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martes, 28 de julio de 2026

Pareceres CXVIII

580.- Escolarización obligatoria: Casi nadie se cuestiona la escolarización obligatoria. Hay algunos, incluso, que quieren ampliar ese nuevo servicio que es la ESO española (Educación -y no Enseñanza- Secundaria Obligatoria) de los dieciséis actuales hasta los dieciocho años de la mayoría de edad legal. La enseñanza comenzó siendo obligatoria hasta los diez años, luego hasta los catorce, ahora lo es hasta los dieciséis, y parece que finalmente quieren imponerla hasta los dieciocho; obligatoria, por imperativo legal, desde los seis años de edad, pero en la práctica ya hay parvulario desde los tres años; y quieren lograr la escolarización por abajo desde los “cero” años, con lo cual se va a convertir el sistema educativo español, si no lo es ya, que ya lo es, en un Kindergarten, jardín de infancia o guardería tutelada de menores donde los padres depositan a sus hijos bajo custodia del Estado porque no pueden ocuparse de ellos. ¿Y qué hemos sacado en claro? Aumento cuantitativo de los estudiantes, descenso cualitativo de las enseñanzas, grandes rebajas de los contenidos de los programas y las exigencias mínimas, con lo que la incultura y la práctica analfabetización tanto en ciencias como en letras de las nuevas generaciones españolas es general, salvo rarísimas excepciones que se producen a pesar del propio sistema educativo. Ese es el logro social que querían conseguir, y que ya han conseguido: una nuevas generaciones acríticas, sumisas, visceralmente incultas, fieles contribuyentes a Hacienda, que dicen que somos todos, unos demócratas que pueden votar a los unos o a los otros, a diestro y siniestro, da igual, o sea, unos seres que creen que son libres porque pueden elegir a sus amos, y que lo único que hacen es lo que está mandado. 
 
 
 
581.- En cómodos plazos. Hay gente que, llegando estas fechas estivales, solicita un préstamo para pagarse unas vacaciones de las que luego presumir en sus círculos sociales, como se decía antes, o en sus redes sociales, como se prefiere ahora, una vez sustituidos los círculos de antaño por las redes virtuales actuales. Consiguen así hacerse pasar por lo que no son: ricos durante dos semanas al año para luego volver a la dura, cruda y, más que pobre, paupérrima realidad. Se permiten unos lujos asiáticos gracias a las deudas contraídas con bancos y entidades financieras, que encima les dicen, con recochineo, que lo que les mueve no es el dinero, sino su bienestar. «Paga en cómodos plazos sin intereses» es la fórmula con la que engañan al cliente. Frente a una exigua minoría verdaderamente acomodada, la inmensa mayoría está compuesta por personas que, con tal de desconectar de una vida alienante y llena de privaciones, se desatan durante los pocos días de vacaciones, soltándose la faja y haciéndose turistas. Antes uno trataba de vivir según sus propios medios; hoy, los medios se consiguen después, con intereses que alimentan a la entidad usurera. Tenemos todo un aparato bancario, publicitario y social construido expresamente para vender una vida a crédito de nuestro tiempo ¿libre? Las apariencias siempre han sido engañosas. La realidad está tejida de ellas, No te fíes de las apariencias, no te fíes de la realidad. 
  
 
 582.- Salir de la zona de confort. Del latín confortare 'fortalecer', a través del francés, confort, llega al inglés, comfort, de donde nos viene al español este anglicismo con el significado añadido de “cómodo”. Por todas partes se oye la frase de que hay que salirse de la zona de confort en la que habita uno: parece que el mero hecho de estar a gusto -a eso alude la expresión 'zona de confort'- es un pecado que hay que expiar. ¿Qué significa realmente «salir de la zona de confort»? Es, en esencia, una acusación velada, una forma diplomática de decir vives ajeno a la realidad, en tu “torre de marfil” como se decía de las personas -generalmente artistas, académicos, científicos, intelectuales...- que se aislaban voluntariamente y desconectaban de la realidad y de los problemas cotidianos de la sociedad, en un jardín de literatura y delicias, cosa que, bien mirada, no es nada reprochable. ¿No será que la zona de confort es la vida que uno ha elegido conscientemente, una vida retirada y alejada del mundanal ruido informático como la que Epicuro, refugiado en su jardín, aconsejaba celebrando los placeres sencillos que están al alcance de la mano de cualquiera? El problema viene cuando muchos abandonan esa vida sencilla y llevadera, movidos por la retórica de la superación personal infinita, persiguiendo objetivos inalcanzables y contraproducentes. Uno, cuando abandona esa zona de confort, acaba añorándola como paraíso perdido al descubrir amargamente que la torre ebúrnea en la que vivía no era una prisión, sino una especie de santuario. El mejor consejo es, desde luego no dar consejo alguno, pero no hay que dejarse condicionar. Mejor que «salir de la propia zona de confort», permanecer en ella el tiempo que se pueda. 
 
