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miércoles, 5 de agosto de 2026

No hace falta nada: sobra casi todo

    A propósito de la reflexión de Cioran: La civilización nos enseña cómo apoderarnos de las cosas, cuando debería iniciarnos en el arte de despojarnos de ellas, pues no hay libertad ni verdadera vida si no se aprende a renunciar.
 
    No nos hace falta nada: al contrario. Nos sobran muchas cosas que tenemos encima, cosas que son instituciones que algunas almas cándidas pretenden reformar para que funcionen mejor, cuando lo más sensato sería que, por nuestro bien, ese mismo bien que invocan para justificar su existencia, dejaran de funcionar. Y nos sobra, sobre todo, la principal institución de todas ellas, la cosa de las cosas, la que las cosifica y realiza a todas ellas: el dinero. No porque tengamos mucho o poco, sino porque para vivir no nos hace ninguna falta. Tampoco nos hace falta para ser felices. Al contrario, el dinero es la fuente de la que brota la desgracia. 
 
 
    El capitalismo que es al dinero lo que la teología a Dios no es ni de derechas ni de izquierdas, sino todo lo contrario. El espectro político actual diestro y zurdo, conservador y progresista, no sirve para entender el mundo, un mundo en que el capitalismo no es un sistema económico, sino una religión secular.  Líbrenos Dios, el demonio o quien sea de semejante falsa dualidad y del embeleco diabólico de la democracia, que es la dictadura más perfecta porque, a poco que uno se descuide, casi pasa desapercibida como tal.
 
    El capitalismo es la religión secular que nació cuando Nietzsche proclamó solemnemente la muerte de Dios y nadie supo qué poner en su lugar. Pero no es que Dios haya muerto y haya triunfado Mammón, el dinero divinizado, es que ya no hay diferencia entre uno y otro: Dios es ahora Mammón y viceversa. Si Dios, según la vieja religión católica, apostólica y romana se hizo hombre por obra y gracia de la encarnación divina del Espíritu Santo, ahora el hombre se ha hecho consumidor, gracias a su económica encarnación.  
  
     El capitalismo es una religión que tiene sus dogmas: el crecimiento infinito, la propiedad privada de las cosas, la competencia desleal como virtud sacrosanta y la salvación gracias al consumo. Consume, nos dice tácitamente la propaganda del régimen, hasta consumar el crimen del consumo y consumir lo demás y consumirte, al fin y a la postre, tú también, el consumidor consumido que exclamará cual Cristo en la cruz "consummatum est", un Cristo que no renacerá cual ave Fénix de sus cenizas así resucitado.
  
    Una religión que tiene sus clérigos y sacerdotes: los economistas, los banqueros, los tiburones financieros, los ejecutivos, los CEOs, y sus capellanes y monaguillos: los influencers. Que se entromete en nuestros hogares a través de los resquicios de los concursos televisivos y de los sorteos de las distintas quinielas y loterías donde se reparte la calderilla del dinero a manos llenas para la plebe. Ya ni siquiera hace falta acudir presencialmente a las superficies comerciales para realizar la ceremonia de la cesta de la compra: nos la traen a casa desde las junglas del Amazonas. 
 
    Una religión que tiene sus templos y catedrales: los centros comerciales de las cada vez mayores superficies, las bolsas de valores, y las entidades bancarias que nos conceden o deniegan la hipoteca, el préstamo, y la tarjeta de débito y crédito. La fe de esta nueva religión se llama crédito. El Banco Central Europeo nos invita ahora a diseñar democráticamente los nuevos billetes de euro, antes de la implantación del euro digital, su última encarnación y epifanía inmaterial. 
 
       Una religión que tiene sus ritos: el Black Friday que se celebra después del Día de Acción de Gracias a Dios, Nuestro Señor, e inaugura la orgía de las compras navideñas con significativas rebajas de precios en los principales artículos de consumo de los grandes almacenes. Los fieles se realizan comprando y adquiriendo bienes y servicios.
 
    Tiene su confesionario: la declaración de la renta, en la que el feligrés confiesan sus pecados al fisco y cumple la penitencia del IRPF (Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas), que es el tributo que deben pagar al Estado los ciudadanos.
 
