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miércoles, 5 de agosto de 2026

No hace falta nada: sobra casi todo

    A propósito de la reflexión de Cioran: La civilización nos enseña cómo apoderarnos de las cosas, cuando debería iniciarnos en el arte de despojarnos de ellas, pues no hay libertad ni verdadera vida si no se aprende a renunciar.
 
    No nos hace falta nada: al contrario. Nos sobran muchas cosas que tenemos encima, cosas que son instituciones que algunas almas cándidas pretenden reformar para que funcionen mejor, cuando lo más sensato sería que, por nuestro bien, ese mismo bien que invocan para justificar su existencia, dejaran de funcionar. Y nos sobra, sobre todo, la principal institución de todas ellas, la cosa de las cosas, la que las cosifica y realiza a todas ellas: el dinero. No porque tengamos mucho o poco, sino porque para vivir no nos hace ninguna falta. Tampoco nos hace falta para ser felices. Al contrario, el dinero es la fuente de la que brota la desgracia. 
 
 
    El capitalismo que es al dinero lo que la teología a Dios no es ni de derechas ni de izquierdas, sino todo lo contrario. El espectro político actual diestro y zurdo, conservador y progresista, no sirve para entender el mundo, un mundo en que el capitalismo no es un sistema económico, sino una religión secular.  Líbrenos Dios, el demonio o quien sea de semejante falsa dualidad y del embeleco diabólico de la democracia, que es la dictadura más perfecta porque, a poco que uno se descuide, casi pasa desapercibida como tal.
 
    El capitalismo es la religión secular que nació cuando Nietzsche proclamó solemnemente la muerte de Dios y nadie supo qué poner en su lugar. Pero no es que Dios haya muerto y haya triunfado Mammón, el dinero divinizado, es que ya no hay diferencia entre uno y otro: Dios es ahora Mammón y viceversa. Si Dios, según la vieja religión católica, apostólica y romana se hizo hombre por obra y gracia de la encarnación divina del Espíritu Santo, ahora el hombre se ha hecho consumidor, gracias a su económica encarnación.  
  
     El capitalismo es una religión que tiene sus dogmas: el crecimiento infinito, la propiedad privada de las cosas, la competencia desleal como virtud sacrosanta y la salvación gracias al consumo. Consume, nos dice tácitamente la propaganda del régimen, hasta consumar el crimen del consumo y consumir lo demás y consumirte, al fin y a la postre, tú también, el consumidor consumido que exclamará cual Cristo en la cruz "consummatum est", un Cristo que no renacerá cual ave Fénix de sus cenizas así resucitado.
  
    Una religión que tiene sus clérigos y sacerdotes: los economistas, los banqueros, los tiburones financieros, los ejecutivos, los CEOs, y sus capellanes y monaguillos: los influencers. Que se entromete en nuestros hogares a través de los resquicios de los concursos televisivos y de los sorteos de las distintas quinielas y loterías donde se reparte la calderilla del dinero a manos llenas para la plebe. Ya ni siquiera hace falta acudir presencialmente a las superficies comerciales para realizar la ceremonia de la cesta de la compra: nos la traen a casa desde las junglas del Amazonas. 
 
    Una religión que tiene sus templos y catedrales: los centros comerciales de las cada vez mayores superficies, las bolsas de valores, y las entidades bancarias que nos conceden o deniegan la hipoteca, el préstamo, y la tarjeta de débito y crédito. La fe de esta nueva religión se llama crédito. El Banco Central Europeo nos invita ahora a diseñar democráticamente los nuevos billetes de euro, antes de la implantación del euro digital, su última encarnación y epifanía inmaterial. 
 
       Una religión que tiene sus ritos: el Black Friday que se celebra después del Día de Acción de Gracias a Dios, Nuestro Señor, e inaugura la orgía de las compras navideñas con significativas rebajas de precios en los principales artículos de consumo de los grandes almacenes. Los fieles se realizan comprando y adquiriendo bienes y servicios.
 
    Tiene su confesionario: la declaración de la renta, en la que el feligrés confiesan sus pecados al fisco y cumple la penitencia del IRPF (Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas), que es el tributo que deben pagar al Estado los ciudadanos.
 
    Una religión que tiene su infierno aquí en la Tierra: la pobreza, el fracaso, la quiebra, el desempleo, un averno que afecta a la mayoría democrática de la población, dado que, como se sabe, el uno por ciento que vive en la opulencia acapara más bienes y servicios que el noventa y nueve por ciento restante de la humanidad. 
 