  
583.- El estadio como campo de batalla. Es una ingenuidad imperdonable creer que el balompié no es más que un juego, cuando se ha convertido en el mayor fabricante contemporáneo de mitos deportivos. Transforma a los deportistas en estrellas y superestrellas que brillan en el firmamento con luz propia, a las naciones en epopeyas colectivas y a los momentos fugaces en leyendas eternas. Pero estos mitos deportivos no son inocentes: unen, consuelan y, sobre todo, movilizan. Ofrecen a las sociedades fragmentadas un sentido de pertenencia que la política se esfuerza vanamente en conseguir. En las gradas del estadio y en todas las televisiones no se celebra un gol: es una religión secular cuyos ritos son universales. Pero estos mitos también son formidables herramientas de propaganda. Los Estados lo han comprendido bien. El deporte rey se ha convertido en la última gran narrativa compartida de los ojos de miles de millones de espectadores. El balompié permite transmitir mensajes políticos y éticos sutilmente: unidad nacional, la superioridad cultural y moral de que Dios castiga a los malos y premia a los buenos... Es una forma de propaganda delicada, infinitamente más efectiva que las declaraciones oficiales de los mandamases y políticos profesionales, porque apela a la emoción antes que a la razón. Representa la necesidad perdurable del mito centrada en las patadas que se le dan al esférico gracias a la televisión, las redes sociales y la inteligencia emocional de los comunicadores. Impecable análisis el que hace Anónimo García a propósito del partido final del Mundial en el vídeo adjunto en el que asevera que Dios no condujo el balón desde el pie del jugador a la portería del rival. 
 
 584.- Pacifismo belicista. -Hay que denunciar la actitud del ejecutivo español que por un lado cacarea “No a la guerra” y por otro presume en la cumbre de la OTAN/NATO celebrada en Ancara de haber alcanzado el 2% del PIB en gasto militar en este año del Señor de 2026. No deja de ser un ejercicio de profundo cinismo e irresponsabilidad política que el presidente del Gobierno haya “sacado pecho” ante sus socios de haber cumplido «con creces» las exigencias de la Alianza Atlántica, elevando de forma exprés el gasto militar en España hasta alcanzar el 2% del Producto Interior Bruto (PIB) en este año 2026, presumiendo de ser un “socio fiable” de la alianza atlántica y de haber “hecho sus deberes” como alumno aventajado y aplicado que ha logrado el objetivo que se había marcado. Leo por ahí que coincidiendo con la citada cumbre, el Consejo de Ministros y Ministras aprobó una transferencia de 6.287 millones de euros, una cantidad inimaginable, al Ministerio de Defensa. No sé si es cierto o no, pero no me extrañaría que lo fuera. El discurso de Moncloa vincula directamente el incremento del gasto militar con la «búsqueda y defensa de la paz». ¿Hará falta decir aquí que la OTAN no es ni ha sido nunca una organización defensiva ni defensora del derecho internacional, sino un bloque imperialista al servicio de los intereses políticos y, por lo tanto, económicos de las grandes potencias occidentales? Moncloa no tiene ninguna intención de abandonar la OTAN ni de pedir el cierre de las bases estadounidenses en España de Rota y Morón. Con lo cual se demuestra que, por mucho que digan “no a la guerra”, no tienen ninguna intención de desvincular al país del entramado belicista internacional. En ese sentido, el debate que escenifican en los medios sobre si España debe llegar al 5% de gasto militar que exige Estados Unidos o plantarse en el 2% actual es una falsa dicotomía, porque podría, en efecto, ser mayor el gasto militar, pero el gasto actual no es precisamente un gasto menor, sino todo lo contrario. 
 
 

sábado, 18 de julio de 2026

La familia real unida

El fútbol es metáfora de la guerra. La emoción futbolera no solo se vivió en casi todos los hogares españoles, sino también en la Casa Real española, que nos muestra ahora, a través de un vídeo ilustrativo, cómo vivieron el monarca, su cónyuge, la reina, y sus hijas, la princesa y la infanta, el histórico encuentro que nos  reportó la victoria, celebrando el triunfo de nuestras tropas en el frente de combate extranjero. No sé por qué me incluyo en ese nosotros colectivo, si a mí nunca me ha gustado ni interesado el balompié ni en su versión clásica masculina ni en la femenina que se fomenta ahora lo más mínimo. ¡Cómo vibraron sus majestades por los logros -goles- obtenidos y por el glorioso pase a la Final que podría reportarnos la victoria Final!  

La familia española que ve unida el partido de fútbol en el que juega la Roja, nuestra(?) selección nazional, permanece unida y apretada en el estrecho sofá de cuatro plazas. Por sus venas no corre sangre azul, sino roja como la de cualquiera, más exactamente rojigualda, que son los colores de la bandera nacional. 
 
La familia real no se hallaba en el aristocrático palacio, sino, al parecer, en un modesto(?) hotel barcelonés, cuyo nombre no ha trascendido, desde donde siguió el encuentro de semifinales entre los ejércitos de España y Francia que se jugaba en el campo de batalla estadounidense de Dallas.
 
Imagen creada con IA, tomada de Rubén Gisbert
  
Todo un montaje, real como la vida misma, pero falso. Parece de lo más natural, pero no lo es. Solo faltaba el rey soplando la vuvuzela. Y es que no es muy “real” estar en casa en pleno verano con vaqueros, apretados los cuatro en un sofá en el que casi no caben, abrazada la princesa al rey, y la infanta a la reina, en un salón minimalista, con la camiseta personalizada con sus nombres propios: "Felipe VI", "Leonor", "Sofía" y "Letizia". Todos con el número 26 porque estamos en el año del Señor de 2026, el año del Mundial. Unas camisetas que fueron un regalo de la Real Federación Española de Fútbol. Dan ganas de gritar "¡Viva España, Viva el Rey, Viva el Orden y la Ley!" 
 
 
Imagen creada con IA 
 
Viendo la televisión como una familia más, y celebrando el pase de España a la Final. ¡Qué entusiasmo! ¡Qué alegría! ¡Todo un espectáculo, nunca mejor dicho! Un ejemplo de familia unida que permanece unida ante la pantalla de televisión. Parece todo tan natural que, de puro natural, resulta falsísimo, mero postureo.

viernes, 26 de junio de 2026

Rebajas de verano

 
Fútbol:
El principal producto mediático de estos días, seguido por millones de televidentes, es el campeonato mundial y cuatrienal de balompié: 'mas futvol por fabor'. 
 
