Las
reflexiones sobre la persona y la hipóstasis divina fueron, pues, un
componente inalienable de los debates sobre la trinidad de Dios: tres
personae, una substantia, pero también sobre la dualidad o doble naturaleza divina y humana de Cristo. De ahí que la persona divina haya determinado la
persona individual y que el concepto de individuo tenga entre
nosotros un origen teológico. Lentamente y con dificultad, la persona,
la máscara, fue encontrando su personalidad, hasta equipararse con el
rostro, el espejo del alma, y confundirse con él de modo que puede afirmarse que la máscara es el rostro, y llegar así al moderno reconocimiento facial de nuestras señas de identidad.
Nació así un nuevo tipo de personalidad, el individuo autónomo, que defiende su mundo interior y su vida privada -¿privada de qué? ¿de vida?- y que vive en conflicto permanente con su entorno, un conflicto que le mueve a redefinirse constantemente.
Michel de Montaigne escribía en sus Ensayos, III, 11: No he visto monstruo y milagro en el mundo más salvaje que yo mismo. Uno se acostumbra a cualquier rareza con el uso y el tiempo; pero cuanto más me ... y me conozco, más me asombro de mi monstruosidad, menos me entiendo a mí mismo ('Je n’ay veu monstre et miracle au monde plus expres que moy-mesme. On s’apprivoise à toute estrangeté par l’usage et le temps; mais plus je me hante et me connois, plus ma difformité m’estonne,
moins je m’entens en moy').
Llegamos así al individuo y al individualismo moderno. La palabra 'individuo' deriva del latín 'indiuiduus', que es un calco semántico del griego átomos ἄτομος, que significa indivisible, que no se puede cortar o dividir, y άτομο en griego moderno es, además, persona. Entra en nuestra lengua hacia 1440 con el significado de 'persona', con el prefijo negativo in- y el desusado "dividuo" dividido para alcanza la categoría de persona y encontrar su personalidad.
Hay un epigrama de Marcial, el III, 43, donde aparece la expresión "arrancarse la máscara de la cara" (personam capiti detrahere) que evoca el fin de la representación teatral, cuando el actor, finalizado el drama, se quita la careta, es decir, el maquillaje, solo que aquí el drama es la vida y el final de la función la muerte. En el poema es la mismísima Prosérpina, la Perséfone griega, su personificación, la
que va a quitarle la máscara de la cabeza a Letino, que se teñía
el pelo para parecer más joven y disimular sus canas:
Mentiris
iuuenem tinctis, Laetine, capillis,
tam subito coruus, qui modo
cycnus eras.
Non omnes fallis; scit te Proserpina canum:
personam
capiti detrahet illa tuo.
Así traduzco el epigrama:
Te haces pasar por mozo, Letino, tiñéndote el pelo,
tan cuervo de sopetón, cisne que ayer eras tú.
No nos engañas a todos; te sabe Prosérpina cano:
ella la máscara va pronto a quitarle a tu faz.
Otro ejemplo del uso de la máscara/persona en la literatura imperial romana es una fábula de Fedro (I, 7), que nos habla del hallazgo casual que hace una zorra de una máscara teatral trágica, lo que le provoca una reflexión. La astuta raposa, a la vista de la careta, plantea la dictadura actual de la imagen: admiramos la belleza de una fotografía, por ejemplo, y no vemos que la imagen no es la realidad, sino una de sus muchas
apariencias, uno de los muchos velos con que Maya, la ilusión, la que
no es, la recubre para engañarnos:
Personam tragicam forte uolpes uiderat;
'O quanta species -inquit- cerebrum non habet!'
Hoc illis dictum est quibus honorem et gloriam
Fortuna tribuit, sensum communem abstulit.
Una zorra vio una vez la máscara de un actor;
'¡Cuánta belleza -dijo-sin cerebro hay!'
Se ha referido a quienes gloria dio y honor
la suerte, pero de razón común privó.
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