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jueves, 13 de marzo de 2025

Pena de Muerte y Pena de Vida

    La fórmula que empleaba Agustín García Calvo cuando definía al Estado como 'administrador de muerte' -“no hay verdadero Estado que sin alguna forma de Pena de Muerte sobre sus súbditos pueda sostenerse”, en ¿Qué es el Estado? (1977)- parece que no puede defenderse en la actualidad en España, ni en aquellos Estados que como el nuestro no contemplan en su ordenamiento jurídico la pena capital. 
 
    Cuando se publicó el librillo en 1977, aún estaba vigente en España la pena de muerte. Dos años antes, en 1975, se habían producido las últimas ejecuciones en las que fueron fusilados tres miembros del FRAP y dos de ETA, y un año antes habían sido ejecutados a garrote vil Salvador Puig Antich y Heinz Chez en Barcelona. Podía muy bien decirse que el Estado español en aquel entonces no ocultaba su más negra entraña justiciera. 

    La pena capital quedaría abolida de hecho en la constitución de 1978, aunque se mantenía todavía para los casos que la legislación militar estableciera en tiempo de guerra por traición, rebelión militar, espionaje, sabotaje o crímenes de guerra. En 1995 sería finalmente suprimida de la legislación militar española con el acuerdo de todos los partidos políticos.  
 
    Hay que agradecer, desde luego, el hecho de que el Estado español haya abolido de su ordenamiento jurídico la pena capital que es el Crimen de Estado, pero ese gesto bondadoso de renuncia a su poder de decretar la muerte no significa que haya dejado de administrar la vida, que viene a ser lo mismo que la muerte, de sus súbditos, ya que el Estado nos impone, sin decretarla expresamente ni reconocerla como tal, la Pena de Vida, es decir, una vida penosa que apenas merece ese nombre, caracterizada por la pérdida de libertad habilitando para los casos extremos cárceles y manicomios u hospitales psiquiátricos.  La vida, sin libertad, así lo sentimos todos, no merece la pena de vivirse ni de llamarse vida tan siquiera. 
 
    Muestra, sin embargo, así el Estado su cara más amable y benigna haciendo gala de su bondad cuando decide no ejecutar legalmente ni privar de libertad indefinidamente a ninguno de sus súbditos. En España, en efecto, no existe la cadena perpetua en sentido literal, porque sería contraria a los principios en los que se basa el sistema penal que se nos impone y justifica procurando la reinserción del preso en la sociedad, de ahí que una condena vitalicia no sea compatible con la constitución española que dice que las penas privativas de libertad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social. 
    Sin embargo,  se recoge en la legislación vigente desde el año 2015 la llamada Prisión Permanente Revisable, que está destinada a castigar los delitos de mayor gravedad, que impide a los sentenciados optar a una revisión de su condena hasta que no hayan pasado al menos 25 años entre rejas, siempre que haya pronóstico de reinserción. El Estado tiene el poder de privar de libertad a sus súbditos previo juicio y condena, erigiéndose de alguna manera en un dios justiciero que envía a los pecadores al purgatorio hasta que hayan pagado su pena. Esa privación de libertad que el Estado lleva a cabo sirve también sobre todo para que quienes estamos fuera de la cárcel y del manicomio u hospital psiquiátrico creamos, por contraposición, que somos libres y cuerdos por eso mismo, y que la libertad consiste simplemente en no estar encarcelado. 
 
  Recordemos además que la carta magna otorga poderes excepcionales a las autoridades civiles o militares de España para poder afrontar situaciones extraordinarias y graves, pudiendo decretar estados de alarma, excepción y sitio, que son los tres regímenes excepcionales contemplados. No olvidemos los recientes arrestos domiciliarios o confinamientos bajo cuarentenas y toques de queda, vivos en nuestra memoria más reciente. 
 

   El Estado administra la muerte de sus súbditos, podemos decir, con García Calvo, de un modo mucho más general, reduciendo su vida a Proyecto y a Futuro -las mayúsculas son del autor- “es decir, a Muerte (puesto que se llama Tiempo a la Muerte de la vida, y el Tiempo es esencialmente Futuro, que es el lugar de la Muerte, temida y esperada”. El Estado se funda en la organización o muerte de la posible vida que pudiera haber vivido un pueblo indefinido y no numerable en número de almas y no sometido a ningún régimen político.

    La 'bondad' del Estado, que renuncia a ejecutar legalmente y a condenar a cadena perpetua a sus súbditos o a tratarlos de locos, no significa que no tenga ese poder. De hecho, está privándonos de libertad, de cordura y de vida de otras formas a todos y cada uno: llamando “libertad”, como hace el actual gobierno progresista español, a los últimos cincuenta años desde la muerte del dictador, y al hecho de no estar circunstancialmente encarcelado o recluido, y llamando “vida” al mero hecho de no estar muerto. 

 

     El que haya sido abolida la pena capital no significa que el Estado haya dejado de administrar la muerte -necropolítica, lo llaman algunos pedantes con término culterano- de sus ciudadanos, lo mismo que la abolición de la esclavitud no implica que haya dejado de haber esclavos, que son ahora los trabajadores asalariados, que, aunque no estén encadenados, no dejan de ser esclavos inalámbricos.

jueves, 6 de marzo de 2025

Pareceres LXIX

336.- No hay guerra sin dinero. Antes del inicio de la guerra del Peloponeso entre las dos potencias rivales del mundo helénico antiguo que eran Esparta y Atenas, el rey lacedemonio Arquidamo hacía la siguiente consideración: “la guerra (…) no es tanto cuestión de armas como de dinero, gracias al cual las armas son útiles”. En Atenas, Periclés, por su parte, les decía a los atenienses algo parecido: “son las reservas monetarias, (...), las que sostienen las guerras”. En otro discurso, el ateniense les recordaba a sus compatriotas que las guerras se ganan no solo con estrategia y valor, sino sobre todo con abundancia de dinero, que es lo que las sostiene, como por otra parte es también lo que sostiene a los Estados que las emprenden. Hace más de dos mil cuatrocientos años que Tucídides, el historiador, escribió su Historia de la Guerra del Peloponeso, y recogió las palabras de aquellos oradores que, pese al paso del tiempo, siguen manteniendo su vigencia, porque, como cantó el poeta, hoy es siempre todavía. Viniendo a lo de hoy, que no deja de ser lo mismo que lo de ayer, el tío Sam democráticamente electo viene a decirnos que si Europa quiere más guerra, o más Defensa, con mayúscula honorífica e hipócrita, que se la pague de su bolsillo, que el tío de América no va a financiársela. Si queremos enviar soldaditos valientes ('tropas de paz') al frente de Ucrania, podemos empezar por mandar a nuestros propios hijos (e hijas, no vamos a excluirlas ahora que se impone la inclusión para lo bueno y lo peor). 
 