Football: Todo un espectáculo para los hinchas y los entusiastas del deporte rey, en el que confluyen toda suerte de intereses económicos, sociales y políticos.
 
Varia uariorum:
 De Simone Weil: «El prójimo. Percibir a cada ser humano (imagen de uno mismo) como una prisión en la que habita un prisionero, con todo el universo alrededor». 
 
 Se preguntaba el incorregible Coluche qué harían los católicos, que se santiguaban porque Cristo murió en la cruz, si hubiera muerto víctima de empalamiento.
 
Progreso: 
Progresismo: la nueva religión que concibe la vida como un proceso histórico de avances científicos y tecnológicos que nos conduce a un final feliz inexistente. 
 
En contra del progreso, porque lo que progresa es el capitalismo que es el Sistema político y económico basado en el predominio del capital y el mercantilismo.
  
 Anglicismos: 
 Un selfi, es una autofoto, una forma de suicidio porque fotografiar es matar. Entre la foto de un ser vivo y la póstuma de un cadáver no hay ninguna diferencia.
 
'Le hice ghosting' o'gosteé', un anglicismo innecesario que suena técnico y guay para justificar, desapareciendo cual fantasma, la mala educación del ninguneo.
 
   Cambio climático, cambio temático:
 
Durante la canícula feroz, dicen nuestros hijoputivos, perdón, ejecutivos, hay que relajar el código de vestimenta y ganar frescura prescindiendo de corbata.
 
 Que la ola de calor tórrido que nos invade no nos distraiga del oleaje de totalitarismo y autoritarismo climatizado y trajeado sin corbata de la realidad. 
 
Hay más muertes en invierno por el frío que por el calor en verano, por lo que el calentamiento global, evitando más muertes de las que causa, es beneficioso. 

MoMo registra la mortalidad que se atribuye a las temperaturas, pero las cifras del calor reciben mucha más cobertura mediática, por qué será, que las del frío. 

 Cabe preguntarse por qué las muertes atribuidas al calor estival importan más que las del frío invernal: la razón, el sostén del relato climático calenturiento. 

 Amistades de alquiler:
Lo de buscar amistad mediante tarifa suena a tapadera y subterfugio digital del negocio y oficio más viejo del mundo, que es, huelga decirlo, la prostitución.
 
¿Qué está fallando, cabe preguntar, si alguien, para trabar amistad o encontrar pareja, tiene que acudir a aplicaciones informáticas o a un programa de la tele?

Una plataforma digital alquila -con algún perfil de veinte euros por hora- amigos y amigas para viajes, practicar deporte, eventos, conversar... y lo que surja.

 


Hay una epidemia de soledad no deseada que se está volviendo endémica y que es fruto de la 'vida' digital, y afecta ya tanto a los jóvenes como a los viejos. 
 
El usuario prefiere que el cobro se gestione de forma digital antes del encuentro para evitar el momento violento y embarazoso de sacar la cartera tras la cita. 
 
No queremos ver que hemos caído en la adicción de las redes sociales, peces pescados convencidos de que somos libres y que es una elección nuestra conectarnos. 

sábado, 25 de abril de 2026

Partidazo de liga

El coordinador de Euskal Herria Bildu (“Reunir el País Vasco”), la coalición política nacionalista e independentista vascongada que se considera de izquierdas, ante la celebración del partido de balompié que tendrá lugar, si nada ni nadie lo impide, en los madriles el día 25 de abril entre el Athletic Club de Bilbao y el Atlético de Madrid a las nueve en punto de la noche ha hecho una declaraciones a medio camino entre el fervor de la hinchazón deportiva y la reivindicación política: «Queremos una república vasca, pero si el Rey Felipe VI nos da la Copa, me conformo con llenar el estadio de ikurriñas, cantar nuestras canciones y dejar claro que somos Euskal Herria y no somos España». 
 
Alegoría del nacionalismo vasco
 
El líder de la coalición también declaró que sabía de buena tinta que en la afición del Atléti(co de Madrid) había “un sector de ultraderecha, muy fascista y muy antivasco”, pese a que, como recordó irónicamente, ese club fue fundado a principios del siglo XX por un grupo de ingenieros bilbaínos. 
 
El estadio  Metropolitano de los madriles, que ahora se llama  Riyadh Air, con el nombre de la aerolínea saudí, que se ha echo con el naming right del estadio entrando como main sponsor del feudo del equipo,  donde se celebrará el encuentro se convertirá en un campo de batalla donde se corearán himnos y se agitarán banderas. 
 

Si gana el Athletic Club, su victoria se interpretará en clave identitaria política sobre la ultraderecha fascista y antivasca. No entiendo a los independentistas vascos. Dicen que no son España. Quieren independizarse de una identidad política para pasar a depender de otra identidad política. No saben independizarse sin tener que depender siempre de algo.

miércoles, 23 de octubre de 2024

Amor a los colores

    Discutían acaloradamente el otro día en la barra del bar varios tertulianos. ¿Cuál era el asunto de su apasionada charla? Fútbol. No podía ser otro el tema. Me vino enseguida a las mientes el dicho de Juvenal panem et circenses, que,   después de haber sido "pan -es decir trabajo- y toros" en la España zarzuelera de pasodoble taurino y sangre en el ruedo, se actualiza ahora mismo como "pan -trabajo, o a falta de él, subsidio de desempleo, paguita o renta básica en el horizonte- y fútbol -o diversión alienante-" en la España autonómica de las quinielas, los estadios y retransmisiones televisivas y radiofónicas: los instrumentos estupefacientes del Poder para amodorrar a la inmensa mayoría democrática de la ciudadanía como dicen ahora. Los tiempos mudan para que las cosas puedan seguir esencialmente igual.  

