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jueves, 21 de marzo de 2024

Oyendo una canción con los ojos cerrados

    Una de las más bellas canciones, de las muchas que nos dejó el llorado Luis Eduardo Aute, es Queda la música, cuya letra, ante la contemplación de una vieja fotografía de juventud, acierta a decir lo siguiente: 
 
 
Miro el instante que ha fijado la fotografía / (...) /
 Nada queda en ese trozo de papel, todo es alquimia. / Veo que es la prueba más veraz de que todo es mentira. / Esos rostros ya no llevan nuestros nombres. / Son dos máscaras perdidas en la noche. 
 
     Pero frente a esa constatación, el estribillo viene a consolarnos con su alegre melodía y su “queda la música” asociado a ella. 
 
    La fotografía que inmortalizó aquel instante para la eternidad lo mató para siempre. La cámara fotográfica es una metáfora de la pistola: disparó una bala. Ahora que está mal vista como cosa paleolítica la caza de animales salvajes, la fotografía viene a sustituir a la escopeta en los safaris fotográficos. La fotografía ha inmortalizado el instante, lo ha matado. Por eso, como escribe Susan Sontag, todas las fotografías son un memento mori. Pero frente al imperio de la imagen que no refleja la realidad sino que, al contrario, aspira, invirtiendo el proceso, a que la realidad se acomode a ella, nos queda el sonido, la palabra y su música, que nos entra por el oído, y nos hace cerrar los ojos y soñar, y sugerir no una sino mil imágenes.
 
    Hay una escena, precisamente, en la película Cerrar los ojos de Víctor Erice (2023) que resulta muy significativa. Un célebre actor español, Julio Arenas, interpretado magistralmente por José Coronado, desaparecido misteriosamente, es dado por muerto pese a que nunca se encontró su cadáver. Años después, su íntimo amigo, el director Miguel Garay, interpretado por Manolo Soto, se reencuentra casualmente con él, y descubre que ha perdido la memoria y no sabe quién es. 
 

    Miguel le pregunta si no le conoce, y él le responde que no, que no sabe, que cree que no. Miguel empieza entonces a hacer nudos marineros y descubre cómo Julio los hace y deshace inconscientemente. Como música de fondo se oye durante toda la escena el vaivén de las olas del mar.
 
 
    -¿Dónde has aprendido a hacer esos nudos? -Le pregunta. 
    -Me salen solos. 
  -¿Sabes cómo se llaman?... Nudos marineros. Tú y yo los aprendimos en el mismo sitio. (Le muestra entonces  una fotografía en blanco y negro y le dice).
 
 
    -¡Mira! Marineros de primera. En El Rayo, nuestro barco. Es el nombre que hay en la cinta de los lepantos. 
    -¿Lepantos? 
    -Sí, eso que llevamos en la cabeza. ¿Qué dice ahí? “Destructor Rayo”. Este es Miguel Garay, que soy yo. Este es Julio Arenas, que eres tú. 
    -Ese no soy yo, no. (Mira entonces a su amigo y le dice): Y este otro tampoco eres tú... No soy yo.
 
    Julio le dice que esos no son ellos: ni él ni su amigo. Y lo que está diciendo es verdad. Pero ambos tienen razón: son ellos y no son ellos. Son, porque lo fueron y eso constituye su identidad, y no lo son porque su identidad no es verdadera. Lo que viene a decirle Julio a su amigo es, como cantaba Aute:
 
  Creo, que tú y yo no somos más que dos desconocidos, / Otros, dos extraños que en el tiempo se han hecho asesinos / De esos dos niños de la fotografía / Que, abrazados, van bailando por la vida.

miércoles, 6 de marzo de 2024

Pareceres XLII

206.- Omnia sint communia: Las cosas deberían ser de todos, comunes, y por lo tanto no exclusivas de nadie, ni siquiera de su supuesto creador ni propietario. Nosotros también hacemos una declaración de principio en contra de la piratería, como los corsarios de la Sociedad General de Autores, pero por otro motivo: porque estamos en contra de la propiedad privada, ni más ni menos. Toda propiedad es un robo y, consiguientemente, todo acto de piratería también. 
 