 
337.- Resiliencia: ¿Por qué será que la palabra que más se escucha de un tiempo a esta parte es  «resiliencia»?  Quieren convencernos de que es la virtud suprema, una versión secular de la denominada antaño “resignación”, que se adjetivaba, para más inri, como “cristiana”. Se ha convertido así en la coartada perfecta de un sistema económico y social que descarga sus responsabilidades en sus súbditos. Ella, la resiliencia, que se originó como un concepto científico que describe la capacidad de un material para absorber impactos sin romperse, y que se aplicó a la psicología, para indicar la capacidad de afrontar y superar un acontecimiento traumático, se ha convertido en un imperativo moral que culpa a quienes no se «recuperan» lo bastante rápido de las dificultades. La resiliencia es lo mismo que la filosofía en su modalidad más estoica, que es otro disfraz de la vieja resignación: Hay que tomarse las cosas con resignación, con filosofía, y ahora, con resiliencia. Ya no es una cualidad personal, sino un imperativo moral.  Si no puedes sobrevivir en un sistema económico depredador como este, el problema lo tienes tú, que no sabes adaptarte al medio camaleónicamente. Gracias al mantra de la resiliencia, los que mandan, que son los más mandados, se ganan nuestra sumisión.
 
 
338: Las dos tragedias: En “El abanico de Lady Windermere” (1892), obra dramática de Óscar Guail, el señor Dumby, le preguntaba a Lord Darlington si el amor que sentía por Lady Windermere, la protagonista del drama, había sido recíproco, a lo que este le respondía que no, que ella nunca lo había querido. Es entonces cuando Dumby le dice al lord: “Le felicito, mi querido amigo. En este mundo solo hay dos tragedias: Una es no conseguir lo que uno quiere, y la otra es conseguirlo. ¡La última es con mucho la peor, la última es una auténtica tragedia! Viene a dar este personaje secundario voz al sentido común que nos advierte de que la realización de los deseos y sueños que uno anhela que se cumplan es un éxito al mismo tiempo que un auténtico fracaso, porque la esencia de los sueños y los deseos no es su realización, que los convierte en trofeos, sino su pervivencia. Este aforismo, puesto en boca de un personaje secundario, no es una ocurrencia cualquiera, sino algo que puede razonar cualquiera que se ponga a pensar un poco y a soltarlo: una vez que he logrado lo que quería, ¿cómo sé que era eso, que ya he dejado de quererlo porque lo poseo, y no otra cosa lo que quería?
 

 
339.- Res ipsa loquitur. Es un latinajo jurídico, tomado al parecer de Cicerón, que significa “la cosa habla por sí misma”. El típico ejemplo suele ser el bisturí abandonado en el cuerpo de un paciente operado, que revela una negligencia médica. La cosa, en este caso, el bisturí está diciéndonos que él no tenía que estar depositado donde se halla... Pero al margen del uso jurídico, el latinajo puede decirnos algo más de lo que parece: Sugiere que no solo los seres vivos, humanos o no humanos, hablamos sino también las cosas del reino inerte. Las cosas nos hablan por sí solas y nos dicen, valga la redundancia, cosas, es decir, palabras que configuran la realidad, ese conglomerado que no se sostiene sin el lenguaje. Las cosas son los hechos y estos hablan por sí mismos. Ya nos advirtió el poeta Virgilio que las cosas albergan en su corazón lágrimas: sunt lacrimae rerum: lágrimas hay de las cosas. El poeta trata a las cosas como si fuesen personas porque ellas, como los hombres también lloran: las cosas ahora mismo están llorando porque, igual que nosotros, no quieren ser lo que son.  
 

 340.- El Estado y Dios. En Dios y el Estado (1882), Mijail Bakunin equipara a Dios y al Estado en la medida en que ambos representan, según su perspectiva, fuentes de autoridad opresiva del ser supremo que niega la libertad humana. Bakunin, como anarquista, rechaza toda forma de poder absoluto, ya sea divino o político, argumentando que la existencia de un Dios implica la sumisión del ser humano y que el Estado es una institución que perpetúa esa misma lógica de dominación. En este sentido, tanto Dios como el Estado son vistos como dos caras de la misma moneda. Hoy, un siglo y medio después de publicado ese libro, podríamos afirmar que el Estado es la moderna epifanía de Dios, dado que en una época teóricamente atea como la nuestra, viene a ser la reencarnación secular del viejo patriarca del Sinaí.  La religión ha servido históricamente para justificar la obediencia y la sumisión, pero, a medida que el pensamiento racional y científico ha ido avanzando, el Estado laico ha venido a asumir ese papel, convirtiéndose en el nuevo ídolo que exige lealtad incondicional so capa de brindarnos protección a todos sus hijos como un padre bondadoso. Por eso escribió: "Si Dios existiese, sólo habría para él un único medio de servir a la libertad humana: sería el de cesar de existir". En cuanto al Estado, señala: "El Estado es la negación de la humanidad. Es la negación de la libertad. El Estado no puede ser otra cosa que el sacrificio del principio de la libertad en beneficio de la autoridad". En su visión, la secularización no ha eliminado la dominación, sino que ha transferido su justificación desde lo religioso hacia lo político que, por otra parte, no puede separarse de lo económico bajo el paraguas protector del Estado del Bienestar. 
 
 

miércoles, 26 de febrero de 2025

Poder de vida y muerte (I)

El paterfamilias romano tenía una autoridad que le permitía decidir sobre la vida y la muerte de sus hijos. Es lo que se dio en llamar en las fuentes clásicas uitae necisque potestas (mejor que ius uitae ac necis, porque no era un derecho, ius, sino un poder o potestad).  El Estado moderno, ese Padre Nuestro que está en los Cielos, ha heredado esa potestad que tenía el cabeza de familia romano en la institución de la pena de muerte.
 
