Las guerras son muy malas por la pérdida de vidas humanas que comportan, pero también porque destruyen el medio ambiente y aceleran la crisis climática global.
Tanques, aviones y buques de combate consumen enormes cantidades de combustibles fósiles, por lo que las guerras, además de matar y destruir, nos contaminan.
Las guerras contaminan el aire, el suelo y el agua, destruyendo los ecosistemas. Sus efectos perniciosos se extienden mucho más allá de los campos de batalla.
De los desastres de la guerra hay que tener en cuenta, nunca mejor dicho, las consecuencias económicas, que, además de graves per se, pueden ser muy duraderas.
Los desastres de las guerras para el medio ambiente, poco visibles al principio, pueden perdurar durante décadas amenazando la salud y la vida de las gentes.
El daño a la naturaleza no acaba necesariamente con el fin de los conflictos, ya que estos dejan tras de sí ciudades destruidas y heridas que son irreversibles.
Las guerras emiten, como si no tuviéramos ya un grave y preocupante problema con el cambio climático en la atmósfera, cantidades ingentes de dióxido carbónico.
Tenemos en la actualidad ya tres zonas en el planeta, que son Irán, Ucrania y Gaza, más sus áreas adyacentes, que se han visto ambientalmente muy perjudicadas.
Se estima que solo el ejército estadounidense emite entre cincuenta y sesenta millones de toneladas anuales, mucho más que algunos países, de dióxido carbónico.
No puede decirse que las guerras sean, por supuesto, la causa principal del cambio climático, pero contribuyen a la crisis dificultando su solución sobremanera.
Las guerras provocan incendios y deforestación; los árboles de los bosques carbonizados dejan de absorber el dióxido de carbono pasando a liberar el almacenado.
Durante la Primera Guerra del Golfo en Kuwait se quemaron entre cinco y seis millones de barriles de oro negro al día, provocando así una enorme contaminación.
La guerra ruso-ucraniana está acelerando, según los expertos, la crisis climática global habiendo provocado enormes emisiones de gases de efecto invernadero.
Hay que tener en cuenta que las emisiones derivadas de las guerras no suelen registrarse por completo, lo que hace que el problema se subestime con frecuencia.
La ciudad de Teherán, con sus diez millones de almas, sufre niveles tan altos de contaminación que la hacen "muy perjudicial para la salud", como el tabaco.
No hay que olvidar entre los desastres de las guerras, además de explosiones e incendios, las sustancias tóxicas y armas químicas que envenenan los acuíferos.
La destrucción de infraestructuras como plantas de tratamiento de aguas residuales y redes de abastecimiento de agua, propicia la propagación de enfermedades.
Una Oenegé ecologista se plantea como su principal objetivo hacer que se vea, visibilizar, dicen, que el medio ambiente es la víctima silenciosa de la guerra.
El smog, fusión de smoke 'humo' y fog 'niebla', es la polución atmosférica formada en las ciudades y zonas industriales, mala para el medio ambiente y la salud.
Los arsenales de armas convencionales también causan graves riesgos ambientales, no solo por el uso de sus armas para el ataque, sino cuando son ellos atacados.
La contaminación marina en el Golfo Pérsico se perfila ya como una de las consecuencias ambientales más preocupantes de la furia épica estadounidense-israelí.
Los compuestos químicos tóxicos pueden crear irritación en los ojos y la piel, cuya gravedad depende de su concentración y de lo que pueda durar la exposición.
Los desastres de la guerra conllevan, a más de la lamentable pérdida de vidas humanas, la degradación del equilibrio ecológico que debería reinar en el planeta.
Las guerras, una vez acabadas, siguen repercutiendo en la calidad del aire, agua y suelo, en detrimento de la la salud de las futuras, si las hay, generaciones.
Familiares de militares españoles en el Líbano se indignan, como si el ejército fuera una Oenegé: “Están en guerra y fueron a una misión de paz humanitaria”.


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