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sábado, 7 de febrero de 2026

Brevia

 SVA CVIQVE PERSONA

Cada cual tiene su propia máscara. Persona significa "máscara" en latín, de ahí personaje y personalidad. La cara, que, no lo olvidemos, es el espejo del alma,  según el refrán, es la persona,  y la persona es la máscara teatral,  cómica o trágica o, generalmente, ni lo uno ni lo otro en estado puro, sino dramática mezcolanza, porque la vida no es una comedia o una tragedia sino una tragicomedia, la farsa que todos llevamos a cabo, como dijo Rimbaud, el poeta adolescente.  Todos somos 'personae' en esta tragicomedia y quizá, como Octavio Augusto,  según cuenta su biógrafo Suetonio, debamos preguntarnos al final de nuestra vida si merecemos un aplauso por nuestra actuación, aunque tal vez no haya que esperar a ese momento para preguntarnos eso, sino que podemos hacerlo ahora mismo, por ejemplo. El latinajo es de Séneca.
 
 
LA CRATERA DE HÉLENA
En un pasaje de la Odisea inagotable de Homero se narra cómo la legendaria Hélena, la mujer más hermosa de toda Grecia, tan bella que parecía la humana encarnación de la divina Afrodita, alejaba las preocupaciones de su esposo Menelao dándole a beber un brebaje del país del Nilo que diluía en el vino, calmando así el dolor, la angustia y la ira bajo su conjuro. Ese opiáceo egipcio era “grande remedio de hiel y dolores, y alivio de males”, por decir con un hexámetro en legua de Castilla lo que cantaba el griego en la suya con divinas y aladas palabras. Era una droga tan poderosa que podía consolarlo a uno de cualquier pena, como la de perder a un padre, a una madre, a un hermano o a un hijo queridos. Se hizo proverbial en la antigüedad refiriéndose a ella como la “cratera de Hélena”, aludiendo a la vasija, que eso quiere decir cratera, donde se mezclaba el agua con el vino puro para diluirlo, y denominando con el nombre del continente el misterioso contenido que le daba Hélena a probar a Menelao.

El rey Menelao y la bella Hélena, Jan Styka (1858-1925)
 
HERACLITANA
Oigamos las misteriosas palabras de  las perturbadoras tres brujas de Macbeth de Shakespeare que cantan a coro: “Hermoso es lo feo y es feo lo hermoso”. Ellas nos enseñan la lógica de la contradicción, nos enseñan a ver la belleza en la fealdad y la fealdad en la belleza: lo que es feo es bello y lo que es bello es feo. De igual manera podrían enseñarnos a ver que lo malo es bueno y lo bueno es malo, como nos inculcaron desde nuestra más tierna infancia pedagógicamente. 

Macbeth y las tres brujas, Théodore Chassériau (1855)

300 HÉROES MUERTOS
Según Herodoto, el padre de la Historia, fue Simónides de Ceo el autor del dístico elegíaco grabado sobre una piedra en el paso de las Termópilas que conmemoraba la célebre batalla. El epigrama de Simónides –escueta composición poética compuesta por lo general de dos versos, un hexámetro y un pentámetro dactílicos, para inscribir como epitafio sobre una tumba- transmitido por el historiador griego recuerda a los trescientos espartanos que cayeron heroicamente protegiendo el desfiladero de las Termópilas en el año 490 antes de la era cristiana a las órdenes de Leónidas, el león de Esparta, defendiendo Grecia de la invasión de las huestes persas del rey Jerjes, y alcanzando una heroica muerte bajo la lluvia de las infinitas flechas que los acribillaron. El lacónico epigrama asocia la idea de obediencia a las leyes con la muerte, que hace que los trescientos pasen a la Historia, porque solo lo que está escrito está muerto y viceversa:
 ὦ ξεῖν’, ἀγγέλλειν Λακεδαιμονίοις ὅτι τῇδε 
 κείμεθα τοῖς κείνων ῥήμασι πειθόμενοι νομίμοις.
 