    Una religión que tiene su infierno aquí en la Tierra: la pobreza, el fracaso, la quiebra, el desempleo, un averno que afecta a la mayoría democrática de la población, dado que, como se sabe, el uno por ciento que vive en la opulencia acapara más bienes y servicios que el noventa y nueve por ciento restante de la humanidad. 
 
    Tiene también su paraíso fiscal: el milmillonario. Y su promesa de salvación después de una vida activa: la jubilación anticipada y la libertad financiera (financial freedom en la lengua del Imperio), el momento en el que los ingresos pasivos o ahorros cubren todos los gastos de vida, lo que le permite a uno dejar de depender de la servidumbre laboral de un trabajo diario. 
 
        Ya no se da aquello de Machado de que todo necio confunde valor y precio, sino algo mucho peor, si cabe, todavía: ahora mismo el precio de las cosas es su único valor: tanto tienes, tanto vales. El único valor de las cosas es su precio en el mercado.
 
    El capitalismo, pues, no es un problema de "derechas" o de "izquierdas", sino todo lo contrario. Las soluciones existentes son claramente insuficientes. Mientras sigamos creyendo que la solución es más regulación o menos impuestos, más Estado o menos Estado -el Estado somos todos y cada uno-, seguiremos dentro del mismo paradigma que creó el problema, inmersos en una religión que no tiene ateos y que nos reduce a la condición de consumidores que consumen y se consumen aguardando con un inmenso terror la muerte sin haber vivido, como le escribía Kafka a su amigo Max Brod hace algo más de un siglo, en julio de 1922: Se (impersonal personalizado) tiene un miedo terrible a morir porque aún no se ha vivido ('Man hat eine furchtbare Angst vor dem Sterben, weil man noch nicht gelebt hat'). 

lunes, 29 de junio de 2026

Un cuaderno de Cioran

    Los apuntes que escribió en su cuaderno Cioran  en Talamanca, un pueblecito de Ibiza, en el verano del año del Señor de 1966, que publicó entre nosotros la editorial Pre-textos en  2002 en una meritoria traducción de Manuel Arranz, no son notas periodísticas de viaje al uso, porque a su autor no le interesaba eso sino ir “directamente a la esencia de las cosas”, por eso escribió: “Todo lo que no va directamente a la esencia de las cosas es periodismo”, dando así una definición impecable, por otra parte, de lo que es el periodismo. 
 
    Emil M. Cioran (1911-1995) fue apátrida y sin embargo, como se ha dicho de él, fue ciudadano, sin ser patriota, de tres patrias: la de su infancia, Rumanía; la de su lengua de adopción en la que alcanzó una pureza exquisita en la escritura, Francia; y la de su elección espiritual, España, donde nos entró en los años setenta de la mano de Fernando Savater, cuya tesis doctoral versó sobre él. 
 

    En uno de sus apuntes justifica aquel mes de vacaciones que pasó en Talamanca como un intento vano de rellenar su vacío, ya que él no tenía un trabajo regular: “Estando como estoy todo el año de vacaciones, cuando llegan las vacaciones propiamente dichas, se hace todavía más realidad el vacío en el que vivo: el de ahora es un vacío en segundo grado, un vacío del que uno es consciente en todo momento, el vacío oficial de mi existencia”.
 
    Hay, o había, algo en aquella isla ibicenca que la hizo objeto de su elección: “24 de agosto. Talamanca. Ir una última vez a contemplar el molino al atardecer. Nadie en los alrededores. Silencio. El cielo y el mar. Ibiza enfrente...” Y sobre todo: “El horror al futuro sólo se cura en estas islas donde el tiempo se ha detenido, donde sólo existe el presente, si es que siquiera existe”.
 
    Reconoce Cioran, sin embargo, que por mucho que viaje nunca conseguirá escapar de sí mismo. Post equitem sedet atra cura, que decía el verso de Horacio: detrás del jinete cabalga a su grupa la negra cuita. Él lo dice a su manera: “Por mucho que cambie de lugar —por mucho que cambiara el mundo—, me vuelvo a encontrar siempre conmigo mismo, con el mismo yo”.
  
