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domingo, 26 de julio de 2026

La verdad y las opiniones

Lamenta Giorgio Agamben en su reciente columna “La verdad y la opinión” que la distinción que establecieron los antiguos griegos, por ejemplo Parménides en los orígenes de nuestra filosofía occidental entre la verdad (ἀλήθεια, alḗtheia) y la opinión (δόξα, dóxa) “haya desaparecido por completo en la actualidad”. 
 
Hoy sólo hay opiniones, cada cual tiene las suyas y esgrime su derecho a defenderlas a capa y espada, unas creencias que pretenden ser verdaderas, dice Agamben, porque se han confundido ambas cosas. La verdad se refiere al ser mientras que la opinión al conocimiento de que las cosas son de una determinada manera en lugar de otra en un determinado momento. La verdad, según Parménides, no es lo que normalmente creemos que es: algo que es cierto en este momento y lugar, por ejemplo 'hoy es viernes', porque eso solo es válido en esa circunstancia, pero no mañana o pasado mañana. La verdad verdadera es ajena al tiempo y se refiere a lo que es lo que es y no puede dejar de serlo. 
 
Las opiniones o creencias humanas confunden verdad con realidad, y basadas como están en la realidad de los hechos, creen que son verdaderas. La verdad no garantiza la corrección de las opiniones, pero nos permite preguntarnos sin son correctas o no lo son, ponerlas en tela de juicio.
 
Y escribe literalmente: “Mientras que la verdad abre la posibilidad tanto de la opinión verdadera como de la errónea, la opinión solo puede afirmar su propia verdad”.
 
La verdad no es algo que alguien “posea”, porque no es una afirmación o un contenido que un sujeto pueda tener en propiedad. La verdad, como alḗtheia, es más bien el descubrimiento del hecho de que algo es lo que es, no lo que parece.

En cambio, las opiniones sí pertenecen a alguien: mi opinión, tu opinión, la opinión de los expertos que tanto se cacarea últimamente, etc. Son juicios sobre cómo son las cosas y, por eso, pueden ser verdaderos o falsos.

Concluye Agamben su reflexión afirmando que al haber perdido la distinción entre verdad y opinión, hemos creado (el monstruo de) la IA, la Inteligencia Artificial, una doxa u opinión que afirma su propia verdad “sin poder experimentarla”, dice él, es decir, sin poder ponerla en tela de juicio.
 
 
 La verdad y la opinión (Giorgio Agamben)

El antiguo problema de la relación entre la verdad y la opinión, ya planteado en los orígenes de la filosofía occidental en el poema de Parménides, adquiere hoy una nueva actualidad. De hecho, es evidente que la clara distinción entre ambas formas de conocimiento, que para los antiguos era un hecho indiscutible, ha desaparecido por completo en la actualidad. Solo hay opiniones que pretenden ser verdaderas. Por eso resulta aún más urgente recordar que la verdad y las opiniones se sitúan en dos planos distintos. La verdad —que los griegos llamaban aletheia, que significa «no ocultamiento», «apertura»— se refiere al ser, es decir, a la experiencia de que algo es, de que hay algo en lugar de nada. La opinión (que los griegos llamaban —y que nosotros seguimos llamando hoy— doxa) se refiere a los entes, al conocimiento de que las cosas son de una determinada manera en lugar de otra. La primera, dice Parménides, es inmóvil (atremes, que no tiembla, imperturbable), circular y ajena al tiempo; la segunda puede ser correcta o errónea y es, por lo tanto, mutable e incierta.

Sin embargo, es fundamental comprender la relación entre estas dos formas de conocimiento humano. La primera no garantiza en modo alguno la corrección de las opiniones, pero nos proporciona un punto de partida desde el que considerarlas, en el que podemos preguntarnos si son correctas o erróneas. Quien se limita únicamente a la opinión tenderá, en cambio, fatalmente a considerarla correcta. Mientras que la verdad abre la posibilidad tanto de la opinión verdadera como de la errónea, la opinión solo puede afirmar su propia verdad.

De ahí la aparente paradoja según la cual la verdad se define a través de la posibilidad del error, algo que la opinión debe excluir a toda costa.

No es de extrañar que una cultura que ha perdido la distinción entre verdad y opinión haya dado lugar a la inteligencia artificial, es decir, una doxa que afirma su propia verdad sin poder experimentarla. Adónde llevará a los hombres que creen hacer uso de ella esta doxa, que se ha cerrado a la posibilidad del error, es una pregunta que no deberíamos dejar de plantearnos.

miércoles, 3 de abril de 2024

El flujo continuo o la diarrea heraclitana (y II)

    En la lectura de la novela 'Hiperión o El eremita en Grecia' de F. Hölderlin encontramos dos veces la siguiente expresión que contiene una fórmula griega que el poeta alemán atribuye a Heraclito (acentuamos su nombre, como corresponde, a la latina): La gran frase de Heraclito, el ἕν διαφέρον ἑαυτῷ (lo uno diferente en sí mismo, o sea, una cosa que se diferencia de sí misma), sólo un griego podía encontrarla, pues es la esencia de la belleza, y antes de que se descubriera eso, no había ninguna filosofía. 

