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jueves, 13 de agosto de 2026

Pareceres CXX

590.- Fahrenheit 451. Galeno, el famoso médico griego cuyo nombre propio se ha convertido en sinónimo común de 'médico', coloquialmente 'matasanos', cuenta en su tratado Περὶ ἀλυπίας (Perì Alypías), 'De indolentia' en latín, y, entre nosotros, “Para evitar el sufrimiento”, la anécdota de un gramático, un tal Filides, que murió de pena tras perder su biblioteca en un incendio, probablemente el que tuvo lugar en Roma en el año 192 de nuestra era bajo el reinado del emperador Cómodo. Al convertirse la biblioteca en pasto de las llamas, toda su colección y el trabajo de su vida se desataron en cenizas. Cayó el gramático en una profunda depresión y tristeza que le llevaron a la muerte. El propio Galeno, que también perdió valiosos manuscritos, aplicó, sin embargo, la filosofía estoica que practicaba, sobreviviendo a la pérdida literaria y no dejándose derrumbar por la murria y la tristeza, como otros que vestidos de negro en señal de luto riguroso, andaban apesadumbrados y demacrados todo el día cual ánimas dolientes. Me recuerda la anécdota a la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y a la excelente película de Truffaut basada en ella, cuyo título evoca la temperatura a la que arde el papel de los libros en una sociedad en la que estaban prohibidos y los bomberos tenían la paradójica misión de quemarlos, contra lo que se rebelaban algunas almas piadosas que los memorizaban a fin de que sus palabras no fueran pasto del olvido y siguieran vivas en el aire contándoselas los unos a los otros. 
 

 591.- Desintoxicación digital. (“digital detox” en la lengua del Imperio). Cada mes de agosto se repite la misma fanfarria: desconectar para recargar las pilas dejando el teléfono supuestamente inteligente en un cajón, cerrar la maleta y desaparecer del mapa digital durante una semana o quince días a lo sumo, dejando de consultar el devocionario cotidiano para unos y espejito mágito para otros de sus usuarios, que sueñan con volver a lo analógico vintage desertando de lo digital. Hay retiros espirituales que obligan a sus clientes VIP,s. a depositar el móvil en su caja de seguridad nada más entrar en recepción y cabañas rurales sin cobertura de güifi (guaifai en la lengua del Imperio). Los adictos a las pantallas practican así durante unos breves días la desintoxicación digital, sabedores que son de que prescindir del apéndice móvil en la vida cotidiana es una utopía irrealizable. Es como hacer dieta poniéndose uno a régimen y dejando de comer durante una o dos semanas para a los pocos días volver a las andadas y recuperar los quilos perdidos con creces. Normalmente lo que consiguen estos periodos de abstinencia es lo contrario de lo que pretendían. Acaban acrecentando la ansiedad y logran que las ganas de consumir sean todavía mayores con la vuelta a la normalidad. 
 
  
592.- Influencers. Los influencers dominan las pantallas, definen mercados, dirigen campañas publicitarias, inauguran hoteles, restaurantes y chiringuitos, convierten un producto en un éxito de la noche a la mañana. Mercantilizan cada momento personal de sus vidas. Vemos a uno tomándose un autorretrato  frente al espejo de un portal, adoptando poses ridículas y forzadas. Ponen cualquier episodio de su vida en escena: todo lo que tocan lo convierte en "contenido". Hoteles, aerolíneas, cosméticos, moda, fabricantes de automóviles e incluso bancos los utilizan para sus campañas publicitarias. Ellos no crearon esta industria, sino las plataformas, los algoritmos, los anunciantes, las empresas, y, sobre todo, sus numerosos seguidores. Ningún influyente tendría influencia alguna si cientos de miles de personas no lo siguieran a diario de forma obsesiva. Pero la mayor paradoja es que todo el mundo dice estar harto de ellos, y sin embargo no deja de seguirlos. No solo aparecen en las pantallas. Están en todas partes, ubicuos, como Dios. en restaurantes. En playas. En hoteles. En museos. En aeropuertos. En cualquier lugar donde otras personas vayan a darse un chapuzón o a comer o picar algo o a tomar una copa y, de repente, se encuentran a alguien grabando y creando contenido. No es solo la proyección lo que molesta, sino la ocupación del espacio público. Cuando cada rincón del territorio se transforma en un estudio fotográfico improvisado, los demás sienten que participan involuntariamente en una producción que no eligieron, sienten, como los gitanos, que les están robando el alma. Pero lo más significativo de todo es que ha emergido el influyente que más contenidos crea en la actualidad: la presunta Inteligencia Artificial, que brinda desde consejos para la vida cotidiana hasta todo tipo de recomendaciones, por lo que si los influyentes de poca monta acaban desapareciendo, no se irá con ellos la economía de la atención de nuestra mirada, el bien más valioso de interné, su producto verdadero producto. 
  