    Tiene también su paraíso fiscal: el milmillonario. Y su promesa de salvación después de una vida activa: la jubilación anticipada y la libertad financiera (financial freedom en la lengua del Imperio), el momento en el que los ingresos pasivos o ahorros cubren todos los gastos de vida, lo que le permite a uno dejar de depender de la servidumbre laboral de un trabajo diario. 
 
        Ya no se da aquello de Machado de que todo necio confunde valor y precio, sino algo mucho peor, si cabe, todavía: ahora mismo el precio de las cosas es su único valor: tanto tienes, tanto vales. El único valor de las cosas es su precio en el mercado.
 
    El capitalismo, pues, no es un problema de "derechas" o de "izquierdas", sino todo lo contrario. Las soluciones existentes son claramente insuficientes. Mientras sigamos creyendo que la solución es más regulación o menos impuestos, más Estado o menos Estado -el Estado somos todos y cada uno-, seguiremos dentro del mismo paradigma que creó el problema, inmersos en una religión que no tiene ateos y que nos reduce a la condición de consumidores que consumen y se consumen aguardando con un inmenso terror la muerte sin haber vivido, como le escribía Kafka a su amigo Max Brod hace algo más de un siglo, en julio de 1922: Se (impersonal personalizado) tiene un miedo terrible a morir porque aún no se ha vivido ('Man hat eine furchtbare Angst vor dem Sterben, weil man noch nicht gelebt hat'). 

lunes, 13 de julio de 2026

Una vía de escape

Publicaba Giorgio Agamben el pasado seis de julio una reflexión memorable titulada Una via di uscita ('Una vía de escape'). Copio y pego el texto traducido: 
   
A menudo, ante la percepción generalizada de que estamos viviendo el fin de una cultura, surge la necesidad —o la esperanza— de un nuevo comienzo; es decir, de que, tras el colapso de una larga tradición, tarde o temprano surja otra nueva y más viva. Frente a esta expectativa ingenua, hay que recordar que no necesitamos un nuevo comienzo, sino una salida. Suponiendo que un nuevo comienzo fuera posible, todo volvería a empezar entonces como antes, quizá con ideas y proyectos diferentes, pero siempre dentro de la estela de una época histórica y de una tradición en cierto modo homogéneas a las anteriores. Tras el colapso de la historia de Occidente, lo último que podemos desear es una nueva época histórica; más bien queremos acabar con las épocas, salir de ellas de una vez por todas y no simplemente volver a empezar. ¿Salir hacia dónde? No podemos decirlo, pero eso está bien; nuestro silencio es más valioso que las charlas sobre los rasgos de un futuro improbable, que delatan su solidaridad con el pasado al repetir fórmulas rancias como «nuevo, pos- o transhumanismo». Como dice el mono de 'Informe para una academia', que se ha convertido en algo radicalmente distinto: «No quería la libertad, solo una salida».
 
 
La referencia final de Agamben remite a Franz Kafka y a su obra Ein Bericht für eine Akademie, cuyo protagonista, un simio, busca una salida desesperada, convirtiendo la necesidad de escapatoria en el núcleo de su existencia. El mono confiesa: “No había salida pero la tenía que encontrar; la vida se me iba en ello”.
 
El texto de Agamben me recuerda a otro pasaje inolvidable de Kafka, el microrrelato Der aufbruch ('La partida') (1922), del que ya dábamos cuenta hace tiempo en "Fuera (y lejos) de aquí, esa es mi meta", que decía así: 
  
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: 
-¿Adónde va el patrón? 
-No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta. 
-¿Así que usted conoce su meta? -preguntó. 
-Sí -repliqué-te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta. 
 

lunes, 15 de junio de 2026

El cántico de las sirenas

 "Las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio... Y aunque es improbable que algo semejante haya sucedido, sigue siendo posible que alguien, alguna vez, pueda haber escapado de su canto, pero seguramente que nunca de su silencio." (Franz Kafka)

En 1891 John William Waterhouse pintó este "Ulises y las sirenas", inspirándose en el célebre jarrón griego que las representa como aves canoras y no como peces.


El genio literario de la pluma de Franz Kafka publicó este pequeño relato "kafkiano", nunca mejor dicho, titulado "El silencio de las sirenas", donde Odiseo/Ulises, para no admitir su derrota ante las sirenas, dirá que ha escuchado su hermoso canto y lo exagerará afirmando que estuvo a punto de enloquecer bajo su seducción. Sin embargo,  según el relato del escritor checo, Odiseo/Ulises está a punto de enloquecer porque las sirenas no cantan a su paso, por lo que no sale victorioso ni ileso de este encuentro, sino humillado ante el desplante de las sirenas, que ofenden al héroe homérico con el desprecio de su silencio.   

