Se llama “impactum” y se trata de una bebida energética (energy drink en
la lengua del Imperio). El logotipo está escrito en letras mayúsculas
blancas sobre fondo negro y destaca el impacto de una bala en mitad de
la palabra, entre las letras A y C. Resulta que impacto puede
definirse como “choque con penetración, lo cual viene sugerido por el
prefijo IN- que conlleva la idea de movimiento con introducción, lo que
enseguida nos trae a la imaginación el de la bala en el blanco, lo que
le viene de pegada a la marca que estamos analizando.
Me atrevería a decir que su éxito internacional está asegurado: La
palabra es latina pero muy transparente en muchas lenguas europeas: impacto en castellano, gallego y portugués, impacte en catalán, impatto en italiano, impact en rumano, en francés y en la lengua del Imperio, pero no en la del Reich, donde se prefieren los términos propios de origen germánico Wirkung o Wucht, aunqjue existe Impact como anglicismo.
La palabra, que entró en castellano en el siglo XIX, está tomada del latín tardío IMPACTVM “acción de chocar con penetración”, y es hermana de COMPACTVM “ensamblado”. Ambas revelan un origen común, que sería PACTVM de donde procede nuestro pacto y el verbo pactar.
La evolución de PACTVM resulta muy curiosa: no se acabó en el cultismo pacto, sino que dio origen también a una palabra patrimonial pato que sólo utilizamos en la expresión “pagar el pato”,
referida al que paga algo que es culpa o responsabilidad de otro. La
confusión con el ave palmípeda ha asegurado el éxito de la expresión,
que ha sobrevivido y llegado hasta nuestros días, y que se utiliza
también en portugués. En italiano existe también la expresión “pagare il
patto”, aunque su uso no está tan extendido como entre nosotros porque
no se da la confusión, ya que pato se dice "anatra", y significa sencillamente cumplir las condiciones que previamente se habían acordado, aunque no agrade.
En castellano y en portugués, se impuso por influencia árabe la palabra “pato”, que procede del persa bat a través del árabe clásico baṭṭ y del árabe andalusí, páṭṭ, ya que la palabra latina para esta ave palmípeda era ANATEM, que evolucionó a ánade pero que pertenece a un registro culto del lenguaje.
El plural del nuestro PACTVM, o sea, PACTA da origen al sustantivo femenino pauta que en la Edad Media tomó el significado de convenio, ley, texto legal, y de ahí surgió el verbo pautar, y da origen también a pata, un término anticuado y dialectal, que se usaba en la locución hacer pata con el significado de pacto, pactar, hacer la paz con alguien, y, por lo tanto, quedar en paz con alguien sin ganar ni perder, es decir, empatar, lo que se ve en italiano donde impattare es la evolución del latino impactare.
La raíz indoeuorpea que está detrás de pacto/impacto/compacto es,
precisamente, *pak- , cuyo significado primordial sería “fijar, atar,
asegurar”, y cuyo derivado más ilustre sería la palabra latina PACEM que es el origen de nuestra paz, y da lugar a sus derivados pacífico, pacifismo, apaciguar... en el sentido de que la paz es un acuerdo, un convenio al que se ha llegado.
Resulta curioso también que el verbo PACARE, que en latín significaba “apaciguar”, haya evolucionado en castellano por apocópe de la /e/ final y sonorización de la oclusiva sorda intervocálica /k/ a pagar. Conservamos en castellano "pacato", que es el cultismo del que procede la palabra patrimonial "pagado". "Pacato" es sinónimo de tímido y tiene la connotación de mojigato y escrupuloso; etimológicamente significa "pacificado", poco beligerante y nada rebelde. En la expresión “estamos pagados”
se da a entender que se corresponde por una parte, como dice la RAE, a
lo que se merece de otro. Cuando decimos de alguien que ha pagado a alguien, damos a entender que ha satisfecho una deuda, es decir, que ha restituido lo que debía: ha pagado el pato. También se pagan
culpas, lo que quiere decir, que se aplacan, que se satisfacen mediante
la pena correspondiente. Antiguamente se pagaba a los soldados, a
sueldo que estaban, distribuyéndoles dinero para que pudieran comprar su
sal –de ahí, su salario, nuestro salario, el
salario de los que somos asalariados. Se nos paga por nuestro trabajo “para tener la fiesta en paz”.
Missile ("proyectil"), otra bebida energética de nombre latino y temible aspecto.
Todo el vocabulario de la
economía revela en el fondo un intento de evitar la guerra
haciendo que reine una falsa paz.
Comenta Claude
Lévi-Strauss en “Las estructuras elementales del parentesco”
(1949): Las pequeñas bandas nómadas de los indios Nambikwara del
Brasil occidental se temen normalmente y se evitan; pero al mismo
tiempo, desean el contacto, porque este les ofrece el único medio de
proceder a intercambios y procurarse así los productos o artículos
que les faltan. Hay un lazo, una continuidad, entre las relaciones
hostiles y el suministro de prestaciones recíprocas: los
intercambios son guerras pacíficamente resueltas, las guerras son el
desenlace de transacciones malogradas.

Y esa guerra, que es el padre, decía Heraclito, de todas las cosas (padre porque pólemos, que es como se llama en su lengua a la guerra, es un sustantivo masculino, pero quizá nosotros deberíamos decir que es la madre de todas las cosas, porque en la nuestra es de género femenino), no se circunscribe solo a la guerras de los Estados entre sí, que nos sirven puntualmente los medios de (in)formación de masas, como la de Ucrania o la que están llevando acabo Israel y los Estados Unidos en la actualidad contra la vieja Persia, entre otras, sino a la más profunda guerra que nos divide en nacionales y extranjeros, y da origen a la xenofobia, o la que nos divide en blancos y negros, y da origen al racismo, sin olvidar la guerra básica de cualquier Estado contra el pueblo en general, y las guerrillas políticas por el poder entre izquierdas y derechas, y sin olvidar la guerra de clases entre empresarios y trabajadores, ricos y pobres, o capitalistas y proletarios, según la vieja terminología marxista, que se renueva en múltiples otras guerras como propietarios contra inquilinos. Pero sobre todas ellas, la guerra más antigua quizá y la más impactante es la que se da entre hombres y mujeres, que se entrecruza con la guerra generacional entre adultos y niños, o jóvenes y viejos.



No te olvides de la guerra contra el virus aquel de la pandemia de Dios y la persistente guerra contra el Cambio Climático, rebautizada como guerra contra la huella de carbono, y la última versión, muy buena, la guerra contra el Odio y la desinformación informativa.
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