593.- Móviles que arden. Las altas e inusuales temperaturas del verano, fruto del calentamiento global que conlleva el cambio climático, no solo nos afectan a nosotros, sino también a nuestros dispositivos electrónicos. No en vano el pasado mes de julio ha sido el más cálido de los últimos sesenta y cinco veranos, habida cuenta de las muchísimas hectáreas arrasadas y las muertes por calor que en el ruedo ibérico se dispararon a dos mil personas, aunque la causa de su defunción no conste en ningún certificado médico, duplicando así la cifra del año pasado. El teléfono supuestamente inteligente y móvil (¡cuánto más libres éramos cuando dependíamos de un teléfono fijo!), que ahora usamos y que en realidad nos usa a nosotros a diario para incomunicarnos, tomar fotos, navegar por internet y teletrabajar, puede presentar problemas si se expone demasiado al sol o al calor intenso durante mucho tiempo. La exposición directa al astro rey, especialmente en el salpicadero de un semoviente puede provocar que el dispositivo se achicharre muy rápidamente al recibir la luz solar intensa. Colóquelo a la sombra, protéjalo, envuélvalo o escóndalo. Déle un respiro. Si nota que empieza a calentarse, cierre las aplicaciones que consumen más energía, funciones como el GPS, el Bluetooth o los juegos, y hacen que suba su temperatura. No lo cargue cuando esté muy caliente, y espere a que se enfríe antes de usarlo. Y si tiene intención de fotografiar el evento astronómico del siglo, el Eclipse Total Solar, hágalo con el filtro especial diseñado para evitar la exposición a rayos ultravioletas e infrarrojos. 
 
 
594.- Guerras de religión: Parece que ante la presencia de “moros en la costa” algunos quieren renovar las guerras religiosas que enfrentan a moros y cristianos apelando a defender nuestra tradición cristiana contra el islam. Pero el «choque de civilizaciones» y «la defensa de la cristiandad en peligro» son una cortina de humo. El cristianismo, en este país, no corre el peligro de ser derrotado por ningún enemigo externo, porque se ha consumido por sí solo, año tras año, entre parroquias vacías, curas pederastas, catecismos reducidos a la nada y un clero que se dedica al márquetin pastoral. Resultan graciosos los ateos progresistas que se redescubren ahora como cristianos que quieren defender sus propias fiestas, arrostrando el calificativo de islamófobos racistas. Están fomentando una guerra horizontal, de los de abajo contra los de abajo, de los de aquí contra los foráneos que deja fuera de combate y al margen del campo de batalla a quienes han provocado deliberadamente esta situación de escasez y pobreza generalizada que obliga a muchas personas a huir de su país natal en busca de mejores horizontes. No hay ninguna civilización cristiana que defender frente al islam, porque la civilización cristiana ya no existe, y los que agitan el fantasma de las guerras de religión lo saben perfectamente: solo les sirve para desviar la atención de lo que importa, para inventarse un enemigo conveniente formado por marginados, por el producto de una inmigración desmesurada que poco o nada tiene que ver con el islam, sino con la auténtica religión de Dios que impera aquende y allende: el capitalismo.

