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lunes, 29 de junio de 2026

Un cuaderno de Cioran

    Los apuntes que escribió en su cuaderno Cioran  en Talamanca, un pueblecito de Ibiza, en el verano del año del Señor de 1966, que publicó entre nosotros la editorial Pre-textos en  2002 en una meritoria traducción de Manuel Arranz, no son notas periodísticas de viaje al uso, porque a su autor no le interesaba eso sino ir “directamente a la esencia de las cosas”, por eso escribió: “Todo lo que no va directamente a la esencia de las cosas es periodismo”, dando así una definición impecable, por otra parte, de lo que es el periodismo. 
 
    Emil M. Cioran (1911-1995) fue apátrida y sin embargo, como se ha dicho de él, fue ciudadano, sin ser patriota, de tres patrias: la de su infancia, Rumanía; la de su lengua de adopción en la que alcanzó una pureza exquisita en la escritura, Francia; y la de su elección espiritual, España, donde nos entró en los años setenta de la mano de Fernando Savater, cuya tesis doctoral versó sobre él. 
 

    En uno de sus apuntes justifica aquel mes de vacaciones que pasó en Talamanca como un intento vano de rellenar su vacío, ya que él no tenía un trabajo regular: “Estando como estoy todo el año de vacaciones, cuando llegan las vacaciones propiamente dichas, se hace todavía más realidad el vacío en el que vivo: el de ahora es un vacío en segundo grado, un vacío del que uno es consciente en todo momento, el vacío oficial de mi existencia”.
 
    Hay, o había, algo en aquella isla ibicenca que la hizo objeto de su elección: “24 de agosto. Talamanca. Ir una última vez a contemplar el molino al atardecer. Nadie en los alrededores. Silencio. El cielo y el mar. Ibiza enfrente...” Y sobre todo: “El horror al futuro sólo se cura en estas islas donde el tiempo se ha detenido, donde sólo existe el presente, si es que siquiera existe”.
 
    Reconoce Cioran, sin embargo, que por mucho que viaje nunca conseguirá escapar de sí mismo. Post equitem sedet atra cura, que decía el verso de Horacio: detrás del jinete cabalga a su grupa la negra cuita. Él lo dice a su manera: “Por mucho que cambie de lugar —por mucho que cambiara el mundo—, me vuelvo a encontrar siempre conmigo mismo, con el mismo yo”.
  
 
    Así describe en otro de sus apuntes los estragos del turismo, vistos ya hace sesenta años: “Un albañil de Ibiza cuenta que hace diez años, antes de la invasión de los turistas, los habitantes eran amables, afables, os invitaban a comer en sus casas, dejaban la puerta abierta día y noche; ahora, la cierran con llave, se han vuelto egoístas, apenas os dirigen la palabra, se han hecho hoscos y suspicaces, y comen mejor. Pero que vivan mejor, que sean más felices, eso no es seguro. Antes, ganaban poco, pero tampoco tenían necesidades; hoy día tienen muchas y tienen que satisfacerlas. Por eso trabajan más que antes, se cansan, se agotan, pero, lo mismo que los turistas, no pueden estarse quietos. El silencio ha desaparecido de la isla: noche y día se escucha el estrépito de los aviones que la cruzan de parte a parte, éste es el precio que los indígenas pagan por el privilegio que han obtenido de poder comer hasta hartarse. Los estragos de la «civilización» son tan evidentes que da vergüenza seguir señalándolos”.
 
Talamanca (Ibiza) en la actualidad
 
    En muy pocas palabras, con una concisión proverbial, expresa el desastre del progreso: “El coche, el avión y el transistor: con la llegada de esta trinidad puede datarse la desaparición de los últimos vestigios del Paraíso terrenal”.
 
    Pese a lo desabridas que resultan a veces algunas de sus proclamaciones, son siempre lúcidas y, en ese sentido, amables: “Era de un trato de lo más agradable: carecía de convicciones”. Escribe de alguien que podría ser él mismo. 
 
    Uno de sus apuntes me ha recordado, sin querer, a Gorgias. Aristóteles, al final de la Retórica, nos transmite una máxima estratégica del sofista que aconsejaba τὴν μὲν σπουδὴν διαφθείρειν τῶν ἐναντίων γέλωτι “destruir la seriedad de los adversarios mediante la risa”, τὸν δὲ γέλωτα σπουδῇ, “y la risa mediante la seriedad”. Cioran, por su parte, escribe reflejando su escepticismo radical y su aversión a encasillarse en cualqueir ideología política: “Las personas de derechas me desagradan por la derecha, y las de izquierdas por la izquierda. De hecho, para un hombre de derechas yo soy de izquierdas, y para un hombre de izquierdas, de derechas”.
 
    Y, como broche final, una reflexión muy valiosa sobre algunas ideas, que podría generalizarse a todas ellas: “Hay ideas que sólo tienen algún peso si uno tiene el buen gusto de no profundizar en ellas; en cuanto se quiere desarrollarlas, explicarlas, darles un fundamento, se desmoronan y dejan al descubierto su nada”.