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domingo, 1 de marzo de 2026

Se alza el telón

    Acaba de estrenarse en Francia Katte, la tragedia del amante del príncipe de Prusia, publicada en 2024 en cinco actos y escrita de cabo a rabo en francés y alejandrinos pareados. Su autor, Jean-Marie Besset (1959-...), dramaturgo de larga trayectoria cuyo compromiso con la lengua y con la escena le valió el Gran Premio de Teatro de la Academia Francesa en 2005, renueva así la tradición del gran teatro clásico francés que se había visto interrumpida desde el Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand, hace casi 130 años, volviendo al teatro en verso y redescubriendo así la majestuosidad y la impecable fuerza del gran verso alejandrino de catorce sílabas y dos hemistiquios de siete cada uno, así como la forma dramática absoluta de cinco actos, predilecta de Corneille, Molière y Racine, y posteriormente retomada por Hugo y el drama romántico.
 
 
     En un momento en que lo invaden todo las plataformas angloamericanas de televisión, los guasapes de los teléfonos móviles supuestamente inteligentes con faltas de ortografía y emoticones que nos retrotraen al lenguaje jeroglífico resulta alentadora esta propuesta radical de reencontrarse con la gran tradición teatral de Melpómene, la musa de la tragedia. El lenguaje en verso de los actores que están en escena y facilita su memorización hace posible que se digan muchas cosas en pocas palabras, como en un epigrama. Por ejemplo: «Pour que Frédéric règne, il faut que Katte meure » (Para que reine Fritz, Katte tiene que morir). 
  
    ¿Quiénes son estos Fritz (Federico) y Katte? Katte es el apellido de Hans Hermann von Katte, teniente de la Guardia Real de Prusia. En 1730, en el recién creado reino de Prusia y su nueva capital, Berlín, el rey Guillermo, padre del príncipe Federico, desde su palacio de Postdam impone su desmesura marcial a todo el Estado y siembra el terror en su propia familia. Para situarnos en el meollo de la acción conviene recordar lo que decía Mirabeau: «Prusia no es un estado que posea un ejército, es un ejército que ha conquistado una nación». 
 
    El público comprende enseguida que las cosas no podían ir nada bien entre un padre que solo se interesaba por la guerra y la caza, y un hijo, el príncipe, que solo quiere tocar la flauta y leer a los poetas franceses, y que entre otras cosas dice en un guiño anacrónico al poeta adolescente Arthur Rimbaud: on n'est pas sérieux quand on a dix-sept ans ('No se puede ser serio a los diecisiete años').
  

  Ante la creciente brutalidad del rey, el joven príncipe Federico encuentra como aliado, además de a su hermana mayor Mine, que era su confidente de siempre, al apuesto oficial de la guardia real, Hans-Hermann von Katte, que da título a la obra, del que se enamora. Cuando el rey descubre la relación amorosa prohibida entre su hijo Federico, y el teniente de la Guardia Real, golpea y humilla públicamente a su hijo, que decide entonces huir a Francia con su amigo. 
 
    El rey, cuya ira es terrible, ordena atrapar a los fugitivos, y pese a las súplicas de la reina, de la princesa Mine y de todas las cortes europeas, hace decapitar a Katte ante los ojos horrorizados de Federico. 
 
    Se cumple así la catarsis trágica y aquel alejandrino oracular de que Katte debía morir para que reinara el príncipe, mostrándonos cómo la Historia se escribe con sangre: el teniente de la Guardia Real Hans-Hermann von Katte muere para que Federico suceda a su padre y sea rey, como en efecto fue, coronándose como Federico II, el modelo de monarca ilustrado, amigo de Bach y de Voltaire, que reinará durante cuarenta y seis años.
 
     Lamenta Jean-Marie Besset que el teatro actual esté constreñido a la prosa y a que solo trate temas de actualidad políticamente correctos como la lucha de clases, el antirracismo, la exclusión, la victimización, el descolonialismo, el MeToo, y que los estudiantes de secundaria no hayan asistido nunca a una representación teatral, ni leído siquiera una de las obras de su literatura... 
 