miércoles, 9 de octubre de 2024

Pareceres LIX

286.- ¿Y tú me lo preguntas? La novela, género literario que surgió el último en la antigüedad clásica, tan tardío que ni siquiera tiene asignada una musa propia, y que por eso lleva en su nombre el recuerdo de la novedad (del italiano novella, 'noticia novedosa'), no solo es el género literario que más se vende en la actualidad, sino prácticamente el único existente y exitoso, que además, estando como está en constante producción y necesitando renovarse para no morir, es el más difícil de definir, como demuestra, por ejemplo, esta página de crítica literaria Una definición de la novela en 30 voces de la generación inexistente, donde se dan treinta definiciones diferentes. Ninguna de ellas puede cuadrar a todas las novelas históricas, experimentales, policíacas, de misterio, y un larguísimo etcétera que hay, habidas y por haber, por lo que se ha hecho proverbial la que dio  Camilo José Cela a propósito de la novela : «He coleccionado definiciones de novela, he leído todo lo que sobre esta cuestión ha caído en mis manos, he escrito algunos artículos, he pronunciado varias conferencias y he pensado constantemente y con todo el rigor de que pueda ser capaz sobre el tema y, al final, me encuentro con que no sé, ni creo que sepa nadie, lo que, de verdad, es la novela. Es posible que la única definición sensata que sobre este género pudiera darse fuera la de decir que novela es todo aquello que, editado en forma de libro, admite debajo del título, y entre paréntesis, la palabra novela». Lo mismo podríamos decir de 'poesía', y de todas las artes en general: son lo que se vende como tal y como tal se expone en las ferias de arte contemporáneo y en las vitrinas de los escaparates de las pocas librerías que nos quedan.

 
287- Niégate a ti mismo. Frente al negacionismo cristiano del “abnega te ipsum”, los libros de autoayuda y los coaches personales enarbolan ahora un afirmacionismo que se refuerza con la jerga psicológica de la autorrealización.  ¿Cómo va a negarse a sí mismo el self made man (or woman), el hombre (o en su defecto la mujer) que se ha hecho a sí mismo, que se ha realizado o se halla en vías de desarrollo? El afirmacionismo utiliza muchas veces un lenguaje económico con expresiones como “gestionar las emociones, rentabilizar las crisis, sacar provecho de la inteligencia emocional” que apelan más a lo emotivo que a lo racional y que señala al individuo como responsable -o culpable- de los males que lo aquejan, por lo que debe ser reconducido por el profesional. La sociedad, renunciando a mejorar las condiciones de vida, nos ofrece la promesa de la terapia psicofarmacológica para sobrellevar del mejor modo posible -resignadamente o, si se prefiere, resilientemente- los problemas que genera la propia sociedad. Pero frente a esta mística de la realización económica, el cristianismo proponía la negación de uno mismo, que se desdoblaba así en dos: Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame. (Si quis uult post me uenire, abneget semetipsum, et tollat crucem suam, et sequatur me). 
 
 
288.- Devocionarios. Hay pedagogos modernos que defienden que ya no es necesario como era antaño el aprendizaje memorístico porque todo está en internet, a donde accedemos con nuestro devocionario, que nos está usurpando nuestra memoria. Es tal el cúmulo de cosas que manejamos con nuestro teléfono supuestamente inteligente que no nos percatamos de cómo nos maneja él a nosotros, sus devotos. Los móviles, en efecto, son los modernos devocionarios que contienen varias oraciones -aplicaciones prácticas- para uso de los fieles, ahora llamados usuarios. Las aplicaciones prácticas, como antaño las oraciones, sirven para varias circunstancias, y se completan con la vida y milagros de varios santos y santas. Centran nuestra atención y nos obligan a bajar la vista perdiendo la visión del horizonte y de los prójimos, y hacen que nuestras manos estén ocupadas como si estuviésemos manejando constantemente las cuentas de un rosario. La postura de la devoción nos obliga a ir por la calle encorvados, iluminando nuestro pálido rostro en la oscuridad con un aura luminosa de santidad. Le confiamos nuestros datos y secretos: números de teléfonos, direcciones, mensajes, y, como se ha dicho muchas veces, nos comunica con los que están lejos y nos incomunica y aísla con los que están a nuestro lado, exigiendo cada vez más atención, más horas de piadosa consulta y devoción.
 
