. Nos mueve el aliento creativo de la destrucción. 

La tertulia errante (detalle), Detritus (¿2017?)

Autor de un panfleto titulado “El quinto elemento”, lo ha leído en la tertulia con voz temblorosa, que no por ello ha dejado de retumbar en el café donde nadie se escandaliza de ninguna de las ocurrencias que se dicen y se oyen, sino que, quien más quien menos, las escucha, masca y considera.

-A la lista de los cuatro elementos de Empedoclés -él no dice nunca Empédocles, a la latina, sino siempre a la griega con acento agudo- que componen el mundo y que son sus cuatro pilares y  metáforas primordiales, a saber, aire, tierra, agua y fuego, bendito sea el fuego, hermanos, hay que añadir un nuevo y no menos fundamental elemento que abarcará y definirá todo, incluyendo y no excluyendo a ninguno de los anteriores. Postulo este quinto y definitivo elemento con toda la dignidad y rigor científico y filosófico que se merece. No viene a incrementar los cuatro existentes, sino a excrementarlos porque el elemento que propongo es, efectivamente, el excremento: la mierda.

-No estoy hablando -añade tras una breve pausa solemne en que se abre un silencio expectante de indignación y asombro de todos los contertulios- como vate venido a menos que utiliza una metáfora que escandalizará sólo a los burgueses biempensantes,  que son los que no piensan. No estoy hablando en sentido figurado, sino en sentido real, física- y químicamente puro. Apelo a los sentimientos más íntimos de los presentes. ¿Quién no ha sentido alguna vez en su vida que todo es...  una puta mierda? ¡Que levante la mano si hay alguien aquí presente que no se haya percatado de eso alguna vez en su vida! Y cuando digo todo, digo todo y abarco a todas las cosas que hay y que son lo que son, incluidas todas las personas a las que meto en el mismo saco, y yo, el poeta venido a menos, el poeta dinamitero, el primero entre ellas. Por muy grosero que pueda parecer este quinto elemento, es la esencia de la realidad que demuestra, al mismo tiempo, la falsedad del mundo.

El manifiesto, una vez leído, ha arrancado algunos aplausos incondicionales y alguna crítica que otra soterrada. El bohemio exaltado ha apurado el chupito de tequila de un trago, y acto seguido ha concluido perentorio: -Recordad, amigos, que ninguna futura eternidad va a devolvernos el momento presente si lo rechazamos.

domingo, 2 de noviembre de 2025

La guerra es la paz

    Publicaba Giorgio Agamben el 23 de octubre del año vigente del Señor el siguiente billete titulado "La guerra è la pace", cuyo título nos remite  a Órguel (war is peace) al mismo tiempo que nos trae a la memoria a Heraclito de Éfeso: Guerra de todos es padre, de todos rey, y a los unos los señaló dioses, a los otros hombres, a los unos los hizo esclavos, a los otros libres.  

La guerra es la paz
Entre los horrores de la guerra que a menudo se olvidan está su supervivencia en tiempos de paz a través de sus transformaciones industriales. Es sabido —pero se olvida— que los alambres de púas con los que muchos aún cercan sus campos y propiedades provienen de las trincheras de la Primera Guerra Mundial y están manchados de la sangre de innumerables soldados muertos; 

 es sabido—pero se olvida— que las lanchas neumáticas que abarrotan nuestras playas se inventaron para el desembarco de las tropas en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial; 

 es sabido —pero se olvida— que los herbicidas que se utilizan en la agricultura derivan de los que utilizaron los americanos para deforestar Vietnam; 

 

y, última consecuencia y la peor de todas, las centrales nucleares con sus residuos indestructibles son la transformación «pacífica» de las bombas atómicas. 