     El que los personajes hablen en verso, es decir, en un lenguaje rítmico pone de relieve lo prosaico de la prosa cotidiana, valga la redundancia. Someter el lenguaje, en cambio, al yugo de las sílabas contadas y de las alternancias rítmicas, con los ecos de las rimas que señalan el final de los versos, es un ejercicio que, a parte de facilitar la memorización del texto por parte de los actores, provoca en los oyentes un placer inmenso. Cuando hablamos en prosa hacemos sermo pedester o discurso pedestre, como decían los antiguos, descuidando el ritmo del lenguaje, la alternancia de sílabas tónicas y átonas, pero cuando oímos hablar a los actores del teatro en verso, el discurso se vuelve ecuestre, sermo equester, cabalgamos a caballo, con un ritmo preciso, elegante y cuidado, produciendo unas fórmulas exactas, como hace la poesía, que pueden quedar grabadas en los oídos y corazones de los oyentes. 
 

    Cuando oímos hablar en verso en el teatro, nos percatamos enseguida con asombro de que ese lenguaje es y no es el nuestro, nos sucede un poco lo que le sucedió al señor Jourdain en El Burgués Gentilhombre de Molière, descubrimos que hemos estado hablando en prosa toda la vida sin saberlo, y que hay otra forma de hablar, mucho más artística y graciosa, que es hablar en verso. Nosotros no hablamos así con esa precisión y esmero, no porque no utilicemos esas mismas palabras que oímos, sino porque no lo hacemos con ese ritmo, encapsuladas en metros y versos, con rimas al final del verso que producen resonancias.
 
     La prosa era el sermo solutus, el discurso suelto o liberado, mientras que el verso era el sermo vinctus o discurso atado. La soltura de la prosa hacía que las palabras se perdieran en el aire, mientras que el verso podía quedar atado a la memoria del oyente a través del ritmo y de la rima. 
 
     En una entrevista Jean-Marie Besset comenta la paradoja de que el autor dramático haya sido reemplazado por el director de la puesta en escena y dice: Matamos al Rey y tenemos a Robespierre, en Irán se persigue al Sha, y viene el Ayatolá... Solo importa actualmente una puesta en escena espectacular, por eso es importante la figura del director, pero para Besset el teatro es ante todo un gran texto, en verso mejor que en prosa, y unos buenos actores para encarnarlo.

jueves, 6 de marzo de 2025

Pareceres LXIX

336.- No hay guerra sin dinero. Antes del inicio de la guerra del Peloponeso entre las dos potencias rivales del mundo helénico antiguo que eran Esparta y Atenas, el rey lacedemonio Arquidamo hacía la siguiente consideración: “la guerra (…) no es tanto cuestión de armas como de dinero, gracias al cual las armas son útiles”. En Atenas, Periclés, por su parte, les decía a los atenienses algo parecido: “son las reservas monetarias, (...), las que sostienen las guerras”. En otro discurso, el ateniense les recordaba a sus compatriotas que las guerras se ganan no solo con estrategia y valor, sino sobre todo con abundancia de dinero, que es lo que las sostiene, como por otra parte es también lo que sostiene a los Estados que las emprenden. Hace más de dos mil cuatrocientos años que Tucídides, el historiador, escribió su Historia de la Guerra del Peloponeso, y recogió las palabras de aquellos oradores que, pese al paso del tiempo, siguen manteniendo su vigencia, porque, como cantó el poeta, hoy es siempre todavía. Viniendo a lo de hoy, que no deja de ser lo mismo que lo de ayer, el tío Sam democráticamente electo viene a decirnos que si Europa quiere más guerra, o más Defensa, con mayúscula honorífica e hipócrita, que se la pague de su bolsillo, que el tío de América no va a financiársela. Si queremos enviar soldaditos valientes ('tropas de paz') al frente de Ucrania, podemos empezar por mandar a nuestros propios hijos (e hijas, no vamos a excluirlas ahora que se impone la inclusión para lo bueno y lo peor). 
 
 
337.- Resiliencia: ¿Por qué será que la palabra que más se escucha de un tiempo a esta parte es  «resiliencia»?  Quieren convencernos de que es la virtud suprema, una versión secular de la denominada antaño “resignación”, que se adjetivaba, para más inri, como “cristiana”. Se ha convertido así en la coartada perfecta de un sistema económico y social que descarga sus responsabilidades en sus súbditos. Ella, la resiliencia, que se originó como un concepto científico que describe la capacidad de un material para absorber impactos sin romperse, y que se aplicó a la psicología, para indicar la capacidad de afrontar y superar un acontecimiento traumático, se ha convertido en un imperativo moral que culpa a quienes no se «recuperan» lo bastante rápido de las dificultades. La resiliencia es lo mismo que la filosofía en su modalidad más estoica, que es otro disfraz de la vieja resignación: Hay que tomarse las cosas con resignación, con filosofía, y ahora, con resiliencia. Ya no es una cualidad personal, sino un imperativo moral.  Si no puedes sobrevivir en un sistema económico depredador como este, el problema lo tienes tú, que no sabes adaptarte al medio camaleónicamente. Gracias al mantra de la resiliencia, los que mandan, que son los más mandados, se ganan nuestra sumisión.
 