Ve, extranjero, a decir a Esparta tú que nosotros
obedeciendo a su ley   muertos yacemos aquí.

 HIPOCRESÍA Y TEATROCRACIA
Los griegos llamaronn al actor ὑποκριτής “hypokrités”; esta palabra subsiste curiosamente en nuestra lengua como reproche que se le hace a alguien por su falsedad bajo la forma “hipócrita”: el que actúa y no precisamente en un escenario, sino en la realidad, es decir, el mal actor, el que representa a un personaje en las tablas del poco noble teatro de la vida cotidiana. El divino Platón, por su parte, inventó la palabra θεατροκρατία “teatrocracia” que podría recobrar vida e importancia en este mundo nuestro contemporáneo que a veces ha sido descrito como “sociedad del espectáculo” (Guy Débord). La teatrocracia correspondería a este estado de degeneración de la democracia en el que gobernaría la mayoría (oclocracia o gobierno de la masa propiamente dicha), que nunca totalidad, del público. Es el gobierno de la chusma y del populacho, dicho con todo el poder despectivo de esta última palabra. Es el gobierno de la Opinión Pública, pero no el gobierno del pueblo, porque el pueblo, la gente no es una masa de individuos y cada individuo un voto, como pretenden los políticos que sea para que sea sólo eso y nada más que eso, sino algo vivo y palpitante, que está, a poco que se la deje hablar y se le preste oídos a lo que dice, diciendo siempre que no a todas las imposiciones que sobre ella se fundamentan, y, en concreto, a la farsa de la realidad. 
  

sábado, 23 de septiembre de 2023

Otoño homérico y bíblico

    Un fragmento del poeta griego Simónides de Ceo (19 West) se hace eco de lo que considera la cosa más bella que cantó el poeta ciego de Quío, en clara alusión a Homero, y nos cita un hexámetro del libro sexto de la Ilíada (VI, 146): 

Ἓν δὲ τὸ κάλλιστον Χῖος ἔειπεν ἀνήρ·     οἵη περ φύλλων γενεή, τοίη δὲ καὶ ἀνδρῶν.

Este es el verso más bello que dijo el hombre de Quíos:
"Como linaje de hojas, igual así el de los hombres".

 
    Diomedes, el hijo de Tideo, antes de enfrentarse con Glauco, le pregunta cuál es su linaje, pues teme que sea de estirpe divina y no quiere luchar con un dios por miedo al castigo de atreverse a tanto. Glauco le responde entonces: “Vástago audaz de Tideo, preguntas cuál es mi linaje: / Como linaje de hojas, igual así el de los hombres. / Unas tira a tierra un viento, y otras el bosque / hace frondoso que broten y llega en sazón primavera. / Tal el linaje del hombre, uno nace y otro perece.” 
 
οἵη περ φύλλων γενεὴ τοίη δὲ καὶ ἀνδρῶν.
φύλλα τὰ μέν τ᾽ ἄνεμος χαμάδις χέει, ἄλλα δέ θ᾽ ὕλη
τηλεθόωσα φύει, ἔαρος δ᾽ ἐπιγίγνεται ὥρη·
ὣς ἀνδρῶν γενεὴ ἣ μὲν φύει ἣ δ᾽ ἀπολήγει.
(Homero, Ilíada VI 146-149)
 
     Un libro sapiencial de los 46 que constituyen el llamado Antiguo Testamento de la Biblia de la Iglesia Católica llamado el Libro de la Sabiduría de Jesús ben Sirá, más conocido como el Eclesiástico, que no el Eclesiastés, que es otro de ellos, hace una comparación de la vida de los seres humanos -la generación de la carne y la sangre- con las hojas de un árbol frondoso, que en el otoño se desprenden de sus ramas -hojas secas, feuilles mortes- para dar paso a otras que brotarán en la primavera de esas mismas ramas, en el ciclo del eterno retorno de las estaciones del año, la misma comparación homérica: Como linaje de hojas, igual así el de los hombres.  