 207.- El argumento de René Guénon. Razonaba René Gnénon en La crise du monde moderne (1927) que si definimos la «democracia» como suele hacerse, es decir, como el gobierno del pueblo por sí mismo, nos encontramos ante algo en verdad imposible, algo que no puede existir ni en nuestra época ni en la Grecia de Periclés. Es contradictorio admitir que unas mismas personas pueden ser a la vez gobernantes y gobernadas, porque, por emplear el lenguaje aristotélico, un mismo ser no puede ser en acto y en potencia lo mismo al mismo tiempo y en la misma relación. Podría objetársele al razonamiento de Guénon que habría una forma de resolver la contradicción entre gobernantes y gobernados, que sería el autogobierno o autonomía individual: es decir que uno se gobierne a sí mismo sin admitir ninguna imposición externa por encima, pero eso conlleva que uno se divida internamente en gobernante y gobernado (el Superyó gobernando al Ello en términos psicoanalíticos), lo que lejos de acabar con el gobierno, lo traslada del ámbito social al individual. La única solución que resolvería la dicotomía gobernante/gobernado sería la acracia definida negativamente como ausencia de gobierno de ninguna voluntad, ni siquiera de la propia, como en aquellos versos de Agustín García Calvo que cantaba Amancio Prada (y María Jiménez con mucho salero): Libre te quiero, pero no mía, ni de Dios ni de nadie, ni tuya siquiera. 
208.- Un suceso. La palabra significa “cosa que sucede, especialmente cuando es de alguna importancia”. La palabra en principio es neutra, pero puede adquirir una connotación positiva, como ya tenía en latín “successus” que podía significar 'éxito', sentido que conserva en francés (succès) y en inglés a través del francés (succes), o una connotación negativa como tiene generalmente en castellano, donde significa “hecho delictivo” y “accidente desgraciado”. Pues bien, el suceso que traigo aquí a colación, digno de la prensa sensacionalista, es muy significativo: una mujer apuñala a su esposo porque descubre que él guarda en su móvil fotos explícitas de una joven con la que practica sexo. La mujer, presa de un ataque de celos, no quiso atender las explicaciones de su esposo cuando le dijo que era ella misma cuando empezaron a salir, y le asestó varias puñaladas con un cuchillo. Leonora, que así se llamaba, no se reconoció a sí misma en aquella otra Leonora juvenil, antepasada suya, y arremetió contra su cónyuge. Los vecinos, alarmados por el altercado, llamaron a la policía. El hombre fue atendido en el hospital con diversas heridas de arma blanca y la mujer pasó a disposición judicial. Sucedió en México, en Cajeme en el estado de Sonora hace tres años. El suceso debería hacernos reflexionar sobre si somos nosotros o no somos y dejamos de ser los mismos que éramos... 
  209.- Verificación de dichos y hechos: En las redes sociales se ha difundido que el director general de la OMS habría declarado que los medios independientes deberían ser “eliminados” (wiped out) antes de que llegue la enfermedad X. Es mentira. Se trata obviamente de un bulo. No es cierto que el gerifalte que regenta dicha Organización Maléfica de la Salud haya declarado tal cosa. No lo ha dicho, aunque no podemos estar seguros de que no lo haya pensado en algún momento, habida cuenta de las críticas que recibe su gestión y el autoritarismo totalitario que pretende su tratado de pandemias con motivo de la enfermedad X que no existe todavía y que pretende imponer a la comunidad de las naciones. No lo ha dicho, pero lo ha pensado porque las críticas, vengan de donde vengan, le hacen daño y pueden arruinarle el invento. Y eso sí que no es un bulo.
 
210.- ¿Teléfono fijo o móvil? ¡Hay que ver cómo nos engañamos con el lenguaje! Resulta que el teléfono inalámbrico que llamamos móvil es el más fijo que puede haber porque cargamos casi siempre con él, adherido tanto a nosotros que lo llevamos encima hasta cuando vamos al retrete. Es un miembro más no ya de nuestra familia como era el otro, sino de nuestra personalidad y anatomía individual, un adminículo personalizado de nuestra propia mano, que además, con la conexión a internet, nos hace adictos y enreda, nunca mejor dicho, a la Red Informática Universal y a sus retículas sociales. Y el teléfono alámbrico tradicional, que ahora llamamos “fijo” por contraposición al móvil o celular, tenía la virtud de no adherírsenos a nosotros. No era desde luego tan smart como este que, a fuerza de inteligencia artificial, nos atonta a nosotros e idiotiza con sus imágenes. No había que llevarlo encima a todas horas, porque estaba siempre en casa, enchufado a la pared, dejándonos a nosotros la libertad del movimiento que él no tenía. No consumía batería ni electricidad ni tenía complicadas aplicaciones y su mecanismo era más sencillo que el de un chupete. Cuando alguien te llamaba emitía un rin-rin inconfundible, y si no querías contestar no lo hacías y nadie sabía al otro lado de la línea si era porque no estabas en casa o porque no te apetecía.
 

jueves, 28 de diciembre de 2023

Más mensajería

 Hemos asistido estupefactos a la incorporación femenina a tareas antaño masculinas -el trabajo, la guerra y la política- so pretexto de liberación de la mujer.
 
