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jueves, 5 de marzo de 2026

El hombre que buscaba a Beyhan Mutlu

    El hecho sucedió en los bosques de Bursa, la primera capital del imperio otomano, en el noroeste de Turquía el 28 de septiembre del año del Señor de 2021 o, si se prefiere, el 21 de Safar del año de la Hégira del Profeta de 1443. 
 
    Un tal Beyhan Mutlu, de 50 años de edad a la sazón, había estado bebiendo alcohol con los amigos cuando de repente se ausentó internándose en la espesura del bosque quizá a orinar. Al no regresar al cabo de un buen rato, sus amigos se inquietaron y llamaron a su esposa, que les dijo que no había llegado a casa todavía. Advirtieron a las autoridades locales de su desaparición, quienes rápidamente organizaron una operación de búsqueda conjunta entre la policía y algunos voluntarios de protección civil, poniéndose manos a la obra. 
 
Vista de Bursa

 
    La noche y el bosque complicaban la búsqueda. No pocos excursionistas se pierden por aquellos andurriales en otoño cuando el follaje y las lluvias borran los caminos, por lo que no era raro organizar partidas de rescate.  Beyhan, por su parte, deambulaba sin rumbo un tanto desorientado y, hemos de suponer, algo confuso bajo los efectos del alcohol. Al cabo de unas horas y en un caprichoso giro del destino, se topó con un grupo de rescate y se unió voluntariamente a la búsqueda de esos rescatistas. Durante horas caminó junto a la policía y los vecinos voluntarios, en la oscuridad, con linternas y perros, buscando al, suponía nuestro protagonista, anciano desaparecido y perdido en la espesura.
 
    Un rescatista de pronto comenzó a gritar a todo pulmón el nombre del desaparecido: " ¡Beyhan! ¡Beyhan Mutlu!
 
    Nuestro hombre, se quedó clavado al oír su nombre propio gritado en alta voz. Pensó que a fin de cuentas había muchos que se llamaban Beihan como él, que en el repertorio turco de antropónimos era un nombre propio común, valga la contradicción, a hombres y mujeres, y más común incluso entre estas últimas, por lo que la persona que andaban buscando podía tratarse de una anciana aquejada del mal de la demencia y desorientada. Pero había oído, coreado varias veces después de la primera, su nombre y apellido, y eso ya era mucha casualidad. El extraño que se había unido voluntariamente a la partida preguntó a quién demonios estaban buscando. Al decirle que buscaban a un tal Beyhan Mutlu, no pudo por menos de responder:
 
 
 
     -"¡Pero si soy yo! Estoy aquí". 
 
    La policía y los voluntarios quedaron perplejos al descubrir que el propio desaparecido había estado ayudándoles en la búsqueda del desaparecido durante toda la noche sin saberlo. Le tomaron declaración, cancelaron la operación y lo escoltaron a casa. El hombre extraviado, cuyo apellido Mutlu significa en turco por alguna rara casualidad del destino "feliz, contento, alegre", que se había unido a su propia búsqueda sin saber a ciencia cierta qué o a quién estaba buscando, aclaró después que no fue una broma, sino una confusión: él solo quería ayudar y colaborar con los demás, sintiéndose útil a la comunidad. 
 
     -“No me castiguen por ello, Si se entera mi padre, me va a matar”. Confesó echándose casi a llorar como un niño temeroso del atavismo de la figura autoritaria de su padre.
  
 
    Así, el hombre que se había perdido había pasado horas buscándose a sí mismo sin saber a quién buscaba, y al final la búsqueda misma se había vuelto ontológica, casi metafísica. Nos sucede algo parecido a todos cuando buscamos algo que creemos extraviado y que sin embargo poseemos a buen recaudo, como la carta perdida del cuento de Poe, que no la hallamos porque no se ha perdido. Lo que no se ha perdido, por más que lo rebusquemos, nunca se encontrará.
 
 
El azucarillo dulzón