    Así se lee en la traducción de Nácar-Colunga, capítulo 14, versículo 19, del Eclesiástico:  Como las hojas verdes de un árbol frondoso, / que unas caen y otras brotan, / así es la generación de la carne y de la sangre: / unos mueren y otros nacen. 

    O en la versión de san Jerónimo al latín: sicut et folium fructificans in arbore uiridi alia generat et alia deicit, sic generatio carnis et sanguinis alia finitur et alia nascitur.

 

viernes, 22 de septiembre de 2023

¿Qué y cómo es Dios?

    Escribe Cicerón en su tratado teológico De natura deorum I, 60 sobre qué o cómo es la divinidad, apoyándose en el poeta Simónides de Ceos, quien estuvo alojado en la corte del tirano Hierón de Siracusa en torno al año 476 ante, lo siguiente:


    Si me preguntas qué es o cómo es la divinidad, haré uso de la autoridad de Simónides, quien, al haberle preguntado eso mismo el tirano Hierón (roges me quid aut quale sit deus: auctore utar Simonide, de quo cum quaesiuisset hoc idem tyrannus Hiero), solicitó un día para pensárselo (deliberandi sibi unum diem postulauit); al preguntarle lo mismo al día siguiente, pidió un par de días (cum idem ex eo postridie quaereret, biduum petiuit); como duplicaba el número de días una y otra vez y Hierón extrañado no dejaba de preguntarle por qué obraba así (cum saepius duplicaret numerum dierum admiransque Hiero requireret cur ita faceret), respondió Simónides: “Porque cuanto más tiempo lo considero, tanto más oscura me parece que es mi esperanza” ("quia quanto diutius considero" inquit "tanto mihi spes uidetur obscurior"). 

    En una versión griega de la misma anécdota, donde no se menciona al tirano Hierón, sino a un hipotético "alguien" como preguntador, el poeta Simónides responde: cuanto más reflexiono sobre la divinidad, tanto más me alejo de saberlo (ὅσον, ἔφη, µᾶλλον σκοπῶ περὶ τοῦ θείου, τοσοῦτον ἀπέχω εἰδέναι). 


    El testimonio de Simónides que cita Cicerón señala la dificultad que hay en saber y poder, por lo tanto, afirmar algo en términos generales sobre Dios o la divinidad, si se prefiere, por lo que en cualquier afirmación que se nos ocurriera hacer sobre la divinidad, más que acercarnos a su comprensión nos estaríamos alejando irremisiblemente de ella. 



    Será el maestro Eckhart, en la era cristiana, quien incidirá en esta idea de la inefabilidad de Dios afirmando: Todo lo que digas de Dios es falso, y De Dios lo mejor es el silencio.
 
    Algo muy parecido afirmó san Agustín sobre el tiempo:  Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero no lo sé si quiero explicárselo a quien me lo pregunta. («Quid est ergo tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare uelim, nescio.»)

lunes, 26 de julio de 2021

Del arte de la memoria y el más difícil del olvido

     Cuenta el inagotable Cicerón en De oratore lo mucho que le debe el arte de la oratoria al poeta griego Simónides de Ceos, que según se decía había inventado la mnemotecnia, en unos tiempos en que para pronunciar un discurso era imprescindible no leerlo, sino aprendérselo de memoria y recitarlo punto por punto,  igual que en el teatro. Nadie le prestaría en la antigüedad atención ni credibilidad, como dicen ahora,  a un orador que leyera un discurso, como hacen todos nuestros políticos empezando por el mismísimo rey de todas las Españas.

    Y sentencia Cicerón que es muy importante ejercitar la memoria (memoria minuitur nisi eam exerceas, a saber, que la memoria se atrofia si no se ejercita), algo que algunos pedagogos modernos, víctimas de la enfermedad del doctor Aloysius Alois Alzheimer,  parecen haber olvidado. 