 
289.- El cuarto poder. Los medios de comunicación -en realidad de información en el sentido de formación y conformación de los hombres-masa- no son el cuarto poder, como señaló Edmund Burke en el debate de apertura de la Cámara de los Comunes del Reino Unido en 1787, según la inevitable Güiquipedia, refiriéndose a los tres poderes presentes en el parlamento británico, que eran el clero, la nobleza y el pueblo llano representado por sus políticos, señalando la tribuna de la prensa, que era donde se asentaba el cuarto y para él más poderoso estamento. Hay quien cree, sin embargo, que, pese a la Güiquipedia, lo del cuarto poder se debe a que es un añadido a la doctrina de los tres poderes del Estado que estableció el barón de Montesquieu a finales del siglo XVIII: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. En el siglo XIX, el término "cuarto poder" (inglés fourth estate) pasó a referirse exclusivamente a la prensa, y ahora se aplica a todas las ramas de los medios de (in)comunicación. Sea como fuere, los media hoy tienen el máximo poder, capaces de hacer ver lo blanco negro y lo negro blanco, lo bueno malo y lo malo bueno, y a los inocentes presentarlos como culpables y a los culpables como inocentes según su conveniencia. Crean la Opinión Pública, que no es más que un monstruo que se le impone a la gente para controlar su mente basándose en la implantación de opiniones mayoritarias que fomentan el espíritu gregario de rebaño. 
 
 
290.- De aquellos polvos estos lodos. Como consecuencia de la dictadura sanitaria implantada ad maiorem technocratiae gloriam en 2020 (pseudopandemia o fake pandemics), que llevó al arresto domiciliario y toque de queda, al cierre de las escuelas y escolarización de los hogares, al distanciamiento social, al uso de bozales, a los pasaportes sanitarios, a exigir inoculaciones sin saber el contenido de las mismas, y a seguir solícitos las órdenes emanadas de los autoridades sanitarias y militares, la sociedad comenzó a comportarse como niños pequeños que aplauden a los títeres del guiñol. Familias enteras se asomaban a balcones y ventanas, para aplaudir desde su encierro la tragicómica farsa puesta en escena, con un infantilismo rayano en el delirio. No es raro que de entonces para acá en estos cuatro años haya aumentado la violencia institucional, estructural e individual, la ingesta de antidepresivos, ansiolíticos y drogas en general, incluido el alcohol, el aumento de suicidios y el descenso de la tasa de natalidad, hasta el punto de que las parejas jóvenes se ponen a criar animales de compañía en lugar de hijos y se alejan de las relaciones personales, sustituidas por las virtuales, instalándose en un complejo de Peter Pan masivo, en un infantilismo etimológico de no querer ver lo que pasó -venda en los ojos-, no querer escuchar ni oír hablar de ello -tapones en los oídos- y no querer hablar -mordaza de la autocensura en la boca- y reconocer nuestra complicidad necesaria -nadie te obligó a inocularte, te dicen ahora, así que jódete- porque lo que se quiere es pasar página enseguida, olvidar, actuar como si no hubiera pasado lo que sí pasó. Hay un proverbio inglés que reza fool me once, shame on you; fool me twice, shame on me, que podemos traducir como: engáñame una vez, la culpa es tuya; engáñame otra vez, la culpa es mía (dejándome embaucar).
 

sábado, 1 de julio de 2023

Hostis est intus (El enemigo está dentro)

    Desde el 22 de febrero del presente año, casi sin darnos cuenta, está operativa en toda la curtida piel de toro de las Españas de Dios y presente en nuestros teléfonos móviles la aplicación tecnológica ES-Alert, después de haber sido probada escalonadamente en determinadas zonas de todas las españitas o reinos de taifas durante los meses de octubre y noviembre, como dábamos cuenta de ello aquí.

