Asomarse
a la lectura de los Comentarios a la Guerra de las Galias de Gayo Julio
César como hacían los bachilleres y estudiantes de latín hasta hace
poco (Gallia est omnis diuisa in partes tres... ) supone asistir a
un proceso singular: cómo la Galia o, mejor dicho, las Galias entraron
definitivamente a formar parte de la historia de Occidente.

El
hecho de que César sea para nosotros el responsable de dicha entrada
por la fuerza de las armas y de las letras es bastante significativo
desde el momento en que en él confluyen con mayor o menor fortuna el
protagonismo de la historia y el historiador de ella, colaborando no
sólo de hecho con la conquista militar al sometimiento de los pueblos
que habitaban su suelo sino también con las palabras que escribió en sus
informes oficiales, destinados en principio al senado romano y
publicados después como obras literarias, a que los innúmeros pueblos
galos hasta entonces desconocidos y libres entraran en la historia,
alcanzando incluso su identidad nacional al ser subyugados por la loba
romana y conformando una parte no poco importante de lo que hoy es
Europa.
Que
esta entrada "triunfal" en la historia occidental no fue ni podía ser
un acontecimiento feliz y pacífico puede juzgarlo el lector a raíz del
testimonio de Plutarco en la biografía del futuro dictator perpetuus (Vidas paralelas, César, 15):
“En los diez años escasos que duró su guerra en las Galias, (Julio
César) tomó por asalto más de ochocientas fortalezas, sometió a
trescientas naciones, combatió en distintas batallas contra un total de
tres millones de enemigos, aniquiló en combate a un millón e hizo
prisioneros a otros tantos”. Sea el que sea el margen de error o exageración que
atribuyamos aquí a Plutarco, sus palabras valen de cualquier modo para
demostrar que la entrada de un pueblo en la historia, con su
consiguiente asimilación y conocimiento, es un crimen considerablemente
sangriento, nunca un acontecimiento pacífico y feliz.
Viniendo a lo de hoy, resulta que el presidente de la China comunista, afirmó,
comentando su reunión con el presidente de la España progresista, que ambos países
están «en el lado correcto de la historia».
Aquí entre nosotros, es una coletilla que últimamente se oye mucho
y que alardea de una superioridad moral de nuestros dirigentes y que
presupone que la Historia, con mayúscula inicial honorífica, es la nueva
divinidad que nos juzgará y nos absolverá, o nos condenará si hemos estado walking
on the wild side, como cantaba Lou Reed.
Clío, Musa de la Historia, Pierre Mignard (c. 1689)
La coletilla recubre un maniqueísmo de película de
“buenos” y “malos” que pone a la Historia como el Juez
Supremo y soberano, que está por encima de nosotros y que emitirá su sentencia absolutoria o condenatoria en el
Juicio Final, y que nos presenta entre tanto a nosotros como héroes
y a nuestros adversarios como villanos.
Es prematuro pensar que la Historia nos absolverá o
nos condenará porque no sabemos quién es esa vieja dama, ni qué
hechos de los nuestros son históricos y cuáles no. Tanto el cristianismo como el marxismo sentaron el principio a todas luces falso de que la historia era una línea recta que tenía un principio, la creación del mundo, y un fin, que era el Juicio Final o el final de los tiempos, y que tenía un sentido, y que había un progreso que mejoraba paulatinamente las condiciones de la vida con el tiempo, creyendo que había un premio siempre futuro e inalcanzable.
Dividir los hechos en correctos o incorrectos es de
un simplismo bobalicón y galopante, porque no hay cosas buenas y malas de por sí, sino una interpretación moral de las cosas en esos términos maniqueos y simplistas, que ignora que ordinariamente nada es blanco o negro, ya que hay una amplísima gama de grises y matices.
Ha de ser, sin duda, muy reconfortante para uno saber que está “en el lado correcto” aunque a la hora de definir cuál sea ese lado correcto sólo se sepa decir: el lado en el que uno está.
La Historia, sea lo que sea, es otra cosa, no muy alejada, por
cierto, de la muerte. Por eso “pasar a la Historia” es una
expresión sinónima de “estar muerto”, como la expresión “hacer
Historia” lo sería de matar. No se entra en la Historia de
cualquier manera, hay que hacer algo grande, muy grande para entrar
en ella, y no digamos ya para entrar en el inexistente lado correcto.
El periodismo cuenta los hechos de la actualidad y
decide cuáles son ahora relevantes Preguntarse, como hizo el actual
presidente del Gobierno de las Españas, qué dirá de uno la
historia, es incurrir en la ingenuidad porque lo más probable es que
esta, callada como la puta que es, no diga absolutamente nada de nosotros.
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