    Cuenta, en efecto, el arpinate que el poeta Simónides había ido a Cranón, en la Tesalia, a cenar a casa de un tal Escopas, un personaje muy importante de esa ciudad, que lo había invitado, y que allí le había recitado el poema que había compuesto por encargo en su honor para esa ocasión,  en el que había incluido una larga y culta alusión mitológica a los gemelos Cástor y Pólux, como era costumbre entre los poetas, y que a lo que parece no debíó de gustarle mucho al anfitrión, ya que entonces, haciéndose el ingenioso y mostrando una tacañería fuera de lo normal, le dijo que sólo le pagaría la mitad de lo estipulado, y que reclamase la otra parte a los hijos de Tíndaro, o sea a los Dioscuros o mancebos de Zeus, es decir, a los dos gemelos Cástor y Pólux, a los que tanto había elogiado en su poema...

    El caso es que, según cuentan, llamaron entonces a la puerta y nuestro poeta tuvo que ausentarse un momento porque le reclamaban afuera unos desconocidos. Salió y, para su sorpresa, no encontró a nadie. Pero en ese preciso momento, se derrumbó el artesonado del salón donde se celebraba el banquete sepultando al anfitrión y a todos sus huéspedes. Sólo se había salvado milagrosamente el poeta Simónides de Ceos, ausente en ese momento de la sala. ¿Fueron acaso los propios Pólux y Cástor los que reclamaron al poeta para pagarle la parte que su anfitrión le había negado salvándole de la muerte? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero todo apunta a que así pudo ser.

 Cástor y Pólux salvan al poeta Simónides de una muerte cierta

    Los familiares de los fallecidos querían, como es natural, entonces recuperar los cuerpos de sus parientes y allegados para darles sepultura rindiéndoles las debidas honras fúnebres, pero no eran capaces de identificar sus restos mortales, que se confundían y resultaban irreconocibles bajo los escombros.

    Fue entonces cuando Simónides, haciendo uso de su memoria, fue identificando todos los cadáveres uno tras otro, poniéndoles nombre propio. Recordaba, en efecto, el lugar exacto en que cada uno se hallaba en el momento de salir de la estancia. A cada uno le había asignado en el Palacio de la Memoria el lugar que ocupaba en el banquete, y así ordenadamente, uno tras otro, fue recordando, es decir, devolviendo a la vida los nombres de todos y cada uno de los fallecidos. Gracias a su memoria había reconstruido el salón donde se había celebrado el banquete.

  
    Y es que la memoria es una de las artes mayores, que viene de la antigüedad y llega hasta nuestros días, porque Memoria, la Mnemósine de los griegos, era la madre de todas las Musas, y por lo tanto, de todas las artes temporales, es decir, de aquellas que se desarrollan en el transcurso del tiempo para deleitar al oído, sobre todo, la música y la poesía, que es palabra en el tiempo, palabra melódica que se lleva el viento.

    En el Palacio de la Memoria reinan los buenos recuerdos, pero también tiene allí su trono paradójicamente el olvido. Cicerón menciona a Temistoclés, que dotado también de una prodigiosa memoria como el poeta Simónides, prefería sin embargo el arte del olvido a la mnemotecnia. Y es que para ser feliz en esta vida hay que tener, además de algo de buena salud, mala memoria, porque la felicidad consiste en la facilidad o buena disposición para  olvidar los muchos agravios de la existencia. Desgraciadamente, Temistoclés no nos ha enseñado cómo ejercitar el arte del olvido.


    Saber olvidar más es dicha que arte. Dice Gracián que las cosas que son más para olvidadas son las más acordadas. Es verdad. La villanía de la memoria consiste en que nos falta cuando más es menester que esté presente, y nos viene y está de sobra cuando menos convenía que viniera. Los malos recuerdos son prolijos y obstinados, y la memoria de los buenos, los que dan gusto, es liviana. Consiste a veces el remedio del mal en olvidar el mal, pero olvidamos –qué paradoja- el remedio.