 Y es bueno recordar, como había comprendido Simone Weil, que la guerra exterior es siempre también una guerra civil, que la política exterior es, en realidad, una política interior. Invirtiendo la fórmula de Clausewitz, hoy en día la política no es más que una continuación de la guerra por otros medios.

  oOo

La guerra è la pace

Fra gli orrori della guerra che vengono spesso dimenticati è il suo sopravvivere in tempo di pace attraverso le sue trasformazioni industriali. È noto – ma lo si dimentica – che i fili spinati con cui molti ancora recingono i loro campi e le loro proprietà provengono dalle trincee della prima guerra mondiale e sono macchiati del sangue di innumerevoli soldati morti; è noto – ma lo si dimentica – che i gommoni che affollano le nostre spiagge sono stati inventati per lo sbarco delle truppe in Normandia nella seconda guerra mondiale; è noto – ma lo si dimentica – che i diserbanti in uso nell’agricoltura derivano da quelli usati dagli americani per deforestare il Vietnam; e, ultima conseguenza e di tutte peggiore, le centrali nucleari con le loro indistruggibili scorie sono la trasformazione “pacifica” delle bombe atomiche. Ed è bene ricordare, come Simone Weil aveva compreso, che la guerra esterna è sempre anche una guerra civile, che la politica estera è, in verità, una politica interna. Rovesciando la formula di Clausewitz, oggi la politica non è che un proseguimento della guerra con altri mezzi.

23 ottobre 2025 

sábado, 11 de octubre de 2025

El canto del cisne

Imaginemos al viejo abogado, ya jubilado, paseando a la hora imprecisa del crepúsculo, más propicia acaso que otras horas del día para la reflexión, por los jardines de su finca de Túsculo, no lejos de Roma. Absorto en sus cavilaciones, meditabundo y grave, conversa animadamente con alguien.


Habla, alejado de las intrigas cotidianas de la actualidad y la vida pública, a la que consagró sus mejores años, de la muerte, preguntándole a su interlocutor y por ende también a sí mismo si la muerte es un bien o, por el contrario, una desgracia. 

Corrían los tiempos, difíciles como lo son todos, de la dictadura de Julio César, malos tiempos para un hombre como Cicerón que había optado, en la hora decisiva de la guerra civil,  conservador y republicano de viejo cuño que era, por el bando del derrotado Pompeyo, y por aquella causa perdida que no agradó a los dioses, que no permitieron que triunfase, pero sí a hombres del temple de Catón, que se suicidó muriendo por la libertad republicana. 

 
 El joven Cicerón, Vincenzo Foppa (1464)
-A mí me parece que la muerte no puede ser mala, sino todo lo contrario: un bien. –Ha sentenciado el viejo abogado que, a punto de cruzar el umbral que separa la vida de la muerte, teme a la Parca que lo espera, y no sólo a la que llamamos muerte natural, sino a un posible asesinato. Su interlocutor no es ningún aprendiz de leguleyo que admira incondicionalmente a su maestro, como buen discípulo que se ha acercado a saludarlo y a conversar con él, como podría parecer a primera vista. No. Hemos de pensar que el discípulo de Marco Tulio Cicerón es el propio Marco Tulio Cicerón,  mucho más joven, que de pronto le replica conversando consigo mismo: 

-No. A mí, por cierto, me parece que la muerte es mala. -Ambos se han detenido un momento ante el murmullo de una fuente. Cicerón, cabizbajo, guarda silencio. El ilustre abogado sonríe porque recuerda una bellísima historia que alguna vez leyó.

Oigamos su voz bien timbrada y sus modulaciones. No en vano es la voz de uno de los mejores abogados que en el mundo han sido:

 -Comoquiera que Trofonio y Agamedes habían edificado el templo consagrado al dios Apolo en Delfos, le pidieron a este con suma reverencia que les concediese como recompensa no una cosa concreta, sino lo que él, en su inmensa sabiduría y providencia, considerase que era lo mejor para el ser humano. No le pidieron riquezas, ni placeres, ni poder, ni ninguna otra cosa mundana, sino que dejaron prudentemente a su consideración el don que el dios se dignara a otorgarles por su obra arquitectónica, un templo que no podía sino despertar la admiración y el elogio de todos los que lo habían visto terminado. Apolo les manifestó a través de un sueño que les otorgaría su premio al cabo de dos días. Cuando cantó el gallo al tercer día, ambos arquitectos fueron hallados muertos. Sus rostros, por cierto, revelaban a las claras que su muerte no había sido un castigo divino por su soberbia, como podrían creer algunos en sus cortas luces, sino el mayor galardón que podrían recibir en esta vida. Apolo les había otorgado lo que consideraba que no sólo era un bien, y no un mal como algunos creen, sino además lo mejor para el hombre. 