    Vieja costumbre esta, que se remonta a la Roma cesariana, y, mucho más cerca de nosotros, a la dictadura del Generalísimo Franco, que convirtió al Real Madrid en el equipo oficial del régimen. La victoria, por ejemplo, de la selección española sobre la URSS en 1966 se presentó como un triunfo nacional católico sobre el comunismo. El fútbol o balompié en román paladino es un asunto de interés nacional, el único asunto, a decir verdad, de interés nacional. Sirve para distraer a la población, y, mucho más que eso, es casi una cuestión religiosa, es el opio del pueblo, o sea, la nueva religión.

    Sólo el deporte rey es capaz de desatar nuestros instintos más bajos aquí y en cualquier punto del universo mundo,  y él solo puede desencadenar, ya sea en el estadio, ya a través de la pantalla del televisor en el corazón de nuestro agridulce hogar o en el bar de la esquina, nuestras más rastreras y vergonzantes pasiones, que son, huelga decirlo, las patrióticas, gregarias y nacionalistas. 

    El caso es que acababan de dar la noticia en la sección informativa del telediario, y alababa uno de aquellos hinchas o forofos fanáticos del fúzbol -con zeta de rebuzno- de la tertulia de la barra del bar a un fuzbolisto que, al parecer, había renovado su contrato -su fichaje, decía él-, por "amor a los colores".
 
 Fotograma de la película Ben Hur (1959) William Wyller

    Llamó enseguida mi atención aquella colorida expresión. Hablaban de “el equipo rojiblanco, el club azulgrana...”, y me recordaban, en efecto, por deformación profesional,  a la factio albata, los blancos, la factio russata, los rojos, la factio ueneta, los azules..., de las cuadrillas que jaleaban a los aurigas en las carreras del circo romano. Las camisetas de colores que representan al equipo y al club que lucen nuestros jugadores de balompié son el exacto equivalente, con flagrante anacronismo, de las túnicas cortas del color de cada facción que lucían los automedontes que conducían las cuadrigas, espectáculo que se recrea magistralmente en la espléndida escena de la película Ben Hur (1959) de William Wyller, donde al final el colorido de los equipos se reduce a los elementales del blanco y el negro de los propios corceles, blancos como la nieve resplandeciente los del galileo, negros como el tizón los del pérfido Mesala, con todo su simbolismo moral de buenos y malos que acarrean.

-El amor a los colores ya pasó a la historia, tío. -Sentenció uno de los tertulianos.
-¡No...! Hay jugadores honrados, pocos, pero los hay, que defienden los colores de la camiseta, y que la sudan a tope y dan lo mejor de su rendimiento en el campo de juego. Y a esos les duele en el alma una derrota del equipo y defraudar a la afición que les anima en el graderío por detrás.


 Imagen de la Roja, la Selección Española ganadora de la Eurocopa 2024.

    A mí la expresión “defender los colores” me sonaba, no podía evitarlo, a servicio militar obligatorio y a jura de bandera, a “derramar, si es preciso, hasta la última gota de sangre” en defensa de la patria y del rancio patriotismo nacionalista, y demás monsergas de cuartel. No daba crédito a lo que oía. 

-Te digo que no. Los únicos colores que les ponen a los futbolistas son los de los billetes de quinientos pavos, que yo no sé de qué color son porque no he visto ni veré en toda mi vida ninguno de verdad. 

-Él ha dicho que renueva el fichaje por amor al Club y a la afición.

-¿Qué va a decir Él? No va a reconocer que lo hace por la pasta, joder, aunque sea la verdad, porque defraudaría al equipo, tío, y a toda la peña. Él vende que lo hace por amor a los colores, pero vuelve a fichar por un contrato millonario con una cifra de muchos ceros por su interés personal. El club, la afición y el equipo le importan una mierda, o ¿no crees que sería capaz de fichar mañana mismo por el equipo contra el que se enfrenta hoy, y dejarnos a todos tirados y con el culo al aire?

-Son mercenarios. -Sentenció con solemne amargura otro tertuliano que no había abierto la boca hasta entonces. Y añadió: -Igual que los políticos, desengañaros (sic), colegas: No representan a nadie. Los únicos colores por los que se mueven son los del dinero.

    De repente, todos se ponen a hacer la ola y montar la bronca padre en el estadio y fuera de él al son de las horrísonas vuvuzelas,  y en el bar reina de pronto  un silencio sepulcral, hasta que entra el gol en portería: ¡gooooool! Sólo un partido de balompié, parece mentira, puede paralizar la vida de un país. Todo gira en la España de María Santísima en torno al esférico coronado: la pelota de Parménides que es, como el Ser, ontológicamente omnipresente. Y ya se sabe que el mundo es redondo como un balón reglamentario, según los periódicos deportivos, los que más se leen en un país ágrafo y funcionalmente analfabeto, donde lo único que importa es poder graznar con chulería: ¡Les hemos ganado por goleada!

    Todos en casa, aborregados, con los amigotes o la familia, porque queda muy triste y sin gracia eso de ver un partido solo. Sería un placer onanista y solitario. Y eso no puede ser. El balompié es una celebración orgiástica, colectiva, un fenómeno de eyaculación seminal masiva. Hay que comentar las jugadas y la actitud partidista del árbitro y discutir con los otros y exudar adrenalina de la más rancia testosterona.  Pero, el fútbol, esencialmente masculino, ya no es solo cosa de hombres: también tenemos su versión femenina complementaria e inclusiva. No en vano, como cacareaba un periódico del Régimen,  la selección femenina española, que ganó el mundial del año pasado, "culminó su asalto a la historia".
 