    ES-Alert es un engendro integrado en la Red de Alerta Nacional, gestionado por el Ministerio del Interior a través del Centro Nacional de Seguimiento y Coordinación de Emergencias (CENEM) de la Dirección General de Protección Civil y Emergencias. 

"No te asustes si el móvil empieza a pitar y a vibrar."

     Esta tecnología, que nos ha venido impuesta por la Unión Europea, le permite al Gobierno enviar mensajes de alerta generalizados a la población en situaciones de catástrofe, a través de una aplicación que está insertada en los teléfonos móviles. El mensaje será bilingüe, en español y, como no podía ser menos, en la lengua del Imperio, que es la de la Unión Europea, que nos quiere a todos angloparlantes.

    Es un sistema que se conoce también con el nombre de 112 inverso, porque en lugar de ser los ciudadanos los que llamando a ese número advierten de una emergencia a las autoridades, son ahora estas las que alertan a la ciudadanía.

El nuevo sistema para encerrarte en casa con un simple SMS (en Italia, IT-Alert)
 

    En primer lugar parece algo positivo y útil en casos de emergencia real, pero tengamos en cuenta que puede haber falsas emergencias. Además, siempre ha habido catástrofes y nunca hasta ahora una invasión de nuestra privacidad, en lo más íntimo que es nuestro teléfono supuestamente inteligente.

    Como señala el filósofo italiano Diego Fusaro, el hecho provoca algunas perplejidades, como, por ejemplo, que el gobierno pueda como el Gran Hermano declarar una emergencia irreal ante un enemigo invisible dándonos órdenes orgüelianas como las que ya hemos padecido: no salgas de casa, mantén la distancia social, ponte la mascarilla, vacúnate...

 

    La segunda perplejidad es que la citada aplicación se puede desactivar -yo mismo la he desactivado en mi dispositivo-, pero no desinstalarse, porque viene de fábrica. En el caso de un móvil como el mío con el sistema Androide, se va al menú de “Ajustes”, de ahí a “Seguridad y emergencias”, después a “Alertas de emergencias inalámbricas”, y ahí se puede desactivar la opción, que viene ya activada de “Permitir alertas”, y quitarle la vibración y el pitido al móvil.  Allí se encuentra instalada y activada por defecto la opción que nos ocupa de “Pre-Alerta de Protección Civil”.

    El Gobierno, en efecto, a partir de ahora puede declarar las emergencias reales o irreales que desee: fenómenos meteorológicos adversos, erupción de volcanes, terremotos, epidemias o accidentes químicos, entre otras catástrofes, porque de lo que se trata es de convertir la excepción en regla, y en términos de Giorgio Agamben, imponer el Estado de Excepción, es decir, la suspensión provisional y extraordinaria del orden jurídico, como paradigma normal de gobierno.

viernes, 30 de diciembre de 2022

El apéndice celular móvil

    Fabio Coala es un dibujante de cómic brasileño, que publica desde 2010 historietas en su página mentirinhas con diferentes personajes, generalmente animales, en cuatro viñetas, con un estilo muy característico. He elegido esta en que un cuervo le pregunta a otro si lo que ven desde las alturas es un ser humano, a lo que el otro le responde que no, que se trata de un espantapájaros, de lo que está seguro por la sencilla razón de que no está mirando su teléfono móvil.

    La respuesta nos produce una ligera sonrisa. No puede decirse que 'mirar el móvil' sea una nota característica esencial de las personas. Al menos, no lo había sido hasta ahora. Pero ya lo es. Hay tantos móviles como personas. De hecho hay más. Cada teléfono móvil está asociado a un número personalizado que lo identifica, tan característico y definitorio como el número del DNI español o el de la tarjeta de crédito o débito o nuestro ADN esencial.

    Cada vez es más frecuente ver niños en edad escolar absortos en su teléfono móvil que llevan siempre consigo como un apéndice imprescindible de su personalidad. Es la imagen típica característica de esta época. Probablemente es el objeto que más atraiga nuestra atención, tanto de los pequeños como de los adultos, también el que más tocamos a lo largo del día. En el caso de los primeros parece más grave porque para ellos la realidad es una novedad todavía, y en consecuencia, un espectáculo, pero la realidad que les entra por los ojos a través del teléfono inteligente no es la real, valga la redundancia, sino la virtual.