La sociedad tripartita medieval compuesta de agentes masculinos -laboratores, bellatores y oratores- se agranda ahora con laboratrices, bellatrices y oratrices.
 
 oOo
 
 El mundo está en guerra... Europa está en guerra... España está en guerra... Todos los estados del universo mundo están en una guerra perpetua contra el pueblo.
 
Si se va en son de paz, va uno desarmado y con bandera blanca, negación de la bandera, pero el Gobierno envía armas y tropas al frente en misión "humanitaria".
 
 Vuelve la guerra tradicional con su propaganda bélica y sus bombas, tanques, aviones y ahora drones. Heridos y muertos yacen entre los escombros por doquier.
 

El Estado de Israel aprendió la lección alemana de la Endlösung, y ya aplica en Gaza y en Cisjordania su Solución Final al problema palestino: el exterminio.

 
 Querían en su lucha contra el terrorismo librar del mal al mundo, por lo que muchos veteranos de vuelta a casa tomaron, consecuentes, la decisión de suicidarse.
 

oOo
 
Unos murieron y otros, enfermados por el suero contra el virus que iba a salvarnos, son intimidados para que guarden silencio sepulcral: no es por la vacuna... 
 

El periodismo como forma de terrorismo: El repunte infeccioso del cóctel de virus respiratorios coincidente con baja vacunación tensiona los centros sanitarios.

 
De 'Bienvenido al mundo" de Miguel Brieva (2007)

 El Ministerio de Sanidad del Gobierno de las Españas recomienda -¡mientras se quede ahí! -el uso de mascarilla ante el repunte de enfermedades respiratorias.
 

  No me explico cómo Nigeria con pocas restricciones y la tasa de vacunación mínima tuvo una mortalidad tan baja, pero no soy  Margarita del Val, o séase virólogo.

 
 oOo
 
Mejor que reivindicar una identidad que nos constriña como hacen todas, librarse de todas las identidades, jaulas definitorias que pretenden ser definitivas. 
 
 La filosofía capitalista del crecimiento infinito, continuo y acelerado enfocada al beneficio económico es la misma que tiene una célula cancerígena cualquiera.
 
 No hay pueblos, en plural, a pesar de las numerosas denominaciones de origen existentes, sino un único pueblo, en singular colectivo que no admite gentilicios.
 
  La religión criminales parió y despiadadas acciones (Lucrecio): Mucha de la peor violencia del mundo se ha cometido y comete en nombre de la fe o bajo su palio.  

domingo, 3 de diciembre de 2023

¡Nacionalistas!

    Caín es un pseudónimo tras el que se esconden el guionista Felipe Hernández Cava y el dibujante Federico del Barrio, quienes bajo esta firma hacen la viñeta diaria de opinión del periódico La Razón. Aunque, acosados por la actualidad y la realidad del momento así como por la ideología política de derechas del periódico en el que publican, incurren a veces en torpes caricaturas ideológicas, pero otras veces aciertan plenamente a expresar lo que es de sentido común, como por ejemplo una de las últimas viñetas, la publicada el 29 de noviembre del presente año, dedicada a Borges, en la que, haciendo un guiño a la teoría de la evolución de las especies de Darwin, un chimpancé le pregunta a otro: -Según el proceso evolutivo ¿qué nos corresponde ser ahora como primates? Y el otro le responde categórico: -Nacionalistas. 
 
 
    Si entendemos que la respuesta que da el mono de “nacionalistas” se entiende en su sentido más amplio, no refiriéndose solo al nacionalismo emergente o periférico -vasco y catalán principalmente en el caso español-, sino a cualquier nacionalismo en general, tanto a los establecidos como a los que pugnan por establecerse, estaríamos también atacando indirectamente el nacionalismo centralista o español que defiende el periódico por aquello de España “Una, Grande, Libre”.
 