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba: 
 
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera (1) y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente. 
 
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas. 
 
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción. 
 
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas. 
 
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises. 
 
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó. 
 
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

NOTA.- (1)  Aquí hay una inexactitud del relato: Odiseo/Ulises no tapó sus oídos con cera según la versión homérica sino los de la tripulación, haciéndose encadenar él al mástil de la nave para poder así oír el canto de las sirenas. A pesar de eso, el relato de Kafka nos sugiere algo mucho más terrible: lo que oyó Odiseo/Ulises no fue el canto, sino el silencio sepulcral de las sirenas.


Herbert James Drapper pintó este óleo titulado "Ulises y las sirenas" en torno a 1909. En él se aprecian las sirenas con forma de mujer y, una al menos, con cola de pez, según la iconografía moderna.
 
oOo
 

Los adolescentes, más adictos a los cánticos de las modernas y tecnológicas sirenas virtuales de las redes sociales que los llevan a la perdición de TikTok, Snapchat, YouTube, y, sobre todo, Ístagran que al Feisbu o a Tuíter, ahora rebautizado X, se dejan seducir por ellas igual que los adultos, quienes se las quieren prohibir a sus menores a fin de que no se echen a perder como ellos se han echado. Los menores ya no juegan ni se divierten ni hablan físicamente entre ellos, sino onláin en todo caso, y se aburren soberanamente... guasapeando. De ser peces más o menos libres en la mar salada, que es lo que podrían haber sido, si pudieran y quisieran, se convierten en "pescados" al caer en alguna de esas numerosas mallas, telarañas y pescaderías en las que, incautos, se dejan enredar.



La viñeta original de Brian Gordon, dibujante norteamericano creador de la serie  Chuck y Beans, a la que pertenece, sólo menciona a Feisbu (Facebook en la lengua del Imperio, que se escribe de una manera con el alfabeto latino y se pronuncia de otra); con "Tuíter" (ahora Equis) e "Ístagran" se adapta más a nuestra actualidad sociocultural española.
 
 

 

jueves, 30 de octubre de 2025

El discurso de Han

    El Poder premia y promociona a intelectuales 'críticos' como Han cuyo discurso no supone ningún peligro para sus intereses. Byung-Chul Han, "considerado uno de los filósofos contemporáneos más destacados", ha recibido en Oviedo el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades del año del Señor de 2025, dotado con una escultura del Joan Miró, un diploma acreditativo, una insignia y 50.000 euros, que no son pocos. 

    A pesar de algunos acertados dardos de Han, que se repiten a lo largo de sus muchos y breves libros, como "la ilimitada libertad que nos propone el neoliberalismo no es más que una ilusión", "aunque hoy creamos ser más libres que nunca, la realidad es que vivimos en un régimen despótico neoliberal que explota la libertad"...), su crítica no deja de ser tibia y superficial, porque no profundiza en lo estructural.

    Uno, dice Han, se imagina que es libere pero, en realidad, lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente y con entusiasmo hasta colapsar. 

    Hace suya, sin citar la autoría, la cita de un aforismo de Franz Kafka (1883-1924), cuando dice que somos como aquel animal que le arrebata el látigo a su amo y se autoflagela, creyendo que así se libera. Franz Kafka, en efecto, había dejado escrito: "El animal arrebata el látigo al amo y se fustiga a sí mismo para convertirse en amo, y no sabe que esto es solo una fantasía producida por un nuevo nudo en la correa del látigo del amo" ("Das Tier entwindet dem Herrn die Peitsche und peitscht sich selbst, um Herr zu werden, und weiß nicht, daß das nur eine Phantasie ist, erzeugt durch einen neuen Knoten im Peitschenriemen des Herrn"). 

      En clave hegeliana, el animal kafkiano representa la figura del esclavo que, al rebelarse, cree liberarse, pero al imitar la figura del amo reproduce la estructura del dominio. En realidad todo su discurso y la tesis principal de su obra no es más que una variación sobre este aforismo kafkiano.    El poder del señor el poder se perpetúa incluso a través de la rebelión del esclavo o, para el caso es lo mismo, del animal domesticado que se rebela: el acto de arrebatarle el látigo no rompe la estructura de dominación, sino que la reafirma bajo otra forma que resulta más efectiva. El esclavo se explota a sí mismo, se autoflagela, y lo peor de todo es que cree que así se libera del señor.

    Frente a fenómenos contemporáneos como la digitalización (teléfonos inteligentes, redes sociales, Inteligencia Artificial...) Han insiste en que nos hemos convertido en esclavos de la tecnología, en lugar de ponerla a nuestro servicio, de forma que no es nuestro producto, sino que nosotros somos su producto. Las redes sociales, por ejemplo, no nos socializan sino que nos aíslan más de lo que estamos. 