    La realidad virtual gana con creces a la real porque decide por nosotros dónde centrar nuestra atención haciéndonos creer que somos nosotros los que decidimos. La primera reflexión que surge cuando se trata este tema es cómo el progreso de la tecnología ha trastornado nuestros hábitos. Es algo evidente, pero estaba ya en nuestra naturaleza crear un mundo virtual, ideal, que sustituyera al real, para evadirnos de este.

    No son internet y el esmarfon los que han provocado el cambio de hábitos nuestros, sino que tanto lo uno como lo otro son el resultado de lo que siempre hemos querido tener entre manos. Una herramienta que pone todo a nuestra disposición, incluidos los otros usuarios. La pregunta que debemos hacernos es ¿por qué anhelamos tanto la creación de un mundo virtual y tener acceso inmediato a él?


    La respuesta no puede ser simple, sino muy compleja. Queremos trascender el mundo físico, y por eso nos refugiamos en el metafísico. Nos evadimos así de la realidad de un mundo que nos genera mucho sufrimiento y dolor, además de un tremendo cansancio. Por lo que buscamos refugiarnos en otro mundo, purgado de todo el sufrimiento de este. No nos importa que ese mundo sustitutorio sea un engaño y trampantojo.

    Podemos criticar el transhumanismo todo lo que queramos, pero de hecho lo estamos aceptando tácitamente desde el momento en que incorporamos a nuestras vidas como lo más normal del mundo estos artilugios que a modo de apéndices nos anulan como seres humanos. Y a eso lo llamamos progreso o camino hacia delante, pero ¿a dónde vamos?

domingo, 11 de julio de 2021

El móvil inmóvil

El teléfono inteligente (esmarfon en la lengua del Imperio) fomenta el individualismo, por lo que resulta lo contrario del medio de comunicación que pretende ser. Se presenta como una herramienta de relación interpersonal, y sirve para incomunicarnos, atomizándonos, sustituyendo la realidad real, valga la redundancia, por la virtual. 

En ese sentido, las redes sociales destruyen las relaciones personales con el pretexto de crearlas. Su proliferación responde a un fenómeno de frivolización de las relaciones humanas, cada vez más espirituales y cada vez menos carnales. Hacen un uso demasiado gratuito y generoso de las palabras "amigo", "amor", "sexo" y de la palabra "contacto", que ha perdido ya toda su contingencia táctil y carnal.  En nuestras cada vez más habitadas y menos habitables ciudades, el móvil suple una carencia afectiva, ofreciéndonos una falsa solución al problema que nos crea. Te dice “nunca estarás solo” y te condena a la soledad. Te conecta con la gente más alejada, desconectándote de la que te rodea. Cuando sientes que estás solo,  miras la pantalla y de pronto ves que tienes un mensaje y piensas: “Bueno, al menos alguien se acuerda de mí”. Las pantallas no juntan a las personas, sino que publican su aislamiento, creyendo que de la suma de selfies surgirá una comunidad: el grupo de clase,  la familia, el trabajo, los amigos... sólo humo.

Habrá algunos ingenuos que piensen que el teléfono inteligente no es bueno ni malo de por sí, sino neutro; que la bondad o maldad del artilugio dependerá del uso que hagamos del cacharro. Son los mismos que opinan ingenuamente que la tecnología es aséptica, y está más allá del bien y del mal, por lo que se puede hacer un uso positivo o negativo de ella, depende de nosotros, sin que ella nos utilice ni condicione a nosotros, sus supuestos usuarios. No ven que la mera existencia de algunos artefactos como este, como las armas de fuego, la televisión o el automóvil es intrínsecamente perversa. 