El historiador y filósofo camerunés Achille Mbembe (1957-...) ha acuñado el término 'necropolítica', como contraposición a la biopolítica de Foucault, y como expresión última de que la soberanía reside ampliamente en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir. Para él, que define la soberanía como el derecho de matar, la política es un trabajo de muerte.  
 
La potestad del paterfamilias romano estaba en realidad muy restringida y prácticamente reservada, como veremos a razones de Estado, y fue restringiéndose aún más con el paso del tiempo, porque estaba mal visto y considerado de una crueldad insuperable si no había alguna poderosa razón que la avalara que un padre diera muerte a su propio hijo, como sucede con la pena de muerte en muchas modernas legislaciones, lo que no impide, sin embargo, que esta labor de administración de muerte (García Calvo) pueda llevarse a cabo de muchas otras formas y maneras. 
 
 
En el mundo romano, la crueldad de los padres, que le confería la patria potestad, cuando está atestiguada, es condenada sin paliativos. Esto explica la rareza de los casos en que se aplicó y la reprobación social. Que un padre mate a un hijo era algo sacrílego, salvo cuando el padre encarna al Estado, el imperium de la res publica
 
Uno de los pocos y más célebres ejemplos que conocemos es el de Tito Manlio Torcuato, cónsul en el 340 a. C., cuyo hijo, Manlio, desobedeció una orden estricta de su padre al entrar en combate individual con un enemigo y vencerlo. A pesar de la victoria, su acto era una desobediencia grave de la disciplina militar, por lo que Tito Manlio ordenó la ejecución de su propio hijo para dar un ejemplo de obediencia absoluta a las órdenes del general. Este episodio consolidó la idea del imperium y el sacrificio personal en favor de la República. 
 
Reproduzco a propósito el capítulo séptimo del libro octavo de la Historia de Roma desde su fundación de Tito Livio, en la traducción de José Antonio Villar Vidal que publicó Gredos en 1990: «Para que todos, padre, dijo, me reconozcan de verdad nacido de tu sangre, yo te traigo estos despojos ecuestres quitados a un enemigo al que di muerte después de ser desafiado». Al oír estas palabras el cónsul inmediatamente dio la espalda a su hijo e hizo tocar la trompeta para convocar la asamblea de soldados. Cuando éstos se reunieron en buen número, dijo: «Puesto que tú, Tito Manlio, sin respetar la autoridad consular ni la majestad paterna, contraviniendo nuestra orden expresa, luchaste fuera de las filas contra un enemigo y quebrantaste, en cuanto de ti dependió, la disciplina militar, sostén, hasta la fecha, del Estado romano, y me has puesto en el brete de tener que olvidarme del Estado o de mí y de los míos, sufriremos nosotros el castigo de nuestro delito en vez de que tenga que sufrir tan graves daños el Estado para pagar nuestras culpas; seremos un ejemplo triste pero saludable para la juventud en el futuro. 
 
El cónsul Tito Manlio Torcuato ordena la ejecución de su hijo, Ferdinand Bol (1661-1664)
 
A mí de verdad me conmueve, por un lado, el cariño innato hacia los hijos y, por otro, esa prueba de valor que has dado seducido por una vana apariencia de gloria; pero es necesario o bien sancionar con tu muerte la autoridad de los cónsules, o bien abolirla para siempre dejándote impune, y no creo que tú, la verdad, si hay en ti algo de mi sangre, te niegues a restablecer con tu castigo la disciplina militar degradada por tu culpa. Anda, lictor, átalo al poste». Quedaron todos sin aliento ante una orden tan cruel, y como si cada uno de ellos viera el hacha levantada sobre sí, se quedaron quietos más por miedo que por disciplina. Por eso se mantuvieron silenciosos e inmóviles como si el estupor hubiese anegado sus ánimos, y de repente, cuando al cortar la cabeza saltó la sangre, se alzaron gritos dando a las quejas tan libre curso que no se ahorraron lamentos ni imprecaciones, y el cuerpo del joven, cubierto con los despojos, fue quemado sobre una pira funeraria levantada fuera del vallado, con toda la aplicada atención que los soldados pueden poner en la celebración de un funeral, y las órdenes manlianas no sólo fueron horrendas entonces, sino que además constituyeron un duro ejemplo para el futuro».
 
Tras oír las palabras de su hijo, el cónsul le da la espalda -hemos de imaginarlo apesadumbrado como buen padre que era- y convoca a toque de trompeta a los soldados a asamblea. El cónsul le reprocha entonces públicamente a su hijo que no ha respetado la autoridad consular ni la majestad paterna, es decir, que ha quebrantado la disciplina militar, apostrofada como “sostén del Estado Romano”, por lo que el cónsul, que no deja de conmoverse y sentirse orgulloso en su fuero interno por el valor de su hijo, se ve obligado a dar “un ejemplo triste pero saludable para la juventud en el futuro” ordenando la ejecución sumaria de su hijo, cuya prueba de valor no deja de ser una muestra de que fue “seducido por una vana apariencia de gloria”. 
 
 
Espera el padre que el hijo acepte con su castigo la restitución de la disciplina militar que él ha degradado. Concluye el historiador afirmando que no obstante la atrocidad del castigo, la tropa se volvió más obediente a su general prestando más atención en el desempeño de sus labores. 
 
El Estado moderno, como buen padre que es, ha heredado esa patria potestad del romano paterfamilias que le confiere el poder de vida y muerte sobre todos y cada uno de sus súbditos.

martes, 19 de noviembre de 2024

Lo que das no vuelve, dalo por perdido.

    Cuando pagas tus impuestos, vuelven a ti, vuelven a todos. Dice el anuncio de la Agencia Tributaria, que se apunta a la doctrina hinduista del karma, presumiendo de todos los servicios de calidad de los que se beneficia supuestamente el contribuyente cuando cumple religiosamente con sus obligaciones fiscales, un contribuyente que no deja de preguntarse a quién vuelve el bumerán. 
 
    El anuncio salió pocos días antes de la eclosión de la acrónima DANA, o mejor de la Gota Fría, o mejor aún, porque se entiende mejor, de las lluvias torrenciales que provocaron inundaciones y muertes, y no se ha visto que los impuestos hayan vuelto a hacer que emerjan del lodazal del fango las zonas inundadas ni las vidas irrenovables. 
 
    Los impuestos vuelven cuando pides una cita para el especialista de la Seguridad Social y te dicen, a fecha de hoy, 19 de noviembre, que te la dan para el 20 de noviembre, y tú te alegras por la rapidez y casi no puedes creértelo, hasta que te dicen que del año que viene... 
 