 

    Se nota que a mí no me gusta el fútbol, cierto que no tengo mucha idea de balompié ni me interesa lo más mínimo la monarquía del deporte rey, pero no se trata de gustos personales, de los que no se discute, sino de balompié. Vamos a hablar un poco de eso, precisamente: El interés por el resultado final de un partido hace que el propio partido pierda todo su interés y lo arruina totalmente. Deja de haber juego, deja de mandar el balón en el campo, que se ve ya como un campo de batalla donde los dos ejércitos rivales se disputan, como en un tablero de ajedrez, los laureles de la victoria. Ni los espectadores pueden gozar del partido ni los propios jugadores entregarse a él despreocupadamente: abrumados por la enorme responsabilidad de defender unos colores, es decir unas ideas, esto es, dinero. Por ello no atienden a la pelota: juegan mal. No pueden jugar bien ni haber deporte. 

    ¡Qué partido más aburrido aquel en el que en vez de mandar el balón, mandan los colores de los equipos que se enfrentan! ¡Qué solemne aburrimiento cuando los jugadores en vez de jugar al balón defienden unos colores, porque se los ha convertido en los representantes, contra su voluntad, de todo un país o de un club y toda su afición! En el estadio no reina el balón, sino otras consideraciones políticas, nacionalistas, ajenas al juego y al deporte. ¡Qué partido más malo aquel en el que interesa más el resultado final de la victoria o la derrota que el desarrollo del juego!

jueves, 18 de julio de 2024

¡Gibraltar español!

    La victoria deportiva de la selección española de fútbol, alias la Roja, sobre la inglesa se ha reinterpretado de alguna manera como si se tratara de una victoria militar en el campo de batalla del estadio de Berlín. No en vano antes del enfrentamiento habían resonado solemnemente los himnos nacionales de uno y otro reino poniendo firmes a los mandatarios y jugadores allí presentes. El Rey Felipe VI y el príncipe Guillermo de Inglaterra, en ausencia de su padre el Rey Carlos III, representaban respectivamente a las Españas y al Reino Unido de la Gran Bretaña. Ondeaban las banderas nacionales de una y otra nación rival, y miles de espectadores llenaban las gradas del estadio. Ya lo dijo una vez un jugador de balompié: “El fútbol es la guerra, y también ahí el triunfo es lo más importante”.

    Tras el goal que decidió la victoria de España en el último momento del partido, el Borbón, corbata roja al cuello, al que acompañaba la infanta, pantalones rojos a juego con la Selección, perdió su regia compostura y se levantó del asiento como un hincha furibundo gritando “¡gol!” y celebrando el triunfo de la Roja, mientras se veía apesadumbrado al príncipe Guillermo, al que acompañaba su hijo, llevarse las manos a la cabeza y cubrirse el rostro como si no quisiera ver y reconocer la británica derrota. 

    España, pues, se alzó con el triunfo de la Eurocopa -la copa es el símbolo de la victoria, el botín arrebatado al enemigo que se exhibe como trofeo y preciado galardón-, y a continuación vino la gran celebración de la victoria en la villa, corte y capital del reino, en la que varios jugadores de la selección que representa los colores nacionales de la bandera rojigualda se unieron a los no pocos hinchas y aficionados que coreaban el grito de “Gibraltar español”, resucitando una vieja cantilena patriótica y franquista que ha sido calificada por el gobierno del Peñón como “rancia”, aludiendo quizá a su sabor añejo y anticuado, más propio de la dictadura del caudillo, cuando el Estado español reivindicaba su soberanía sobre la colonia británica, pero también desde la transición, porque cuando el hoy Rey Carlos de Inglaterra y su esposa Diana Spencer se unieron en matrimonio en 1981 decidieron iniciar allí, en Gibraltar, su Luna de Miel recién casados, detalle que, conocido previamente por la casa real española, motivó que los reyes a la sazón Juan Carlos y Sofía no asistieran al bodorrio. 

    El caso es que después de aquello los gobiernos españoles dejaron de reclamar la soberanía nacional sobre el Peñón, hasta que ahora los rancios cánticos patrióticos han resucitado de la mano de la victoria futbolera y provocado la indignación del ejecutivo gibraltareño, que en un comunicado hecho público ha mostrado su decepción: Se trata de una mezcla totalmente innecesaria de un gran éxito deportivo con declaraciones políticas discriminatorias que resultan enormemente ofensivas para los gibraltareños. El lamentable uso de la plataforma de la celebración en torno a la victoria de la Eurocopa para promover la idea de usurpar el territorio de Gibraltar es contrario al principio de que el deporte no debe utilizarse para promover ninguna ideología políticamente controvertida.

    Si, la tierra, como dijo una vez un ex presidente del gobierno español, no pertenece a nadie, salvo al viento, lo cual no es cierto, porque la tierra tiene sus propietarios, que son los terratenientes, pero es muy bello y así debería ser, está claro que nadie tiene derecho a usurpar el territorio de Gibraltar, ni la corona británica ni la borbónica, ni los propios gibraltareños, que tan indignados se han sentido según sus autoridades, tampoco.

    La ministra portavoz del gobierno español, por su parte, dijo enseguida que había que enmarcar esas manifestaciones en el contexto en que se celebraron y no había que sacarlas de ese contexto, que era la “gran celebración”, porque “la política exterior de un país la establece el gobierno de ese país”, con lo cual vino a decir a las autoridades del Peñón y del Reino Unido de la Gran Bretaña, que estuvieran tranquilas y mantuvieran la calma, que el gobierno español no iba a reivindicar su soberanía sobre dicho territorio. 