    La sugerente dedicatoria a Jorge Luis Borges (1899-1986) nos pone sobre esa pista intelectual. El escritor argentino -uno no nace argentino, sino que se hace argentino, pero Borges se hizo universal desde Argentina- que nunca recibió el Premio Nobel de Literatura, según él, que era conservador, por razones políticas, se rebeló en efecto muchas veces contra la identidad en general, y contra la nacional en particular, sin olvidar nunca la rebelión primordial contra la identidad de la persona. Dijo, por ejemplo alguna vez, que el nacionalismo sólo permitía afirmaciones y "toda doctrina que descarte duda, negación, es una forma de fanatismo y estupidez". Y también se le atribuye el dicho que supongo que inspira la viñeta de Caín: "El vicio más incorregible de los argentinos es el nacionalismo, la manía de los primates". 
 
 
   Borges mostró la seriedad de sus convicciones antinacionalistas, cuando, escribe Mario Vargas LLosa en Borges Político,  burlándose de la guerra de las Malvinas entre el Reino Unido y la Argentina, la definió como “la pelea de dos calvos por un peine”. Se opuso a la dictadura nacionalista de Perón, denominando a los doce años que duró “años de oprobio y soberbia”, pero apoyó a dos de las dictaduras militares argentinas más sangrientas, la que derrocó a Perón y la de Videla, e incluso llegó a elogiar a Pinochet, el dictador chileno, lo que no congenia mucho con la opinión que dio de los regímenes dictatoriales: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez.
     
    El dogmatismo identitario es una de las principales herramientas de dominio no sólo político, sino también personal, que ha ido variando según el momento y contexto histórico y centrándose en el aspecto religioso, racial, sexual o nacional. El nacionalismo, por cierto, no deja de ser una ideología de sustitución que heredó muchos de sus elementos cuando la religión empezó a perder fuerza como generador de identidad colectiva. La identidad es una mentira necesaria que mana del hecho de que aunque consideremos que es una ficción, es decir que es siempre falsa porque no hay identidad verdadera que podamos conocer, su existencia es real y fundamental para el sostenimiento de la realidad. 


 
   Si intentamos sistematizar los rasgos, señas o ingredientes identitarios que configuran nuestra identidad individual o colectiva, nos encontramos enseguida con que atendemos solo a unas pocas categorías como, por ejemplo, raza, nación, religión, lengua o clase social, que cambian con el transcurso de los tiempos, y descuidamos otros ingredientes que pueden llegar a ser tanto o más significativos, como, por ejemplo, la generación a la que pertenecemos, hijos que somos de nuestro tiempo casi más que de nuestros padres, nuestro estado de salud, la profesión que ejercemos, los amores y los odios que conforman nuestros gustos, las opiniones que más que tenerlas nos tienen a nosotros, y las preferencias personales que profesamos o que no profesamos, porque los ingredientes identitarios no son solo importantes por su presencia, sino también cuando brillan por su ausencia; estar en paro, por ejemplo, o no ser partidario de ningún equipo de balompié ni interesarse siquiera por el deporte rey pueden suponer, en ciertos contextos, una parte esencial de la identidad de una persona. A Borges, por cierto, se le atribuye el dicho de que el fútbol era popular porque la estupidez era popular.

    Los nacionalismos, que Borges definía como “espectros colectivos”, son ideologías falsas -no vamos a decir irreales porque desgraciadamente son demasiado reales- en tanto en cuanto defienden, en palabras borgianas, “el prejuicio del que adolecen todos los hombres: la certidumbre de la superioridad de su patria, de su idioma, de su religión, de su sangre”. Cuando estos espectros colectivos o ficciones políticas e ideológicas alcanzan el poder institucional terminan contaminado la realidad y la vida de quienes quedan presos de sus delirios. Es absurdo, escribió, idolatrar a un adefesio porque es autóctono. 

 
    En «Historia de los ecos de un nombre», recogido en Otras inquisiciones, Borges evoca cómo, en sus últimos años de vida, Jonathan Swift «empezó a perder la memoria» y un día, loco y moribundo, le oyeron repetir la tautología divina «soy lo que soy, soy lo que soy».

viernes, 17 de junio de 2022

No le deseo una identidad a nadie

    Amin Maalouf en Les identités meurtrières (1998) señalaba el peligro de que la identidad mate la vida que hay por debajo de ella, calificando la identidad de 'asesina' (meurtrière, en francés), un concepto que moviliza a muchos individuos y colectividades que la reivindican sin embargo.
 