 
    Los impuestos vuelven  “cuando hay una emergencia y llegan ellos”. Y entonces aparece en las alturas el helicóptero de Dios, como si se tratara del viejo deus ex machina de la cacharrería teatral, con los efectivos de salvamento dispuesto a salvar vidas haciéndonos la vida insoportable y amargándonosla.
 
    El Estado dice que se dan ayudas para personas vulnerables, para que se puedan abonar las pensiones, los permisos de paternidad, la salud o transporte público, entre otros. Pero el Estado miente, porque no puede decir verdad. Lo que se percibe es que las ayudas no llegan, o si llegan, cuando llegan, llegan demasiado tarde y mal.
 
    El aparato del Estado dice que nos protege y cuida de nosotros, cosa que no percibimos, y entonces hace uso de otro tiempo verbal, del Futuro Imperfecto, y dice que nos protegerá y velará por nosotros cuando llegue el momento que no llega nunca, y mientras tanto su sistema político se nutre de nuestros votos y su sistema económico, que viene a ser la panza del monstruo, de nuestros impuestos -contribuciones, los llaman- para cebar a sus funcionarios y políticos y administradores de pelaje autonómico, general o municipal. 
 
 
    ¿Qué sentido tiene pagarlos, se pregunta el votante y contribuyente medio, para que vuelvan a mí, que es de donde han salido? ¿Para eso los pago? Para ese viaje no hacen falta alforjas. ¿Para que vuelvan a todos? ¿Quiénes son esos todos? Ya lo dijo el Puto Amo: El Estado somos todos. Lo que nos recuerda a aquel otro eslogan, más antiguo: Hacienda somos todos. No es verdad, porque unos lo son más que otros, unos son más Estado y menos pueblo y otros más pueblo y menos Estado. No lo somos todos en pie de igualdad, y desde luego los impuestos no sirven para corregir la desigualdad, sino para sostenerla y no enmendarla. 
 
    Lo cierto es que no hay una percepción real de que la contribución realizada por cada ciudadano a través de los impuestos directos, no digamos ya de los indirectos, redunde ni en su propio beneficio, ni en el de la sociedad en general, sino en beneficio económico de la propia Administración municipal, autonómica y general del Estado, y de su ingente aparato burocrático, de todos aquellos que viven de la política profesional.

     Especialmente sangriento es el eslogan: no es magia, son tus impuestos, que obran el milagro de mantener a tanto funcionario. Cuando pagas tus impuestos, no vuelven: se los quedan ellos, los que dicen, para justificar el saqueo, que el Estado somos todos, y son ellos, desde luego.
 
    Frente al anuncio publicitario de la Agencia Tributaria, la diseñadora gráfica Lourdes Molina ha creado esta parodia humorística:
 


martes, 12 de noviembre de 2024

Aplausos a las ocho (reedición)

    El presidente del gobierno más progresista de todas las Españas desde que hay registros históricos, recuerda emocionado y con no poca sinvergonzonería cómo durante la pandemia, dejábamos nuestras labores y nos asomábamos todos, todas y todes puntualmente a las ocho de la tarde en todos los relojes a ventanas y balcones a aplaudir a los profesionales sanitarios y a las fuerzas de seguridad, y propone que volvamos a hacerlo ahora, esta vez a los "servidores públicos de todas las administraciones públicas que están trabajando codo con codo con los vecinos y vecinas, con las oenegés, a los cuales toda esta amalgama de desinformadores y de bulos lo que hacen es señalar injustamente. Bueno, todos somos Estado..."

 


     El discurso, traducido a lengua de signos expresivamente, comienza con la afirmación de que "El Estado somos todos. Estamos viendo ahora mismo algunas campañas en redes sociales de que "solo el pueblo ayuda al pueblo". El Estado somos todos. Lo es la gente que  trabajando en una empresa privada paga sus impuestos, son los empresarios también que pagan sus impuestos para que precisamente, ante situaciones como esta el Estado responda de manera eficaz y de manera equitativa... Yo recuerdo durante la pandemia..." 

 

   Quizá a quien habría que aplaudir en todo caso es a los voluntarios anónimos, no a los servidores públicos y a las oenegés que brillaron por su ausencia, así como a las autoridades que, como usted, salieron corriendo. No, señor presidente, todos no somos Estado: unos, como usted, lo son más que otros, otros que son, que somos, menos Estado y más pueblo indefinido. 

domingo, 12 de noviembre de 2023

Pareceres (XXXII)

156.- ¿Estado laico? ¿Qué quiere decir "laico"? La palabra procede del griego λαϊκός laïcós, que propiamente significa “relativo o concerniente al pueblo”, formada como está sobre el sustantivo λαός “pueblo”.  Nos llega  a través del latín tardío laicum, que origina dos términos castellanos: por un lado el cultismo 'laico' y por otro la palabra patrimonial 'lego'. La docta Academia define laico como“que no tiene órdenes clericales” y también “independiente de cualquier organización o confesión religiosa”, y el vulgarismo 'lego', que añade al significado anterior una segunda acepción derivada de la cultura del estamento clerical que es “falto de instrucción, ciencia o conocimientos”. Es esta la acepción que más predomina en español actual. Se dice que uno es lego en una materia, o sea, inexperto, desconocedor, no instruido. La expresión "estado laico" sería, en este sentido, un estado que no depende de ninguna organización religiosa, pero desde el punto de vista etimológico, sería un 'estado popular', una contradicción en sus términos: Estado y pueblo no pueden conjugarse. Pretender que un Estado sea popular es imposible: El Estado se define como el yugo que se le impone al pueblo para su sumisión o que éste se autoimpone en estos tiempos democráticos que corren. Lo auténticamente popular o laico en el sentido etimológico de la palabra sería que no hubiera ninguna forma de Estado, ni confesional ni aconfesional o laico. 
 