    Frente a la democracia como régimen político dominante propone que debe basarse en la moral y en la virtud del respeto. Su discurso se vuelve así moralista. 

 

    Su discurso, en alemán, no está mal elaborado. Comienza haciendo referencia al magisterio de Sócrates y a la labor del filósofo como tábano que irrita a sus congéneres: La misión del filósofo consiste precisamente en agitar, despertar, criticar y recriminar a sus compatriotas, como hacía Sócrates, que se comparaba con un tábano que pica y así espolea y estimula al caballo remolón. "Yo soy un filósofo", afirma con presunción por su parte, y acaba diciendo que, aunque sus libros han sido muy criticados  -se han vendido como rosquillas, convirtiendo al autor en un superventas autor de best-sellers de filosofía ligera-, y ha irritado a la gente como el tábano socrático, no ha irritado tanto cuando, asegura con socarronería, no ha sido condenado a muerte como Sócrates, y sí ha recibido, en cambio, el reconocimiento de la Fundación Princesa de Asturias con el suculento botín que se ha llevado.

martes, 12 de marzo de 2024

Un idiota, dos idiotas, diez mil idiotas

    En la telaraña informática se le atribuye unánimemente al escritor checo Franz Kafka (1883-1924), cuyo centenario se celebra este año a bombo y platillo, el siguiente y afortunado aforismo: “Un idiota es un idiota. Dos idiotas son dos idiotas. Diez mil idiotas son un partido político”. 
 
 
    Me extraña la atribución kafkiana de la cita por dos motivos, porque, lector de Kafka desde hace muchos años, nunca había leído dicha frase ni en sus relatos ni en su diario, y por el origen exclusivamente internetesco del aforismo. Abundan, en efecto, muchas frases espurias en la Red que se asignan a personajes de renombre universal (Sócrates, Borges, Séneca, Platón, Nietzsche...) sin citar nunca su fuente, para darles un aura de magisterio y prestigio intelectual, como si así, afirmando que lo dijo Fulano de Tal, un genio reconocido, fuéramos a hacer más caso del dicho y a prestarle más atención dado que no sería una ocurrencia privada de cualquiera, o lo que es lo mismo, una idiotez.
 
 
     Descartado el origen literario del aforismo, cabría pensar que Kafka le hubiera dicho a alguien esa frase, aunque no fuera originalmente suya, haciéndose eco de ella porque le hubiera hecho gracia, por ejemplo a su amigo Max Brod, al que le ordenó quemar toda su obra, pero no consta en los dos libros que le dedicó al autor, ni en su biografía de 1937 ni en la obra a su pensamiento y enseñanzas de 1948. 
 
    Buscando en internet la frase en su lengua original, que era la de Goethe “Ein Idiot ist ein Idiot. Zwei Idioten sind zwei Idioten. Zehntausend Idioten sind eine politische Partei”, es verdad que se cita en algunos sitios, pero muy pocos a la sazón, y en ninguno de ellos se aporta la fuente de la que habría salido. 
 
     Según lo que leo en el aforismario, que es una página italiana donde se recopilan citas erróneas, no hay constancia fidedigna por ahora de que Kafka haya escrito ni dicho públicamente nunca esa ocurrencia. Sin embargo, leo allí, sí que podemos encontrar una formulación parecida en el autor italiano (políticamente incorrecto por sus simpatías con el fascismo) Leo Longanesi, quien en su obra de 1947, que Kafka no pudo llegar a leer,  Parliamo dell'elefante escribe: Fanfare, bandiere, parate. Uno stupido è uno stupido. Due stupidi sono due stupidi. Diecimila stupidi sono una forza storica ("Fanfarrias, banderas, desfiles. Un estúpido es un estúpido. Dos estúpidos son dos estúpidos. Diez mil estúpidos son una fuerza histórica").  
 
     Ciertamente hay muchas coincidencias entre el aforismo que se atribuye a Kafka y el de Longanesi, aunque sea preferible la formulación supuestamente kafkiana, con la expresión 'partido político' en vez de 'fuerza histórica', mucho más vaga, y con el término 'idiota' en vez de “estúpido”, por la etimología griega del término “idiota” (mejor que cretino o tonto o imbécil).
 
