viernes, 17 de abril de 2026

Adán (y Eva) sin infancia

Publica Giorgio Agamben una valiosa columna titulada L'infanzia di Adamo que reproduzco aquí traducida al castellano:
 
La infancia de Adán 
  
No se comprende la concepción que nuestra cultura tiene del ser humano si no se recuerda que en su base se halla un hombre sin infancia: Adán. Según el relato del Génesis, el hombre que el Señor crea y coloca en el jardín del Edén es un adulto, al que Él habla y da órdenes, y para quien crea una compañera para que no esté solo. Y solo un adulto, y desde luego no un niño (un in-fante, etimológicamente uno que no habla), podía dar nombre a todos los animales del jardín.
 
No extraña que un ser sin infancia no pueda permanecer inocente y esté fatalmente destinado a la culpa y al pecado. Quizás el pesimismo que condena al Occidente cristiano a posponer siempre al futuro la felicidad y la plenitud provenga de esta singular carencia, que hace de Adán un ser constitutivamente desprovisto de infancia. Y quizá sea por esta carencia, más original que cualquier pecado, por lo que, por un lado, la infancia es para cada uno de nosotros el lugar de la nostalgia de la imposible felicidad y, por otro, en la organización social, una condición defectuosa que hay que disciplinar y amaestrar a toda costa. Y si el psicoanálisis ve en el niño al sujeto oculto de toda neurosis, quizá sea precisamente porque en algún lugar de nosotros actúa el paradigma adámico de un hombre sin infancia.
 
Esto significa que la curación de la enfermedad de Occidente —es decir, de una cultura adulta que, al reprimir la infancia, acaba condenándose a la puerilidad— solo será posible si somos capaces de devolverle a Adán su infancia. 
 
Quiero ponerla en relación con el artículo de Fabio Vighi When images judge uns, que me envía un amigo, motivado por la contemplación de un breve videoclip de una niña palestina vestida con harapos que hambrienta va en pos de algo de pan y que nos mira y nos juzga sin palabras. 
 
Escribe Vighi que este vídeo que se ha vuelto viral, es decir, que se ha viralizado como un virus prioriza el afecto, o sea, el sensacionalismo sobre el pensamiento. No es nada nuevo. Es algo que pueden hacer las imágenes, animadas o no: Se anima al espectador a sentir una intensa lástima, pero esta lástima funciona como una pantalla. Al llorar por la niña, el espectador lleva a cabo un ritual moral que descarga la mirada. La "mancha" se limpia; la niña se transforma de una "mirada que juzga" en una "imagen que conmueve"
 
La imagen ha dejado de juzgarnos a los espectadores para solo conmovernos y que exclamemos: ¡Pobre niña! Y añade Vighi: Se nos anima a sentir lástima precisamente para evitar sentir vergüenza. La lástima es vertical y condescendiente, sitúa al espectador por encima del que sufre. La vergüenza es horizontal, derrumba la jerarquía e implica al espectador dentro de la misma estructura. Como señaló Susan Sontag en Sobre el dolor ajeno, esas imágenes pueden convertirse en una forma de anestesia. El espectáculo convierte la agonía en "pornografía patética": algo que nos hace llorar y luego ignoramos. 
 
Pero quizá esta niña palestina no nos pide compasión ni piedad ni siquiera empatía, como se dice ahora abusando de un término que no significa gran cosa y que pide que nos pongamos en el lugar del otro, que nos metamos en su sufrimiento, ni siquiera que la miremos a ella, es ella la que nos mira a nosotros y juzga nuestra indiferencia. 
 
Pero vayamos un poco más allá y no nos dejemos engañar por las noticias y las imágenes que nos venden los medios todos los días, con las que nos desayunamos, almorzamos y comemos y cenamos, porque son nuestro alimento, el combustible que hace que funcione la maquinaria. Estas guerras de las que nos informan son guerras falsas que se realizan precisamente para sostener el tinglado. Son reales, sí, no podemos negarlo, tanto aquellas de las que nos dan cuenta puntualmente todos los días, como las que silencian a conveniencia, pero su misión es ocultar que hay una guerra más profunda, una guerra verdadera de verdad, valga la redundancia en la que estamos metidos todos hasta las trancas, que es la guerra contra la realidad, una guerra que no admite paz ni alto el fuego ni tregua que nos valga. 
 
 
Es la guerra, por decirlo con palabras menos abstractas y más concretas, y más políticas, del Estado contra el pueblo. Es mucho más que un genocidio, es un democidio, el crimen de Estado, de cualquier Estado, contra la gente, un sustantivo este de 'gente', que, a diferencia de 'pueblo', no admite gentilicios. Hablamos, en efecto, de pueblos, en plural, y nos referimos al pueblo español, o al iraní, o al norteamericano, mientras que la gente viva que hay por debajo de esos pueblos -la gente viva que hay por donde quiera que uno va, como decía la vieja canción, ese singular colectivo que no necesita plural- no admite ni esos ni ningunos otros gentilicios. 
 
Es, en otros términos también, volviendo a Agamben, la guerra de la sociedad adulta contra la infancia y el niño asesinado que todos llevamos dentro, vestido si se quiere con harapos y hambriento como la niña palestina,  la guerra que nos priva de la infancia como a nuestros primeros padres en el paraíso, y que, paradójicamente, nos infantiliza. 

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