Cicerón conversando en su villa de Túsculo, Charles Lebayle  (segunda mitad siglo XIX)

Cicerón guarda silencio. Ha impresionado a su interlocutor vivamente, que, no obstante, reacciona al cabo de unos instantes argumentando que lo que ha contado no deja de ser una leyenda, no la prueba definitiva ni contundente de un razonamiento. 

-¿No has oído hablar del canto del cisne moribundo? –Pregunta el anciano volviendo a la carga retórica. 

-No. –Asevera el joven. 

-He leído en algún sitio que el canto del cisne cuando barrunta su muerte es lo más hermoso que nuestro oído puede escuchar, más aún si cabe que la voz de las sirenas que encantaron a Ulises. Considera que los cisnes están consagrados a Apolo, que es el dios de la profecía, y que por lo tanto poseen el don de presentir las cosas, del que se valen cuando sienten que se avecina su hora, como suele decirse cuando uno se refiere a la de su muerte. Antes de morir, según cuentan, entonan el más bello cántico que oírse pueda, muy superior al del cortejo del cisne enamorado, con lo que nos auguran a los mortales el supremo bien que es la muerte que a todos nos aguarda. 
-Es posible, maestro, que la muerte no sea tan mala como la imaginamos y nos la pintan, y como sugieren esas historias, pero creo que no hay indicios suficientes como para dar el siguiente paso dialéctico y afirmar que sea un bien. Sería preferible en todo caso no afirmar nunca nada positivo, y concluir que la muerte puede no ser un mal sin que eso conlleve que sea necesariamente un bien, manteniendo aquella actitud socrática de no afirmar lo que no se sabe, dado que sólo conocemos a ciencia cierta la magnitud de nuestra ignorancia. 

Muerte de Cicerón

-Tal vez… -Musita Cicerón recordando a Sócrates. Pero ya no oye. Fascinado por el eco de sus propias palabras, se detiene aspirando la fragancia que exhala una flor. Tampoco puede seguir conversando. Se fatiga mucho. El viejo abogado no le teme a la muerte, y ha defendido su última causa pronunciando un discurso con el que su voz asciende a la categoría lírica del canto maravilloso del último cisne. 

-La muerte propia, de hecho, de la que no tenemos ninguna experiencia previa, es cualquier cosa que no nos figuremos ni imaginemos. Se dice finalmente a sí mismo parafraseando la sentencia del viejo Heraclito de Éfeso.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

Pareceres LXXXIII

406.- La pularda de los huevos de oro. Dice un proverbio en la lengua de Bocaccio: “Meglio un uovo oggi che una gallina domani”, lo que significa que es mejor un huevo hoy que una gallina mañana, o sea, que vale más el aprovechamiento presente de una pequeña ganancia que un lucro mayor pero incierto, derivado del actual, pero que está en el aire, bailando en la cuerda floja del futuro –porque el huevo podría convertirse en una gallina con tal de que no lo friamos en aceite hoy y lo comamos como un huevo frito rebañándolo con pan, si lo incubamos, criamos y dejamos crecer, esto es, si nos abstenemos de sacarle algún provecho aquí y ahora-, lo que no deja de ser una invitación perentoria del sentido común, que es como dijo el otro el menos común en el sentido de abundante de los sentidos, a disfrutar de lo supuestamente poco que tenemos, y a olvidarnos de lo mucho que podríamos acaparar mañana. La gallina de los huevos de oro no es la gallina del porvenir, sino la que ha puesto el huevo de hoy, ese es el que vale su peso en oro, el huevo cotidiano. Disfruta de lo que tienes ahora y no lo inviertas en planes de pensiones para el futuro, te lo dice la experiencia de la vida que acarrea uno, experiencia que es, como se dice vulgarmente, más puta que las gallinas, porque es zorra vieja, como la gallina de la fábula, que como dice este otro refrán en la lengua del Dante y Petrarca: “Gallina vecchia fa buon brodo”: Que la gallina vieja es la que hace buen caldo. 

