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domingo, 8 de marzo de 2026

Anacarsis y Diógenes, dos sintecho

    La conversación de sobremesa en el Banquete de los siete sabios que transmite Plutarco había llegado a tal punto que tocaba dejar de hablar de alta política y macroeconomía y pasar a tratar de microeconomía o economía doméstica,  ya que no todo el mundo tenía a su cargo la gobernanza de un reino o de un estado, pero todos tenían quien más quien menos, se dijo, una vivienda y hogar propios y sus pequeñas finanzas de los que ocuparse. Pero entonces uno de los convidados objetó: “No todos, si incluyes a Anacarsis, que no sólo no tenía casa, sino que se enorgullecía de no tenerla”. ¿Quién era este Anacarsis cuyo nombre propio salía a relucir así de pronto en la conversación de tan sabia concurrencia?
 

    Según Heródoto, el padre de la historiografía, Anacarsis era un príncipe escita, una figura a caballo entre la historia y la leyenda, un personaje semimítico, del siglo VI antes de nuestra era. Los escitas, según el historiador, no construían ciudades ni levantaban murallas, dado que, nómadas como eran, llevaban su casa-carreta consigo a cuestas sin establecerse nunca definitivamente en ningún lugar.  Anacarsis, oigamos al convidado  hablarnos de él, no tenía casa, sino que tenía en su lugar “un carro, de la misma manera que el sol, según dicen, recorre su órbita, ocupando unas veces una región del cielo y otras veces otra”. Se alude a la tradicional casa-carreta de los escitas, que les brinda la oportunidad de vivir una vida no sedentaria, vagabunda, sin echar raíces, que se compara con el carruaje del astro rey. Continuando con la comparación con el sol afirma Anacarsis: “Precisamente por esto, él (“Helios”, el sol) es, solo o en mayor grado, entre los dioses libre y autónomo, y lo gobierna todo y no es gobernado por nadie, sino que reina y lleva las riendas” . 
 
    No estamos lejos de Diógenes el Perro, el filósofo cínico, que se definía como “cosmopolita” y que probablemente acuñó esta palabra que hay que entender, negativamente, como 'apátrida' o sin patria, y por lo tanto no nacionalista. El cosmopolitismo de Diógenes, interpretado de forma radical, conlleva por lo tanto el antinacionalismo, una situación de exilio perpetuo sin patria ni hogar, como un héroe trágico, como un extranjero en todas partes y a la vez en ninguna, como un homeless o un sintecho actual, o, como diría él cambiando la perspectiva del punto de vista, lo que solía hacer a menudo -pues condenado al exilio condenó él a sus jueces a quedarse-, como uno cuyo techo eran las estrellas.

    Hay un texto medieval castellano, titulado “Bocados de oro”, que es traducción de otro no griego ni latino sino árabe del siglo XI que se basa en fuentes griegas desconocidas.   En su capítulo décimo se habla de Diógenes. De él se dice: Diógenes el canino fue el más sabio de su tiempo aborrecedor del mundo. Y se dejó dél y no había (o sea, no tenía) morada ninguna. E yacía en cualquier logar que le anocheciese, y no dejaba de comer a cualquier hora que hobiese hambre do quier que a él le acaeciese sin vergüenza ninguna; quier de día quier de noche


    Alguien le pregunta que porqué no tiene una casa en la que solazarse  ¿Por qué no compras casa en que huelgues? Y su respuesta no podía ser otra que la que fue: Yo huelgo porque no he (es decir, 'porque no tengo') casa”. No se compraba una casa para solazarse porque su solaz consistía en no poseer una casa hipotecada ni en propiedad. De alguna forma se adelanta a aquello que dijo Montaigne en uno de sus ensayos: C´est le jouir, non le posséder, qui nous rend heureux:  Es el gozo de las cosas, no su posesión, lo que nos hace felices.

    En otra fuente árabe su respuesta a la misma pregunta es: Si conocieras el tamaño de mi casa, sabrías que tus casas y todas las casas del mundo no son lo suficientemente grandes para contenerla, dando a entender que el mundo entero era su casa y el cielo su techo. O también, cuando le preguntaron si tenía una casa para descansar, respondió: En cualquier sitio donde descanse allí está mi casa, que nos recuerda a la locución latina que recoge Cicerón de Pacuvio "patria est ubicumque est bene": la patria está allí donde se está bien, y que contempla a su manera nuestro castizo refranero omitiendo la referencia patriótica: el buey (o uno) no es de donde nace, sino de donde pace
 
    Entre las sentencias medievales de Walther se recoge otra variación de aquella locución latina que era "ubi libertas ibi patria", donde la libertad, allí la patria,  que se convirtió en un lema durante la revolución americana porque sintetizaba muy bien el espíritu de los colonos rebeldes a la corona de Inglaterra, que no se liberaron sin embargo de la patria, sino que acabaron fundando otra, por lo que libres del gobierno británico acabaron imponiéndose ellos otro, que consideraron más aceptable no porque no fuera gobierno, que lo era como el que más, sino porque era suyo, su propio autogobierno.

martes, 21 de marzo de 2023

Dos latinajos

    Corruptissima re publica plurimae leges, escribe Tácito a propósito del afán legislativo del Estado, que Moralejo en su espléndida traducción vierte al castellano como “en una república corrompida a más no poder se multiplicaron las leyes”. Denunciaba Tácito así que ya no se legislaba para todos (in commune), sino contra particulares (in singulos homines), por lo que proliferaban las leyes en número exorbitantemente creciente. 
    
 Viene la frase en nuestros días a denunciar que cuantas más leyes hay, más corrupción habrá en el seno, es decir en las cloacas del Estado, estableciéndose una relación proporcional: a más leyes, más corruptelas, por aquello que dice la gente de que el que hace la ley hace la trampa para saltársela. La emisión de nuevas reglas, procedimientos, disposiciones, ordenanzas y cualquier tipo de normativa o protocolos, que en su mayoría son absurdas e inaplicables, es cosa de todos los días. Su cumplimiento es tan difícil que se crean enseguida espacios apropiados para la transgresión. 
 
    Y llegamos así al otro latinajo, un poco más largo, que es una definición de la ley, que establece una metáfora muy significativa que Valerio Máximo le atribuía a un bárbaro, el escita Anacarsis: Lex est araneae tela, quia si in ea inciderit quid debile, retinetur; graue autem pertransit tela rescissa. Lo que viene a decir: La ley es una tela de araña porque si algo débil cae en ella lo retiene; pero lo grave se escapa una vez rasgada la tela. 
 
 
    Es algo que sabe todo el mundo: las leyes están para penalizar las pequeñas infracciones, como la telaraña, que captura moscas y mosquitos, pero deja escapar impunes las grandes infracciones, como los abejorros y moscones, que se libran de la tela de araña, destruyéndola y burlándola. Venía así a decir algo que sabe la gente. 
 
    Una copla de La vuelta de Martín Fierro de José Hernández se hace eco de este latinajo: La ley es tela de araña / -en mi inorancia lo esplico-. / No la tema el hombre rico; / nunca la tema el que mande; / pues la ruempe el bicho grande / y sólo enrieda a los chicos.
 
    Si seguimos la metáfora de Anacarsis de que las leyes de un Estado son como las telarañas, el Estado sería el arácnido que ha tejido su red para atrapar a sus presas y engullirlas. Y si relacionamos esto con el primer latinajo: a más leyes, más trampas y más corrupción.