  
157.- El carácter sagrado del dinero. Los templos antiguos, según la tesis del injustamente olvidado Bernhard Laum (1884-1974), fueron los primeros bancos que tenían grandes reservas de metal procedentes de las ofrendas a los dioses. Allí surgió el cuño que garantizaba con su sello la pureza y el peso, indicando propiedad sobre los esclavos, los caballos, el ganado... Era la marca de posesión. El cuño indica que la moneda pertenece al dios. Todas las monedas antiguas llevaban la imagen de un dios o de un símbolo sagrado relacionado con la divinidad. El lazo entre la moneda y la religión es evidente. La imagen del soberano en la moneda es el símbolo de la autoridad monetaria del Estado. El soberano aparece en la moneda como divinidad, y de este modo el carácter sagrado de la moneda no es modificado. Hay una secularización. En Roma la remuneración de las tropas es esencial: la soldada militar era el pretexto principal de la emisión de la moneda. Pero la moneda romana es una moneda ya secular, a diferencia de la griega. No se halla ningún motivo sagrado en la moneda fiduciaria romana... Pero eso no prueba que el principio de sustitución, que es la base de todo nominalismo, no haya salido, en resumidas cuentas, de la esfera religiosa. Esta última se ha secularizado simplemente en el curso de su evolución, y ha sido utilizada por el Estado con fines puramente profanos, no ya religiosos en el sentido estricto del término. Grecia es el origen, y Roma acaba el proceso. Para ambas la moneda es un producto del Estado, y sirve ante todo a sus intereses. 
 

 
158.- La moral identitaria. Rafael Sánchez Ferlosio definió la exaltación de la identidad, que alaba lo propio y rechaza lo ajeno, con lo que él denomina “la moral del pedo”. Esta moral pedorra y farisaica puede aplicarse a todas las identidades, y especialmente a las nacionales y al nacionalismo. Savater alude a la moral del pedo ferlosiana como “ese hálito que no nos molesta salvo cuando es ajeno”. Puede aplicarse esta moral, a demás de a la identidad,  a nuestras opiniones, que consideramos tan intrínsecamente nuestras, tan propias, que se las ofrecemos a los demás como el niño pequeño que en su etapa anal les muestra orgulloso sus heces a sus padres, después de haber defecado en el orinal, como el más precioso regalo que puede ofrecerles. Recojo la definición de Ferlosio: A la moral de la identidad, en fin, acaso el nombre científico que mejor le cuadre sea el de «moral del pedo», pues la condición particular del pedo es tal vez la figura más capaz de definir con plena exactitud la situación, en la medida en que la escrupulosa selección de lo genuinamente propio y el riguroso rechazo de lo extraño por los que se distingue la actuación de la moral de identidad, en ninguna otra imagen podrían estar mejor representadas que en el pedo, a cuya esencia igualmente pertenece la rara condición de que nos complacemos en el aroma de los propios tanto como nos causa repulsión el hedor de los ajenos. (Rafael Sánchez Ferlosio. Ensayos II: Gastos, disgustos y tiempo perdido. Debate, Barcelona 2016). 
 

 
 159.- Bendito sea el dios que me libra de los otros dioses. Del poeta católico francés Paul Claudel (1868-1955), este fragmento de su oda Magnificat, contenido en Cinq Grandes Odes (1911) en el que da las gracias a Dios por haberle liberado de los falsos dioses, ídolos dice él, cuyos nombres escribe con letra inicial mayúscula y honorífica. Dice así: Bendito seas, Dios mío, que me has librado de los ídolos / y que haces que solo te adore a Ti, y no a Isis ni a Osiris, / ni a la Justicia, ni al Progreso, ni a la Verdad, ni a la Divinidad, ni a la Humanidad, ni a las Leyes de la Naturaleza, ni al Arte, ni a la Belleza... Pero no debe escapársenos que esa virtud liberadora que el poeta francés le concede a Dios, y que es notable en el caso de los modernos dioses laicos como el Progreso, o la Humanidad, o la Naturaleza, que cita, -quizá le falta la Ciencia- no nos libera de la mayúscula honorífica del nombre común ascendido a nombre propio que es Dios, que encarna a todos los otros dioses e ídolos, tanto a los paganos como a los laicos, y sobre todo al que en la lengua del Imperio, por algo será, se escribe con mayúscula, capitalizándose, que es I (yo), el último reducto de Yavé. 
 
 
160.- Ultima ratio regum: ¿Cuál es el último argumento (o razón) de los reyes y príncipes de este mundo? ¿Cuál será la última y más extrema medida para que los gobernantes puedan gobernar y mantenerse en el gobierno? Luis XIV, el Rey Sol, hizo grabar ese latinajo en la fundición de sus cañones, con lo que daba a entender así bien a las claras que eran las armas de fuego en general el recurso y sustento último que tenía el Poder que él encarnaba en la monarquía, pero vale lo mismo para los regímenes republicanos, cuando han agotado otras vías más pacíficas de resolución y de creación de conflictos, como las políticas de la diplomacia y el buen gobierno (que se llama así porque hace que parezca buena la existencia del gobierno si no se utiliza la fuerza de las armas). La última razón del poder establecido es la administración violenta de la muerte. Las armas, pues, y los ejércitos que las utilizan en las guerras son el último recurso (pero por eso mismo también el primero) para resolver los conflictos, porque cuando no son un hecho son como la espada de Damoclés una amenaza que pende sobre las cabezas de los súbditos. Un personaje de Calderón de la Barca lo proclama claramente: Que sepas que en la campaña / última razón de Reyes / son la pólvora y las balas.
 
 

lunes, 9 de octubre de 2023

La guerra saludable del Estado

    De alguna forma Randolph Bourne (1886-1918), del que hablábamos aquí, fue un escritor maldito, no sólo por su aspecto físico de fácil caricatura debido a su baja estatura,  rostro deformado por los fórceps en el parto, y jorobado, como consecuencia de la tuberculosis vertebral que padeció a los cuatro años, sino sobre todo por su firme postura contracorriente opuesta a la primera guerra mundial, que lo enfrentó a casi todos los intelectuales norteamericanos tanto progresistas como conservadores, que apoyaban la participación de su país en la guerra que había estallado en Europa y que iba, según creían, a poner fin a todas las demás, actitud antibelicista por la que fue marginado y lo expulsaron de los medios progresistas, que rompieron definitivamente con él, cada vez más aislado y marginado, cuando, en abril de 1917, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania y se unió a la Triple Entente. 
 
Randolph Bourne
 
     Logró publicar algunos artículos en pequeñas revistas como The Seven Arts, que tuvo que cerrar al año de fundada, o The Masses, que fue clausurada bajo la acusación de poner trabas al reclutamiento militar obligatorio. 
 