    La palabra griega ἰδιώτης (idiṓtēs), en efecto, significaba “aquel que es incapaz de ocuparse de los asuntos comunes”, o dicho de otro modo, “que solo se ocupa de los asuntos personales propios”, y cuando hablamos de “asuntos comunes” no nos referimos a la política ni a las organizaciones políticas (asociaciones, partidos, sindicatos o fuerzas históricas de Longanesi...), dado que la misma frase descarta esa posibilidad (un partido, una fuerza o una organización política no deja de ser la suma de sus elementos individuales, de los idiotas o autistas), sino a lo que nos es común a todos, que no son las ideas o ideologías personales (la idíē phrónēsis de Heraclito) que tenemos o que, mejor dicho, nos tienen a nosotros, sino el lógos, la razón que nos es común y que, como el sentido común parece a veces lo menos común que poseemos por nuestra pretensión de individualidad. 
 
 

sábado, 16 de septiembre de 2023

La jaula y el pájaro

    El aforismo de Kafka núm. 16 dice : “Una jaula fue a buscar a un pájaro” ("Ein Käfig ging einen Vogel suchen"). Veo que a veces se traduce mal a nuestra lengua como “*Una jaula fue a buscar un pájaro”, que en castellano suena ambiguo porque parece que el sujeto de la frase es el pájaro y el objeto la jaula. Esta ambigüedad no existe en alemán donde el pájaro está en caso acusativo, como revela el artículo “einen”, y por lo tanto es el objeto de la frase. La traducción castellana, para ser exacta, debe contener la preposición “a”, que es un índice funcional negativo, como dicen los gramáticos estructuralistas, es decir, que sirve para dar a entender que lo que viene después no es el sujeto, sino otro elemento de la frase, en este caso el objeto. 

    Una vez establecida la traducción, llama la atención que el objeto (la jaula, el ser inanimado, la cosa) desempeñe la función del Sujeto gramatical, y que el sujeto (el pájaro, el ser animado, la no-cosa) sea el Objeto gramatical. He ahí la paradoja kafkiana: es la jaula la que va a buscar al pájaro y no el pájaro el que va a buscar la jaula. Sería más lógico que fuera al revés, bien porque el pájaro esté hambriento y sediento y haya visto que en su interior hay agua y comida, bien porque busque refugio, temeroso de la intemperie y del peligroso depredador que es el gato que acecha en el jardín, por ejemplo, y prefiere la seguridad a la libertad, ya que en su interior hay unos barrotes que impiden la intromisión de las garras del felino.


 

    La jaula, que hemos de suponer vacía y abierta, es una invitación al pájaro para que se adentre en ella. Pero lo que le gustaría realmente a la jaula es que el pájaro hubiera nacido en ella, porque el pájaro vernáculo nacido en cautividad no sabrá nunca volar ("El canario, enjaulado; / la jaula, abierta; / pero el pobre no sabe / volar que pueda"), y aunque permanezca abierta la puerta nunca saldrá probablemente de ella, como el preso que pudiendo evadirse de la prisión no lo hace, porque ¿a dónde va a ir él que mejor esté? A fin de cuentas, en el módulo penitenciario no le falta comida ni cama ni techo, y puede recibir con la debida autorización visitas del exterior de carácter íntimo. Fuera hay un mundo hostil donde hay que ganarse la vida perdiéndola en el intento.


 

    Lo que llama la atención del aforismo kafkiano es que se centra no en la libertad -el vuelo del pájaro- sino en la necesidad de la prisión -la jaula que lo contenga. Hay quien sugiere que la jaula es el cuerpo y el pájaro el alma que necesita encarnarse en ella. Puede ser, pero en este caso es el cuerpo el que quiere tener un alma, y no el alma la que quiere tener un cuerpo. En realidad, es una metáfora del sistema legislativo de represión vigente. La cárcel va a buscar al hombre para recordarle que no es libre y convertirlo en un presidiario que así se realiza por propia voluntad.


    Podría decirse que la jaula es una trampa que el pájaro se tiende a sí mismo. Podría decirse que la jaula es el gato que quiere capturar al pájaro. Y podría decirse, en definitiva, que la jaula es el pájaro mismo, como cantaba Agustín García Calvo en aquellos versos: De su jaula aletea y sangra / el pájaro desconocido. / Salir quiere y no puede:/ su jaula es él mismo. Y es que el mundo a veces, o casi siempre, por no decir siempre, es completamente distinto de lo que parece. 

