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sábado, 15 de noviembre de 2025

Elementos mnemagógicos

Uno de los primeros relatos de Primo Levi incluido en su libro de cuentos “Historias naturales” se titula Los mnemagogos. La palabreja es un neologismo inventado por él basado en “demagogos”, “pedagogos” y “psicagogos”, por ejemplo; los primeros son los conductores del pueblo, los que lo llevan por mal camino, los que lo engañan y manipulan de mala manera; los segundos, más civilizados, hacen lo mismo pero con las tiernas criaturas que son los niños; y los terceros, lo mismo con las almas. 
 
El primer componente de la palabra proviene del sustantivo griego -y es que todavía seguimos hablando griego aunque parezca mentira y no seamos conscientes de ello- μνήμη (mnéme=recuerdo, memoria), y la segunda, del adjetivo y sustantivo igualmente heleno ἀγωγός (agogós=guía, conductor), derivado a su vez del verbo ἄγειν (ágein=conducir), por lo que formado como está el término por mnem(e) y agogo, significará 'suscitador o evocador de la memoria y sus recuerdos'. 
 
El cuento trata sobre un médico viejo, el doctor Montesanto, que está a punto de jubilarse y que, como muchos ancianos, vive en un mundo de recuerdos. Los diarios y las fotografías le ayudan a evocar el pasado, pero su formación farmacológica le ha permitido idear otra forma ingeniosa de luchar contra la amnesia y despertar recuerdos vívidos de lugares, personas y épocas: mediante aromas, preparados con sustancias químicas y guardados en frascos. Posee unos cincuenta, cinco de cuyas esencias se describen en el cuento. 
 
La nariz, John Steinberg (1967)
 
El primero es el aroma de las aulas de las escuelas de enseñanza primaria, en concreto de su clase del colegio. Para los demás puede que no represente nada, pero para el doctor Montesanto es la esencia -nunca mejor dicho- de su propia infancia: Conservo incluso la fotografía de mis treinta y siete compañeros de la escuela primaria, pero el olor de este frasco está enormemente más predispuesto a traerme a la mente las horas interminables de tedio sobre el abecedario; el particular estado de ánimo de los niños (¡de mí cuando niño!) ante la terrorífica expectativa de la primera prueba al dictado. Cuando lo huelo (ahora no: hace falta, claro, un cierto grado de concentración), ...cuando lo huelo, decía, se me revuelven las vísceras igual que cuando, a los siete años, estaba esperando a que me preguntaran la lección (traducción de Carmen Martín Gaite). 
 
El segundo aroma suscita el recuerdo del aliento de su padre diabético, el tercero un hospital donde trabajó, el cuarto las cumbres de las montañas, y el quinto esenciero, que “desprendía un ligero aroma a piel limpia, a polvos de tocador y a verano” no evoca ningún lugar ni tiempo determinados, sino a una mujer en particular: Questo non è un luego né un tempo. È una persona
  
Los aromas conservan las esencias de las cosas y tienen el poder de despertar y evocar nuestros recuerdos personales e individuales, como de alguna manera también lo hacen las etimologías, a las que era tan aficionado Primo Levi, que tienen el poder de despertar nuestros recuerdos históricos compartidos, por lo que ambas cosas, aromas y etimologías, son mnemotécnicas. 
 
Incluiría, por mi parte, en el repertorio mnemagógico los sabores, como la famosa magdalena de Proust mojada en el té de En busca del tiempo perdido, y la música, que nos arrebata a veces y nos transporta a un pasado que hemos olvidado pero que, por su parte, no se ha olvidado ni olvida fácilmente de nosotros. 
 
Suena una emisora de radio captada por azar en el dial. De pronto, reconocemos los primeros acordes de la melodía de una vieja canción que nos resulta familiar y cuando queremos darnos cuenta estamos tarareando sin querer melódicas notas musicales que nos hacen evocar nuestros recuerdos más imprecisos y desmemoriados. Se arremolinan pensamientos y sentimientos en nuestra cabeza que nos transportan a hace más de cincuenta años, y recordamos un día de verano en la playa, o una tarde lluviosa de invierno detrás de los cristales. 
 
Es la banda sonora de la película autobiográfica de nuestra vida que desata unas emociones como por arte de magia transportándonos al mundo de los recuerdos olvidados en el desván de una memoria involuntaria. 
 