 
 
     Una máxima anarquista popular muy celebrada, a semejanza de “No le deseo un mal a nadie” reza, “No le deseo un Estado a nadie”. Sirvió como título del libro colectivo sobre el conflicto catalán que publicó la editorial Pepitas de calabaza en 2018, firmado por Tomás Ibáñez, Santiago López Petit y Miquel Amorós entre otros. La frase ácrata contra el Estado puede perfectamente reescribirse de un modo más general como “No le deseo una identidad a nadie”, como ha hecho recientemente el artista Esteban Urenda en su exposición titulada 'Ser / Yo / La muerte" creando retratos pictóricos a modo de collages, que recuerdan a veces la técnica cubista, donde no se tienen en cuenta el sexo ni fisonomía individual del rostro retratado, sino sólo diversos y contrapuestos rasgos fragmentarios. 
  
Esteban Urenda (2021)

    Pero en la lucha contra las identidades asesinas -y todas lo son a su modo- topamos con la resistencia de muchas identidades tanto personales como sociales que quieren poner de relieve su condición marginada o poco visibilizada, reivindicando sus señas de identidad o idiosincrasia, es decir, el conjunto de rasgos particulares distintivos y propios que caracterizan a un individuo personal o a una colectividad como diferentes de los demás, para armar y justificar de ese modo su existencia. 
 
    Alguien dijo alguna vez, no recuerdo quién ni dónde lo leí, que la identidad era una conversación siempre inacabada e interminable, una conversación que no tenía conclusión. La palabra identidad, hoy tan en boga no solo por la exigencia española de la posesión de un Documento Nacional de Identidad, para los mayores de 14 años (las tiernas criaturas, afortunadas ellas, están exentas de él todavía, aunque si son menores de esa edad pueden solicitarlo voluntariamente), sino también por las reivindicaciones identitarias tanto individuales como colectivas, es, sin embargo, una palabra relativamente reciente. No está atestiguada en castellano hasta el siglo XV. Es de origen latino, pero ni siquiera es latín clásico, sino eclesiástico y tardío. 
 
Esteban Urenda (2021)
 
    El término identitas identitatis, en efecto, es un neologismo formado a partir de idem, que significa 'el mismo', formado a su vez a partir is + dem ('este precisamente', siendo -dem una partícula de insistencia, enfática o redundante, que significa 'precisamente') sobre el modelo de entitas entitatis (que significa 'entidad', y es palabro mucho más reciente en castellano, formado en latín sobre ens entis,  el participio de presente tardío e inexistente en latín clásico del verbo ser, a imagen del griego ὤν ὄντος) para traducir el griego ταὐτότης cuya invención hay que atribuirle probablemente a Aristóteles, término que emplea tanto en su Metafísica  como en Ética a Nicómaco, y que nos lleva a la formulación tautológica del principio de identidad de que una cosa es igual a sí misma. El origen del término, es por lo tanto, bastante académico, culto y restringido.
 
    Sin embargo el término se ha popularizado. Se decía en 1951, cuando se estrenó el DNI, el popular carné de identidad, reencarnación de la antigua 'cédula personal', que te daban un “número que te valía para toda la vida”. El número 1 fue a parar al entonces dictador y Jefe del Estado Francisco Franco. Y recientemente se ha llegado hasta el DNI electrónico. El caso es que el término «identidad» ha experimentado en nuestros días, al margen del mundo académico en que surgió, un asombroso incremento. Podemos oír, en el plano personal, que uno debe ser uno mismo y ser fiel a sí mismo no traicionándose, que uno tiene que luchar por mantener su propia identidad personal contra viento y marea, pero también es muy frecuente oír, en el terreno político, que hay que defender la identidad cultural cántabra, por ejemplo, en estas tierras montañesas, o ucraniana, o paquistaní, o la que sea,  frente a quienes intentan ningunearla o destruirla. 
 
Esteban Urenda (2021)  
 
    El término se explota, pues, desde el campo psicopedagógico hasta el político como una bandera que hay que enarbolar y que, como toda bandera, justifica la implantación de un Estado, de ahí la relación que establecíamos al principio entre la máxima ácrata de “no le deseo un Estado a nadie” con “no le deseo una identidad a nadie”, que no son ambas más que un reflejo de "ningún mal a nadie le deseo" .
 

sábado, 26 de febrero de 2022

Sometidos a una identidad

    Ya casi nadie cree en la vieja Europa en la idea utópica de la emancipación social y el fin de la dominación del hombre por el hombre que predicaban el marxismo y anarquismo decimonónicos. Sin embargo muchos sustituyen el viejo credo por nuevas creencias y defienden a capa y espada lo que consideran la esencia de su propia identidad, o sea, lo que antes se llamaba idiosincrasia, ya sea nacional, sexual, lingüística, religiosa, étnica o de la clase que sea, sin percatarse de que no hay nada más opresor que la propia identidad, cualquiera que sea, por muy oprimida que haya estado o esté. 