 

    El poeta vasco Joxean Artze (1939-2018) es autor de uno de los poemas más bellos dentro de la brevedad que conozco, convertido enseguida a través de su versión cantada en poesía popular, porque acierta a formular con muy pocas palabras algo que todos sentimos y pensamos y a veces no acertamos a expresar, gracias sobre todo a la musicalización que Mikel Laboa (1934-2008) llevó a cabo y otros muchos después de él han cantado. Que viene a decirnos que la posesión mata las cosas, simbolizada en este caso no por la jaula sino por el hecho de amputarle las alas al pájaro. Txoria txori, en eusquera o, lo que es lo mismo, Pájaro, pajarito: Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío, / no se me habría escapado. Pero así, / habría dejado de ser pájaro. Y yo... / yo lo que amaba era el pájaro.

lunes, 17 de octubre de 2022

Me parece a mí (VI)

26.- Un individuo encontró un día una lámpara caminando por el desierto. La frotó y salió un genio encerrado en ella: -Pídeme un deseo. -Le dijo éste, contento de haber sido liberado al fin de la maldición que pesaba sobre él. -¡Lo que quieras! -Añadió. -¡Ojalá que se borre de mi vida todo lo que me impide ser feliz! -Dijo el individuo. El genio caviló un momento frotándose la barbilla. Y, acto seguido, asintió e hizo con su varita mágica que el individuo desapareciera de la faz de la tierra para siempre.

27.- Suele llamarse “diálogo” a un intercambio de palabras, pareceres u opiniones personales necias entre personas que tienen los oídos impermeables. A palabras tontas (o idiotas, es decir, particulares), oídos sordos. Recuérdese lo que reza el refrán: que no hay peor sordo que el que no quiere oír. No oímos las palabras del otro porque sólo oímos las que salen de nuestra boca, nuestro propio eco, las que creemos que son nuestras. “Tú tienes tu opinión y yo la mía”, así suelen zanjarse, es decir, abortarse muchas discusiones. El diálogo se convierte, de esta guisa, en una suma de dos monólogos sordos. ¿Para qué vamos a discutir nuestros puntos de vista si cada uno es como es y cada cual tiene el suyo propio y todos son igualmente respetables? 

                                            Pero no es cierto: no somos nosotros los que tenemos una opinión personal o una ideología, es la ideología u opinión personal la que nos tiene a nosotros, la que se encarna en nosotros para desbancar a la razón y al sentido comunes. Lo mejor que podríamos hacer con las opiniones personales es desembarazarnos de ellas, pero el hecho de considerarlas respetables hace que nos mantengamos firmes en nuestras posiciones, enrocados en nuestras defensas previas, atrincherados en su respeto, lo que constituye una falta de respeto hacia el sentido y la razón comunes. El auténtico diálogo modifica a los interlocutores, que podrán ser los mismos pero no idénticos a sí mismos, porque los libera de la carga de ideas y opiniones personales preconcebidas que albergaban antes de empezar a hablar: han cambiado sus pareceres, han destruido sus certezas, han caído, ídolos de barro, sus ideas u opiniones personales: el diálogo nos hace un poco más libres.

28.- Deberíamos más que intentar ser nosotros mismos, que eso ya lo somos sin querer ni poner demasiado empeño en ello, tratar de ser libres, libres sobre todo de ser lo que somos, libres incluso de la obligación de ser nosotros mismos y de ser fieles a nosotros mismos. En este sentido, no deberíamos buscar ningún paraíso perdido o por encontrar, sino simplemente huir de este infierno, como el jinete de Kafka cuya meta es, simplemente, huir. No sabe a dónde irá, pero si sabe de dónde se va. 

29.- Diógenes con un candil a plena luz del día. -¿Qué andas buscando, Diógenes? ¿No vas a decirme como hace dos mil años que vas en pos del hombre, eh? A lo que el filósofo contestó: -No, ya no busco al ser humano en abstracto; ahora te voy buscando a ti mismo, a ti y sólo a ti. Pero como no te veo, llevo el candil en la mano.

30.- Aunque diga que quiero disolver el “ego”, estoy con el mismo acto de decirlo, ipso facto, fortaleciéndolo, porque estoy diciendo: “(yo) quiero”. Al decir que quiero desintegrar el átomo de mi personalidad, resulta que estoy paradójicamente potenciándolo, inflando el globo de la identidad: el “yo” es un callejón sin salida. No sé lo que haría sin mí. Sería, acaso, feliz. El Yo, aunque yo no quiera, es egoísta, egocéntrico y ególatra por esencia. A veces yo desaparezco y me vuelvo invisible como por arte de magia e inexistente: sólo en esos momentos es, por cierto, cuando me encuentro conmigo mismo. ¡Muera, pues, el Yo, a fin de que yo pueda vivir! ¡Muera el Ego, para que yo viva!


jueves, 17 de marzo de 2022

"Fuera (y lejos) de aquí, esa es mi meta"

 Di la orden de ir a buscar mi caballo al establo. El criado no me comprendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y lo monté. A lo lejos oí sonar una trompeta; le pregunté qué significaba. No sabía nada y no había oído nada. Junto al portón me detuvo y preguntó: 

–¿Adónde vas con el caballo, señor? 
–No lo sé –dije yo–, sólo fuera de aquí, sólo fuera de aquí. Continuamente fuera de aquí, sólo así puedo alcanzar mi meta. 
–¿Luego conoces tu meta? 
–Sí –respondí yo–, lo acabo de decir: “Fuera-de-aquí”, ésa es mi meta.  
Fuera de aquí (De La Partida de Kafka).





