lunes, 27 de abril de 2026

Arnantropías y melantropías

Hay numerosos mitos y leyendas  de transformaciones sufridas por hombres en lobos como el lobisón o el lobishome gallego, en las que los humanos huyen de la sociedad y la civilización para volver a la naturaleza salvaje, sea esto lo que sea, que no lo sabemos. Ya había proclamado una vez un personaje de Plauto en latín homo homini lupus, que el hombre era un lobo para el hombre, sentencia de la que se apropiaría Hobbes para subrayar la maldad inherente al género humano, por lo que no tendría ninguna necesidad de convertirse en lobo quien ya lo es para sus semejantes. 

Pero la transformación de un ser humano en lobo, más frecuente en varones que en mujeres, es una de las metamorfosis más antiguas que se conocen de la mitología griega. Ovidio, tras narrar el paso del Caos primitivo al orden establecido que es este desorden que conocemos, narra el caso de Licaón, que no quiso reconocer la divinidad de Zeus cuando se presentó en forma humana ante él revelándole quién era. Licaón, desconfiado, quiso poner a prueba si el recién llegado era quien decía ser, y lo que hizo fue degollar a un rehén, descuartizarlo y servirle al recién llegado en la mesa sus miembros cocinados, unos cocidos y otros asados. Zeus, que todo lo sabe y lo ve, castigó a Licaón derribando con su rayo fulminante su palacio. Viéndose obligado a huir aterrorizado, Licaón se adentró en el bosque silencioso donde acabó aullando y convirtiéndose en el lobo feroz de todos los cuentos infantiles posteriores. 
 
  
La versión más literaria que conozco de la leyenda del hombre lobo es la historia que narra Nicerote en la Cena de Trimalción, dentro de El Satiricón de Petronio (capítulos 61, 62). Cuenta este que cuando aún era esclavo, se enamoró de la mujer del cantinero, una tal Melisa que estaba de muy buen ver. Muerto el marido, acudió solícito a consolar a su buena amiga Melisa. Aprovechando nuestro protagonista la ausencia de su amo, convenció a un huésped de que lo acompañara hasta el quinto miliario. Era un soldado, fuerte como un demonio. Partieron al cantar el gallo, la luna lucía en todo su esplendor. Cuando llegaron a los sepulcros, en las afueras de la ciudad, Nicerote, que canturreaba contando las lápidas mientras el soldado había ido a hacer sus necesidades, vio a su compañero desnudarse por completo, amontonar sus ropas y mear sobre ellas, comenzando acto seguido a convertirse en lobo y a otilar, huyendo al poco a refugiarse en la espesura. Nicerote, presa del pánico, se echó a correr hasta llegar a casa de Melisa. Llegado donde ella, esta le contó que si hubiera venido antes, habría podido ayudar a los criados, pues había entrado un lobo feroz en la finca y había degollado a todas las ovejas, pero no se había ido de balde, comentó, porque un criado le atravesó el cuello con una lanza. Nicerote, una vez vuelto a su casa, no pudo dar crédito a lo que vio: el soldado yacía herido en la cama como un buey, y un médico le curaba el cuello. Cayó en la cuenta de que era un hombre lobo (uersipellis es el término que usa Petronio, que significa que ha cambiado de piel).
 
 
Plinio el Viejo, por su parte, en su Historia Natural (VIII, 81 y 82) arremete contra la Graeca credulitas, credulidad de los griegos, aprovechando un relato de un autor griego que nos es desconocido, un tal Evantes, del que se burla: Se contaba que entre los arcadios uno, elegido a suertes, era llevado a una laguna de la región y que, tras colgar sus vestidos de una encina, se echaba a nadar y se dirigía a unos parajes solitarios donde se transformaba en lobo, uniéndose con otros de la misma especie durante nueve años. Si se había mantenido alejado de los hombres, volvía a cruzar la misma laguna a nado, recobraba su forma humana y recuperaba incluso la misma ropa.
 
Comenta Plinio a própósito que no hay mentira, por descarada que sea, que carezca de alguien que la defienda a capa y espada como verdad con una frase lapidaria que merece recordarse: nullum tam inpudens mendacium est ut teste careat. No hay mentira, por descarada que sea, que carezca de garante. 
 
Plinio, desde luego, no se creía este cuento griego, como tampoco Pausanias, griego él mismo y viajero, que en su Descripción de Grecia (VIII 2, 6), llegado a la Arcadia, escribía que después de lo de Licaón, se hacía un sacrificio a Zeus y un hombre se convertía en lobo. Si durante diez años se mantenía alejado de la carne humana, recobraba su humanidad, pero si la cataba permanecía para siempre fiera salvaje.
  
En la actualidad la humanidad está muy lejos del mito del hombre lobo y más cerca de lo que podríamos llamar el arnántropo o el melántropo que del licántropo, término, por cierto, que debería acentuarse a la llana mejor que a la consagrada esdrújula, derivado del griego lykos (λύκος) 'lobo' y ánthropos (ἄνθρωπος) 'hombre', con el sentido genérico de 'ser humano'. Propongo modestamente dos neologismos helénicos fraguados a imagen y semejanza precisamente de licántropo, que son arnántropo (ἀρνάνθρωπος), que debería pronunciarse a la llana, arnantropo, por la ley de la penúltima latina, pero vamos a conservar la esdrújula licantrópica, formado sobre el griego arnós (ἀρνός) 'cordero' , que es la cría de la oveja, y ánthropos (ἄνθρωπος), por lo que sería el hombre-cordero, aludiendo a su mansedumbre y al silencio con que los corderos van al matadero, y quizá mejor melántropo (μηλάνθρωπος), formado sobre mēlon (μῆλον), que es el nombre de la res menor, 'oveja', 'ganado' y ánthropos (ἄνθρωπος), por lo que significaría el hombre que se convierte en una oveja gregaria, dentro del rebaño pastoreado por el buen pastor que precisamente, como dice el proverbio, asusta a las ovejas con la mención del lobo metiéndoles el miedo como en el cuento de Pedro y el lobo, cuando es el propio pastor el que va a llevarlas consuetudinariamente a su perdición gastronómica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario