Hay numerosos mitos y leyendas de transformaciones sufridas por hombres en lobos como el lobisón o el lobishome gallego, en las que los humanos huyen de la sociedad y la civilización para volver a la naturaleza salvaje, sea esto lo que sea, que no lo sabemos. Ya había proclamado una vez un personaje de Plauto en latín homo homini lupus, que el hombre era un lobo para el hombre, sentencia de la que se apropiaría Hobbes para subrayar la maldad inherente al género humano, por lo que no tendría ninguna necesidad de convertirse en lobo quien ya lo es para sus semejantes.
Pero la
transformación de un ser humano en lobo, más frecuente en varones que en mujeres, es una de las metamorfosis más
antiguas que se conocen de la mitología griega. Ovidio, tras narrar el paso del Caos
primitivo al orden establecido que es este desorden que conocemos, narra
el caso de Licaón, que no quiso reconocer la divinidad de Zeus cuando
se presentó en forma humana ante él revelándole quién era. Licaón,
desconfiado, quiso poner a prueba si el recién llegado era quien decía
ser, y lo que hizo fue degollar a un rehén, descuartizarlo y servirle al
recién llegado en la mesa sus miembros cocinados, unos cocidos y otros
asados. Zeus, que todo lo sabe y lo ve, castigó a Licaón derribando con
su rayo fulminante su palacio. Viéndose obligado a huir aterrorizado, Licaón se adentró en el bosque silencioso donde acabó aullando y
convirtiéndose en el lobo feroz de todos los cuentos infantiles
posteriores.
La
versión más literaria que conozco de la leyenda del hombre lobo es la historia que
narra Nicerote en la Cena de Trimalción, dentro de El Satiricón
de Petronio (capítulos 61, 62). Cuenta este que cuando aún era esclavo,
se enamoró de la mujer del cantinero, una tal Melisa que estaba de muy buen ver. Muerto el marido,
acudió solícito a consolar a su buena amiga Melisa. Aprovechando
nuestro protagonista la ausencia de su amo, convenció a un huésped de que lo acompañara hasta el quinto miliario. Era un soldado,
fuerte como un demonio. Partieron al
cantar el gallo, la luna lucía en todo su esplendor. Cuando llegaron a los sepulcros, en las afueras
de la ciudad, Nicerote, que canturreaba contando las lápidas mientras el
soldado había ido a hacer sus necesidades, vio a su
compañero desnudarse por completo, amontonar sus ropas y mear sobre
ellas, comenzando acto seguido a convertirse en lobo y a otilar, huyendo al poco a refugiarse en la espesura. Nicerote, presa del pánico, se echó
a correr hasta llegar a casa de Melisa. Llegado donde ella, esta le
contó que si hubiera venido antes, habría podido ayudar a los criados, pues había entrado un lobo feroz en la finca y había degollado a
todas las ovejas, pero no se había ido de balde, comentó, porque un criado le
atravesó el cuello con una lanza. Nicerote, una vez vuelto a su casa, no
pudo dar crédito a lo que vio: el soldado yacía herido en la cama como
un buey, y un médico le curaba el cuello. Cayó en la cuenta de que era
un hombre lobo (uersipellis es el término que usa Petronio, que significa que ha cambiado de piel).
Plinio el Viejo, por su parte, en su Historia Natural (VIII, 81 y 82) arremete contra la Graeca credulitas,
credulidad de los griegos, aprovechando un relato de un autor griego
que nos es desconocido, un tal Evantes, del que se burla: Se contaba que
entre los arcadios uno, elegido a suertes, era llevado a una laguna de
la región y que, tras colgar sus vestidos de una encina, se echaba a
nadar y se dirigía a unos parajes solitarios donde se transformaba en
lobo, uniéndose con otros de la misma especie durante nueve años. Si se
había mantenido alejado de los hombres, volvía a cruzar la misma laguna a
nado, recobraba su forma humana y
recuperaba incluso la misma ropa.
Comenta
Plinio a própósito que no hay mentira, por descarada que sea, que
carezca de alguien que la defienda a capa y espada como verdad con una
frase lapidaria que merece recordarse: nullum tam inpudens mendacium est ut teste careat. No hay mentira, por descarada que sea, que carezca de garante.
Plinio, desde luego, no se creía este cuento griego, como tampoco Pausanias, griego él mismo y viajero, que en su Descripción de Grecia
(VIII 2, 6), llegado a la Arcadia, escribía que después de lo de
Licaón, se hacía un sacrificio a Zeus y un hombre se convertía en lobo.
Si durante diez años se mantenía alejado de la carne humana, recobraba
su humanidad, pero si la cataba permanecía para siempre fiera salvaje.
En
la actualidad la humanidad está muy lejos del mito del hombre lobo y
más cerca de lo que podríamos llamar el arnántropo o el melántropo que
del licántropo, término, por cierto, que debería acentuarse a la llana mejor que a la consagrada esdrújula, derivado del griego lykos (λύκος) 'lobo' y ánthropos
(ἄνθρωπος) 'hombre', con el sentido genérico de 'ser humano'. Propongo modestamente dos neologismos helénicos
fraguados a imagen y semejanza precisamente de licántropo, que son arnántropo (ἀρνάνθρωπος),
que debería pronunciarse a la llana, arnantropo, por la ley de la
penúltima latina, pero vamos a conservar la esdrújula licantrópica, formado sobre el griego arnós (ἀρνός) 'cordero' , que es la
cría de la oveja, y ánthropos (ἄνθρωπος), por lo que sería el
hombre-cordero, aludiendo a su mansedumbre y al silencio con que los
corderos van al matadero, y quizá mejor melántropo (μηλάνθρωπος),
formado sobre mēlon (μῆλον), que es el nombre de la res menor, 'oveja',
'ganado' y ánthropos (ἄνθρωπος), por lo que significaría el hombre que
se convierte en una oveja gregaria, dentro del rebaño pastoreado por el
buen pastor que precisamente, como dice el proverbio, asusta a las
ovejas con la mención del lobo metiéndoles el miedo como en el cuento de Pedro y el lobo, cuando es el propio pastor el que va a
llevarlas consuetudinariamente a su perdición gastronómica.