 
338: Las dos tragedias: En “El abanico de Lady Windermere” (1892), obra dramática de Óscar Guail, el señor Dumby, le preguntaba a Lord Darlington si el amor que sentía por Lady Windermere, la protagonista del drama, había sido recíproco, a lo que este le respondía que no, que ella nunca lo había querido. Es entonces cuando Dumby le dice al lord: “Le felicito, mi querido amigo. En este mundo solo hay dos tragedias: Una es no conseguir lo que uno quiere, y la otra es conseguirlo. ¡La última es con mucho la peor, la última es una auténtica tragedia! Viene a dar este personaje secundario voz al sentido común que nos advierte de que la realización de los deseos y sueños que uno anhela que se cumplan es un éxito al mismo tiempo que un auténtico fracaso, porque la esencia de los sueños y los deseos no es su realización, que los convierte en trofeos, sino su pervivencia. Este aforismo, puesto en boca de un personaje secundario, no es una ocurrencia cualquiera, sino algo que puede razonar cualquiera que se ponga a pensar un poco y a soltarlo: una vez que he logrado lo que quería, ¿cómo sé que era eso, que ya he dejado de quererlo porque lo poseo, y no otra cosa lo que quería?
 

 
339.- Res ipsa loquitur. Es un latinajo jurídico, tomado al parecer de Cicerón, que significa “la cosa habla por sí misma”. El típico ejemplo suele ser el bisturí abandonado en el cuerpo de un paciente operado, que revela una negligencia médica. La cosa, en este caso, el bisturí está diciéndonos que él no tenía que estar depositado donde se halla... Pero al margen del uso jurídico, el latinajo puede decirnos algo más de lo que parece: Sugiere que no solo los seres vivos, humanos o no humanos, hablamos sino también las cosas del reino inerte. Las cosas nos hablan por sí solas y nos dicen, valga la redundancia, cosas, es decir, palabras que configuran la realidad, ese conglomerado que no se sostiene sin el lenguaje. Las cosas son los hechos y estos hablan por sí mismos. Ya nos advirtió el poeta Virgilio que las cosas albergan en su corazón lágrimas: sunt lacrimae rerum: lágrimas hay de las cosas. El poeta trata a las cosas como si fuesen personas porque ellas, como los hombres también lloran: las cosas ahora mismo están llorando porque, igual que nosotros, no quieren ser lo que son.  
 

 340.- El Estado y Dios. En Dios y el Estado (1882), Mijail Bakunin equipara a Dios y al Estado en la medida en que ambos representan, según su perspectiva, fuentes de autoridad opresiva del ser supremo que niega la libertad humana. Bakunin, como anarquista, rechaza toda forma de poder absoluto, ya sea divino o político, argumentando que la existencia de un Dios implica la sumisión del ser humano y que el Estado es una institución que perpetúa esa misma lógica de dominación. En este sentido, tanto Dios como el Estado son vistos como dos caras de la misma moneda. Hoy, un siglo y medio después de publicado ese libro, podríamos afirmar que el Estado es la moderna epifanía de Dios, dado que en una época teóricamente atea como la nuestra, viene a ser la reencarnación secular del viejo patriarca del Sinaí.  La religión ha servido históricamente para justificar la obediencia y la sumisión, pero, a medida que el pensamiento racional y científico ha ido avanzando, el Estado laico ha venido a asumir ese papel, convirtiéndose en el nuevo ídolo que exige lealtad incondicional so capa de brindarnos protección a todos sus hijos como un padre bondadoso. Por eso escribió: "Si Dios existiese, sólo habría para él un único medio de servir a la libertad humana: sería el de cesar de existir". En cuanto al Estado, señala: "El Estado es la negación de la humanidad. Es la negación de la libertad. El Estado no puede ser otra cosa que el sacrificio del principio de la libertad en beneficio de la autoridad". En su visión, la secularización no ha eliminado la dominación, sino que ha transferido su justificación desde lo religioso hacia lo político que, por otra parte, no puede separarse de lo económico bajo el paraguas protector del Estado del Bienestar.