    Platón, en efecto, pone en boca de un tal Erixímaco en el 'Banquete que es su diálogo sobre el amor, lo siguiente: "Pues (Heraclito) dice que lo uno, discordando ello consigo mismo, concuerda, como ajuste de un arco y de una lira." (Traducción de A. García Calvo). Erixímaco dice que ese pensamiento es absurdo, ilógico, irracional, y que sólo puede tener sentido si lo consideramos temporalmente, es decir, si lo planteamos como que cosas que antes eran discordantes han acabado concordando, con lo que en el transcurso del tiempo desaparece la contradicción: lo que discordaba antes ahora concuerda, o viceversa. La manera de asimilar el pensamiento de Heraclito es no presentar la contradicción simultáneamente, sino como evolución que se desarrolla sucesivamente en el tiempo. 

    La fórmula ἕν διαφέρον ἑαυτῷ podemos glosarla como “la unidad en sí misma diferente” o “lo uno diferente en sí mismo”, tal como aparece en el discurso del médico Erixímaco en el 'Banquete' de Platón. Antonio Machado entre nosotros, a través de su heterónimo Juan de Mairena, plantea la misma cuestión en otros términos: “la esencial heterogeneidad del ser", expresión que con su sola formulación contradice y niega la homogeneidad esencial del ser. 

     La identidad consistiría en que uno siendo lo que es se diferencia en primer lugar de los demás, por supuesto, pero también, en segunda y no menos importante instancia, de sí mismo, lo que explica que uno cambie y, sin embargo, siga siendo el mismo que es, como el famoso río de Heraclito, cuyas aguas fluyen constantemente y no vuelven nunca, y, sin embargo, sigue siendo el mismo río. Dicho brevemente: la identidad consiste en la diferencia, y viceversa: lo que nos diferencia con los demás y con nosotros mismos es precisamente nuestra identidad. 



    Dice, en efecto, la que seguramente es la sentencia más famosa del libro de Heraclito: En los mismos ríos entramos y no entramos, estamos y no estamos (y somos y no somos), que Séneca nos ha transmitido en latín añadiéndole el adverbio “bis” (dos veces): In idem flumen bis descendimus et non descendimus: 'A un mismo río dos veces bajamos y no bajamos'. 

    En ese río de Heraclito que es y no es el mismo siempre, nos invita a bañarnos Heraclito para recordarnos que también nosotros, al igual que el río y todas las cosas, somos y no somos los mismos cada vez que nos bañamos, cada instante que vivimos. 

    No nos damos cuenta de la perplejidad que entraña algo tan sencillo de formular y de lo imposible que es que las cosas cambien y sigan siendo lo mismo que son, pero así son las cosas, y, como suele decirse, así es la realidad. 

    El fragmento 51 de Heráclito (en la edición de Diels-Kranz), a partir del cual Platón, en la voz de Erixímaco, realiza su crítica al pensamiento del filósofo presocrático, reza: 'No comprenden como lo discordante (διαφερόμενον) puede concordar consigo mismo (ἑαυτῷ συμφέρεται); armonía de tensiones contrapuestas (παλίντροπος ἁρμονίη) como la del arco y la lira.' Por lo que el principio de contradicción que formula Heraclito sólo puede concordar consigo mismo contradiciéndose simultáneamente. Dicho en otras palabras: la identidad no es más que la diferencia con uno mismo, y la diferencia la identidad. Dicho esto en general o en absoluto. En cuanto a cada uno de nosotros, nuestra identidad con nosotros mismos implica que nos diferenciemos de los otros, y la diferencia es la identidad que nos hace únicos. 
 
     Heraclito no es, por lo tanto, el filósofo del flujo constante, del πάντα ῥεῖ (pánta rhei), cosa que por cierto nunca dejó escrita, sino el filósofo de la contradicción, que viene a mostrarnos la falsedad de la realidad y nos obliga a considerar ambos aspectos: lo que llamamos realidad no es verdad, pero es real. Por un lado está la idea de la cosa, intemporal y eterna, idéntica consigo misma, y por otro lo que está debajo, la cosa misma, o la persona nunca idéntica a sí misma, siempre cambiante. 

    Como dice Luis Andrés Bredlow en su artículo 'Parménides o la identidad imposible', cuando se trata de decir la verdad, nada más y nada menos, a cualquiera se le ocurren enseguida muchas cosas que podemos decir y que todos aceptaríamos como verdaderas, sin ninguna duda: por ejemplo, que hoy es miércoles. El único inconveniente es que eso, si lo repetimos mañana o pasado mañana, será mentira: y una verdad que sólo es verdad los miércoles y mentira el resto de la semana evidentemente no nos lleva muy lejos. Una verdad que lo sea verdaderamente tiene que ser verdadera siempre, no importa quién la diga, ni cuándo, ni en dónde.