Pensamos que manejamos el móvil pero es él el que nos manipula a nosotros, ya que su mera existencia nos impone el cuidado de atenderlo: tenemos que conectarnos, tener cargada la batería, estar permanentemente en línea, alineados, o lo que viene a ser lo mismo, alienados. En definitiva, el móvil no mueve ni libera al individuo, sino que refuerza su  inmovilismo, lo ata aún más a lo que ya estaba amarrado: fortalece sus cadenas laborales o sentimentales. No somos adictos a él, él se ha hecho adicto a nosotros. No lo controlamos, nos controla. ¿Y por qué tanta dependencia? ¿Por qué en todos lados gente mirando pantallas? El mundo digital aparece como un refugio del mundo real, al que suplanta. Si la realidad es decepcionante, interponemos  los ilusorios pantallazos que ocultan el mundo, la triste realidad que nos rodea. 

La gran pantalla cinematográfica dio paso a la pequeña de la televisión, instalándose en la intimidad del ámbito doméstico, en el privilegiado corazón del salón, como si fueran las llamas del fuego del hogar de la caverna platónica en torno a la que se congrega toda la familia. Con la aparición de la Red Informática Universal y los ordenadores personales, las pantallas se individualizaron ya plenamente, hasta llegar a la diminuta pantalla de nuestros móviles, que ya no ocupan un lugar fijo, sino que nos obliga a nosotros a moverlos a ellos y llevarlos siempre encima,  como nuestra propia sombra. 

La pantalla nos reduce a la condición simultánea de espectador y emisor, sujeto pasivo y activo: nos impone una imagen incontestable, lo que revela su carácter autoritario y sacrosanto. Ya no hay imágenes sagradas, se han sacralizado todas las imágenes: convertidas en íconos, a nosotros nos han vuelto iconófilos, iconodulos: esclavos de las imágenes. El usuario de la red no se ama a sí mismo, lo que ama es la imagen que proyecta de sí mismo, de la que está enamorado como Narciso, una fotografía falsa -virtual- pero real. Cientos de álbumes de fotos que reflejan el triste espectáculo que emite y exhibe uno de su propia vida, autopromocionándose, como si uno fuese el actor de su biografía, por lo general bastante miserable, hipócrita y anodina. 

 
La lectura de más de 6 líneas o de 140 caracteres en esas pantallas es algo inaceptable. Las emociones se reducen, empobreciéndose el lenguaje verbal, a emojis o emoticonos, es decir, a íconos o imágenes que tratan de expresar dichas emociones como figuras jeroglíficas, de ahí esa ansia de llenar los mensajes con ellos y de inventar nuevos pictogramas constantemente. 

En las redes sociales hay un positivismo absoluto que resulta al fin y a la postre bastante negativo, vomitivo y empalagoso por almibarado: hay “me gusta”, pero no hay "no me gusta”; hay “amigos”, que se convierten en seguidores (followers que dan fav o likes en la lengua del Imperio), pero no hay "enemigos”. 

El móvil se ha convertido en el símbolo máximo del individualismo solipsista de este nuevo milenio, como fue el automóvil en el siglo pasado. Ambos engendros tecnológicos se presentan como medios: el uno de comunicación y el otro de transporte, y tienen en común la idea de “movimiento”, lo que resulta paradójico cuando ese movimiento no conduce a ninguna parte, no tiene ningún fin que no sea la ocultación de la verdad: que este mundo no “si muove”, como afirmó Galileo, sino que, sin embargo, está quieto, “eppur stà fermo”, o si parece que se mueve es sólo para no dar la sensación de que está quieto, porque el movimiento que predican no existe. 



Ya lo dijo hace muchos siglos Zenón de Elea en griego: El móvil no se mueve ni en el lugar en el que está ni en el que no está.

¿Qué se puede hacer ante eso? Pues hablar de ello y denunciarlo, por ejemplo, como estamos haciendo aquí, porque hablar de algo ya es una forma de acción, aunque no sepamos muy bien para qué sirve. Puede que valga para, por ejemplo, darnos cuenta de lo engañados que estábamos. A lo mejor sirve para desengañarnos. Lo que, si es así, no es poco que digamos, ¿no?.