    El 22 de diciembre de 1918, apenas un mes después de finalizado el conflicto bélico, Bourne moría a los 32 años de edad víctima de la epidemia de la llamada gripe española provocada por la guerra a la que tan implacablemente se había opuesto. 
 
    En este apasionante alegato, que cautivó a John Dos Passos, Lewis Mumford o Noam Chomsky, el Estado se quita su máscara pacifista y muestra su verdadero rostro beligerante, que se sirve de la guerra para extender su dominio sobre otros Estados y para aplastar toda disidencia interna con leyes de excepción que acaban normalizándose. Bourne hace un análisis mordaz de cómo el intelectual progresista americano, aliándose con las fuerzas más reaccionarias, abandona su pacifismo e internacionalismo y pasa a defender una guerra humanitaria que se hace en nombre de la democracia, de la libertad y de la propia paz, y muestra la esencia totalitaria del Estado que impone un único discurso y pensamiento. 
 
    La denuncia de Bourne, viniendo a nuestros días, sigue viva más de un siglo después: tras el inicio de la invasión rusa de Ucrania, hemos visto cómo se fabricaba un relato único y un consenso a todos los niveles y se imponía una censura a todo asomo de crítica en torno al apoyo militar a Ucrania. Nadie defiende una solución diplomática y pacífica del conflicto: hay que responder militarmente a la intolerable agresión militar.  Políticos e intelectuales que habían criticado el imperialismo yanqui y habían dicho "No a la guerra" en otras ocasiones respaldaban ahora el envío de armas al gobierno de Zelensky, y lo recibían a este con las manos abiertas: un actor títere que viste siempre de soldado y que se pasea por todo el mundo impunemente reclutando dinero y armas para enviar a su pueblo al cementerio. 


     Sin embargo, esta unanimidad resultaría incomprensible sin el fenómeno de la guerra al virus declarada previamente por la OMS y seguida por casi todos los gobiernos desde marzo de 2020. Recordemos aquellas proclamas: “Lo paramos (al enemigo, que era el virus) unidos, detener el coronavirus es responsabilidad de todos y todas. Si te proteges tú, proteges a los demás”. No podía haber fisuras, había que unirse contra el enemigo, que era la encarnación del mal, como enseguida pasó a serlo Putin, el zar democrático de Rusia. Se puso en marcha la propaganda de guerra: censura de los fact-checkers, intoxicación informativa... 
 
    El impulso gregario que, en palabras de Bourne, alienta el Estado con el sostén de los intelectuales para aplacar el menor signo de disidencia, encontró en la pandemia su mejor plasmación: esta, y no otra, era la inmunidad de rebaño que perseguían quienes nos gobiernan, que, como señala con mucho acierto Giorgio Agamben, pretende instalarnos en un estado de excepción permanente. Y de la pandemia hemos pasado al apoyo incondicional a Ucrania que ni siquiera ha sido objeto de debate en las recientes elecciones españolas, donde todos los partidos, tanto del gobierno como de la oposición, igual que en la pandemia, están de acuerdo y no ponen trabas al apoyo a Ucrania.  
 
    Hay que saludar la traducción al castellano de La guerra es la salud del Estado de Randolph Bourne, que publica entre nosotros ediciones El Salmón.

lunes, 31 de julio de 2023

El Estado es la guerra (Bourneana)

El escritor norteamericano Randolph Bourne (1886-1918) expresó como nadie mediante la fórmula «la guerra es la salud del Estado» cuál era la esencia del Estado.
 
 
Nunca se comprende del todo bien que la guerra es una función de los Estados y no de los pueblos gobernados; de hecho, es la función principal de los Estados.
 
No hay un movimiento contra la guerra porque la guerra es la salud del Estado, porque la guerra engorda al Estado, porque el Estado protector es beligerante.
 
El Estado está íntimamente ligado a la guerra, pues es la organización de la comunidad arrebañada para actuar políticamente frente al enemigo real o imaginario.
 
 
 La guerra aumenta el poder estatal, merma las libertades individuales y convierte como por arte de magia la excepción en la regla, lo coyuntural en permanente.
 
«Tenemos la desgracia de nacer no sólo en un país sino en un Estado, y según crecemos aprendemos a mezclar los dos sentimientos en una confusión desesperada».
 
Son los Estados los hacedores de la guerra pero no las naciones, o mejor: los Estados son beligerantes pero no así los pueblos que sufren los yugos estatales.
 
No en vano se considera al propio Estado como el Padre (patria) o la Madre (matria) protectores, y la relación con él se concibe en términos de afecto familiar.
 
 
La bandera no es un símbolo del país como grupo cultural con ciertas normas comunes de vida, sino un simbolismo político del Estado y estandarte de la guerra.
 
La bandera, junto con el himno, el escudo y la fiesta nacional son los símbolos místicos del Estado, pero nunca del pueblo organizado políticamente y subyugado.
 
 Si la Iglesia era en otro tiempo el medio para lograr la salvación espiritual, el Estado es pensado como el medio para lograr la salvación política del hombre.
 
El Tío Sam es un símbolo de autoridad protectora, y la figura de la madre como enfermera aparece en muchos carteles de la Cruz Roja al servicio de la guerra.
 
 
  La guerra es el sostén del Estado: guerra al Enemigo, ya sea éste otro estado rival o ya sea el terrorismo, la pobreza, los virus, las calenturas del planeta...

lunes, 19 de junio de 2023

El Estado es el enemigo del pueblo

    Los líderes ejercen el Poder. Resulta ridículo distinguir, como algunos pretenden, entre líderes positivos y negativos, entre buenos y malos gobernantes, como si el hecho de que hubiera mandamases fuera algo neutro, ajeno a las categorías morales del bien y del mal, categorías que solo tendrían sentido para juzgar sus acciones, no su existencia.   

    El líder positivo sería aquel que, por su visión, por las virtudes que cultiva, por el ejemplo que da a los demás sirve al bien común. El líder negativo, por el contrario, sería el que dirige a la sociedad hacia fines destructivos distorsionando todos los lazos sociales, actuando en beneficio propio o del medio al que pertenece, con lo que la democracia se convertiría en la dictadura individual u oligárquica más perfecta que no sería sentida como tal. 

Saturno devorando a un hijo, Rubens (1636)
 

    Hay quien dice que malos líderes los ha habido siempre, como siempre ha habido malos padres. Pero así como algunos justifican la existencia de los padres como una institución natural, vamos a decirlo así, valga la expresión, no se puede decir lo mismo de los líderes, que son una imposición social completamente innecesaria que no viene dada por ningún derecho natural. 

