341.- Tala preventiva. Talan árboles viejos, sauces y plátanos de sombra sobre todo, en la ciudad por razones sanitarias y de seguridad vial y peatonal. Alegan los amigos del hacha y de la motosierra que sus raíces deterioran el césped, las aceras y algunos muros que corren el riesgo de desplomarse. Cortan árboles viejos, además, para que no caigan en la calle zarandeados por los vendavales sobre automóviles o peatones. Lo llaman tala preventiva. No tienen en cuenta que un árbol viejo equivale a cien árboles jóvenes recién plantados, y que es mejor un presente que dos porvenires, y que vale más cuidar los árboles viejos que apostar por los nuevos, que tienen muy pocas posibilidades de sobrevivir en un entorno hostil como es la gran ciudad. El problema es que consideran a los árboles como un objeto decorativo más de eso que llaman 'mobiliario urbano', no los tratan como lo que son, seres que han sobrevivido durante muchos años hasta ahora mismo y que deberían preservarse. Plantar por plantar como hacen después de haber derribado uno de estos ejemplares no soluciona nada.

342.- Opinión Pública: La opinión pública no es la opinión del pueblo, porque el pueblo, como tal, no tiene una opinión, lo único que tiene es una lengua que le permite expresar cualquier opinión que se le ocurra, y a través de esa lengua se le impone la opinión privada de los individuos que mandan, es decir, de la clase dominante. La opinión pública es como la Fama, ese monstruo alado y veloz, lleno de ojos y oídos, sembrador de rumores que se alimenta del miedo y mezcla verdad con mentira. Lo curioso es que una opinión personal como tal no es más que eso, una opinión de una individuo que puede merecer respeto pero poco más -el respeto que merece es defensivo, respetamos la expresión de otro porque le exigimos que respete la nuestra a cambio-, pero cuando un número considerable de individuos comparte esa opinión personal se convierte en una opinión pública, como si el hecho de ser compartida estadísticamente y numéricamente por más individuos le diera más fuerza, la cantidad es el único criterio de la calidad. Mayoritariamente se convierte en una imposición, una verdad que se impone a los demás “a efectos prácticos”, aunque se reconozca que puede no ser verdadera ni acertada siquiera, pero funciona.

343.- Legislatura progresista: Se les llena la boca a nuestras ministras y ministros hablando de que forman una coalición de progreso que hace que España avance adelante y siempre adelante, sin retroceder. Pero hay que pararse a pensar un poco y denunciar la ilusión del progreso, que no es más que eso: una ilusión de quienes sentimos una falta que nunca se llena y deseamos algo que no encuentra nunca su objeto final que nos haga dejar de desearlo. El capitalismo aprovecha esto vendiéndonos la idea -la ilusión, porque de ilusiones también vive y se vive- de que siempre estamos avanzando hacia algo mejor, cuando en realidad solo estamos desplazando nuestro malestar de un lado a otro. Además, la noción de tiempo lineal de la flecha con la punta hacia delante en la que se basa la idea de progreso es engañosa, porque la historia no avanza de manera uniforme, sino que está llena de repeticiones y retornos, por lo que el progreso no nos lleva a la plenitud, solo nos mantiene en un circuito de insatisfacción perpetua.
344.- Nicho de negocio: No hay espacio o actividad humana que no sea vista por los “expertos” científicos-economistas como potencial nicho de negocio o de mercado. Da igual lo que sea: beneficencia, ayuda humanitaria, prostitución, religión, drogas, ciencia, universidades, farmacéuticas, ecología, turismo, feminismo, comunicaciones, transportes, depresión, tecnología, redes sociales, defensa, es decir, guerra... todo. Todo es un nicho de negocio. Resulta que al márquetin lo estábamos llamando “política”, y “democracia” a la ingeniería social del nuevo orden corporativo en ciernes, el del neocapitalismo tecnofeudal. Vivimos, según el economista griego Yanis Varufaquis (mejor que Varoufakis) bajo el «tecnofeudalismo», el sigiloso sucesor del capitalismo -el capitalismo ha muerto, afirma-, o feudalismo tecnológico en el que los nuevos señores feudales son los propietarios del capital que está en la nube, y los demás somos sus siervos, como en el medievo, un nuevo sistema de explotación. Los mercados tradicionales han sido desplazados por las plataformas digitales, que son auténticos feudos de las Big Tech, cuyo beneficio es la pura extracción de las rentas de nuestra conexión.
345.- Deus ex machina: El historiador griego Polibio (200-118 ante), considerado el inventor de la historia universal, una historia que pretende abarcar todos los pueblos del Mediterráneo, uniendo todos los acontecimientos, centrada en Roma, su principal protagonista, nos ofrece una reflexión que no debe pasarnos desapercibida: lo que ha sostenido a Roma ha sido la religión. Él no utiliza esta palabra, de la que no disponía su lengua, sino δεισιδαιμονία, que literalmente significa 'temor a los dioses, genios, démones o espíritus divinos', que a veces se traduce por 'superstitición'. Los antiguos habrían introducido esta superchería -creencia en seres supremos y en el castigo después de la muerte- para infundir temor y mantener el orden social, algo que “entre los demás pueblos ha sido objeto de mofa”. Si fuera posible, razona Polibio, constituir un Estado habitado solo por personas inteligentes, no sería necesaria la religión. Pero la masa no es inteligente y, por lo tanto, hay que engañarla y contenerla con el miedo a lo desconocido. Aunque no lo dice expresamente, la religión vendría a ser, como sugiere en otro pasaje de su obra, un recurso similar al que utilizan los autores trágicos cuando introducen al final de sus obras dramáticas un deus ex machina “puesto que sus planteamientos iniciales son irracionales y absurdos”. Algunas tramas se complican tanto que, para resolverlas, es preciso recurrir a la intervención sobrenatural de un personaje divino, para salir del callejón sin salida.