    A veces uno, como el jinete kafkiano, no sabe adónde ir, sólo sabe que quiere dirigirse hacia lo desconocido, que su meta es una terra incógnita en la que nunca ha estado, y que no hay camino señalado que lleve a ella, que el camino lo tiene que hacer e inventar uno mismo sobre la marcha. 
 
Estudio para avión de papel, Gabriel Pérez-Juana
 
     "No sabemos lo que queremos, pero sí lo que no queremos" decía una pintada parisina de mayo del 68. 
 
Pintada en cubo de basura del poeta neorrabioso.
 
    Un impulso irrefrenable como corcel alazán al galope nos empuja fuera y lejos de aquí. En esos momentos sólo sabemos que tenemos que huir a toda costa y sin más contemplaciones de la vieja mansión que está ardiendo -es la parábola budista de la casa en llamas-, de lo malo conocido, porque lo que conocemos es lo malo, en busca de lo bueno que está por conocer y que es lo desconocido que nos aguarda a la vuelta de la esquina y es muchísimo mejor, porque peor que esto no puede ser.
 
 

martes, 1 de marzo de 2022

'La Trasformación' de Kafka

    Discutíamos el otro día en tertulia sobre la traducción de Die Verwandlung de Franz Kafka. En opinión de algunos críticos como Jordi Llovet, debería haberse sido “La Trasformación” (él escribe 'traNsformación'), y no “La Metamorfosis” como parece que ha quedado definitivamente. La discusión surgió a propósito del artículo de Ignacio Vidal Folch, publicado en El País el 28 de septiembre de 1988 titulado precisamente que un tertuliano sacó a relucir “La metamorfosis” fue mal traducida, donde se critica la mala costumbre de traducir al español a escritores alemanes según traducciones existentes en otras lenguas más asequibles, inglesas o francesas, y no directamente del alemán. 
 
 
    Al parecer Borges, que hizo una versión de la obra al castellano, también pensaba que debía haberse titulado “La TraNsformación”, aunque su editor prefirió mantener “La Metamorfosis”. Kafka, en efecto, pudo haber titulado su narración Die Metamorphose, que es palabra culta de raíz griega de la que también dispone la lengua alemana en la que escribe, pero prefirió Die Verwandlung, que es vocablo del más corriente alemán.

    La palabra alemana “Verwandlung”, cuyo campo semántico es el cambio en el sentido de mutación, puede traducirse tanto por "trasformación", que tiene un significado más genérico, como por "metamorfosis", que apunta por un lado al lenguaje de la mitología clásica, pensemos en Las metamorfosis de Ovidio, por ejemplo, y por el otro al de la zoología, como en el caso de la mutación del renacuajo en rana o de la oruga en mariposa.

   Quizá sea La Trasformación mejor traducción que La Metamorfosis, por ese valor genérico que tiene en castellano la palabra latina transformatio pero en todo caso no deja de ser una discusión un tanto bizantina de esas a las que se entregan los tertulianos ociosos cuando no tienen otra cosa mejor que discutir. Si la palabra alemana significa ambas cosas, la elección a la hora de traducir es una cuestión meramente literaria o de preferencia personal. Y ya se sabe que traduttore, traditore, como dicen los italianos, o sea que todo traductor a la hora de hacer una traducción comete, muy a su pesar, una traición. 

Ilustración de José Hernández para La Metamorfosis
 

    A mí personalmente me gusta más "La trasformación" como traducción de "die Verwandlung", porque me parece una palabra más nuestra, más trasparente, más de andar por casa, ya que es un término patrimonial castellano, mientras que "metamorfosis" es una palabra culta, un helenismo del ámbito de la zología y la mitología clásica. Pero es una cuetión de gusto personal. 