    El hecho de que los líderes políticos, una vez acabado su mandado gubernamental, migren al mundo de los negocios a través de lo que se ha dado en llamar puertas giratorias (traducción del inglés revolving doors) es bastante significativo, y revela la íntima relación que hay entre el Estado o sector público y el Mercado o sector privado, las dos caras de una misma moneda.

    El concepto de Estado, es cierto, siempre ha sido difícil de comprender, en sí mismo y en su relación con la sociedad. Antiguamente, apenas se distinguía de este último. Hoy el Estado es percibido, y experimentado, como una supraestructura separada de la realidad, que reúne en diferentes niveles a tecnócratas que alimentan un sistema en expansión y que viven de la vampirización del cuerpo social. 

Saturno devorando a uno de sus hijos, Goya (1823)
 

    El Estado democrático, que es la forma más perfecta de Estado, se ha convertido, con la ayuda poderosa del economicismo y el tecnocratismo, en ese cuerpo extraño que Bertrand de Jouvenel ya describió, contra la definición de Luis XVI (L'État, c'est moi: El Estado soy yo) con esta fórmula lapidaria: “el Estado son ellos”: L'État, c'est eux. Se refiere, sin duda, a los funcionarios del Estado, como si la cosa no fuera con todos y cada uno de nosotros: pero todos somos de algún modo funcionarios del Estado, es decir, de nosotros mismos, porque nosotros también somos el Estado: ese 'ellos' de Bertrand de Jouvenel somos nosotros mismos

    El Estado es el monstruo más frío de todos los monstruos, como dijo Nietzsche, cuya mentira radica en que quiere hacerse pasar por el pueblo, al que pretende sustituir. Eso que Nietzsche denomina “pueblo” hoy recibe el eufemismo de “sociedad civil”. Y es tal el divorcio existente entre los políticos profesionales y el común de los mortales, que los primeros se sienten como que no forman parte de la sociedad civil, de la que son ajenos.

    El Estado se ha convertido en un enemigo, incluso en el Enemigo por excelencia, el enemigo público número uno, el enemigo del pueblo. El Estado, fundido indisolublemente con el Mercado a estas alturas -sector público y sector privado, como dicen los pedantes-, ya no es la solución de los problemas, sino el principal problema que tenemos. 

    No es el padre bondadoso, papá Estado, del que todo se espera, sino el mal padre, suponiendo que haya padres buenos y malos, como los líderes. Es el padre que nos ha dado la vida y que nos la quita, por eso mismo, porque tiene ius uitae necisque como el viejo paterfamilias de los romanos, como hacía Saturno devorando a los hijos que le nacían, según la mitología clásica. 

Mordedura de amor, Laurie Lipton (2002)
 

viernes, 17 de junio de 2022

No le deseo una identidad a nadie

    Amin Maalouf en Les identités meurtrières (1998) señalaba el peligro de que la identidad mate la vida que hay por debajo de ella, calificando la identidad de 'asesina' (meurtrière, en francés), un concepto que moviliza a muchos individuos y colectividades que la reivindican sin embargo.
 
 
 
     Una máxima anarquista popular muy celebrada, a semejanza de “No le deseo un mal a nadie” reza, “No le deseo un Estado a nadie”. Sirvió como título del libro colectivo sobre el conflicto catalán que publicó la editorial Pepitas de calabaza en 2018, firmado por Tomás Ibáñez, Santiago López Petit y Miquel Amorós entre otros. La frase ácrata contra el Estado puede perfectamente reescribirse de un modo más general como “No le deseo una identidad a nadie”, como ha hecho recientemente el artista Esteban Urenda en su exposición titulada 'Ser / Yo / La muerte" creando retratos pictóricos a modo de collages, que recuerdan a veces la técnica cubista, donde no se tienen en cuenta el sexo ni fisonomía individual del rostro retratado, sino sólo diversos y contrapuestos rasgos fragmentarios. 
  
Esteban Urenda (2021)

    Pero en la lucha contra las identidades asesinas -y todas lo son a su modo- topamos con la resistencia de muchas identidades tanto personales como sociales que quieren poner de relieve su condición marginada o poco visibilizada, reivindicando sus señas de identidad o idiosincrasia, es decir, el conjunto de rasgos particulares distintivos y propios que caracterizan a un individuo personal o a una colectividad como diferentes de los demás, para armar y justificar de ese modo su existencia. 
 
    Alguien dijo alguna vez, no recuerdo quién ni dónde lo leí, que la identidad era una conversación siempre inacabada e interminable, una conversación que no tenía conclusión. La palabra identidad, hoy tan en boga no solo por la exigencia española de la posesión de un Documento Nacional de Identidad, para los mayores de 14 años (las tiernas criaturas, afortunadas ellas, están exentas de él todavía, aunque si son menores de esa edad pueden solicitarlo voluntariamente), sino también por las reivindicaciones identitarias tanto individuales como colectivas, es, sin embargo, una palabra relativamente reciente. No está atestiguada en castellano hasta el siglo XV. Es de origen latino, pero ni siquiera es latín clásico, sino eclesiástico y tardío. 
 
Esteban Urenda (2021)
 
    El término identitas identitatis, en efecto, es un neologismo formado a partir de idem, que significa 'el mismo', formado a su vez a partir is + dem ('este precisamente', siendo -dem una partícula de insistencia, enfática o redundante, que significa 'precisamente') sobre el modelo de entitas entitatis (que significa 'entidad', y es palabro mucho más reciente en castellano, formado en latín sobre ens entis,  el participio de presente tardío e inexistente en latín clásico del verbo ser, a imagen del griego ὤν ὄντος) para traducir el griego ταὐτότης cuya invención hay que atribuirle probablemente a Aristóteles, término que emplea tanto en su Metafísica  como en Ética a Nicómaco, y que nos lleva a la formulación tautológica del principio de identidad de que una cosa es igual a sí misma. El origen del término, es por lo tanto, bastante académico, culto y restringido.
 