     
    En otro orden de cosas, aunque relacionado con estas, una cadena privada de televisión, de ideología progresista afín al gobierno, la Secsta, en un programa de frivolidades significativas ha mostrado un vídeo con imágenes de los jugadores de la Selección Española en el vestuario celebrando la victoria, en el que la locutriz bromea haciendo el siguiente comentario: Pudimos ver algo inesperado: el culazo de uno de nuestros jugadores. No se sabe muy bien de quién era el "culazo", más bien enjuto, pues se halla de espaldas y podía ser de uno o de otro jugador, pero añadió:  Lo que sí sabemos es que para muchos seguidores y, sobre todo, seguidoras, esto -se refería a las codiciadas nalgas- sí que hace afición. Que ¡qué poderío!, ¿eh?

    ¿Qué pasaría si se nos enseñase por la televisión sin su consentimiento previo y expreso el hermoso culete de alguna de las jugadoras de la selección española de fútbol femenino? ¿Sería sexismo, machismo, un atentado contra la integridad, intimidad y dignidad de la mujer?

domingo, 14 de julio de 2024

El fútbol, opio del pueblo, y los hinchas

    Dos fragmentos extraídos del libro de Eduardo Galeano (1940-2015)  "El fútbol a sol y a sombra", un homenaje al deporte coronado rey, "música en el cuerpo, fiesta de los ojos", que también quiere ser una denuncia de "las estructuras de poder de uno de los negocios más lucrativos del mundo".
 
 
¿El opio de los pueblos? (Eduardo Galeano) 
 
    "¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que el tienen muchos intelectuales. 
 
"El gran germà t'està mirant" (El gran hermano te ve)
 
 
    En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan". Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre el tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en que la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del '78. 
 
    El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere. 
 
 
    En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican el fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.
 
    Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar las huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos. 
 
    Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió "este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre". 
 
 
Naranjito: mascota de la Copa Mundial de Fútbol de 1982
 
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 El hincha (Eduardo Galeano)

    "Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio.

    Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente,en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.

    Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.

     Rara vez el hincha dice: “hoy juega mi club”. Más bien dice: “Hoy jugamos nosotros”. Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.

    Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval".

lunes, 24 de junio de 2024

La cabeza en los pies

    Aunque vivo muy alejado del mundanal ruido de las noticias relativas al deporte rey, recibo algunas de cuando en cuando por más que trate de evitarlas. A lo largo de los años he ido viendo, por ejemplo, cómo el balompié, de ser 'cosa de hombres', como aquel anuncio de la tele de no recuerdo ya qué brandy, ha pasado también a ser cosa femenina, por lo que la monarquía de este deporte sigue en continua expansión. Como dijo Borges, equiparando balompié y estupidez, el fútbol es popular porque la estupidez es popular.
 
    El poderío informativo, en efecto, del esférico, como dicen los locutores, alcanza una dimensión descomunal y llega incluso a los más despistados. Maldita la gracia que me hace a mí tener incrustado en mi cerebro nombres propios de personajes del mundo del espectáculo que solo aportan al común el entretenimiento suficiente para que no nos demos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. 
 
 
    El terremoto político desatado por la inesperada convocatoria de elecciones legislativas anunciada por el presidente francés ha puesto patas arriba a los partidos políticos, que se han lanzado de cabeza al barro de las alianzas electorales para intentar salvar el mobiliario. El temor a que la extrema derecha, clara vencedora de los recientes comicios europeos en el país vecino, logre una victoria en la Asamblea Nacional, ha movilizado al colectivo del deporte, que habitualmente suele mantener la neutralidad política, a manifestarse. Más de 200 deportistas han firmado una tribuna llamando a votar contra la extrema derecha porque se opone “a la construcción de una sociedad democrática, tolerante y digna”.
 
    La gran estrella del fútbol francés, y ahora nuevo astro rutilante del Real Madrid, que no del Madrid real, Kylian Mbappé, uno de los grandes ídolos de la juventud francesa, que cuenta con 118 millones de seguidores en su red social, ha declarado en rueda de prensa que hay que votar, y que hay que huir de los extremos “que están a las puertas del poder” (sic), aludiendo, sin mencionarla, a la bicha de la extrema derecha.
     Mbappé, más que un jugador de balompié, es una multinacional, un emporio financiero, y se expresa desde esa posición de ambigüedad calculada generalizando con la expresión “extremismos” para, en definitiva, lanzar un discurso institucional tan políticamente correcto que lo firmaría cualquier político del arco parlamentario, tanto de las derechas como de las izquierdas o del centro, si es que existen tales cosas diferenciadas entre sí. Pide que se vote, se deduce que no a la extrema derecha, pero da por sentado que votar, intransitivamente, sin especificar a quién, es la solución y no el problema, por lo que uno, como abstencionista, no puede dejar de sonreír ante un discurso simplón que resulta, desgraciadamente, familiar. 
 

      Votar es una irresponsabilidad ciudadana, consistente en delegar en otros para que decidan por nosotros. Ni el centro, ni la derecha ni la izquierda ni sus extremidades son ninguna solución, sino el problema. 
 
    No deja de llamarme la atención, sin embargo, cómo las palabras de los deportistas han reemplazado a las de los intelectuales: a falta de cabeza, patas. Antes se valoraba la opinión de un Sartre o de un Albert Camus, por ejemplo. Hoy sin embargo la de Mbappé, que se ha enfundado la bandera tricolor francesa al señalar que quiere defender los valores y los colores de la patria, un asunto espinoso en un país en el que a veces se ha abucheado en los estadios “La marsellesa”, ese himno nacional deleznable como todos los himnos patrióticos, que llama a los ciudadanos a empuñar las armas. 
 