 
407.- Tolerancia. Los partidos políticos extraparlamentarios se llaman así no porque su campo de actuación sea la calle y lo que está fuera del parlamento sino porque todavía no han conseguido su representación en el circo –perdón, semicírculo o hemiciclo- parlamentario, por lo que no podemos confiar en que puedan hacer algo que no esté hecho, como tampoco confiamos en los que están dentro del parlamento. Todos nos prometieron el oro y el moro: que nos sacarían del estado crítico de la crisis en que nos halláramos, que nos subirían los salarios, que reducirían la jornada laboral o que no desmantelarían el Estado del Bienestar, cuando lo único que les interesa es el bienestar del Estado que genera nuestro malestar. Los altos índices de conformismo son el mejor aliado del sistema parlamentario y democrático de dominación vigente. No en vano, uno de los conceptos más esgrimidos por la clase política es el de tolerancia, que se ensalza como una virtud por encima de cualesquiera otras: es decir, el hecho de soportar, sufrir o sobrellevar. Sin embargo, sólo se refieren a lo malo, nunca a lo bueno. ¿Por qué será? Nos dicen que toleremos los males actuales para evitar “males mayores”. Pero yo me pregunto: ¿qué males puede haber mayores que los actuales? Yo, mirando a mi alrededor, no veo más que los males actuales. ¿Cuáles pueden ser peores? ¿Los futuros? ¿Los pasados? Menos lobos, Caperucita: no hay futuro ni pasado: sólo ahora. 
 
  
408.- Gloria a Dios en las alturas. Se cita a menudo la frase de Dostoyesqui de “Si Dios no existiera, todo estaría permitido”, cuando en realidad es al revés: todo está permitido si existe Dios, porque lo perdona todo, porque Jesucristo va a morir para redimirnos del pecado original y de todos nuestros pecados en particular. Algunos se han apresurado a enterrar a Nietzsche, su particular bestia negra, porque dijo "Dios ha muerto", y afirman, poniéndolo en boca de Dios y no sin sarcasmo: "Nietzsche ha muerto". Pero Dios no ha muerto, está bien vivo, vivito y coleando en sus excelsas alturas, y podemos decir, como Epicuro decía de todos los dioses, que existe y se desentiende totalmente de los asuntos humanos, o sea, que es como si no existiera, para el caso. Pero nosotros no queremos la redención ni el perdón de nuestros pecados y los asumimos como tales, porque son nuestros, es más, porque son -se puede decir- lo único y más nuestro que tenemos. Que Dios, o Alá o Jehová, da igual cómo quiera llamarse el dios monoteísta, se quede en sus excelsas alturas, y que nos deje en paz aquí en la tierra a solas con nuestros pecados a los humanos seres, que no se empeñe en salvarnos, que no nos hace falta ninguna salvación, y que haya de una vez para todos nosotros, es decir, entre todos nosotros, paz, una paz que acabe con la guerra fundacional del mundo: Goria in excelsis Deo et in terra pax... a todos nosotros, tengamos o no tengamos la buena o mala voluntad que tengamos. 
  
409.- ¡Calla, niño! Una copla o más propiamente serrana popular y por lo tanto laica, que quiere decir relativa y concerniente al pueblo, rezaba antaño así: Ya no dicen las madres / -¡Que viene el Coco!. / Que esta voz a los niños / asusta poco. / Si el caso apura, / les dicen: -“¡Calla, niño, / que viene el cura! En el estado aconfesional en que vivimos, en plena demotecnocracia, es preciso sustituir la mención de la figura anacrónica del cura –la conferencia episcopal está rabiosa porque ya no hay vocaciones- por la del psicólogo o psicagogo, conductor de almas. Si el psicólogo se define por estudiar el comportamiento de la mente humana, el psicagogo, igual que el demagogo o el pedagogo, se define por manipular la mente infantil. Detrás de la figura del psicólogo o psicagogo, como antes de la del cura, vemos el trasunto del viejo Coco de los cuentos infantiles: Ya no dicen las madres / -¡Que viene el cura! / Que esta voz a los niños / muy poco asusta. / Cambiando el Coco, / les dicen: -¡Calla, niño, / o te llevo al psicólogo! 
 
