domingo, 3 de mayo de 2026

Cincuenta pavos

Se ha hecho viral la intervención más bien performance bufonesca, de un diputado en el congreso, pulcramente trajeado con chaqueta, camisa blanca y corbata, que afeó a otros diputados su voto. La manera de reprocharles su actitud a sus señoríos y señorías fue una pregunta: “¿Saben cuál es su bandera? ¿Saben cuál es? La tengo aquí. -Y mete la mano en el bolsillo interior de la americana, y añade con frases entrecortadas, a la vez que saca un papel arrugado: -Es pequeñita, pero es muy efectiva, y, además, de la que les gusta. Podía ser más. La voy a dejar aquí. Esta es su bandera... -y acto seguido saca un billete de su bolsillo, y dice, mostrándoselo a todo el mundo: “Cincuenta pavos”. 
 
 
Cita a continuación los nombres propios y apellidos de los diputados y diputadas, que aquí no vienen al caso, como tampoco el suyo propio, que han votado en contra de lo que él votaba a favor.
 
Hay quien ha calculado que este diputado-showman o, por decirlo en castellano, bufón que convierte el congreso en un plató televisivo de chistes baratos, al que muchos le ríen las gracietas, que vive de la política profesional desde hace años atesora casi tres mil billetes al año como ese que ha mostrado a las cámaras.
 
Quería dar a entender, supongo, que la prioridad de sus señoríos y señorías -y no la suya-,  era el dinero por encima de los derechos de los inquilinos, afirmando que esa bandera es la que comparten con la derecha y la ultraderecha, como si no fuera también su bandera. Él se declara de izquierdas, pero eso, a estas alturas, resulta una trivialidad. Resulta grotesco exhibir un billete de cincuenta pavos para señalar a sus colegas como vendidos, como si él no lo estuviera, como si ese billete que despliega no fuera de alguien que prometió dejar su escaño a los dieciocho meses de recoger su primer acta de diputado, y ahí sigue, diez años después chupando del bote.
 
 
 
"No es magia, son tus impuestos", habría que recordar a sus votantes. Cincuenta euros es la bandera de las derechas y de las izquierdas del hemiciclo que se contraponen falsamente a aquellas. Pero más que una bandera, es su Dios: don Dinero, que decía Quevedo. Obviamente, ese billete de “cincuenta pavos” procede de su sueldo, base o asignación constitucional, que es 3.366, 97 euros mensuales en catorce pagas, a lo que se suman los complementos, de modo que la retribución final mínima es de unos 4.400€ mensuales para diputados de Madrid y cerca de 5.445€ para el resto, pudiendo aumentar según los cargos adicionales que desempeñan. Él, como los demás señoríos y señorías, está ahí por la pasta, por los cuartos, por la guita, por las perras, por los cincuenta pavos. 
 
Cuando en España reinaban las pesetas, la gente ya se refería coloquialmente a ellas como 'pavos'. Al parecer en los años 30 y cuarenta del siglo pasado, se usaba una moneda de cinco pesetas, un duro, que era exactamente lo que costaba comprar un pavo, porque ese era su precio en el mercado, término que con con el tiempo pasó a ser un sinónimo de la moneda, la peseta. El uso se popularizó, al parecer, con el doblaje de las películas norteamericanas, cuando a algún traductor se le ocurrió traducir “buck”, abreviatura de “buckskin, piel de ciervo o venado, por “pavo” que se usaba en España para la peseta. Eran estas pieles, los bucks, en el lejano oeste monedas de cambio, es decir, una primitiva forma de dinero que con el tiempo acabó denominando coloquialmente a la epifanía trasatlántica de Dios, el dólar. Con el abandono de la vieja moneda y la entrada del euro en las Españas, hace veinticuatro años, ya tenemos la equivalencia perfecta: un pavo, que hace un siglo eran cinco pesetas, es ahora un euro, es decir 166,386 de las viejas pesetas, la bandera de los políticos profesionales.
 
 

Volviendo a los cincuenta pavos de nuestro diputado que él veía como la metáfora perfecta de la bandera de sus rivales, pero no quería ver que también era, por supuesto, la suya propia, traigo aquí a colación la última obra del artista callejero británico Banksy, que ha aparecido repentina- y misteriosamente en el centro de Londres de la noche a la mañana, como por arte de magia, firmada por él, convirtiéndose en una nueva atracción turística de la capital británica. Se trata de un hombre trajeado como nuestro diputado, que enarbola una bandera que le cubre el rostro, y que le impide ver que, cegado por ella, se dirige a su perdición, cayendo de su pedestal al dar un paso en el vacío.

La obra que muchos interpretan como una crítica un tanto trasnochada al nacionalismo del siglo XX en una época como la nuestra que apuesta por el gobierno global fue instalada en la madrugada del miércoles pasado en Waterloo Place, entre Pall Mall y Trafalgar Square, no lejos del Palacio de Buckingham y Horse Guards Parade.

No se sabe muy bien cómo responderán las autoridades locales ante esta obra de arte que no deja de ser una provocación, pero parece que con tolerancia hasta la fecha, permitiendo, sin retirarla, que numeroso público se acerque a verla y fotografiarla, lo que pone de relieve cómo el sistema permite y hasta fomenta la crítica antisistema, dado el prestigio del misterioso artista callejero, que llegó a vender uno de sus cuadros, del que hablamos aquí, en El parlamento de los simios que se vendió por casi diez millones de libras esterlinas.    

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