    De todas formas, se quedará para siempre, me temo, con el título de "La metamorfosis" porque la primera versión española del relato en la célebre Revista de Occidente eligió esa traducción, evocando así "Las metamorfosis" de Ovidio, un poema didáctico que tiene muchísima solera literaria sobre trasformaciones mitológicas de personajes legendarios  como, por ejemplo, la de Narciso, un joven muy bello que se enamora de su propia imagen reflejada en un lago y cuando va a besarla se precipita al agua y se ahoga, trasformándose en un narciso, la flor que crece junto a los estanques. O la de Aracné, más cercana de la narración kafkiana, de la joven que castigada por la diosa Minerva por su soberbia desafiante, se convirtió en araña, encogiéndosele brazos y piernas y alargándosele los dedos a la vez que se hinchaba su cuerpo y quedaba recubierto por una capa de pelo corto y negro, condeanda a vivir colgada de un hilo toda su vida prisionera de la telaraña que ella misma tejería. Por seguir la tradición este título ovidiano se ha mantenido hasta la fecha.


    La primera frase de la novela de Kafka acaba precisamente utilizando el verbo verwandln, de donde deriva el sustantivo que da título a la novela: Als Gregor Samsa eines Morgens aus unruhigen Träumen erwachte, fand er sich in seinem Bett zu einem ungeheuren Ungeziefer verwandeltEn la versión de Jorge Luis Borges se traduce por 'convertir': Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Una traducción más literal es la de Carlos Fortea (editorial Octaedro): Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de una noche llena de sueños inquietos, se encontró en su cama, convertido en un bicho monstruoso. (Nótese la diferencia entre el "monstruoso insecto" de Borges y el "bicho monstruoso" de Fortea para ungeheuren Ungeziefer.)

    Según Joseph Gabel, el protagonista de la novela, Gregor o Gregorio Samsa, como se prefiera, que sabe que es hombre, y a quien sus semejantes rechazan como a una mala bestia, diríamos nosotros, es el símbolo trasparente del judío en busca de asimilación. Pero quizá no haga falta ir tan lejos en las interpretaciones. ¿Acaso no nos hemos sentido todos alguna vez, como el protagonista de la narración kafkiana, un 'bicho raro'?

sábado, 24 de julio de 2021

Fuera (y lejos) de aquí

    La tecla Esc que tienen los ordenadores sirve para salir de algún programa en el que estamos inmersos que nos causa problemas y del que no podemos salir de otro modo porque nos bloquea. Corresponde al inglés "escape", esto es, fuga, huida, evasión y también en castellano escapatoria, escape. Escape es, según la docta Academia, "acción de escapar o escaparse, especialmente de una situación de peligro". Escapar procede el término vulgar latino *ex-cappare, con el sentido de alejarse, salirse -valor centrífugo del prefijo ex- de un estorbo -el sustantivo cappa "capa", porque el capote con el que uno se cubre dificulta el movimiento-. Escapar, pues, etimológicamente es quitarse la capa que nos abriga y, a la vez, nos embaraza. 

oOo

Ordené que sacaran a mi caballo del establo. El criado no me entendió. Yo mismo fui al establo, ensillé al caballo y me monté. Oí cómo sonaba una trompeta en la lejanía, le pregunté qué significaba aquello. Él no sabía nada, no había oído nada. Me detuvo en la puerta y me preguntó: —¿Hacia dónde se dirige, amo?

 —No lo sé —le respondí—, pero lejos de aquí, ante todo lejos de aquí, siempre lejos de aquí, sólo así podré alcanzar mi meta.

—¿Entonces conoce su meta? —preguntó. 

—Sí —respondí—, ya te lo he dicho, «lejos-de-aquí», ésa es mi meta. 

—Pero no lleva reservas de comida —dijo. 

—No las necesito —dije yo—, el viaje es tan largo que moriré de hambre si no consigo algo en el camino. Ninguna reserva de comida me puede salvar. Por suerte se trata de un viaje realmente exorbitante.

       (La Partida de Franz Kafka, trad. José Rafael Hernández Arias).





(A veces uno, como el jinete kafkiano, no sabe adónde ir, sólo sabe que quiere dirigirse hacia lo desconocido, que su meta es una terra incognita en la que nunca ha estado, y que no hay camino señalado que lleve a ella, que el camino lo tiene que hacer e inventar uno mismo. "No sabemos lo que queremos, pero sí lo que no queremos" decía una pintada parisina de mayo de 1968. Un impulso irrefrenable como caballo al galope nos empuja fuera y lejos de aquí. En esos momentos sólo sabemos que tenemos que huir a toda costa y sin más contemplaciones de la vieja casa que está ardiendo -es la vieja parábola budista de la casa en llamas-, de lo malo conocido, porque lo que conocemos es lo malo, en busca de lo bueno que está por conocer aguardándonos a la vuelta de la esquina y es muchísimo mejor, porque peor que esto no puede ser).