El presidente, agradeciéndole al futbolista los servicios prestados
 
     Muchos de los futbolistas franceses, que hoy son estrellas multimillonarias, como este Mbappé, hijo de padre camerunés y de madre argelina,  proceden de ambientes humildes, de las barriadas periféricas desfavorecidas y de los enormes bloques de viviendas de pisos sociales que acogen a muchos descendientes de la emigración. Son, no se puede decir otra cosa, estómagos agradecidos. Es ahí, según los expertos, donde se espera que su mensaje cale más hondamente, movilizando a los jóvenes descontentos contra la abstención.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

¿Por qué a Borges no le gustaba el fútbol?

    Dicen que Borges, pese a ser argentino, no amaba el balompié. Quizá odiaba el fútbol porque era poco argentino, o no lo era demasiado ni tenía el suficiente ardor patriótico que requiere la cosa de la argentinidad. Y dicen que dijo una vez: El fútbol es popular porque la estupidez es popular, equiparando balompié y estupidez.

    El bochornoso espectáculo de Catar 2022 que han retransmitido todas las televisiones del mundo para entretenimiento de las masas televidentes aborregadas ha servido para que se vea la vinculación del aficionado al fútbol con el fervor masivo del fascismo y el nacionalismo dogmático. El nacionalismo, dijo Borges en alguna ocasión, solo permite afirmaciones. Cualquier doctrina que rechace la duda y la negación es una forma de intolerancia y estupidez

    Esto explica, por ejemplo, la fotografía del presidente francés entristecido y consolando como a un amigo íntimo a Mbappé, el jugador estrella de la selección gala, por la pérdida del Mundial frente a Argentina. El inquilino del Elíseo, después de comportarse como un auténtico energúmeno en el estadio de Catar cual si fuera un vulgar júligan o hincha de comportamiento violento y agresivo, acudió a los vestuarios, después de la 'histórica derrota' a animar a sus desmoralizados futbolistas y a agradecerles que hubieran hecho "soñar a todos los franceses y francesas" (sic), diciéndoles que estaba orgulloso de ellos.

    Los equipos nacionales de balompié y los jugadores estrella a menudo como el susodicho se convierten en las herramientas de los regímenes autoritarios, pero no nos engañemos, regímenes autoritarios son tanto las llamadas dictaduras de antaño y algunas de hogaño que quedan como las democracias modernas, que explotan el vínculo que los fanáticos comparten con sus equipos nacionales para ganar el apoyo popular, como bien sabemos los que vivimos la oprobiosa dictadura franquista, en la que la retransmisión de un partido de balompié paralizaba un país y actuaba como anestesia de otros males, exactamente igual que en la oprobiosa democracia actual, en la que el espectáculo del mundial de Catar ha servido de cortina de humo para que no se vea lo que pasa de verdad. 

     Borges escribió un cuento junto a su gran amigo y colaborador Adolfo Bioy Casares titulado Esse est percipi, latinajo que dicen que fraguó G. Berkeley, y que significa “ser es ser percibido” en la lengua de Virgilio, es decir que el ser de algo consiste en la percepción que tengamos de ese algo. El ser son sus apariencias. En dicho cuento se deslizan algunas reflexiones interesantes y sugerentes como que el fútbol ha dejado de ser un deporte y ha entrado en el ámbito del entretenimiento. La representación del deporte ha reemplazado al deporte mismo. Los estadios se llenan, mientras que los partidos son jugados por un solo hombre que habla por un micrófono o por actores con camisetas frente a las cámaras de televisión. La población ve partidos inexistentes por televisión y radio sin cuestionar nada. 


    La crítica que hacen Borges/Bioy del balompié como espectáculo mediático de masas y la explotación de la cultura popular por parte de las fuerzas políticas todavía parece, como lo fue en su época, acertada. Y eso es así porque hoy es siempre todavía y porque época no hay más que una, que es esta misma que estamos viviendo aquí y ahora, y lo que pasa es que nos entretienen con eventos cada vez más globalizados como el propio nombre de Mundial revela  para que no nos demos cuenta así de lo que pasa.

     He aquí algunos fragmentos del cuento de Borges y Bioy.

    Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.

-(...) ¿Entonces en el mundo no pasa nada?

-Muy poco -contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Pareceres (X)

46.- Sentido común. Chesterton dijo que el sentido común no reside en lo que todos repiten cacareándolo sin ton ni son, es decir, sin conocimiento, sino en lo que todos saben (o sabemos entre todos, mejor dicho) y casi nadie se atreve a declarar; muchas veces, añado yo, por propia autocensura. Sentido común es lo que todos sentimos y pensamos y, sin embargo, no osamos formularlo verbalizándolo; por eso es el menos común de todos los sentidos, pero también, en el fondo, es paradójicamente el único que a todos nos es común, lo que se demuestra cuando alguien se atreve a proclamar algo razonable y todos lo reconocemos enseguida como algo propio, nuestro, común: eso que yo quería decir y no me atrevía, porque no sabía cómo hacerlo, pero lo tenía en la punta de la lengua y no me salía. 
 
47.- Neopuritanismo: Es posible que en nuestra época, que es la única que hay, estemos asistiendo a la emancipación de los placeres y a la simultánea proliferación de los tabúes, creando un conflicto difícil de resolver. El deseo y la libido son tan importantes que las prohibiciones que se les imponen no hacen más que fortalecerlos. Vivimos un neopuritanismo que se esconde detrás de la supuesta protección de la mujer, eterno sexo débil, que prohíbe la atracción entre los sexos. El amor debe, en la medida de lo posible, seguir siendo una celebración. Si los amantes se convierten en puritanos, se perderán la magia y el descuido delicuescente que proporciona el acto amoroso.  
 