 
    Así describe en otro de sus apuntes los estragos del turismo, vistos ya hace sesenta años: “Un albañil de Ibiza cuenta que hace diez años, antes de la invasión de los turistas, los habitantes eran amables, afables, os invitaban a comer en sus casas, dejaban la puerta abierta día y noche; ahora, la cierran con llave, se han vuelto egoístas, apenas os dirigen la palabra, se han hecho hoscos y suspicaces, y comen mejor. Pero que vivan mejor, que sean más felices, eso no es seguro. Antes, ganaban poco, pero tampoco tenían necesidades; hoy día tienen muchas y tienen que satisfacerlas. Por eso trabajan más que antes, se cansan, se agotan, pero, lo mismo que los turistas, no pueden estarse quietos. El silencio ha desaparecido de la isla: noche y día se escucha el estrépito de los aviones que la cruzan de parte a parte, éste es el precio que los indígenas pagan por el privilegio que han obtenido de poder comer hasta hartarse. Los estragos de la «civilización» son tan evidentes que da vergüenza seguir señalándolos”.
 
Talamanca (Ibiza) en la actualidad
 
    En muy pocas palabras, con una concisión proverbial, expresa el desastre del progreso: “El coche, el avión y el transistor: con la llegada de esta trinidad puede datarse la desaparición de los últimos vestigios del Paraíso terrenal”.
 
    Pese a lo desabridas que resultan a veces algunas de sus proclamaciones, son siempre lúcidas y, en ese sentido, amables: “Era de un trato de lo más agradable: carecía de convicciones”. Escribe de alguien que podría ser él mismo. 
 
    Uno de sus apuntes me ha recordado, sin querer, a Gorgias. Aristóteles, al final de la Retórica, nos transmite una máxima estratégica del sofista que aconsejaba τὴν μὲν σπουδὴν διαφθείρειν τῶν ἐναντίων γέλωτι “destruir la seriedad de los adversarios mediante la risa”, τὸν δὲ γέλωτα σπουδῇ, “y la risa mediante la seriedad”. Cioran, por su parte, escribe reflejando su escepticismo radical y su aversión a encasillarse en cualqueir ideología política: “Las personas de derechas me desagradan por la derecha, y las de izquierdas por la izquierda. De hecho, para un hombre de derechas yo soy de izquierdas, y para un hombre de izquierdas, de derechas”.
 
    Y, como broche final, una reflexión muy valiosa sobre algunas ideas, que podría generalizarse a todas ellas: “Hay ideas que sólo tienen algún peso si uno tiene el buen gusto de no profundizar en ellas; en cuanto se quiere desarrollarlas, explicarlas, darles un fundamento, se desmoronan y dejan al descubierto su nada”.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Pareceres LXI

296.- El excesivo prestigio de la revolución. Dijo en alguna parte Cioran que la rebelión gozaba entre nosotros de un privilegio indebido. Tal vez sea, digo yo, porque le inyecta nueva savia a la vieja maquinaria del sistema de forma que el cambio provocado por la rebelión hace que las cosas sigan exactamente igual que si no hubieran cambiado, mientras que nosotros las percibimos de otra manera como si lo hubieran hecho: lo que cambia es nuestra percepción de la realidad, no la realidad misma, que sigue siendo igual: los mismos perros con collares diferentes: lo que sucedió en España en la llamada "transición". La revolución es cosa de los revolucionarios, de los que quieren que todo cambie para que siga todo igual; revolucionarios como Fidel Castro o Ernesto Ché Guevara, tantos que en el mundo han sido, que se rebelaron contra lo establecido, y eso les honra, pero fundaron su propio establecimiento. ¿Quién se rebelará ahora contra el establishment que ellos establecieron? 
 
