viernes, 10 de abril de 2026

'Por la razón o la fuerza'

 "Por la razón o la fuerza" es el lema que aparece en el Escudo nacional de Chile, que fue oficialmente adoptado en 1834, impreso entre un huémul y un cóndor. Es una traducción aproximada del lema anterior de la república chilena, que viene a ser lo mismo en latín: Aut consilio aut ense, el cual significa literalmente “O por consejo o por la espada”, es decir, o por las buenas o por las malas, así se funda un Estado.

 
  La frase “por la razón o por la fuerza” es naturalmente muy agresiva, porque resulta intolerante por partida doble: cree que tiene la razón y si no se acepta este postulado, se confiere el derecho de imponerlo por la fuerza. Viene a ser algo así como aquello el velis nolis, quieras o no quieras, que dijo el satrapilla cántabro a propósito de imponer la vacunación obligatoriamente a toda la población: había que hacerlo “por lo civil o por lo militar”.
 
Ha habido algún intento, por lo que veo, de realizar un cambio por vía parlamentaria como el que propuso un ex senador en 2004, que dijera: “Por la fuerza de la razón”, que se contrapondría al bárbaro "por la razón de la fuerza". La argumentación que se esgrimía era que se trataba de un lema desafiante y provocativo, que representa una paradoja irracional porque lo que se establece por la razón, no puede estar acompañado por la fuerza ni reemplazarse por esta, ya que la razón y la espada son conceptos totalmente antagónicos. Pero la propuesta fue rechazada por falta de quórum. Pese a su razonable formulación, se impuso la fuerza cuantitativa de la mayoría democrática.
Los padres de la patria chilena se inspiraron, al parecer, en el discurso de los melios con el que Tucídides remata el libro quinto de su Historia de la Guerra del Peloponeso, que va del capítulo 84 al 116. En él, los embajadores de Atenas dan un ultimátum a las autoridades de Melos, la actual isla de Milo(s), donde fue hallada y secuestrada por un museo parisino la Venus de Milo: rendirse y pagar tributo a Atenas, o ser destruidos, argumentando que a la ciudad le conviene someterse de buen grado a la dominación ateniense. Los isleños, sin embargo, querían permanecer neutrales y equidistantes.
 
Previamente, los atenienses, que eran lo señores del mar, habían invadido la pequeña isla de las Cícladas, en pleno corazón del mar Egeo, con más de tres mil soldados, listos para atacarla si no aceptaban su propuesta de paz. Los atenienses explican a los melios, que «los poderosos ejercen el poder que tienen y los débiles se someten» δυνατὰ δὲ οἱ προύχοντες πράσσουσι καὶ οἱ ἀσθενεῖς ξυγχωροῦσιν. 
 
El derecho internacional invocado avant la lettre por los melios no va a salvarlos ya que es un instrumento retórico, que ofrece la ilusión de una protección que no existe, como tampoco la ayuda de los dioses, con la que ellos contaban porque su postura era moralmente la justa, contra lo que argumentan los atenienses que los dioses no intervendrán porque está en el orden natural de las cosas el que los fuertes dominen a los débiles. 
 
Ante la negativa de los melios a rendirse, los imperialistas atenienses tomaron la ciudad y, concluye Tucídides, pasaron a cuchillo a todos los melios en edad viril que cayeron en sus manos y redujeron a la esclavitud a niños y mujeres. La crueldad imperialista y talasocrática ateniense, basada en la ley del más fuerte, tuvo un amplio eco en el mundo griego antiguo, convirtiéndose la resistencia melia en un símbolo de la lucha antiimperialista. 
 
Los propios atenienses, señores del mar, tras la derrota naval definitiva de Atenas frente a Esparta en la batalla de Egospótamos en el año 405 antes del Señor durante la Guerra del Peloponeso, recordaron la suerte de los melios, como relata Jenofonte en sus Helénicas, cuando llegó la noticia de la desgracia, al arribar a puerto la nave Páralo que la traía: “...un gemido se extendió desde el Pireo a la capital a través de los Muros Largos, al comunicarlo unos a otros, de modo que nadie se acostó aquella noche, pues no lloraban solo a los desaparecidos, sino mucho más aún por sí mismos, pensando que iban a sufrir lo que ellos hicieron a los melios...”.

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