48.- Un domingo sin fútbol no es un domingo. El fútbol, o sea, la diversión del balompié en el estadio o en la pequeña pantalla, es lo que hace que el domingo sea tal. Un domingo que se precie no puede carecer de su dosis de balompié. ¿Para qué sirve esta diversión dominical, este delirium tremens de las masas? Sirve para recargar las pilas y poder volver al tajo el lunes con la falsa sensación de empezar de cero. Proporciona, además, un tema de conversación socialmente consolidado y admitido en ciertos círculos, como el tiempo atmosférico, de falsa comunicación, es verdad, pero que facilita la relación entre personas que, en caso contrario, no tendrían mucho de qué hablar, salvo de la condena común al ocio y al negocio, que es nuestra realidad más crucial. 
 
 
49.- Libertad de expresión. El problema de la falta de libertad de expresión en el mundo moderno no radica en la censura, que casi ya no existe, el quid de la cuestión se encuentra en la autocensura, es decir, en el Tribunal del Santo Oficio que tenemos todos interiorizado en nuestro fuero interno. Su mayor éxito es que hayamos asumido, incorporándolo, a Torquemada.  
 
 
 50.- El interés por el resultado final de un evento deportivo hace que el propio espectáculo pierda su interés. Deja de haber juego, deja de mandar el balón en el campo de juego, como dicen los adictos. El campo de juego se ve como campo de batalla donde los dos ejércitos rivales se disputan, como en un tablero de ajedrez, los laureles de la victoria. Ni los espectadores pueden gozar del juego ni los propios jugadores entregarse a él despreocupadamente: abrumados por la enorme responsabilidad de representar unos colores, es decir unas ideas, no atienden a la pelota: juegan mal. Un delantero danés, de cuyo nombre no me acuerdo, además de haber metido cuatro goles en un partido de balompié, hizo en su momento unas declaraciones muy reveladoras sobre el deporte rey, el beautiful game o lindo juego de los ingleses: El fútbol es la guerra, y también ahí el triunfo es lo más importante.

martes, 22 de noviembre de 2022

¿Una gran tribu?

    Morgan Freeman, el actor que ganó un Oscar por interpretar a Nelson Mandela en Invencible (2009) de Clint Eastwood, ha aparecido por sorpresa presentando la ceremonia inaugural de la Copa del Mundo de balompié en Catar. Y ha dicho: “We gather here as one big tribe and Earth is the tent we all live in. Football spans the world, unites nations in their love of the beautiful game. O sea, que nos hemos reunido aquí como una gran tribu o si se prefiere una traducción menos tribal: como una gran raza. También ha dicho que la Tierra es la tienda bajo la cual todos vivimos y que el balompié se extiende por todo el mundo, uniendo a las naciones en su amor por el «juego bonito»
 
    Esto del «beautiful game» es una expresión consagrada con la que los anglosajones se refieren al balompié. La expresión nos recuerda a otra de «beautiful people» la gente que va a la moda, expresión que puso en boga, valga la redundancia etimológica, la revista Vogue en 1964. Al parecer lo de "beautiful game" es una traducción a la lengua del Imperio del portugués «jogo bonito» (juego bonito, hermoso o lindo), expresión que atribuyen algunos a Pelé. La expresión consagrada entre nosotros es de índole más monárquica: el deporte rey.
     Detrás de estas afirmaciones aparentemente ingenuas y bienintencionadas hay mucha bobería: por un lado se nos dice que somos una gran tribu, una única raza, pero por otro en el campo de juego, que es también el campo de batalla, se enfrentan las diferentes selecciones de las tribus nacionales defendiendo cada una los colores de su bandera.

    Una gran tribu, y el jefe de la tribu es el deporte Rey: el Balón, la pelota bien redondeada de Parménides. No perdamos de vista el nombre que se le da a este evento: el Mundial: se trata de globalizarnos, de unirnos en la celebración del espectáculo del juego bonito retransmitido por todas las cadenas de televisión del globo, que es el deporte rey, un deporte que mueve millones para distraernos, y que, como dijo una vez un delantero danés que había metido cuatro goles en un partido de otro Mundial: El fútbol es la guerra, y también ahí el triunfo es lo más importante.

    Por un lado nos dicen que cada uno tenemos una patria, y una cultura, y una lengua, y unas señas de identidad propias y características, y por el otro nos inculcan que por encima de esas diferencias la celebración del Mundial las anula, aunándonos en la celebración del espectáculo bajo una única tribu que es la de los telespectadores. 

Morgan Freeman volviendo a casa de Catar.

    Resulta, en fin, decepcionante ver cómo un actor que interpretó a Mandela se ha vendido para blanquear el Régimen catarí, un régimen opresor como todos los regímenes políticos, en definitiva, pero que se ensaña especialmente contra las mujeres y los homosexuales. 

   Pero más decepcionante resulta aún ver cómo Gianni Infantino, presidente de la FIFA, resaltó un día antes del inicio del Mundial, los avances experimentados en los últimos años en Catar en cuestiones de derechos humanos y sociales y denunció una doble moral existente en el mundo occidental. Dijo: «Tengo unos sentimientos fuertes, hoy me siento catarí, hoy me siento árabe, hoy me siento africano, hoy me siento gay, hoy me siento discapacitado, hoy me siento un trabajador emigrante", comentó a los medios de (in)formación de masas, defendiendo la gestión realizada y los avances alcanzados. Luego, en el turno de preguntas, tuvo que extender este sentimiento y añadir que también se sentía mujer. 

    Al final de la rueda de prensa, el director de comunicación de la susodicha entidad salió del armario y se declaró abiertamente homosexual. No dijo como el presidente que se sintiera maricón, sino que lo era en un país donde la homosexualidad está criminalizada. Las declaraciones de ambos dirigentes, así como la participación del actor negro, sólo han servido para blanquear un régimen corrupto.