297. - Lo que vale el oro. En el corazón de la ciudad se han abierto muchos establecimientos, generalmente pequeños y cutres, en los que se tasa y se compra oro al mejor precio.  Así dice un anuncio bastante significativo de uno de ellos: "Todos sabemos el dolor que produce desprenderse de objetos personales como son las joyas que hemos heredado o que hemos ido atesorando a lo largo de nuestra vida, al igual que SOMOS CONSCIENTES DEL DIFÍCIL MOMENTO QUE VIVEN MUCHAS FAMILIAS EN ESPAÑA, YA QUE ESTA CRISIS NO ENTIENDE DE CLASES SOCIALES (¡!sic, literalmente). Por eso queremos que Vd. reciba el mejor de los tratos posibles, valorando sus joyas con la tasación más alta." Uno sólo se desprende de sus joyas cuando está arruinado, cuando no tiene dinero o, como ahora, cuando el dinero que tiene no vale lo que tenía que valer, es decir, su valor en oro, porque está devaluado, porque los billetes de papel del banco casi no tienen más valor que el papel higiénico. Hay que decir sin cansarse de repetirlo, que, aunque no lo parezcan, todos los billetes son falsos, que no hay uno solo verdadero en curso. Hay que decir que el oro, que es el más maleable y precioso de todos los metales, es lo que oro vale, como dice un refrán, lo que quiere decir que el valor de las cosas no lo representa exclusivamente el dinero. Ya lo dijo don Antonio Machado: Todo necio, confunde valor y precio. El oro vale lo que vale el oro. O lo que es lo mismo. el metro mide lo que mide un metro. Pero ¿cuánto mide un metro de verdad? ¿Cuánto exactamente? ¿Cuánto vale un lingote de oro de verdad? ¿Lo sabe alguien? 
 
 
298- Tres síntomas. A poco que pasee uno por las barriadas que rodean a las grandes ciudades, esos suburbios que se extienden como tumores cancerígenos alrededor de los centros históricos gentrificados para pasto del turismo, hay tres cosas que saltan a la vista enseguida: la abundancia de farmacias, que revelan el alto grado de medicalización de la población hasta el punto de que toda la existencia humana desde la cuna hasta la sepultura está supeditada a la gran farmacopea, lo que demuestra el obsesivo auge de la medicina preventiva -en detrimento de la curativa y de los centros hospitalarios que se dedican a curar los males presentes-, así como el recurso constante a la automedicación de fármacos ante cualquier mínimo problema o inconveniente que se presente; la abundancia de clínicas veterinarias y de tiendas de mascotas y de complementos para ellas -comida, atrezzo, juguetes, golosinas...-, así como de perros paseados por sus dueños, lo que revela la necesidad de animales de compañía que tiene la mayoría de las personas, habida cuenta de la inconfesable epidemia de soledad no deseada; y, last but not least, la escasez de niños en las calles y en los parques, lo que pone de relieve el actual declive demográfico, y la tristeza de que los pocos niños que vienen al mundo estén encerrados en sus domicilios o en centros escolares o ludotecas, ausentes de las calles, con pocos espacios libres y disponibles para ellos, alejados del juego en libertad en una sociedad cada vez más aséptica, controladora y controlada, que prefiere enviarlos a lugares confinados para que realicen actividades limitadas en lugar de dejarlos experimentar la vida al aire libre. 
 
299.- ¿Libertad de expresión contra censura? En nuestros días, la sacrosanta libertad de expresión es la nueva y más peligrosa máscara de la Inquisición: no consiste en que se nos prohíba decir algo, pues se ha hecho realidad la aspiración sesentayochesca del prohibido prohibir, sino en todo lo contrario: Torquemada, el Gran Inquisidor, permite ahora decir cualquier cosa, tantas tonterías como a uno le vengan en gana, hasta tal punto que resulte trivial cualquier cosa que se diga, reducida por el mero hecho de que la diga alguien a simple opinión personal o idiotez consabida y respetable de ese alguien,  como todas las opiniones, con las que se puede estar de acuerdo o no, por supuesto, pero ajena por lo tanto al sometimiento crítico al análisis del sentido y la razón comunes, dado su carácter privado de ocurrencia personal y blindada respetabilidad: no es más que un voto particular, un grano que, ya se sabe, no hace granero. Si alguien acierta a expresar algo razonable, corre el peligro de que no se lo reconozcan, porque es peligroso darle la razón al pensamiento, y le digan que esa es su opinión personal, respetable como todas las opiniones e ideologías pero que no hay por qué compartir, porque al fin y al cabo cada uno tiene la suya.  A fin de cuentas, como dicen los gringos, todos tenemos una opinión, la nuestra, lo mismo que un asshole u ojete del culo. Ha desaparecido la censura externa, lo que quiere decir, ni más ni menos, que la hemos interiorizado.  Ahora nadie dice nada que no sea Politically Correct: la censura más eficaz es la autocensura interiorizada, el tribunal inquisitorial de la propia y santísima conciencia. Cuando los censores comprobaron que prohibir era contraproducente, porque conseguían atraer la atención del público levantando la liebre del deseo sobre lo que prohibían, decidieron cambiar de estratagema permitiéndolo todo. Pero ¿de qué le sirve la libertad de expresión a un pensamiento prisionero?
 
