En la Biblia la serpiente le susurra a Eva que si ella y Adán comen del
fruto del árbol prohibido que crece en mitad del jardín del edén, al que
Dios les ha dicho que no se arrimen so peligro de muerte, no sólo no
morirán, como les había dicho Dios, sino que se les abrirán los ojos y
serán, atención, como dioses, conocedores del bien y del mal. El texto
latino reza literalmente así: Scit enim Deus quod in quocumque die comederitis ex eo, aperientur oculi vestri, et eritis sicut dii, scientes bonum et malum.
Adán y Eva, Lucas Cranach el Viejo, entre 1520 y 1525
¡Ay!, ahí hay una treta diabólica. A nadie se le oculta que la serpiente
que tienta a Eva es el mismo demonio. La argucia dialéctica que emplea
el Maligno no consiste sólo en desmentir a Dios asegurándoles que no van
a morir o en utilizar una metáfora como “se abrirán vuestros ojos”,
cuando ni Adán ni Eva eran ciegos: lo que la diabólica serpiente está
haciendo, y no sólo diciendo sino haciendo con su decir, es algo
inaudito y realmente prohibido como es declinar la palabra Deus (Dios) en plural dii (dioses).
La serpiente le está enseñando algo insólito en un mundo abocado al
monoteísmo patriarcal judío, cristiano e islámico, poniendo el primer
fundamento del arte de desobedecer al negar la singularidad del único
dios verdadero. Y no sólo eso: el diablo no sólo admitía la posibilidad
de que hubiera otros muchos dioses, sino que, mucho más importante,
estaba convirtiendo un nombre propio (Dios) en nombre común (dios), invirtiendo el proceso recorrido por la palabra que en principio fue un nombre común (dios) que se convirtió en propio (Dios) y pasó a escribirse entre nosotros con inicial mayúscula, como todos los nombres propios.
Al parecer el dios del Antiguo Testamento era “elohím”, un antiguo
nombre común y plural que significaba algo así como “espíritus divinos”, que pasa a identificarse enseguida desde los escritos más
antiguos con el tetragrámmaton יהוה (YHWH: Yod, He, Waw, He), en realidad impronunciable por la falta de sonidos vocálicos, que suele leerse como Yahvé o Jehová, ya convertido en nombre propio y singular.
De varios y muchos seres divinos indefinidos pasamos a uno solo bien
definido.
No se trata del paso del politeísmo al monoteísmo todavía,
sino de algo previo: se pasa de nombre común a nombre propio. El nombre común nos remite al significado de la palabra y al número de
casos a los que se aplica ese significado en la realidad, mientras que
el nombre propio carece de significado en principio –el hecho de que
haya mecenas en el mundo es posterior a la existencia de Gayo Cilnio
Mecenas, que dio un significado a su nombre y un sentido a su vida
patrocinando a los poetas y artistas- y de número, pues ni siquiera
podemos decir que se trata sólo de un caso singular y único, sino del
único caso singular y único (Dios).
Adán y Eva en el jardín del Edén, Gustave Courtois (1899)
Esto es lo que comentaba, escandalizado, el piadoso y benedictino Pedro Damián al respecto en el siglo XI: 'Ahí lo tienes, hermano, ¿quieres aprender gramática? (Ecce, frater, uis grammaticam discere?) Aprende a declinar Dios en plural. (Disce Deum pluraliter declinare).
El taimado maestro, en efecto, al fundar nuevamente el arte de la
obediencia, introduce en el mundo una regla inaudita de declinación a
fin de adorar también a muchísimos dioses (Artifex enim doctor, dum
artem obendientiae nouiter condit, ad colendos etiam plurimos deos
inauditam mundo declinationis regulam introducit)'.
Por cierto, la traducción que tengo a mano de la Biblia, la de
Nácar-Colunga (trigésima edición, 1975), dice: “Seréis como Dios,
conocedores del bien y del mal”. No debió parecerles bien a don Eloíno
Nácar Fuster y a don Alberto Colunga Cueto, sus traductores, así como a
la censura eclesiástica que revisó la traducción, que se declinara Deus
en plural, y que además se escribiera, como nombre común, con minúscula,
como hacía la serpiente, y que por lo tanto se tradujera: “Seréis como
dioses”. No vaya a ser que introduzcamos nuevamente el politeísmo en un
mundo donde ya tenemos bastante con los diversos dioses monoteístas que
aspiran a ser el único y verdadero: Yahvé, Dios y Alá.
La Biblia de Torres Amat, traducida de la vulgata latina al español en 1823 teniendo presentes los textos originales hebreo y griego, que realizó el obispo Félix Torres Amat, es más literal y dice: "Sabe empero Dios que en cualquier tiempo que comiereis de él, se abrirán vuestros ojos; y seréis como dioses, conocedores de todo del bien y del mal". Y en nota aclara: "Puede traducirse: Seréis como Dios".
Sacaba el otro día Félix de Azúa un artículo titulado “El gran libro” en el que hablaba de las religiones “del libro”: el judaísmo, el cristianismo y el islam, cada una hija de la anterior, en ese orden, Escribe Azúa: “Que un libro (al que llamamos la Biblia, porque quiere decir “el Libro” -en realidad apostillo yo es un plural griego: 'los libros', por lo que a veces se ha denominado el libro de los libros-) sea el fundamento de las tres últimas religiones conocidas es algo difícil de explicar. Es el magno secreto”.
La primera traducción de la Biblia al español, en realidad judeo-español o ladino, data de 1533 y es la Biblia que se editó en Ferrara, llamada biblia de los conversos o de los sefardíes. Está traducida directamente del hebrero por judíos sefardíes que buscaban una fidelidad literal al texto original. Al parecer su divulgación no fue muy extensa porque no coincidía exactamente ni con el sefardí ni con el ladino, al tratarse de un español hebraico o judaizante absolutamente original. Así comienza, tomo el dato del artículo de Félix de Azúa, el comienzo del Génesis, el libro que abre la Biblia: «En principio crió el Dio a los cielos y a la tierra. Y la tierra era vana y vacía, y escuridad sobre faces de abysmo, y espíritu del Dio se movía sobre faces de las aguas».
La primera frase en hebrero es Bereshit bará Elohim et hashamayim ve'et ha'aretz בְּרֵאשִׁית בָּרָא אֱלֹהִים אֵת הַשָּׁמַיִם וְאֵת. Dios se dice en hebrero Elohim (אֱלֹהִים), un plural con sentido de majestad que lleva el verbo en singular, como si dijéramos “el conjunto de dioses creó”, que podría entenderse como 'espíritus divinos, divinidades'.
Traducían los judeo-españoles Elohim “el Dio”, a la italiana, porque “Dios”, acabado en -s, les sonaba a plural (que no lo es en latín, Deus) y eso les parecía que era poco adecuado porque querían subrayar su singularidad. Y comenta De Azúa: “El suyo era un monoteísmo férreo y militante, como todo lo de este país”.
Pero hay otra cosa que podemos comentar y es -al margen de la inicial mayúscula- el uso del artículo: el Dio, que revela que todavía no se ha consumado el paso de nombre común a nombre propio:
el paso de “el dios” a “Dios”, un paso que, por cierto es muy similar, al de Biblia, originalmente nombre común y plural -los libros- que se convierte como por arte de magia y excelencia en El Libro, el libro sagrado, el libro de los libros.

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