  
410.- Non multa sed multum. Formulan estas cuatro palabras latinas un lema pedagógico bastante descuidado, que defiende que la verdadera cultura o quizá mejor la inteligencia de las cosas no consiste en acumular muchos conocimientos eruditos, porque no se basa en su cantidad, sino en su calidad: vale más poco pero a fondo que mucho pero sin la debida profundización: no hay que aprender muchas cosas, sino mucho, que no es lo mismo, porque “mucho” quiere decir en profundidad, y “muchas cosas” alude a una pluralidad superficial, lo que nos trae a la memoria enseguida aquel fragmento de Heraclito de Éfeso que dice que los muchos conocimientos -enciclopédicos y eruditos- no nos enseñan a tener inteligencia: πολυμαθίη νόον ἔχειν οὐ διδάσκει. Heraclito contrapone el concepto de polymathía o plurisciencia enciclopédica al de nóos o inteligencia de las cosas. 
 

lunes, 14 de julio de 2025

Pareceres LXXXI

396.- Confinamientos: Resulta curioso cómo a propósito de los incendios forestales que se reproducen en verano vuelven las autoridades y los periodistas a conjugar el sospechoso verbo “confinar”. La docta Academia lo define en su segunda acepción, que desde la pandemia ha pasado a ser ya la primera, como: Encerrar o recluir algo o a alguien en un lugar determinado o dentro de unos límites. U(sado) t(ambién) c(omo) pr(o)n(omina)l: 'Se confinó en su casa'. Se quema el bosque y el incendio ya no es noticia en sí mismo, por lo que no se nos informa de su extensión, duración, altura de las llamas o los esfuerzos que hacen bomberos y lugareños para confinarlo a él y poder reducirlo y apagarlo. Se nos informa de las alertas que han emitido las autoridades al efecto y de los municipios y número de personas que han "confinado". De este modo contribuyen periodistas y autoridades tanto teórica- como prácticamente a normalizar el verbo para poder usarlo en muy diversos y otros contextos y que nos parezca lo normal permanecer en casa bajo arresto domiciliario y manteniendo la respiración a ser posible todo lo que podamos, para no contaminar el planeta con el dióxido de carbono, CO2 o anhídrido carbónico que exhalamos. Y todo por nuestro propio bien incomprensible. 
 
  
397.- Mass media. Esta expresión inglesa suele traducirse por “medios de información” o “conjunto de medios de comunicación”, cuando literalmente significaría medios de masas, medios masivos, medios para las masas. Agustín García Calvo acuñó para traducirlo la fórmula “Medios de formación de masas”, que responde muy bien al original inglés, formado sobre el plural latino de “medium”, que es “media”, y mass, que llegó al inglés a través del francés procedente del latín “massa” (masa, amontonamiento, pasta) que probablemente le venga del griego μάζα, que era el nombre de la masa y de la torta de cebada, relacionada probablemente con el verbo μάσσειν (amasar), que, por su parte, remonta a una raíz protoindoeuropea *mag- que significaría algo así como “dar forma, ajustar, amasar”. En griego moderno se conserva esta palabra que se traduce como “plebe”. Los mass media no son meros medios de información o de comunicación, sería una ingenuidad imperdonable creerlo y pensar una cosa así, ya que se han convertido en un amasijo al servicio del poder de instrumentos de formación, uniformación y uniformización de masas de individuos personales. 
 