300.- En busca del voto decisivo. ¿Cuál será el voto que decida la inclinación de la balanza? ¿Cuál será el grano que haga que un montón pese más que el otro? Porque no nos engañemos, no todos los votos son iguales, como se revela en el cómputo: hay un voto que vale más que los demás, es el último que se cuenta, el que decide el empate o desempate: es el voto decisivo que buscan los candidatos a los que acompaña la incertidumbre hasta el final de la campaña, una de las más reñidas e igualadas que se recuerdan, en la que los electores deben elegir entre la peste y el cólera. ¿Y qué sucede si hay empate? ¿hay algún voto de calidad? Los candidatos llegan igualados a la recta final de una campaña electoral marcada por un clima de altísima tensión. Cuando la contienda está extremadamente reñida, resulta que hay un voto decisivo que los candidatos buscan con afán. ¿Será el suyo propio? ¿Puede producirse un empate técnico? Teóricamente es posible.  ¿Qué sucedería en un caso hipotético de empate? ¿Quién dirime el lado hacia el que se inclina la balanza? Se habla de la existencia de un voto de calidad, cuya importancia no es cuantitativa, sino cualitativa, que es el voto del presidente, director o mandamás, lo cual da a entender enseguida que no todos los votos son iguales, que no todos tienen el mismo peso específico, que hay al menos un voto que es el de “calidad”, el que más vale, el que decide el desempate. 
 
La elección del pueblo, Jordan Henderson (2024) 

lunes, 22 de enero de 2024

Flagelaciones

Entre tantísimo artefacto smart (ciudad, casa, teléfono, televisión, coche, reloj, la propia inteligencia artificial...) el tonto más tonto voy a resultar yo.

 
 Para los que no saben freírlo o no tienen tiempo, ya llega al supermercado el huevo frito envasado al vacío con toda su yema, su clara, su sabor y su textura. 
 
 Consideraba Cioran a los gitanos el pueblo auténticamente elegido, porque no eran responsables de ningún acontecimiento ni habían fundado ninguna institución.
Caravanas. Campamento gitano cerca de Arlès, Vincent van Gogh (1888).
El rey frisón Radbod, que iba a ser bautizado, renunció al bautismo cuando el obispo le dijo que sus antepasados no bautizados no estaban en el reino celestial.

 

Última hora: la inminente y preocupante enfermedad X, que aún no existe, puede erradicarse gracias a las vacunas que todavía se hallan en fase de experimento. 

 

Si la mayoría de la gente se vacunase de la enfermedad X que aún no existe (preventive vaccination), acabaríamos con ella antes aun de que comenzara a existir.

PREVENTIVE vaccine

Visto en X, antes Tuíter: The following media includes potentially sensitive content: La humanidad de mal en peor: Sin ojos, sin oídos, sin boca y sin cojones.

Canción: La espada de aquel tirano, una, dos y tres, mirad que la tengo yo, una, dos y tres, aquí, hasta la empuñadura, una, dos y tres, clavada en el corazón.

Los masoquistas, Roland Topor (1960)
 

Frente al sí, resí y requetesí, esgrimo el no, renó y requetenó. Por lo tanto no solo me declaramos negacionista, sino renegacionista y aun requetenegacionista.

 

miércoles, 10 de junio de 2020

El pueblo

La palabra latina POPVLVS es el origen de nuestra palabra patrimonial pueblo, y sus derivados puebla, poblar, despoblar, repoblar, población, y de numerosos cultismos como popular, populacho, populismo, populoso... 