    La antigua lucha por la justicia social se ha transformado en múltiples reivindicaciones por el reconocimiento de las identidades oprimidas, identidades que, una vez reconocidas, acaban convirtiéndose oficialmente en opresoras, víctimas que se trasforman en verdugos; pero que también, por el simple hecho de ser identidades, nos obligan a ser iguales a nosotros mismos, y, por lo tanto, nos esclavizan y privan de la libertad de no reconocernos en el espejo. 

    La identidad se ha convertido en un concepto abstracto que, buscando integrar a unas minorías, excluye a las mayorías, de forma que si alguna vez se enarboló como bandera para la liberación es hoy, como el DNI electrónico o digital, una camisa de fuerza, un arma de dominación, de sometimiento de esas mismas minorías a una categoría ideológica, a una casilla o compartimento estanco que se impone como un fetiche para que la defendamos como paladines, a fin de que se nos vaya la vida, ay, que se nos va, en ese empeño de defensa de etiquetas. 
    El carácter represor y no liberador de las identidades se percibe en la orden ejecutiva del policía que, identificado él por su uniforme y por su placa, que lo acredita como miembro de las fuerzas armadas y cuerpos represivos del Estado, nos detiene y nos exige que nos identifiquemos ante él: “Identifíquese”. 

    El principio de identidad suele expresarse A=A. Pero nada más formularlo caemos en la cuenta de que no puede ser verdad porque no podemos decirlo ni escribirlo sin que A, que era uno, se nos desdoble inmediatamente y se convierta en dos: A y A. 


    La lucha por la liberación consiste, por lo tanto, no en ser fieles a lo que somos defendiendo nuestras raíces y peculiaridades, no consiste en conocernos a nosotros mismos, empresa que se revela enseguida harto imposible, sino en desconocernos y liberarnos de nuestras señas identitarias, de nuestra propia identidad y del documento pertinente que la acredita. Deberíamos abandonar el viejo lema del oráculo de Delfos  de "Conócete a ti mismo" y sustituirlo por su contrario: ἀγνῶθι σεαυτóν: "Desconócete a ti mismo". Ni más ni menos.


viernes, 23 de abril de 2021

¿Quién soy yo?

    Érase una vez un beduino que recién llegado a Bagdad después de una larga travesía por el desierto y no poco aturdido por el gentío tropezó al doblar una esquina con otro beduino, cayendo ambos al suelo.

    -Perdón -dijo educadamente mientras se levantaba y recuperaba del golpe. 

    -No hay de qué. No sé de quién ha sido la culpa. Los dos íbamos distraídos. -contestó el otro hombre recuperándose también de la caída. 

Familia beduina, Carl Haag (1859)
 

    -Déjame que te haga una pregunta, por favor: ¿tú eres tú o eres yo? ...Te lo pregunto porque si eres yo, entonces yo debería ser tú.

    -¡Menuda pregunta! Me parece a mí que estás algo zumbado de la cabeza, si no lo estabas ya antes del golpe.  

    -No, lo pregunto porque tú y yo somos de la misma edad y complexión, beduinos ambos. Los dos vestimos ropas iguales. Yo diría que nos parecemos como dos gotas de agua. Pensé que podría haberme confundido contigo tras la caída.

 

    -¡Por supuesto que yo soy yo y tú eres tú!

    -Pues eso es lo que yo decía: pero si tú eres yo y yo soy tú, entonces entramos en un círculo vicioso, y me pregunto para salir de él ¿quién, por el amor de Dios, soy yo?

    -Tú sabrás...

    -¿Qué voy a saber? Mi padre me decía a menudo: "Dime con quién andas y te diré quién eres". Sus palabras me perseguían día y noche porque yo quería saber quién era. Me decía también que tuviera cuidado con las malas compañías. Pero yo no sabía si mis amigos eran buenos o malos. Tampoco sabía si el bueno o el malo era yo.