  
398.- La fluidez. De cómo los más avispados se aprovechan de la divulgación de la pseudofilosofía barata heraclitana del panta rhei, cambio continuo o perpetuum mobile, asociándola con algunos ribetes baratos de espiritualismo oriental, tales como el taoísmo y el anicca, impermanencia o naturaleza transitoria de las cosas del budismo, poniendo estos conceptos al servicio de la lógica económica dominante y de la adaptación al principio de realidad. En su perversa reinterpretación actual y occidental, a través de la Nueva Era, se reducen a una justificación de la inestabilidad laboral. Se siembran consignas como «abraza el cambio», «sé flexible», «re-invéntate continuamente», «fluye»... que invitan a adaptarse a la realidad cambiante y a las exigencias del mercado laboral. La meditación, por ejemplo, se vende como solución al problema del estrés laboral. El “si quieres, puedes” y el “tú creas tu propia realidad” ponen el énfasis en la responsabilidad individual, desviando la atención del sistema. Cada cual labra su propio porvenir y, por lo tanto, es responsable de él y de su 'burn out', el síndrome del trabajador quemado en sus propias ascuas. Los promotores de estas filosofías son los mismos que acumulan dinero y poder, que les da una identidad y una estabilidad envidiables y que cambian de opinión como el que cambia de calzoncillos. 
 
399.- Ola de Calor: Arranca el verano con los primeros avisos de los meteorólogos televisivos, los populares hombres y mujeres del tiempo: La primera ola de calor arranca con el 75% de los municipios en niveles de riesgo para la salud. Clima extremo a finales de junio. La 'cúpula de calor' abrasa España. Y los inevitables consejos paternalistas: Muchísima precaución con las altas temperaturas extremas que además serán duraderas. El Estado Terapéutico -ese ogro filantrópico, que decía el poeta Octavio Paz- ha logrado que vivamos en un estado clínico, sometiéndonos a una perpetua y constante hospitalización. Hay muchas metáforas del Estado. Una de ella es el Estado-hospital. Uno puede acudir al Estado cuando necesita ayuda, pero a menudo es el Estado el que acude a uno metiéndosenos en casa, en nuestra vida, porque necesita nuestra ayuda para autojustificar su existencia. Antes no había Seguridad Social, ni un Papá-Estado protector, pero al menos la gente vivía como quería... Ahora ni siquiera se vive, se sobrevive. Y este calor del que tanto nos hablan, siempre futuro, se parece mucho a aquel virus, con sus numerosos casos y sus muertos cotidianos... Quizá algún día se descubra que era fabricación de algún malévolo laboratorio chino del que se había escapado. De todas formas, este no va a ser el verano más caluroso desde que hay registros. El día más caluroso de nuestra historia, según parece, ya se registró una vez, antes del cambio climático provocado por la acción humana: fue en el año del Señor de 1876 a finales de julio, cuando Sevilla registró 51 grados y Madrid llegó a rebasar los 44.
 
  
400.- Sentido común. Hay alguien que tiene más inteligencia que los genios más grandes que en el mundo son y han sido, ese alguien es... todo el mundo. La frase se le atribuye a grandes hombres como Napoleón o Voltaire, pero no está atestiguada en ninguno de los textos de estos personajes. Muchas veces, para darle autoridad a un pensamiento, se le atribuye a un maestro: magister dixit. Si lo ha dicho un personaje, la frase cobra más enjundia no solo por lo que dice, con lo que podemos estar de acuerdo todos, sino por el relumbrón de la relevancia de quien lo dice. No obstante, es interesante porque pone de manifiesto la importancia de la inteligencia colectiva frente a la individual, por muy alto que sea el cociente intelectual del individuo en cuestión. Pone de relieve la importancia del “lógos xunós” la razón común, que decía Heraclito, o el discurso común que todos compartimos, por encima de lo individual. Más modestamente, sin recurrir a la filosofía presocrática, podemos hablar del sentido común que, paradójicamente, es el menos común de todos los sentidos, según el conocido dictamen que se le atribuye a Voltaire, por la pretensión que tenemos todos y cada uno de nosotros de albergar opiniones personales, y por el derecho reconocido a la libertad de expresión y opinión.
 


martes, 17 de junio de 2025

¡Esto es la guerra!