En las lenguas romances hermanas tenemos: francés PEUPLE, italiano POPOLO, portugués POVO, rumano POPOR, gallego POBO, catalán POBLE. En alemán tenemos PÖBEL, con el significado de "plebe, vulgo", y en la lengua del Imperio tenemos PEOPLE, como préstamo del francés, y también los cultismos POPULAR, POPULOUS y POPULACE, sin olvidar la denominación POP (pop singer, cantante pop; pop festival, festival de música pop, pop art, arte pop). ¿De dónde viene este monosílabo? Obviamente, es una abreviatura de POPULAR, que llegó a la lengua inglesa indirectamente a través del francés y directamente del latín POPVLARIS, y que aparece atestiguado como adjetivo aplicado a "song" en 1819: popular song, canción popular, es decir, que gusta al pueblo. La expresión popular culture está documentada en 1846, y la abreviatura pop culture a partir de 1959. Pop art, por su parte, está registrada en 1957, aunque oralmente entre los artistas de esta corriente desde 1954, según el online etymology dictionary.

La O de POPVLVS es breve y tónica, por lo que diptonga en castellano en -ue-, pero en latín hay otro POPVLVS con O larga y tónica, de género femenino, que era el nombre del álamo o chopo, cuya evolución, conservando la O larga, desemboca precisamente en chopo, a través del intermedio del latín vulgar *PLOPPVS, con geminación expresiva de la P que resistió a la sonorización, en francés PEUPLIER, en italiano PIOPPO, en rumano PLOP gallego y portugués CHOUPO, en catalán POLL, CLOP, XOP. En inglés tenemos POPLAR álamo, y en alemán PAPPEL, igualmente álamo.

Una sugerente intuición de Agustín García Calvo relaciona ambas palabras. El lat. populus, una palabra estraña a la formación regular sobre "raíz" normal indoeuropea (estrañez bien mantenida en it. popolo, no tanto en esp. pueblo, y más asimiladas a norma las germánicas correspondientes, ingl. folk, al. Volk) suena por ello mismo tan persuasivamente a onomatopeya, que no puedo por menos de pensar que es una variante de poopulus, el nombre de los álamos, y que ha surgido para designar lo primero el bullicio de gente juntándose, sin mucha sujeción a ordenamiento, en alguna plaza o campo; en cuanto a puublicus, que ha venido a funcionar más o menos como el Adjetivo correspondiente, debió de surgir por una conflación del derivado normal, que aparece en lat. arc. poplico con otro sacado de puubees, que lejos ya de designar algo tan indefinido como "gente", significaba el conjunto de los (masculinos) llegados a "edad de consentimiento" y preparados por tanto para el ejército y la votación. (A. García Calvo, ¿Qué es lo que pasa?, edit. Lucina 2006, págs. 124-125)




El pensador rumano E. M. Cioran (1911-1995) publicó en 1960 en lengua francesa Histoire et Utopie, donde incluye esta reflexión sobre el pueblo:   Et le peuple? dira-t-on. Le penseur ou l'historien qui emploie ce mot sans ironie se disqualifie. Le "peuple", on sait trop bien à quoi il est destiné: subir les événements, et les fantaisies des gouvernements, en se prêtant à des desseins qui l'infirment et l'accablent. Toute expérience politique, si "avancée" fût-elle, se déroule à ses dépens, se dirige contre lui: il porte les stigmates de l'esclavage par arrêt divin ou diabolique. Inutile de s'apitoyer sur lui: sa cause est sans ressource. Nations et empires se forment par sa complaisance aux iniquités dont il est l'objet. Point de chef d'Etat, ni de conquérant qui ne le méprise; mais il accepte ce mépris, et en vit. Cesserait-il d'être veule ou victime, faillirait-il à ses destinées, que la société s'évanouirait, et, avec elle, l'histoire tout court.

«¿Y el pueblo?», se preguntarán. El pensador o el historiador que emplea esta palabra sin ironía se desacredita. El «pueblo» se sabe muy bien a qué está destinado: a sufrir los acontecimientos y las fantasías de los gobernantes, prestándose a designios que lo invalidan y lo abruman. Cualquier experiencia política, por «avanzada» que sea, se desarrolla a sus expensas, se dirige contra él: porta los estigmas de la esclavitud por decreto divino o diabólico. Es inútil apiadarse de él: su causa no tiene apelación. Naciones e imperios se forman por su complacencia en las iniquidades de las que es objeto. No hay jefe de Estado ni conquistador que no lo desprecie, pero él acepta este desprecio y vive de él. Si el pueblo dejara de ser endeble o víctima, si flaqueara ante su destino, la sociedad se desvanecería, y con ella la historia sin más.»