    Sin embargo el término se ha popularizado. Se decía en 1951, cuando se estrenó el DNI, el popular carné de identidad, reencarnación de la antigua 'cédula personal', que te daban un “número que te valía para toda la vida”. El número 1 fue a parar al entonces dictador y Jefe del Estado Francisco Franco. Y recientemente se ha llegado hasta el DNI electrónico. El caso es que el término «identidad» ha experimentado en nuestros días, al margen del mundo académico en que surgió, un asombroso incremento. Podemos oír, en el plano personal, que uno debe ser uno mismo y ser fiel a sí mismo no traicionándose, que uno tiene que luchar por mantener su propia identidad personal contra viento y marea, pero también es muy frecuente oír, en el terreno político, que hay que defender la identidad cultural cántabra, por ejemplo, en estas tierras montañesas, o ucraniana, o paquistaní, o la que sea,  frente a quienes intentan ningunearla o destruirla. 
 
Esteban Urenda (2021)  
 
    El término se explota, pues, desde el campo psicopedagógico hasta el político como una bandera que hay que enarbolar y que, como toda bandera, justifica la implantación de un Estado, de ahí la relación que establecíamos al principio entre la máxima ácrata de “no le deseo un Estado a nadie” con “no le deseo una identidad a nadie”, que no son ambas más que un reflejo de "ningún mal a nadie le deseo" .
 

lunes, 2 de mayo de 2022

Lealtad a la Bandera

    Se lamentaba Jordan Henderson en el artículo que publicaba en Off-Guardian de que la Iglesia y el Estado hubieran eclipsado, dice él, el verdadero valor del cristianismo.

    Relaciona el artista en su último trabajo, que se llama precisamente Eclipsado, el Juramento de Lealtad a la Bandera, que es un ritual de sumisión al Estado y una declaración ceremonial de creencia y fe en sus autoridades, extremadamente común en los Estados Unidos, especialmente en las escuelas y en reuniones gubernamentales y comunitarias, con la sumisión de las iglesias cristianas a las mismas autoridades sanitarias del gobierno en su lucha contra la supuesta pandemia de virus coronado, por lo que el personaje que hace el juramento con la mano en el pecho lleva una mascarilla con las barras y estrellas del pendón americano, que aparece por su parte en primer plano con una calavera y dos espadas entrecruzadas.

Eclipsado, Jordan Henderson (2022)
 

    El texto del juramento es el siguiente: I pledge allegiance to the Flag of the United States of America, and to the Republic for which it stands, one Nation under God, indivisible, with liberty and justice for all: Juro lealtad a la Bandera de los Estados Unidos de América y a la República que representa, una Nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos.

    Con este juramento los norteamericanos prometen lealtad a la bandera, que es el símbolo del Estado, un Estado que es gobernado por el Dios de su billete de dólar: in God we trust. El Juramento de Lealtad es un acto de fe, como la Jura de Bandera de los reclutas españoles tras el período de instrucción cuando cumplían el ominoso servicio militar. Ese dios que preside su nación no puede ser otro que el viejo Mammón, que es el de la principal religión monoteísta del mundo, cuyo templo más importante se halla hoy por hoy en la ciudad santa de Nueva York, y en las Bolsas, sus principales sucursales. Mammón es, al parecer, una palabra aramea que significa ‘dios de la avaricia’, representado como un demonio que personifica uno de los siete pecados capitales, la avaricia precisamente o el deseo insaciable de más dinero  (auaritia en latín, πλεονεξία, pleonexía en griego). 

El culto a Mammón, Evelyn de Mongan (1909)
 

    Pero este Mammón, o Don Dinero, que diría Quevedo, no es sólo un poderoso caballero, sino que es el más poderoso de todos los caballeros, el único dios verdadero: Herr Kapital.

    No es extraño ver la bandera del gobierno federal de los Estados Unidos ondeando en las iglesias evangélicas, por lo que no le sorprende al pintor que cuando el gobierno ordenó a los templos que cerraran sus puertas en cumplimiento de los preceptos sanitarios, la mayoría lo hiciera al fin sin rechistar.

    Los cristianos, como se sabe, fueron perseguidos en la antigüedad por negarse a participar en el culto del Imperio Romano a sus emperadores divinizados. Sin embargo, hoy en día muchos cristianos no ven ningún conflicto de intereses en ofrecer su lealtad a la bandera del Imperio de los Estados Unidos. Las iglesias se han plegado a los dictados sanitarios, tapando las pilas de agua bendita a la entrada de los templos, advirtiendo a los fieles de que no asistieran a misa, que la vieran televisada, como aconsejó Su Santidad el Papa en la celebración de la Misa de Pascua, poniéndose todos los sacerdotes mascarilla, cerrándose los templos a cal y canto y dejando de sonar las campanas que llamaban a los feligreses; y, cuando se abrieron, se rogaba que los que asistían no se sentaran juntos, no fueran a contagiarse, o, simplemente, que no se dieran la paz como hacían antes. 

    Los primeros cristianos se daban un beso, el beso de la paz (osculum pacis). Era una práctica común de las primitivas comunidades cristianas que llegó a convertirse en un rito litúrgico. El apóstol Pablo habla del "beso santo" en varias ocasiones: un beso casto en la mejilla entre varones o entre mujeres. Salutate fratres omnes in osculo sancto: Saludad a todos los hermanos con un beso santo.  Nada impedía, por otra parte, que el beso se diera en los labios. En la misa católica, los fieles se dan la mano y de ese modo se dan la paz. Sin embargo, a causa de la contingencia del virus coronado se desaconsejaron las interacciones personales físicas (sic) en la vida cotidiana por razones sanitarias: ni abrazos, ni besos ni apretones de manos. 

Nuevos y ridículos saludos contactless de los caballeros con la mano en el pecho.

    En el nombre de la Ciencia es ahora mejor pretexto que “En el nombre de Dios”, pero los cristianos siguen siendo importantes apologistas de los poderosos. La ciencia ha superado claramente al cristianismo por lo que las élites la utilizan para hacer 'razonable' su dominio. 

Su Santidad el Papa besando la bandera azul y amarilla de Ucrania. 
 

    La Iglesia, por boca del Papa, bendijo a la industria farmacéutica afirmando que la vacuna era un acto de amor, y, para colmo, ahora que ha desaparecido la misteriosa pandemia gripalizándose, o ha pasado a un segundo plano, vemos al mismo vicario de Cristo besando la bandera de Ucrania. ¿Bendecirá también Su Santidad las armas de destrucción masiva, las famosas weapons of mass destruction, que envía la Unión Europea a ese país para defender esa sacrosantísima bandera?