    Publicaba el pasado 14 de junio el filósofo italiano Giorgio Agamben un billete breve titulado “El estado y la guerra” en su página habitual, que reproduzco traducido aquí por el interés de hacernos ver cómo las guerras que se llevan a cabo en el mundo en la actualidad no son más que el resultado de la puesta en funcionamiento de las maquinarias de guerra que llamamos Estados:  
 
    "Lo que llamamos Estado es, en última instancia, una máquina de hacer la guerra y, tarde o temprano, esta vocación constitutiva termina por emerger más allá de todos los propósitos más o menos edificantes que pueda darse a sí mismo para justificar su existencia. Esto es hoy particularmente evidente. Netanyahu, Zelenski, los gobiernos europeos persiguen a toda costa una política de guerra para la que sin duda pueden identificarse propósitos y justificaciones, pero cuyo motivo último es inconsciente y descansa en la naturaleza misma del Estado como máquina de guerra. Esto explica por qué la guerra, como es evidente en Zelenski y en Europa, pero como también es cierto en el caso de Israel, se persigue aun a costa de la posible autodestrucción propia. Y es vano esperar que una máquina de guerra pueda detenerse ante este riesgo. Proseguirá hasta el final, sea cual sea el precio que tenga que pagar".
 
  
    Mucho antes que Agamben, Randolph Bourne (1886-1918), escribió un lúcido ensayo contra la guerra cuyo título en forma de aforismo lo decía todo: War is the Health of the State. Fue redactado en 1918, encontrado entre sus papeles y publicado a título póstumo en 1919. Es un texto inacabado, concebido como la primera parte de un libro más amplio titulado: The State:   La guerra es la salud del Estado. 
 
    Antes que Bourne lo había dicho Heraclito de Éfeso: la guerra es el padre de todo (o si se prefiere 'la madre', porque pólemos, que es el nombre de la guerra en su lengua, tiene género gramatical masculino mientras que en la nuestra es femenino), y el rey o régimen de todo, que a unos hizo libres y a otros esclavos, estableciendo la principal diferencia de clases sociales en la antigüedad, pero también hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y viejos, para que nos enfrentemos los unos con los otros.
 
    Hay una fábula moderna y anónima por lo que a mí se me alcanza que cuenta que unas hormigas rojas y otras negras convivían en paz y armonía -todas eran hormigas- hasta que un día una mano negra agitó con un palo el hormiguero. Las hormigas rojas creyeron que habían sido las negras y las negras que habían sido las rojas las que habían provocado la conmoción, y se enfrentaron entre sí hasta destruir el hormiguero por completo y aniquilarse las unas a las otras. La mano negra había sembrado la división y creado un enemigo que antes no existía y había desatado la guerra dentro de una comunidad que había vivido en paz, cuando había sido ella la que había provocado la destrucción del hormiguero a la que habían colaborado las propias hormigas creyéndose enemigas las unas de las otras...  
 
    Alguien o algo más bien había hecho que las hormigas tomaran conciencia de que, a pesar de ser todas lo mismo, unas eran "rojas" y otras "negras", descubrimiento que hizo que surgiera el concepto de raza y agitó su convivencia haciendo que se enfrentaran las unas a las otras y se consideraran enemigas hasta el punto de declararse mutuamente la guerra y exterminarse. En realidad, el verdadero enemigo de unas y otras era la noción de raza que habían adquirido, que era lo que había sacudido el hormiguero y sus conciencias. La moraleja, innecesaria por otra parte, de esta fábula es que el conflicto no nace de una fuerza externa que  manipula a las hormigas haciéndolas enfrentarse, sino de la conciencia que tomaron. 
 
 
    El Estado, en efecto, se sirve de la guerra para extender su dominio sobre otros Estados y para, como escribirá Agamben, convertir en su seno el Estado de Excepción en la regla, y en hacer del campo de concentración su realización más cumplida.  De Bourne dábamos cuenta en La guerra saludable del Estado  y, sobre todo, en El Estado es la guerra (Bourneana), donde se recogían algunas de sus formulaciones más agudas. Conviene releerle en estos tiempos que son los mismos que los suyos por aquello de que hoy es siempre todavía.

jueves, 22 de agosto de 2024

El virus de la guerra

    Hay un virus -veneno ponzoñoso en latín- mucho más peligroso que el coronado y que el de la viruela del simio con el que la OMS decreta ahora, otra vez, la Emergencia Sanitaria Internacional, un virus más viejo que el catarro de Matusalén, que es a la vez extremadamente contagioso, virulento y asesino: el virus de la guerra [ho toû polémou -polémios, polemikós- iós (ὁ τοῦ πολέμου -πολέμιος, πολεμικός- ἰός), que de las tres formas podría decirse en griego clásico], el virus (o también la flecha, que ambas cosas significa el término) de la guerra; flecha que, cuando está en el disparadero del arco, tiene que partir forzosamente, según el refrán chino que recordaba Rafael Sánchez Ferlosio. 