    -El mío decía que valía más estar solo que  mal acompañado. 


     - Además: ¿Cómo voy a saber quién soy yo si estoy cambiando cada dos por tres? Ya no soy el niño que era... Pero, al mismo tiempo, algo me dice que, aunque cambie, sigo siendo el mismo. 

    -¿No le preguntaste nunca al mulá de la mezquita?

    -Sí, una vez le pregunté y me dijo: “Sé tú mismo”. Pero para ser yo mismo necesitaba lo primero saber quién era yo. Por eso me lo preguntaba y sigo preguntándomelo ahora: ¿Quién soy yo? Sigo sin saberlo.

jueves, 3 de diciembre de 2020

El peso de uno mismo

A orillas del Saône, en la ciudad francesa de Lion, han colocado frente al Palacio de Justicia un grupo escultórico que se llama The weight of one self (es decir, "el peso de uno mismo" en la lengua del Imperio). La escultura representa a un hombre que de pie y desnudo, lleva en sus brazos a otro hombre igualmenrte desnudo, desfallecido, acaso muerto. Parece a primera vista un grupo escultórico clásico o quizá renacentista ya que combina el mármol blanco y el desnudo del héroe masculino, pero es una obra contemporánea.

La obra concebida por los artistas escandinavos Michael Elmgreen e Ingar Dragset retoma la larga tradición de la escultura de mostrar la desnudez heroica sin tapujos y la nobleza del mármol blanco como material artístico, aunque aquí se ha utilizado una nueva técnica que consiste en el empleo de polvo de mármol solidificado. Su altura es superior a la humana, 2,7 metros, por lo que sobresale y destaca dentro del paisaje urbano.


Podría recordarnos por ejemplo al grupo helenístico Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo que se exhibe en Florencia, si no fuera por un detalle muy curioso, que ya nos revela el título de la composición de los escandinavos: Un hombre anónimo de pie lleva a otro inanimado en sus brazos, pero en realidad no es otro, sino él mismo, su alter ego, su sosias, dado que los rostros y los cuerpos, aunque en posturas diferentes, son idénticos como dos gotas de leche, como en aquel verso plautino del Anfitrión (601), puesto en boca de Sosias prfecisamente,  neque lac lactis magis est simile quam ille ego similest mei dos gotas de leche no pueden ser más semejantes entre sí que ese otro yo lo es de mí (en traducción de Mercedes González-Haba, publicada en Gredos). 
 
La Academia, por cierto, define sosias o sosia, convertido ya en nombre común, como "persona que tiene parecido con otra hasta el punto de poder ser confundida con ella". Se trata de una alusión literaria a Mercurio, que se hace pasar por Sosias, el criado de Anfitrión, para ayudar a Júpiter, que ha tomado el aspecto de aquel, a fin de seducir a su esposa Alcmena. La confusión entre el criado Sosias y su doble, da pie a divertidas situaciones cómicas que ponen en entredicho el fetiche de la identidad personal.

¿Acaba de salvarse a sí mismo de ahogarse en el río? Pudiera ser. Pero también pudiera ser que carga con el peso muerto de su propia identidad, con su propio cadáver, consigo mismo.  Los dos hombres sin nombre no son como los héroes helenísticos, dos personajes distintos, sino el mismo desdoblado en Narciso y su doble, en uno mismo y su selfi.

A diferencia de la escultura clásica, la obra no celebra a ningún héroe épico o mitológico que ha conseguido algo o está a punto de lograr una hazaña, sino que desmitifica el heroísmo clásico. Celebra la historia de cualquiera de nosotros, del hombre moderno común y corriente que intenta salvarse a sí mismo cargando consigo mismo, con su sombra, con su doble, con su ego, con su propia identidad, una identidad que le da la vida y, a la vez, es su prisión, la jaula donde se pudre, y la sentencia de su propia muerte. De alguna manera este personaje se ha salvado a sí mismo, y es responsable de sus actos -dicen algunos que por eso lo han colocado frente al Palacio de Justicia de la ciudad francesa, para recordarnos nuestras responsabilidades cívicas e individuales que se dictaminan en esos juzgados- pero también se ha convertido en su propia carga, un peso muerto, como todos y cada uno de nosotros.

Dicen los artistas que la obra es muy representativa de nuestra cultura contemporánea, que no celebra ya a ningún héroe legendario mítico y épico, sino simplemente a un individuo cualquiera que intenta salvarse, como Arquíloco cuando tiró el escudo en plena batalla y echó a correr para salvar el pellejo, volviendo la espalda al enemigo.