En mi caso, las notas musicales del Canon en Re Mayor de Pachelbel son, como algunos aromas, un potente motor que libera los recuerdos más insospechados e inconscientes de un pasado que puede que no haya pasado nunca todavía porque no ha acabado de pasar. Quizá la música sea un buen antídoto contra el mal del olvido, capaz de liberar nuestras emociones y nuestros más recónditos recuerdos.

lunes, 26 de julio de 2021

Del arte de la memoria y el más difícil del olvido

     Cuenta el inagotable Cicerón en De oratore lo mucho que le debe el arte de la oratoria al poeta griego Simónides de Ceos, que según se decía había inventado la mnemotecnia, en unos tiempos en que para pronunciar un discurso era imprescindible no leerlo, sino aprendérselo de memoria y recitarlo punto por punto,  igual que en el teatro. Nadie le prestaría en la antigüedad atención ni credibilidad, como dicen ahora,  a un orador que leyera un discurso, como hacen todos nuestros políticos empezando por el mismísimo rey de todas las Españas.

    Y sentencia Cicerón que es muy importante ejercitar la memoria (memoria minuitur nisi eam exerceas, a saber, que la memoria se atrofia si no se ejercita), algo que algunos pedagogos modernos, víctimas de la enfermedad del doctor Aloysius Alois Alzheimer,  parecen haber olvidado. 

    Cuenta, en efecto, el arpinate que el poeta Simónides había ido a Cranón, en la Tesalia, a cenar a casa de un tal Escopas, un personaje muy importante de esa ciudad, que lo había invitado, y que allí le había recitado el poema que había compuesto por encargo en su honor para esa ocasión,  en el que había incluido una larga y culta alusión mitológica a los gemelos Cástor y Pólux, como era costumbre entre los poetas, y que a lo que parece no debíó de gustarle mucho al anfitrión, ya que entonces, haciéndose el ingenioso y mostrando una tacañería fuera de lo normal, le dijo que sólo le pagaría la mitad de lo estipulado, y que reclamase la otra parte a los hijos de Tíndaro, o sea a los Dioscuros o mancebos de Zeus, es decir, a los dos gemelos Cástor y Pólux, a los que tanto había elogiado en su poema...

    El caso es que, según cuentan, llamaron entonces a la puerta y nuestro poeta tuvo que ausentarse un momento porque le reclamaban afuera unos desconocidos. Salió y, para su sorpresa, no encontró a nadie. Pero en ese preciso momento, se derrumbó el artesonado del salón donde se celebraba el banquete sepultando al anfitrión y a todos sus huéspedes. Sólo se había salvado milagrosamente el poeta Simónides de Ceos, ausente en ese momento de la sala. ¿Fueron acaso los propios Pólux y Cástor los que reclamaron al poeta para pagarle la parte que su anfitrión le había negado salvándole de la muerte? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero todo apunta a que así pudo ser.

 Cástor y Pólux salvan al poeta Simónides de una muerte cierta

    Los familiares de los fallecidos querían, como es natural, entonces recuperar los cuerpos de sus parientes y allegados para darles sepultura rindiéndoles las debidas honras fúnebres, pero no eran capaces de identificar sus restos mortales, que se confundían y resultaban irreconocibles bajo los escombros.

    Fue entonces cuando Simónides, haciendo uso de su memoria, fue identificando todos los cadáveres uno tras otro, poniéndoles nombre propio. Recordaba, en efecto, el lugar exacto en que cada uno se hallaba en el momento de salir de la estancia. A cada uno le había asignado en el Palacio de la Memoria el lugar que ocupaba en el banquete, y así ordenadamente, uno tras otro, fue recordando, es decir, devolviendo a la vida los nombres de todos y cada uno de los fallecidos. Gracias a su memoria había reconstruido el salón donde se había celebrado el banquete.

  
    Y es que la memoria es una de las artes mayores, que viene de la antigüedad y llega hasta nuestros días, porque Memoria, la Mnemósine de los griegos, era la madre de todas las Musas, y por lo tanto, de todas las artes temporales, es decir, de aquellas que se desarrollan en el transcurso del tiempo para deleitar al oído, sobre todo, la música y la poesía, que es palabra en el tiempo, palabra melódica que se lleva el viento.

    En el Palacio de la Memoria reinan los buenos recuerdos, pero también tiene allí su trono paradójicamente el olvido. Cicerón menciona a Temistoclés, que dotado también de una prodigiosa memoria como el poeta Simónides, prefería sin embargo el arte del olvido a la mnemotecnia. Y es que para ser feliz en esta vida hay que tener, además de algo de buena salud, mala memoria, porque la felicidad consiste en la facilidad o buena disposición para  olvidar los muchos agravios de la existencia. Desgraciadamente, Temistoclés no nos ha enseñado cómo ejercitar el arte del olvido.


    Saber olvidar más es dicha que arte. Dice Gracián que las cosas que son más para olvidadas son las más acordadas. Es verdad. La villanía de la memoria consiste en que nos falta cuando más es menester que esté presente, y nos viene y está de sobra cuando menos convenía que viniera. Los malos recuerdos son prolijos y obstinados, y la memoria de los buenos, los que dan gusto, es liviana. Consiste a veces el remedio del mal en olvidar el mal, pero olvidamos –qué paradoja- el remedio.