    Sólo hace falta comparar algunos datos para ver la letalidad de ambos virus: la viruela símica, ahora renombrada como MPOX, contabiliza unos pocos cientos de muertos desde enero de este año, mientras que el virus guerrero de Israel en Palestina, mucho más localizado, suma muchos miles, demasiados. 
 
 
    Como se vio en el siglo pasado, la epidemia de este virus bélico se convierte enseguida en pandemia, de modo que la guerra es ya un virus endémico, que está etimológicamente "en el pueblo", pero no por otra razón más que porque se le ha impuesto desde arriba. Es lo que sucedió en 1914-1918, en la llamada Primera Guerra Mundial, y en 1939-1945 en la Segunda: dos guerras que se propagaron rápidamente por todo el planeta, convirtiéndose en dos pandemias mundiales o, como se prefiere decir ahora, globales, globalizadas, y que causaron decenas de millones de muertos. 

    El virus de la guerra es consustancial y esencial al Estado, cuya función es administrar la muerte en todos los ámbitos: militar, económico, sanitario, social, cultural e identitario. Ya lo expresó Randolph Bourne: la guerra es la salud del Estado, es decir, su quintaesencia. Y antes que él, Heraclito de Éfeso, que consideraba que Pólemos -guerra en griego- era el Padre y Rey y señor de todas las cosas y personas, títulos que le correspondían a Zeus, padre de hombres y de dioses.

 
  Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1948, se creó el Estado de Israel en Oriente Medio, uno de los más modernos, implantándose genéticamente en él el virus esencial y saludable para él, pernicioso para los demás, de la guerra, imprescindible para su sustento, que ha ido propagándose ininterrumpidamente desde entonces hasta bien entrado el siglo XXI en la actualidad. La justificación de la creación de este Estado moderno a cargo de David Ben-Gurión, el primer primer ministro de Israel, era el trágico genocidio que los judíos de Europa occidental habían padecido bajo el nazismo.
 
    El Estado hebreo justifica la guerra so pretexto de legítima defensa de sus intereses y de su población debido a su política de expansión, pero Israel solo no podría aplicar esta política sin el apoyo de Estados Unidos y del Reino Unido, dos democracias consolidadas donde no gobierna el pueblo, contra lo que dice la palabra, sino el dinero que poseen los Rothschild y los Rockefeller. 
 

    Los Estados Unidos de América, desde su creación, han estado en perpetuo conflicto también, abierto o encubierto, contra los indígenas en primer lugar y contra todo el resto del mundo, buscando siempre imponer su voluntad, por las buenas o por las malas, por lo civil o por lo militar, como decía un reyezuelo de la taifa cántabra, porque para ellos América, un nombre propio como otro cualquiera y, por lo tanto, un pseudónimo de Dios, es lo primerísimo. El virus de la guerra le permite al Estado subyugar a su población bajo su dominio permanente. Declarar la guerra -que es la  paz, según Órgüel-  es, en el fondo, el sueño absoluto de todo dictador, más aún cuando se oculta bajo la apariencia de un demócrata que actúa para garantizar el bien, que es la seguridad, de la población. 
 
    Estamos pues ante una Tercera Guerra Mundial (o Cuarta, mejor dicho, si consideramos la Guerra Fría encubierta librada contra los pueblos durante los últimos setenta años de Historia), que llevarán a cabo los países de la OTAN capitaneados por el Imperio del tío Sam contra los BRICS -acrónimo inventado para meter a los estados 'emergentes' de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica en el mismo paquete-, especialmente contra Rusia y China, una guerra que ya están librando los ucranianos, que han tomado la iniciativa, pasando a la ofensiva, e invadido a la madre Rusia, por lo que es más que previsible que el virus bélico acabe propagándose y contagiándonos a todos.