Pero quizá la obra nos diga algo más de lo que han pretendido sus creadores, los artistas, y ese algo puede ser que en ese intento egoísta y nada altruista por lo tanto de salvarse uno a sí mismo individualmente, lo que uno encuentra no es su salvación, sino su ruina: el propio cadáver, paradójicamente, en forma de identidad personal: la gravedad insoportable de ser lo que uno es. 

miércoles, 29 de julio de 2020

El fetiche de la identidad nacional

    Una prueba de que la identidad nacional no es más que un fetiche  esto es, un hechizo, o sea, algo ficticio, como revela la etimología del vocablo "fetiche", -que deriva del latín facticium (artificial, no natural, inventado, artificioso y postizo), a través del préstamo francés fétiche (cf. it. feiticcio y port. feitiço “sortilegio”), es decir, un “artificio supersticioso del que se valen los hechiceros” ("hechizo" es el resultado popular de la evolución de facticium y  "hechicero" de facticiarius),- la prueba de ello, decíamos, nos la proporciona el hecho de que el parlamento de una comunidad autónoma española, de cuyo nombre no vamos a hacer mención pero aseguraría que es algo que hacen los diecisiete reinos de taifas hispánicos, destine anualmente una partida presupuestaria no poco considerable de su presupuesto económico de muchos miles de euros a fomentar su propia identidad.


    Si es preciso incentivar esa identidad, subvencionándola económicamente, es que no se sostiene en pie sin el crédito por sí sola, es decir, que naturalmente no se sostiene, por lo que habrá que hacerlo artificialmente recurriendo a la hechicería. Esto nos hace pensar que tal vez el dominio de las identidades nacionales no sea absoluto ni perfecto, que quizá Dios no sea todopoderoso, que acaso haya alguna esperanza de que se resquebraje la esencial homogeneidad del ser, que decía Mairena, aquel precursor de todo lo contrario, porque, si no fuera así, el corsé de la identidad se impondría per se sin más, sin necesidad de que nada ni nadie la fomentara económicamente.


    Claro que lo que se dice a propósito de la identidad nacional, sirve también para nuestra identidad individual, que no se sostiene sin nuestro empeño en cultivar nuestra propia idiosincrasia o personalidad. La palabra idiosincrasia dice mucho más de lo que parece: Del griego ἰδιοσυγκρασία idiosynkrasía 'temperamento particular', compuesto de ἴδιος propio, particular (de donde nos viene el idioma y el idiolecto, así como el idiotismo y la idiocia de los idiotas)  y σύγκρασις mezcla, carácter, constitución, por lo que el diccionario la define como “Rasgos, temperamento, carácter, etc., distintivos y propios de un individuo o de una colectividad”. 
 
 

domingo, 10 de mayo de 2020

Identidad y minoría de edad

¿Quién puede juzgar dónde empieza la mayoría de edad y el uso de razón y dónde acaba la infancia? ¿No hay acaso una línea de sombra cuyo espesor varía según los casos? Quizá esa línea sea la responsabilidad de los actos. 

El niño, que es proteico, es irresponsable de sus actos. Se supone que cuando puede responder de ellos, es porque ha accedido a la mayoría de edad. 

¿Quién es, sin embargo, totalmente responsable de sus actos? ¿Nosotros mismos? Imposible. Nuestra identidad personal que se oculta bajo nuestro nombre propio es siempre cuestionable. 

Antonio Machado, en carta a Juan Ramón Jiménez, a principios de 1913 le confesaba lo siguiente: "Yo mismo me pregunto algunas veces ¿quién escribe muchas cosas que salen de mi pluma? Me declaro irresponsable de las tres cuartas partes de todo cuanto he hecho y de cuanto haga en lo sucesivo."  


Porque ni siquiera  somos los mismos: en un instante, como por arte de magia, bendita artimaña, hemos dejado de ser lo que éramos y cambiado, somos ya otros distintos: somos y, a la vez, oh paradoja, no somos los mismos, por lo que no podemos responsabilizarnos de nuestros actos ni acceder a la mayoría de edad,  y seguimos viviendo en el más inocente de todos los paraísos, la infancia. 

El perdón cristiano de todos nuestros pecados radicaría en la absoluta inocencia del que no puede ostentar una identidad personal que justifique y lo responsabilice de todos y cada uno de sus actos.